Las cuatro de la mañana no parece la mejor hora para tomar una decisión trascendental, pero ¿acaso alguna lo es? La noche tiende a revestirse de una gravedad especial que solemniza todo cuanto vivimos y a veces acentúa el pánico de los momentos de terror o enfatiza los acuerdos, aunque sobre ellos vuele cierta inquietud que sabemos no existirá a plena luz del día. He llegado a un punto en la novela en el que debo ser firme con B, uno de mis personajes, pero llevo un rato inmóvil, con los dedos sobre el teclado y la mirada ausente, absorta en la luz de la casa de enfrente. De reojo veo en el estante la portada del libro de Paul Auster y ya estoy de nuevo pensando en él, o quizá no he conseguido sacarlo de mi mente todavía. Ha sido como un placaje imprevisto y rotundo dejar que entrase en febrero en mi rutina, en los paseos que he dado para conocer el vecindario, en las conversaciones que he mantenido con amigos por teléfono, en múltiples instantes cotidianos. He contado hasta la saciedad mil y un detalles sobre él, quien no sabía de su existencia entre mis cercanos le conoce ahora, incluso cuando no hablo de él me preguntan si estoy a punto de hacerlo.
He disfrutado cada pequeño rincón de su “Diario de invierno” y no sólo eso. Internet es una fuente inagotable de información, videos con lecturas de sus obras, entrevistas que le han hecho, en su casa, en la biblioteca (esa habitación en la que hay un sofá en el que cabe un cuerpo entero, a veces el de Auster, medio dormido de madrugada, que ya se ha llevado unos codazos en las costillas por roncar y se refugia en el calor de ese cuarto para no dar más la lata y decidir si retoma el sueño o decide vagar absorto hasta el infinito, como yo ahora mismo), en un bar, en una universidad, en la FNAC de Madrid. Y todas las que he visto las he pasado a archivos de audio que he escuchado en muchos otros momentos, varias veces, de forma que ahora su voz incluso me resulta conocida, familiar, esa ese que almohadilla bajo la lengua, suavemente, el tono grave de su voz. Sus manos grandes, he visto cómo las mueve cuando habla, pero también le he visto durante todo el libro, trabajando, consternado, escribiendo a mano, eufórico. Y sobre el suelo, temiendo sufrir un infarto. A cámara lenta, haciéndose la cicatriz de la cara en la infancia. Discutiendo con un taxista muy incordiante en Francia. Frente a su familia política, conmovido, comiendo ese menú navideño inamovible en años. Es tan fácil estar allí y no estar realmente.
El farol del porche de la pequeña casa granate sigue encendido, así como una luz que parece de una salita. ¿Estará Paul Auster llegando al sofá en este instante, tapándose con una manta, roncando de nuevo en dos minutos? ¿Quiero yo realmente hacer pasar a mi personaje por un momento tan humillante? Sí, sin duda. Eso lo tengo claro. ¿Por qué? Por su condición, su naturaleza, él no podría salir airoso de algo así, metería la pata, lo estropearía de alguna forma y eso es lo que lo define, parte de su estructura. No tan diferente de alguna persona que conozco, ni más exagerado en sus reacciones que ellos. El inventario de los errores cometidos, parafraseando a Auster, cuando habla de las cicatrices. Piensa que son marcas que deja la vida,
“letras del alfabeto secreto que narra la historia de quién eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada herida era resultado de una inesperada colisión con el mundo”.
Mi personaje podría coleccionar fotos en blanco y negro con sus expresiones de duda, de puro éxtasis, de incredulidad, de hastío, porque cada error que comete es una elección fallida, una oportunidad de triunfar que se pierde, una nefasta decisión y cada mala elección es el resultado de una inesperada falta de estrategia.
¿Y esa luz? ¿Se la han dejado olvidada o habrá alguien en peligro, tendido sobre la alfombra, sin aire, esperando una ayuda que no ha podido llegar a pedir? Página 228 del libro, Auster cita a Joseph Joubert, alguien que debió ser digno de conocer. “El fin de la vida es amargo”. Y mi preferida
“Hay que morir inspirando amor (si se puede)” (J. Joubert).
Confiesa Paul que le conmueve esta frase, su sensibilidad (especialmente el “si se puede” que a mí me parece tan tierno) y anota algo de su cosecha en lo que estoy plenamente de acuerdo “Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final”. Pero amor incondicional – añado – el deseo absoluto de que cuando tengas que irte al otro mundo lo hagas arropado, querido y acompañado hasta el principio del túnel, porque él, ella, ellos, quien sea, van a estar ahí para ti.
La luz de la ventana de enfrente más que apagarse parece agotarse de pronto hasta desaparecer, y poco después también la exterior. Veo a ese cuerpo de la alfombra como si entrase en él una vida transparente que lo pusiera en marcha. Le sigo mentalmente por la casa, apaga las luces, sube al piso de arriba, entra en una habitación modesta y cierra los ojos, cansado, frente a una enorme cama donde se arroja como un fardo. Cuando se tapa y da media vuelta ya está dormido, pequeños detalles que se transforman en la irrealidad de la madrugada. Todavía me siento culpable a veces por estar despierta a estas horas, como cuando era una niña. Leo las últimas frases que he escrito y siento unos deseos locos de hacer feliz a B, de desbordarlo con una porción de éxito con la que no cuenta, termino la noche con su parte medianamente esbozada aunque su destino no es muy diferente de la línea en la que iba escribiendo, porque una cosa es jugar a ser y otra muy distinta serlo. Los primeros rayos de sol se reflejan en la pantalla. En la estantería Paul Auster fuma un Camel en la portada de “Diario de invierno” mientras su codo se apoya en la máquina de escribir, adoro a este hombre..
Y me gusta eso de morir inspirando amor pero prefiero pensar en sentirlo en vida, en regodearme en él, en darle el valor que tiene y algún otro que quizá le quede grande; en llevarlo, en definitiva, prendido de un modo natural y verlo reflejado y compartido en los ojos de otra persona. Unos tienen esto, otros no. Quizá sea una de esas cosas que sólo sucedan si se puede.
















Temía entrar en esta crítica sobre un libro que no he leído pero que inevitablemente leeré(como el que me falta de Barnes). Al final sólo meha quedado el entusiasmo de lo que ha leído pero no siento que hayas destripado nada salvo la esencia misma del tipo de emociones que voy a encontrar. Enteindo que te guste una fotografía tan excelente como la de la portada. A mí me transmite la tranquilidad y el sosiego de un escritor. Algo a lo que aspiro cuando sueño que soy feliz. Y me imagino que este libro será uno tan literario como metaliterario y viniendo de un escritor que está entre mis preferidos es lo mejor. Por eso no lo he leído aún, por agonías, porque lo reservo para una buena ocasión de calma. Es como un buen vino hechod e letras.
Aprovecho para saludarte. No te he visitado antes por negligencia mía. Digo que no me fío de los avisos de Google y luego sí que me fío.
Un libro como este no se desvela fácilmente, aunque yo le he contado muchos fragmentos a mis cercanos. Adoro a Paul Auster y aunque hay un par de libros con los que no he podido, tiene mi completa admiración, no sólo como escritor. Siempre me ha parecido físicamente fascinante, incluso ahora, con la edad que tiene lo encuentro genial. Pero es como cuenta las cosas, especialmente sus autobiografías. Ya en “A salto de mata” me cautivó, en este “Diario de invierno” sencillamente me conmueve. Por muchas cosas que a veces me recuerdan a mis padres, por él mismo, por su ingenuidad ante algunas situaciones, por su valentía contando algún recuerdo que otro se callaría, por lo sencillo que es ver a través de sus ojos, por todo. Lo he disfrutado a tope, qué más puedo pedir. A veces incluso me duermo escuchando su voz, tan peculiar.
Me alegra verte y siento lo de tus vecinos. Te dejé un mensaje en tu cumpleaños de hace unos años y como no me respondiste pensé que podías estar molesto conmigo, aunque no entendía por qué. Saludos de nieve, Houellebecq.