El amante bilingüe (Juan Marsé)

Este libro me asusta, encuentro un parecido terrible entre muchas de las sensaciones que narra y sucesos próximos a mi vida hace algunos años. Tres escenas me han quedado grabadas. Una es el Joan Marés (¿Joan Marés? ¿Juan Marsé?) niño en la cama viendo cómo se aleja el mago amigo de su madre que ha ido a verle. Llamándole con calma “Padre” antes de que llegue a la puerta. Dándole esa moneda que el mago promete devolver aún sabiendo que no podrá hacerlo. Me adentré de golpe en ese mundo familiar de pobreza que rezuman los barrios, un universo propio de luchas y renuncias alejado del paso sofisticado de la vida en otras zonas de la ciudad donde todo es prosperidad. Recorrí mi barrio en la tabla de ruedas que también bajaba por las cuestas de mi calle con varios de nosotros sobre ella mientras nuestras risas atronaban la plaza. Escuché de nuevo ensoñada nuestro propio grito de guerra en la adolescencia, algo breve y contundente como la palabra ¡LIBRES! que gritábamos desde el manillar de la única bicicleta del barrio que compartíamos todos por riguroso turno.

Otra es el Marés a punto de desaparecer en sí mismo, echado de espaldas en la cama, dejando que la obsesión de sus últimos diez años cabalgue sobre él un momento de decadencia, culpabilidad y alivio. Primerísimo plano a esa mano que le sujeta el codo con suavidad cuando salen a la calle, antes de que él la despida cordial pero fugazmente cerca de su coche y escape de esa historia para siempre pasando a otra dimensión en la que ya no es Marés sino Faneca, un amigo de la infancia, quien explica con todo lujo de detalles a Carmen, la muchacha ciega de la pensión, qué ocurre en la película que están pasando.

La última es un momento intermedio en la historia, la primera vez que Faneca en posesión de sus facultades como él mismo se dirige a Carmen, suaviza el acento andaluz que tan fácilmente imita y modula una voz profunda y viril para describir cómo es el protagonista de la película que ella sólo escucha, un hombre increíblemente parecido a él mismo, quizás algo más joven. Y la reacción de la chica, ese momento de inquietud, de silencio, la forma en que procesa todos los datos incluyendo esa voz inesperadamente interesante a la que responde un breve “Gracias, señor”, sin volver la cabeza.

El resto de las imágenes de esta historia que han quedado flotando en mi cerebro se fundirán en el tiempo. El pez de oro atrapado en la suciedad de un estanque que no contaba con él. Los trabajos adolescentes de Marés, su habilidad como artista, su faceta de contorsionista. Norma es como todas las Normas de esa especie, una mujer que jamás se quitará la razón buscando su propia satisfacción por encima de quien sea. Me gusta ver la relación entre los mendigos de esta historia, ese compartir del mendrugo y el vino, también la fingida indiferencia de quien vive en la calle y ha de ser duro.

El poso de todo esto, la personalidad del Faneca híbrido que surge de la fusión de dos caras de uno mismo, la real y la deseada, es un hombre con un toque marginal adorable en el que la combinación generosidad+gentileza le llevan al grupo de hombres del que muchas mujeres se enamorarían al instante, sin ninguna razón aparente y perdidamente.

Juan Marsé ha tenido a mi juicio un pulso increíble al desarrollar una trama tan perfecta, una metamorfosis tan sorprendente, una simbiosis entre un ser humano y sus propias neuras que lleve a la desaparición de uno dentro del otro y al posterior resurgimiento de la mezcla, Faneca, el charnego. Producto final. Me sorprendió la exquisita sensibilidad de los detalles elegidos para algunos de los zoom que hace: la forma en que Marés quita suavemente el disfraz a Serafín mientras duerme, la emoción con que escucha a Norma al otro lado de la línea las veces que la llama desesperado desde la cabina, sus lágrimas, su faceta de justiciero, de pobre hombre, la fatalidad del explosivo que transforma su cara, su forma de equilibrar la balanza de la fortuna en el reparto de la felicidad haciendo sentir importante y bella a Grise, la vecina de Marés. A Carmen, la chica ciega de la pensión. Algún detalle no me cuadra, los “justo en ese instante” famosos, pero en bloque me parece una historia espléndida.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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