Metafísica o curiosidad

Casi toda la gente de la casa se ha ido a Milán con Sean. Tendrá lugar un gran desfile y hay mucho que preparar. He preferido quedarme esta vez porque sé lo que pasará allí y disfrutaré como una niña con las historias de cada uno a la vuelta. Habrá mil anécdotas, confidencias y será estupendo revivir con ellos todo el show de la Troupe, el gran circo de montaje de uno de los desfiles de Sean. Entretanto me he volcado en mi trabajo, todo lo abandonado estos días de atrás y entre carta y escrito, mail y estudio de los tutoriales de nuevos programas que he incorporado al Pc me ha quedado tiempo para pasear con Strass, recorrer una parte de la isla en bici, llenarme de calor y música, leer a Javier Marías y pensar. Divagar, tirar de un hilo imaginario, suponer, visualizar. Nada definitivo, ningún problema que me revuelva, nada que tambalee los cimientos, sólo ese entretenido suponer, esa curiosidad por los ¿y si..? a los que no puedo resistirme.


Varios momentos de Todas las almas, esta novela que podría enmarcar hoja a hoja, o al menos pararme a recrearla, o contársela a alguien o divagarla, varias situaciones claves darían para metros de otras tantas suposiciones derivadas de las suyas. Javier Marías, o en este caso el narrador es el hombre impasible, ese narrador impertérrito que cuenta una tragedia, una situación hilarante, un momento fugaz, una confidencia ajena dolorosa, un instante íntimo y placentero, una imagen que se le prendió en la retina y lo hace en todo momento como el espectador que es, incluso siendo parte directa a veces, siendo cuerpo, carne, la piel que siente, el depositario de los favores de alguien casual como por ejemplo una mujer que conoce en una discoteca una noche.

Hay muchos detalles sorprendentes en este libro, quizás no sean lógicas infalibles pero algunas me suenan contundentes, incluso a pesar de estar ligeramente esbozadas. Es claro que al narrador se le abren infinitas vías para navegar por cada una de las ideas que le asaltan pero no puede centrarse en todas y aún así, no haciéndolo, parece dejar una multitud de preguntas abiertas que después se deslizan a su propio ritmo en la mente del lector. Es casi imposible leer este libro sin pararse a cada rato, sin preguntarse esto o aquello (“¿qué parte de la voluntad es nuestra, cuál nos viene impuesta?”) sin escribir una parrafada que pueda parecer desligada de lo leído y sin embargo entronca con tanto sentido para uno con todo lo que acaba de procesar.

Una ruta de pensamiento de este narrador, un ejemplo: De pronto hace un salto en el tiempo hace delante y no está en Oxford sino en Madrid, ya de vuelta de su estancia de dos años en Inglaterra. Está casado y cuenta que tiene un hijo, un bebé de meses. Lo dice con el mismo entusiasmo que podría decir que tiene un pájaro exótico al que hay que dedicar cuidados especiales. Habla de él en los términos hijo muy querido pero también dice “resulta obsesivo, como supongo que lo resultan todos en sus primeros meses y hay veces en las que no desearía que desapareciera – no es eso en modo alguno, sería lo último, enloqueceríamos – pero sí retornar a la situación de ser sin hijos, de ser un hombre sin prolongación, de poder encarnar siempre y sin mezcla la figura filial o fraterna”. Un poco más adelante no se explica todavía cómo ha sido lo de tener un hijo, alguien que le sobrevivirá.

Este narrador (además de ser ocasionalmente por dos años profesor de universidad en Oxford) tiene la pasión de recorrer librerías de viejo buscando libros que le interesen, los cuales termina enviando por lotes a España, a su casa. Un día conoce por casualidad la historia de un escritor muerto años atrás, en realidad mecenas de otros, en realidad un auténtico lince, un águila, un superdotado encontrador de buenos libros, un talento especial para ello, libros que posteriormente vende para pagar ese mecenazgo y su afición a la bebida (la causa de su supuesta perdición). La historia es terrible, increíble, el escritor era dueño del extraño reino de Redonda y había concedido títulos de su nobleza a gente de letras de la importancia de Dylan Thomas, Henry Miller o Lawrence Durrel entre otros, se había codeado con lo mejor de su tiempo y sin embargo había terminado sus días como un mendigo, durmiendo en bancos del parque, sin un céntimo.

Una anécdota de ese escritor es que un día lo descubren empujando un carrito de bebé de tamaño descomunal. Al principio, quien cuenta la anécdota piensa que acabó claudicando como otros, creando una familia, con obligaciones, pero al acercarse descubre que lo que lleva es un cargamento de botellas vacías. El narrador dice entonces que “desapareció empujando su cochecito alcohólico con paso tranquilo hacia la oscuridad, quizás del mismo modo que yo empujo ahora a veces el mío cuando cae la tarde sobre el Retiro, sólo que yo llevo dentro a mi niño – este niño nuevo – que aún no conozco bien y que ha de sobrevivirnos”. Y termina este tema por el momento con lo que llama curiosidad teñida de superstición aclarando finalmente convencido como llegué a estar, algunas interminables tardes de primavera, de que yo acabaría corriendo su suerte idéntica.

Recuerdo otro momento de “Mañana en la batalla piensa en mí”, el narrador entonces, espectador también además de protagonista, prepara en la cocina unos víveres para un niño de pocos años que despertará esa mañana y se encontrará a su madre muerta en la cama, tapada con decoro, fallecida de forma natural en los instantes previos a lo que sería un momento placentero. El niño dormido entonces, el invitado a la cena, invitado también a la intimidad de su cuerpo, su marido ausente. De pronto el invitado se encuentra en esa situación, una mujer muerta en una cama, un niño dormido en otra, los aviones de madera del niño (fantásticas réplicas de aviones de combate que admiran al narrador)colgando inertes en el espacio aéreo de su cuarto, velando sus últimos momentos de niño protegido y con madre. Prepara con frialdad y poco apego un plato variado de lo que supone que comerá un niño, con la intención de que no pase hambre hasta que alguien descubra el cadáver. Incluso hace el comentario morboso de que el niño se levantará, irá a ver a su madre. La zarandeará. El narrador va siendo imperturbable hasta el momento. Tengo curiosidad por ver en sucesivos libros de Marías hasta dónde puede comprometer a su personaje, cuánto se puede implicar, sufrir, desendiosarse, perder esa compostura oxoniense que tan bien explica en Todas las almas.Una anécdota de ese escritor es que un día lo descubren empujando un carrito de bebé de tamaño descomunal. Al principio, quien cuenta la anécdota piensa que acabó claudicando como otros, creando una familia, con obligaciones, pero al acercarse descubre que lo que lleva es un cargamento de botellas vacías. El narrador dice entonces que “desapareció empujando su cochecito alcohólico con paso tranquilo hacia la oscuridad, quizás del mismo modo que yo empujo ahora a veces el mío cuando cae la tarde sobre el Retiro, sólo que yo llevo dentro a mi niño – este niño nuevo – que aún no conozco bien y que ha de sobrevivirnos”. Y termina este tema por el momento con lo que llama curiosidad teñida de superstición aclarando finalmente convencido como llegué a estar, algunas interminables tardes de primavera, de que yo acabaría corriendo su suerte idéntica.

A poco más de 60 páginas del final no hago más que hilar trozos inconexos de ideas y escribir sensaciones al vuelo, todo ello en un mar en calma, un pulso entre futuribles que desaparecen como las volutas, y yo. Entre las páginas hay por lo menos diez o doce servilletas de bar con lo que me vino a la cabeza. Menos mal que todavía me queda un último asalto a esta novela, siento que se acabe, que termine el ruido.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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