Conociendo algunas almas de Javier Marías. (I)

Cromer-Blake, uno de los personajes magistrales de Marías en Todas las almas, profesor en la misma universidad de Oxford que el narrador-protagonista, escribe en su diario el conocimiento, la casi certeza de padecer una enfermedad que le está matando. En ese instante evalúa un futuro incierto que ya está minándole y llevando al lector de la mano en su nube trágica anota una frase tremenda refiriéndose a B, (Bruce) alguien con quien mantiene lo que Toby Rylands, otro profesor mayor que él y amigo suyo, denomina con elegancia “una amistad amorosa”. No puedo imaginar no asistir a su vida, la muerte no nos quita sólo nuestra propia vida, sino las de los demás.

Cuando llegué a este punto, ya había visualizado muchas hojas atrás un panel de corcho imaginario al que iba clavando notas con una chincheta, puntualmente en ese espacio exacto en que sonó la frase lapidaria, decoradas con un color, una sombra, un brillo, referencia de su impacto en mí. Página 28, nota clavada: una imagen del narrador recorriendo Oxford, buscando encontrarse accidentalmente con esa visión que siempre se escapará de nuestros ojos, ese rostro que sólo veremos desde un coche en marcha, acaso en un sueño, entre la niebla de una estación de tren, cruzando una puerta entre la multitud.

Para el narrador, al que llamaré desde ahora ÉL, fue un rostro angelical, unos segundos de viento agitando una melena corta, un cabello que ella se retiraba de la frente con una mano mientras la otra sujetaba la falda contra el tiempo, una voz femenina que le reconoció de esa primera vez que raramente consigue ser segunda, tercera, recuerdo.., una librería como escenario casual, apenas unos minutos para llegar a una clase a la que debía ser forzosamente puntual, un vendaval inesperado, unas palabras que desaparecen tan rápido como llegan, la imposibilidad de contemplar ya sus zapatos ingleses, sus tobillos fragilizados por ese viento revoltoso y silenciador. Otra nota clavada llevaba impresa la mirada de ÉL frente a una zapatería, su aversión frente a este espectáculo, la sensación de contemplar multitudes invisibles, firmes, incómodas y estrechadas, sujetas a esos zapatos ostensibles, definidos, como un ancla.

La reflexión de Cromer-Blake me sobrecogió. De alguna forma la vida parece ser la que marca la pauta a seguir, lo que haremos en su tiempo de descuento, lo que cabrá en ese espacio incalculable puesto que no sabemos cuánto dura. Darle la vuelta a esa perspectiva, ver la otra cara, especular con el posible dolor fuera de este período de tiempo vital, de este intervalo acotado nacimiento-muerte, divagar con el sufrimiento o la injusticia de vernos privados de los seres amados por carecer de cuerpo, de movimiento, de un puesto en su vida al no poder disponer ya de la nuestra, me pareció tan lírico, tan romántico (entiéndase como la belleza de la desesperación inútil, de la imposibilidad, del no retorno) que me enterneció tontamente y sentí por partida doble su enfermedad. Le entiendo. Y es terrible entenderle. Antes de perderme en el resto del libro sentí un instante de angustia echando de menos a un gran amor que todavía no he conocido mientras mi espectro vagaba por la eternidad.

Toby Rylands es otro personaje increíble. Su sola descripción es de premio. Hacemos un salto inmenso a la página 170 dejando a Claire Bayes para otro post, una gran nota clavada la de Toby, y vemos a un profesor de universidad retirado, un hombre emblemático, solitario, que vive en una casa en el campo, holgadamente, con una mujer que le asiste de cerca (la previsible señora Berry, apenas mencionada pero repetidas veces previsible). Un hombre cuya vida fue ajetreada, quien se describe como ex espía (no de oficina sino de campo¡!), ex vividor, ex poderoso, alguien con capacidad y licencia para determinar el perdón o la horca de otro semejante, un gran viajero, vivencias extremas en la India, Africa, el Caribe, Rusia. Un hombre mayor, quien convence a nuestro ÉL de la evidencia de la enfermedad y casi la inminencia de la muerte de Cromer-Blake.

La descripción de los ojos de Toby Rylands (una autoridad literaria en su universidad, hombre laureado y especialmente sagaz, inquisitorio) merece una nota clavada dentro de la nota general de este momento.

“Rasgados, de colores distintos, color aceite el derecho y ceniza pálida el izquierdo, de tal manera que si se lo miraba desde el lado derecho se le veía una expresión aguda no falta de crueldad – un ojo de águila, o quizá de gato- mientras que si se lo miraba desde la izquierda lo que se veía era una expresión meditativa y grave, recta, como sólo pueden ser rectas las gentes del norte – un ojo de perro, o quizá de caballo (..)- y si se lo miraba de frente, entonces uno se encontraba con dos miradas, o mejor dicho no, con los dos colores pero una sola mirada, que era cruel y recta, meditativa y aguda”

Durante la conversación que ÉL mantiene esa tarde con Toby Rylands cada uno de estos ojos duales le mira intimidándole, acercándose, hostigando, intentando introducir en la mente de nuestro español ÉL, una verdad tan particular como fascinante.

Aquí tendría que mencionar sin pérdida de tiempo ya la SENSACIÓN DE DESCENSO, una percepción tan particular, tan apasionante y merecedora de un capítulo aparte como Claire Bayes, la Voluntad (y de rebote aquí un personaje entrañable: Will, el portero de la Tayloriana y su mirada limpia) el Ruido blanco, la Tristeza de lo Secreto. Son otras notas clavadas con una chincheta en el corcho. Y quizá otras tantas son Las almas muertas, el Territorio de paso, las menciones a Nabokov (Vladimir Vladimirovich..), el Gran Minuto de aquella segunda high-table, o la no-gorda, Muriel y su boca succionadora. También el protagonismo puntual de la “polla” de nuestro ÉL, además de un apéndice, todo un discurso.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Conociendo algunas almas de Javier Marías. (I)

  1. Madi dijo:

    De que forma me cautivó este libroGenial Marías como siempre

  2. Angéline dijo:

    Sí, yo también lo veo así. Un hombre que sabe equilibrar lo que va a decir, no siempre es fácil pero en él parece un orden lógico, dar vueltas a una idea para terminar con una fila india de conceptos, cada uno siguiendo al otro mansamente. Gracias por venir hasta aquí, Madi. Un abrazo.

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