Descenso, Voluntad y el Ruido blanco. Más almas de Javier Marías (II)

Una de las notas más fascinantes que he pinchado en mi corcho imaginario de este libro es la sensación de descenso. Si lo he entendido o intuído bien también yo convivo con esa sensación desde hace años. Toby Rylands la esboza de esta forma:

“No depende de los años exactamente, hay quien la tiene desde que es niño, hay niños que ya la sienten. Yo la tuve pronto, hace unos cuarenta años, y llevo todos estos años permitiendo a la muerte acercarse y me da pánico. Lo grave de que la muerte se acerque no es la propia muerte con lo que traiga o no, sino que ya no se podrá fantasear con lo que ha de venir”.

En mi caso es esa sensación de que todo se acabará de repente, de un momento a otro. Por ello la necesidad es vivir el hoy, acelerar ese pedal por la pista infinita que es el presente puesto que no visualizo un futuro para mí, todo lo más, un espacio blanco dimensión cero continuación del presente, poco más allá de donde caminan mis pies. Y no puedo hacer planes a más distancia que esos pasos. Todas las sorpresas, las dudas, los inconvenientes, los deseos, se apilan en ese espacio, la antesala a ese otro momento X, desconocido e incuestionable, en el que todo habrá desaparecido.

Quizás por ello nunca he insistido en la propiedad de algo muy costoso que me encadene a un pago de cuotas que se extienda por ese futuro lejano que es como la nube que envuelve el pico de la montaña, un lugar tan improbable como utópico para mí. Y también quizás, la palabra aplazar, referida a una acción presente me suene tan hueca, tan falsa como la misma esperanza de que ese momento que ha de venir llegue. Mi máxima es “atesorar el momento”, lo vivido ya no nos lo quitará nadie, pese a todo.

Toby Rylands la siente desde joven, nuestro ÉL no la ha sentido nunca pero repentinamente la aprecia también (un día de visita a un museo en el que se los encuentra) en la mirada de las tres generaciones de sangre Newton: el viejo diplomático, su hija Claire Bayes (Newton de soltera) y el niño Eric (hijo de Claire y nieto del diplomático). Tres generaciones en las que el ADN recesivo de la otra opción fue despreciado en la mezcla, genes dominantes pues los de los Newton, la misma mirada de descenso, el mismo rostro envejeciendo desde la niñez o rejuveneciendo desde la vejez, las mismas facciones en los tres, labios, ojos, la misma sentencia breve en esa sensación de descenso, la misma respuesta, el sobresalto de que el tiempo puede estacionarse por etapas, viejo, joven, niño, al mismo tiempo, clonándose en una misma familia de un miembro al siguiente y al siguiente..

¿Y la voluntad? Cromer-Blake hace tiempo que no visita al retirado profesor Toby Rylands y nuestro ÉL intenta animarle conjeturando con la frase “No creo que deje de venir nunca a verlo, al menos por voluntad propia” a lo que Rylans responde “¿a quién pertenece la voluntad del enfermo?” y se extiende en una explicación acerca de qué parte es realmente propia, consciente y cuál nos viene dada por las circunstancias que padecemos. Como si hubiera que cargar forzosamente con la bala que lleva nuestro nombre (¿Destino o derrotismo?)

Voluntad. Este concepto también difícil siempre me ha producido una atracción inmensa. Por falta de voluntad el ser humano se priva de beneficios increíbles o gracias a la voluntad con la que se mueve destruye los peores pronósticos, ordena y reordena su propio mecanismo desafiando tantas veces al mal que le persigue. ¿Esquivar la bala? Así lo creo. Robar al menos un tiempo a ese futuro que algunos sí tienen, a pesar de la sentencia, y no acudir a la cita que todos tenemos con la muerte desde el nacimiento hasta más adelante, disfrutado un ensanche de la vida repentino, voluntad a modo de placebo. No puedo pensar en esto como remedio infalible, pero creo que la “voluntad” puede mover tantas montañas como la fe, siendo la fe una suerte de voluntad que nos viene impuesta y a la que no se mira, una voluntad adquirida, de ojos cerrados, que no es otra cosa que una voluntad ajena, la de llenar el hueco que la lógica no puede.

Aquí tiene un lugar de honor ese personaje supertierno que es Will, el anciano portero de la Tayloriana. Su voluntad perdida en algún lugar junto a su memoria, al hilo conductor de su realidad y al calendario de sus sucesos más importantes, ordenados a golpes de sentimiento, no por la cronológica manera de existir que le ocurre al resto del mundo. Y así saludaba a cada profesor con un nombre distinto cada vez, nunca el suyo sino el de alguien que en ese momento le parecía posible volver a ver, gente perdida en la nebulosa de su recuerdo, su actualidad detenida cada día en un momento diferente de su vida. Así nuestro ÉL llegó a ser Mr. Branshaw, Mr Trevor, el doctor Nott, Mr Renner, doctor Ashmore-Jones, Mr. Brome, doctor Myer, doctor Magill según se encontrara Will aquel día en su mente en los sesenta o en los años treinta, en los cincuenta, en la guerra del 14, en los años veinte, en los cuarenta, en los ochenta.. o en aquel día de 1962 en el que murió su mujer.. detalle que todos apreciaban al cruzar con él las primeras palabras del día y a quien se apresuraban a dar sus condolencias para que el hombre no creyera que se habían olvidado.

Nuestro ÉL se pregunta al final de esta reflexión si Will no sería también un visionario, alguien que al denominar al visitante con un nombre no fichado en el inventario de profesores conocidos en la universidad estaría saludando quizás a un futuro profesor, alguien que cruzaría esa misma puerta muchos años después, con ese mismo nombre. Entrañable Will, su mirada limpia saldría de su voluntad perdida, ya que “en Inglaterra, como es sabido, apenas se mira, o se mira tan velada e inintencionadamente que siempre cabe la duda de que alguien esté en verdad mirando lo que parece mirar, tan opacos saben tornarse los ojos en su actividad natural”, eso cuenta ÉL, en una explicación tan interesante sobre las miradas como el resto de la novela.

Una última nota de chincheta para este post: el ruido blanco. Cuenta nuestro ÉL que Deward, un profesor al que apodan Matarife, era según el relato de Toby Rylands lo que se denomina un espía de despacho. Alguien a quien llamaban en ocasiones por su extraordinaria habilidad con los idiomas, especialmente el ruso, para decodificar mensajes o interrogar a las pocas personalidades del arte, cantantes, ajedrecistas, bailarines que pedían asilo político en Inglaterra en una de sus giras. Deward cumplía su interrogatorio acosador y hacía un informe en el que se calificaba el nivel de sinceridad y buenas intenciones de esa deserción. Fuera de esta actividad Deward podía ser un punto minúsculo en el cosmos, un ser totalmente prescindible para su círculo, un tipo anodino, un insomne crónico. Se rumoreaba que como pago a una de esas escuchas, uno de esos favores interpretando tonos, traduciendo grabaciones, le habían regalado una máquina, algo parecido a una pequeña radio que producía el ruido blanco, esa secuencia continua casi inaudible para el oído humano que anula el resto de los sonidos e induce al sueño, ese sueño que los espías pierden tan fácilmente..

Anuncios

Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
Esta entrada fue publicada en Viajes por las novelas. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Descenso, Voluntad y el Ruido blanco. Más almas de Javier Marías (II)

  1. Licaón dijo:

    Realmente mis miedos me alejan de Toby; a mí me aterra que la muerte se me aleje. Algo nos acerca, la razón de ser de este comentario, aúllo de cercanía. Su miedo, en este caso, mi alivio es…Por favor, no me hagas caso.

  2. Angéline dijo:

    Te hago caso. Ya te dije que leo con mucha atención lo que dices.

  3. Licaón dijo:

    Y ya te he dicho que no deberías, aunque confieso que con la esperanza de que así no fuese.Lo que digo quiero que tenga sentido, pero no alcanzo a tanto. Es como si lo propio se me hiciese ajeno, y como si la vanidad de la lectura fueran pequeñas heridas que el resultado final tuercen.Quiero decir que me siento fronterizo, el tonto que alcanza a entender que lo es, humillación donde las haya. Quiero decir que sé lo que querría expresar, pero no encuentro el medio, y eso me hace sentirme terriblemente imbécil.Pero alcanzo a entender que tú si puedes, y conocerme conocido tuyo alivia mi frontera.

Comenta si te apetece

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s