I have done the deed o el Corazón tan blanco de Javier Marías. (Parte I)

“Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde.” (“Corazón tan blanco”)

Los labios de Lady Macbeth pronunciaron rápidamente esas palabras corazón tan blanco para evitar detenerse en ellas, en un intento de que su aterrado esposo pudiera sentir ese intercambio de voluntades y repartir entre ambos la supuesta culpabilidad de él (que ella intentaba minimizar, despreocupándole a intervalos) con la inocencia que ella lamentaba poseer (siendo la verdadera instigadora del crimen, la responsable directa al manipular la voluntad de Macbeth para que matase al rey Duncan mientras dormía). Seguramente también suavizó la voz cuando dijo “Mis manos son de tu color, pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco” (después de manchar de sangre los rostros de sus sirvientes pretendiendo culparlos del crimen) para que no saliera a la luz la verdad de sus mentiras, como diría Bryce Echenique (citando a Vargas Llosa, no acabo de encontrar el artículo dónde lo leí pero daré con él) De nuevo Javier Marías pone su mano en mi hombro y esta vez hasta podría decir que me hunde en el suelo medio cuerpo. Y no es su culpa sino mi infalible antipuntería, ese tiro certero en sentido contrario que tantas veces he provocado, sobre mí misma en la mayoría de los casos pero también involuntariamente sobre otras personas.

Hacia positivo no me inquieta, son esos roces de casualidad que tanto gustan a todo el mundo porque les hacen sentir distintos pero sí lo hace saber que muchas veces comparto el escenario con ese destino que más tarde podría sonar por su cuenta como “He hecho el hecho” (I have done the deed) en el que siento que vivo en paralelo desde el principio, como un testigo accidental que contempla la Realidad desde fuera de su cuerpo y no tiene ninguna posibilidad de intervención. Mi antipuntería me llevó a repetir por primera vez un autor rompiendo mi norma de no leer nunca dos libros seguidos del mismo y a circular con gravedad por el aire de esta novela, con los ojos bien abiertos, sin parpadear.

La novela es estupenda, su autor un “maestro” y el escurrido del discurso de su protagonista (Juan, nombre esta vez!), es más que un líquido una sustancia densa como la gelatina. A menudo leemos historias en primera persona y apenas se para uno a disfrutar con la voz del narrador porque la historia nos acapara. Yo he escuchado en varias ocasiones a Juan argumentando sus teorías como entre susurros, con la misma complicidad del que acusa en voz baja, del que cuenta un secreto sólo al oído y te obliga a acercarte sin remedio a él, del que hace una confidencia tan íntima y exclusiva que la rodea de silencio dejando que la información brote lentamente con ese sonido plateado que tiene la bruma del susurro, ese aire de intriga del que nos concede la gracia de escuchar sus sospechas “.. las tentativas fallidas tantas veces son silenciadas y hasta negadas por quienes las padecen porque todo sigue siendo lo mismo después de ellas, el aire es el mismo y no se abre la piel ni la carne cambia y nada se rasga, es inofensiva la almohada aplastada bajo la que no hay ningún rostro y luego todo es igual que antes porque la acumulación y el golpe sin destinatario y la asfixia sin boca no son bastante para variar las cosas ni las relaciones, no lo es la repetición, ni la insistencia, ni la ejecución frustrada ni la amenaza..”

Saber, estar enterado, es crucial en “Corazón tan blanco”. La historia arranca con un suicidio, el de la mujer que no soporta el remordimiento no sólo de saber sino de haber sugerido, haber provocado con una frase sin intención (pero de un blanco translúcido “Nuestra única posibilidad es que un día muriera ella, y con eso no puede contarse”) el inicio del acto que la remuerde. No hizo “el hecho”, no cometió “la hazaña” pero descubre horrorizada que puso en marcha el primer resorte que se encadenó a los otros ocasionando la tragedia.

Quizás sus palabras casuales se transformaron en un murmullo continuo que tomó cuerpo poco a poco en la mente de su amante entonces, hasta inducirle a deshacerse de esa esposa que le separaba de ella, de la vida que deseaba para los dos. Saber, estar al tanto y no aceptarlo es todo uno, la mano de la joven que en la primera hoja de la novela empuña la pistola y la dirige a su pecho es tan firme como para engarfiar un dedo y reventar de golpe todas sus dudas, la totalidad de sus oportunidades futuras, una pequeña presión cancela definitivamente otra mucho mayor. Lady Macbeth la hubiera mirado con su ceja alzada, una sombra de desdén en sus labios.

Destaco parte de la maestría de Javier Marías en su maravillosa habilidad (es una opinión subjetiva, como toda mi blog) a la hora de construir personajes. Su padre en la ficción del libro, (Juan, el narrador, usurpa a Marías el protagonismo al obligarle a hablar por su boca) Ranz, es un hombre imponente, de una fortaleza que se viene a menos cuando el zoom de Marías se agiganta y llega al ser humano, ese hombre que hacia el final del libro ya mete los brazos dentro de las mangas de su abrigo, recién perdida su apostura pero conservando una parte de su arrogancia, manteniendo la elegancia y cierta insolencia, la del que desdeña el castigo al que tenía que haber sido sometido por cometer un delito tan definitivo como matar a un ser humano.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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