"El mundo se ha convertido en una herida que no soporto mirar.." (1)

Quizás sea cierto que uno se siente atraído hacia lo que le acerca una parte de su mundo. En este Big Bang que se mueven mis percepciones, sensaciones, sentimientos, encuentro atrayentes, sugestivos, tantas veces fascinantes, todos aquellos personajes que ponen a prueba su mente, su resistencia, ese tensar la cuerda mirando fijamente el escaso par de filamentos que se engarfian antes del Crash definitivo, del estruendo final. Me refiero a los desesperados, los alienados, los ausentes de sí mismos, esa legión de apátridas de la Realidad que se mimetizan en esta otra dimensión, su propio interior. Y digo ésta porque para este libro “Eclipse”, de John Banville, he sido un par de ojos viajeros, el tan buscado yo del protagonista tenía que brindar con el mío en algún momento, no me interesa leer a Banville de otra forma.


Prueba número uno: Cerrar los ojos ladeando un poco la cabeza hacia la derecha. Abrirlos unos segundos después, girándola lentamente hacia la izquierda, deteniendo el avance al final del recorrido del cuello, por encima del hombro. Las cejas alzadas, la mirada suave, lejana, hasta que las primeras brumas de la abstracción comiencen a empañar el resto. Alexander Cleave podría hacer esta prueba y componer el retrato perfecto de su propio espectro, sumido en un mundo particular habitado por otros fantasmas como él pero sin cuerpo, sin alma, con el aura justa para ser delineados por los ojos de Cleave y tenidos en cuenta durante el transcurso de la novela, al menos una madre joven, un niño difuso y todo ese abanico de olores, colores y texturas que salen del pasado cuando uno se adentra en él contra corriente.
El mundo se ha convertido en una herida que no soporto mirar.., eso dice Alexander Cleave.

Para este viaje no hace falta más equipaje que los sentidos atentos, no hay escenarios grandiosos (quizás sí cierto acantilado pero por la grandeza del horizonte, tragedias al margen), no hay aventuras trepidantes, ni cambios bruscos que suban la adrenalina. No es Alexander Cleave un personaje esperpéntico pero puede parecerlo al lado de su mujer, Lydia, un carácter fuerte que se derrama como todos cuando lo inclinan sin previo aviso, sin tiempo para utilizar un escudo protector que impida al menos que parte de su interior se pierda tras una caída. O al lado de Lily, una antininfa de quince años, a falta de glamour su belleza es una llamita encendida entre la roña de sus pies, las finas venas de sus piernas y la osadía con que hace una pregunta cualquiera para la que no espera respuesta. O Quirke y su inmutable serenidad, patético y poco atractivo desde donde se le mire. Su realidad la compone la suma de todo lo que le rodea, sería el aire en una foto, ningún detalle relevante.


Ni la mencionada madre de Alexander, ni su padre, muerto en la adolescencia de Cleave, ni la gente del teatro, ni los habitantes de la ciudad donde su hija Cass se quita la vida, nadie en toda la novela es tan rico en matices, tan comprensible, tan interesante como el propio Cleave. Y aún así y a pesar de todo lo que cuenta de sí mismo y lo que le afecta, no podría decir que lo he visto de frente. Para esta novela Banville construye un personaje central que percibo casi a todas horas de perfil. Si yo fuera pintora no podría terminar los detalles de su rostro, tiene ese lado oculto de la perspectiva imposible, siente, sufre y le duele lo que nos cuenta pero le descubro a veces tras el cristal, tras un cristal que se empaña con el vaho intencionado, el que uno hace para jugar, para escuchar largamente un suspiro de su boca abierta, un sonido relajante que puede esconder a la perfección un momento de desánimo.

Cleave llega a su casa de la infancia para encontrar algo en sí mismo que ha perdido, pasa un tiempo en ella, poco después llega su mujer y unos días más tarde reciben la noticia de la muerte de su hija, van a recoger el cadáver y vuelven a su casa. Ese podría ser el armazón del granero de esta historia, todo lo que contiene en cambio es un complicado engranaje de sentimientos, suposiciones y la poderosa imaginación de John Banville dando volumen a una risa plana, tres dimensiones a un detalle prendido de un momento cualquiera, colores diversos y extraños “gris humo, gris pescado, color marga” y provocando como en su “Imposturas” mi mayor admiración. Lo digo bajito, sin estridencias, para que quede entre él y yo, Maestro John Banville, leo los silencios de su Alexander con los pies sobre mi mesa, arriba el telón, hay mucho entre bambalinas que sacar al escenario.

 

 

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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