Humaredas de blues

Por una familiar asociación de ideas he llegado a la conclusión de que la canción “It hurts a man” de Ian Parker es verde. Verde su blues, verde el lamento de su guitarra. Por la misma teoría también es verde la sensación global que me han dejado las historias que agrupa el “Incendios” de David Means. No quiero olvidarme de ello, intento dejar una nota de por qué este libro se merece un silencio al paso, la relación que todos los verdes mencionados tienen entre sí.

Lo leí junto a Katherine Mansfield, a ratos bohemia, en otros él, el escritor y su paisaje interior. No quiero desvelar demasiado del libro, se lo he recomendado a tanta gente que vale la pena saborear en privado ese regusto de admiración que me ha quedado a cambio de que algún amigo lo disfrute en una primera lectura sin mi influencia (con la mínima al menos, si es posible esconder mi entusiasmo..) La bahía de Katherine se perdió en la bruma para dejar paso plenamente al aroma espeso y gris de los Incendios de David Means. De los trece relatos sólo perdí el hilo (y algo el interés) en uno. Ian Parker sonó interminablemente mientras el Hudson discurría a intervalos por entre algunas historias, sonidos de barcos y sirenas a lo lejos, el cauce profundo del río lamiendo el Atlántico. Me gustaría dejar para el final un apunte acerca del cómo y centrarme ahora en el qué, hablo únicamente de sensaciones, de percepción.

Sólo el primer relato (“Incidente en la vía férrea”) me estremeció y no precisamente por sórdido, oscuro o paranormal sino por la simplicidad del hecho que se cuenta, la contundencia de una decisión terrible y la forma de llevarla a cabo. Quizás también el tercero me produjo un cierto vértigo (“Lo que hicieron”) pero en este caso fue no sólo por el suceso que se narra sino por esa forma impecable en la que Means acorrala la acción desde el exterior de la noticia y va estrechando el círculo hacia el interior, llevando al lector fácilmente de la mano, sobrecogiéndolo (explicaciones técnicas al margen) hasta llegar a través de ese lirismo tan exquisito a la verdad pura y terminante, algo tan sorprendente que nos deja atónitos, como un barrido en abanico que termina en el recogedor. Caso cerrado.

No es una voz hastiada la de Means en “Coito”, en segundo lugar por el principio (uno de mis favoritos) sino un sonido evocador y sereno. Cada fragmento del relato parece dotado con un movimiento continuo, las cortinas se mecen ondulantes, el calor pegajoso se adhiere a la piel de Bob y Ellen formando pequeñas gotas de sudor, la brisa baña de refilón los cuerpos que durante la acción del relato se afanan en darse placer, Bob piensa durante el coito, siente, recuerda y se duele. Ellen, ajena al drama de su amante acude al envite, plena en cada embestida mientras Bob desmenuza sin esfuerzo las imágenes que esa tarde calurosa de julio trae a su mente, cómo fue aquello que ocurrió, de nuevo esa poesía del autor en un acto trágico como es la muerte, la muerte de un ser querido, la muerte también presente en otra acción paralela a otro coito reciente, intercalada quizás entre un ligero gruñido de satisfacción y una exhalación de deseo.

Tengo que destacar esta forma de redactar que tanto me ha gustado. La incluye sin más entre dos párrafos de lo que piensa, lo que siente. De pronto hay una reacción en Ellen, se da cuenta de que Bob está algo lejos. Toda la información gira en estas frases:

qué pasa
nada
estás seguro

descansa

y entre bloque y bloque una separación y comenzar en minúscula. Es fantástico. Al final Ellen “pide detalles, quiere saber de dónde sale esa mirada perdida”. Magistral, no podría definirlo de otra forma, no quiero revelar más detalles del relato sólo registrar la sensación que me dio, como el que se asoma a una ventana durante un buen rato tras el que se retira lentamente, ensimismado, con la vista perdida en la calle todavía, dejando una pequeña cantidad de información coleando en su retina, agonizante, antes de un parpadeo rápido y el giro final al interior de la casa.

Podría anotar algo de cada historia pero prefiero recomendarlas a quien guste como a mí formar parte de la narración, viajar a través de la novela, fijarse por ejemplo en la mano de Hugh, esos dedos que enlazan suavemente los de la viuda, haciendo ese pulso precario del lo siento, escuchar la respiración agitada del hombre de “El asidero”, polizón colgado de una mano en un vagón, elevando la palabra equilibrio a la categoría de milagro. Sentir la ternura de los personajes más entrañables, caricias ciegas que se repiten a lo largo de toda una vida, la mano no necesita luz sino sólo encontrar ese cuerpo familiar y ya deforme con el tiempo, un cuerpo que se entrega a ese roce de siempre con un movimiento armónico. El libro respira desolación, soledad, la parte más vulnerable del ser humano expuesta en carne viva, vista panorámica a través del filtro de Means y su original manera de expresar las cosas. Coincido plenamente con la opinión del New York Times acerca de estos relatos “son de una belleza que hiere”, cómo perderme algo así. Visto en conjunto, tras esos jadeos cansados de los personajes más complejos, las miradas que atesoran unos y otros, el desencanto, la sorpresa, suburbios y basureros, alcohol y glamour, el libro es para mí como un verde en todas las gamas, oscuro en “La interrupción” y “Lo que hicieron”, verde agua en “El apuro de la viuda”, casi marrón en “Tahorah”, verde hierba en “Coito”, verde botella en “El leñador”, color esmeralda en “El cazador de gestos” (aplaudiría este relato desde una grada, enmarcaría ese primer gesto que el protagonista se atesora), verde mar en “La reacción”, verde pastel en “Lo que espero”, etc.

Y la música de Ian Parker refuerza esa tonalidad inestable, sonidos insinuantes, bajos, categóricos, rodeando un solo de guitarra de casi tres minutos, espirales como gemidos en los dedos que hacen llorar las cuerdas, que doblan sobre sí ese dolor-gozo de la sensación extrema, un final como un largo aullido del que sólo queda un suspiro que termina con un golpe de baquetas y la voz quebrada de Parker. Entre humaredas de blues.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Humaredas de blues

  1. Antona dijo:

    Buena semana amigasalu2

  2. Angéline dijo:

    Y también para tí, Antona. Besos

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