Los sueños de la memoria (o bien "Argos el ciego")

“.. No me importó, yo contemplaba el amanecer, llevaba años sin contemplarlo. Abrazando la cintura de María Venera, que dormía infantilmente sobre mi pecho, abriéndome paso con la nariz entre sus cabellos, me había vuelto a mirar, a través de la ventanilla trasera, después de las primeras escaramuzas de luz, cómo nacía y crecía a oriente un ala de inmensa mariposa. Corríamos ahora entre las casas, que seguían resistiendo nocturnas; pero a nuestras espaldas el sol iluminaba desde la mejor perspectiva un bonito Monet juvenil, una radiante llanura en una mañana de verano. Y aquella gran mariposa se desplegaba por encima, de una punta a otra del horizonte; charcos de agua brillaban en él como pupilas; entre marinas y viñedos corrían un retorcido relámpago de asfalto, que bajo la luz parecía enternecerse en antojos de río. En torno picos, cipreses, lomas y declives de tierra, cerúleos montones de piedra antigua; a la izquierda la verde bahía de Punta Scalambra. Un minuto más y habría llorado..”

Después de leer “Tommaso y el fotógrafo ciego”, Gesualdo Bufalino es para mí un tesoro, no deberían morir nunca las personas como él. Desde entonces le busco siempre que voy a una librería grande, hasta que consiga todas sus obras. Escritor extraordinario, comenzó a publicar lo escrito toda su vida, a la edad de 60 años. A la Casa del Libro de Madrid sólo le quedaban tres ejemplares, yo me los quedé encantada. “Calendas griegas” “Qui pro quo” y “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria”, precisamente de este último es el fragmento que figura arriba, mi lectura actual. El narrador está enamorado de María Venera, ella se ha fugado con un hombre hace unas horas y su abuelo la busca con ayuda de varias personas, la encuentra y la trae de vuelta a casa.

Ahora estamos en ese instante, el coche casi vuela en la negrura de la noche, el filo del amanecer brillando como la lámina metálica de una persiana alzada para asomar un ojo. El narrador va con María en el asiento de atrás, ella llora a ratos la humillación de ese regreso y acaba dormida sobre nuestro feliz enamorado, quien la ha protegido hace unas páginas de un golpe del abuelo que iba para ella, de rebote de los que dio al otro hombre que termina fugándose solo. Todo en su conjunto es maravilloso para quien lo narra, la chica que quiere, el paisaje, nunca ha estado (para su delicia) tan cerca de María Venera. Bufalino termina el párrafo con uno de esos toques de súbita ternura que tanto me gustan en él Un minuto más y habría llorado. Por eso le adoro.


“.. No me cansaría, era yo entonces un niño viejo, avejentado por la vida y los libros, pero siempre niño. Cuanto puede serlo quien abre sobre las cosas, apenas se despierta, dos grandes y atónitas pupilas..”

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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