El efecto Kureishi (2 de 2)

“Actualmente apenas soporto la fuerza de lo que siento”, dice Jay hacia la mitad del libro y también “Cómo nos impregna el pasado. Vivimos todos nuestros días al mismo tiempo..” Sí. Desde que la idea de marcharse empieza a rondar, a envolverse sobre sí misma, a tomar cuerpo, todas las posibilidades de futuro son también los errores del pasado. Hacia donde se dirige la vista surge una nueva duda, un sobresalto, cómo hacer con esto, con aquello. Un recuerdo, aquel día yo, tú.. Un miedo. Una determinación, haré, seremos, tendrá que funcionar. Un salto atrás, otro, un consejo de un amigo, el de otro. Silencio. Puedo, quiero, necesito.

Y todo esto te asalta cuando duermes, mientras te duchas, cruzando una calle, cuando alguien te da la mano, entonces él te la dio de esta manera pero por qué su mano se convirtió en un muro contra el que estrellarse, su mundo, por qué se vino abajo todo, en qué fallamos. Vueltas en la cama con su cuerpo al otro lado, haces que duermes, te evades, su respiración regular te calma, un giro repentino hacia tu lado te inquieta, su tacto te molesta, la mano adormilada que te recorre el vientre y se duerme entre tus piernas ya te asquea. Al día siguiente todo es igual, abrir la puerta de casa es como caer a un pozo. Un día no puedes más y terminas con todo, coges tus bártulos, los niños bajo el brazo, las agallas y te vas a un mundo diferente en el que intentas no sólo salir adelante sino agotar esa parte de la vida que te faltaba. El compromiso de vivir. Un mundo en el que abrir la puerta es regresar a casa, una palabra que en adelante te llena la boca.

De las dos versiones, la de Jay es la más cómoda. Verá a sus hijos los fines de semana que la ley le marque, pasará a Susan una pensión por ellos, volverá a empezar desde cero, quizás Nina, su amante hasta hace poco, le acoja de nuevo. Ante él hay un futuro lleno de interrogantes pero tendrá tiempo. Tiempo. Para Susan será una auténtica batalla, compaginará su trabajo con el cuidado de sus hijos, con la ausencia de un hombre a su lado a quien recordará en el futuro sobre todo por este abandono, tendrá que explicar a los niños lo que no entiende, por qué él ha tirado la toalla, por qué se ha ido si las cosas no estaban tan mal. Sólo había un abismo entre ellos pero con eso viven muchas parejas ¿no?. Se verá mayor y poco competitiva, llorará por las noches recordando lo que apenas le importaba antes, lo que ahora ya no tiene. Cuenta Jay en otro momento que sus padres pasaron una gran crisis y no se dejaron. Fueron fieles el uno al otro pero “infieles y deshonestos consigo mismos..”

Estoy de acuerdo. Tenemos una vida. No podemos malvivirla por elección propia pensando que hacemos un favor a nadie al mostrarles nuestra parte más desagradable, la más patética, matando las posibilidades de un futuro en el que podamos sentirnos plenos, al cien por cien. Si algo he aprendido desde la muerte reciente de un gran amigo es que uno tiene la obligación moral de sacarse a sí mismo adelante de la mejor manera, intentando no herir a nadie pero siempre al frente, buscando ese bienestar imprescindible. No podemos dar amor a nuestros hijos, a nadie de nuestro entorno si sólo sentimos un hastío sin límites hacia todo. “Contemplar los escombros “, es duro, enfrentarse a conocidos del pasado, malas copias de sí mismos que circulan por la calle, la rueda del tiempo es implacable. Sin embargo “Cualquier avance en el dominio de la sabiduría requiere una buena dosis de impudor..”, reconoce Jay divertido ante los cambios estéticos de su amigo Victor tras su separación, cabello teñido y pendiente en la oreja.

La novela me gustó, quizás Susan resulte algo exagerada, también los padres de Jay en algunos momentos pero todos tienen razón de alguna manera. No hay malos ni buenos sino sólo la soledad de cada uno y sobre todo de quien cuenta esa noche que al día siguiente abandonará su casa con una maleta en la mano, una foto de John Lennon dedicada y otras dos de sus hijos. Alrededor de ello está la disección de la convivencia con su mujer, su infancia, su juventud, Londres, los ochenta, sus amigos, sus amantes, sus ansias de futuro “el mundo es una falda que quiero levantar”, ciertos detalles tiernos y alguno que otro gracioso y excitante. Fue una suerte que ese texto se destacara de los otros cinco. Reafirma mi posición de Vivir, de hacer y dejar vivir.

Anuncios

Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
Esta entrada fue publicada en Viajes por las novelas. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El efecto Kureishi (2 de 2)

  1. Olvido dijo:

    Según te leía me acordaba de una extraordinaria novela “Vía Revolucionaria” de Richard Yates, que te recomiendo. Ahí también hay mucha ‘contemplación de escombros’.Gracias por tus comentarios. Queda apuntado en pendientes.

  2. Angéline dijo:

    Me apunto yo también la novela de Yates. En lo inmediato, tengo que leer para antes de final de mes “Padres e hijos” de Iván Turgueniev y estoy con Gesualdo Bufalino. Pronto empezaré con Javier Marías de nuevo. Un saludo, Olvido.

Comenta si te apetece

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s