El animal moribundo (Philip Roth)

Sólo unas fotos con mi cámara mental para recordar en el futuro esta novela. Este es el sujeto: David Kepesh, profesor universitario. Click. Le haré una secuencia mientras camina, su cuerpo sexagenario moviéndose con la gracia y la torpeza de un anciano (así se autodenomina), un vividor con sus propias reglas. Me lo he imaginado algo más joven, como un Richard Gere maduro, elegante, tan atrayente como él. Culto, famoso por su programa cultural en la televisión estadounidense, en la actualidad de la novela sólo da una clase ya, un importante seminario sobre escritura crítica que le permite seguir en contacto con ese mundo.

Atención a ese perfil. Nuestro David, el hombre que mira a la muchacha de la blusa color crema, no es consciente en este momento de otra cosa que los pechos que imagina bajo la tela de seda, la firme voluptuosidad de esa piel, el cruce elíptico de ese escote. Y esa será la constante durante la novela, el origen de lo que David llama “el apego”. Zoom a la blusa, al cuello de la chica, a su cara. Se llama Consuelo Castillo, venticuatro años, norteamericana de origen cubano, su inseguridad no quedará patente hasta el final de la novela. Junto a él forma las vueltas de un ovillo en el que se enredarán sus deseos con diferentes resultados. No voy a hacer una crítica de la novela, para ello están los entendidos, sólo respirar un poco del aire que respiran sus personajes. Estamos en el principio, Consuelo es todavía la base de una fascinación y David (técnica que me agrada) te cuenta a ti lo que opina de todo.

Quien está hablando a David ahora en su casa es George O’Hearn, su mejor amigo. Poeta y vividor a su tiempo (con esta palabra intento nombrar a quien apura la vida al máximo, un especialista en el arte de vivir) intenta meter en la cabeza de David un poco de sentido, sabe que Consuelo domina su parte más racional y no puede consentirlo, no en David Kepesh, independiente, liberal, sin ataduras. “¿La gente cree que al enamorarse se completa? Creo que estás completo antes de empezar. Y el amor te fractura. Estás completo, y luego estás partido. Ella era un cuerpo extraño introducido en tu totalidad. Y durante un año y medio te esforzaste por asimilarlo. Pero nunca estarás completo hasta que lo expelas. O te libras de él o lo incorporas mediante la distorsión de ti mismo. Y eso es lo que hiciste y lo que te enloqueció..” Así aguijonea George, la voz de la conciencia de David. Para su desgracia deja de escucharla en un punto de la novela (y la escena que describe en ese instante el autor me parece terriblemente posible y sobrecogedora).

El último personaje al que fotografiaré es Kenny, hijo de David y parte del lote (junto a su madre) que éste abandonó en su día. Hacia el final de la novela, cuando figura en unas apariciones periódicas y algo esperpénticas podría decirse que su padre ha saldado su deuda con él; y no porque haya asumido nada o se haya redimido volviendo al redil sino porque es el blanco perfecto para que Kenny descargue en él la mediocridad en la que vive, con el odio más patético que un hijo puede sentir por su padre, esa mezcla de desprecio y necesidad que se vuelve reflejo. Cuando en la generación censora se repiten las ansias, incluso aunque estos hijos no abandonen a su vez a sus propios hijos, pero sientan en su interior muchas veces la necesidad de hacerlo, todo ello sin mostrar un ápice de compasión por sus padres, los verdaderos culpables de su amargura vital, los que sí se atrevieron en el pasado, abocando su vida a un equilibrio cojo.

Y mientras tanto David y Consuelo. Y también George, la universidad, y el piano como terapia. Eso revela la fotografía confusa de la portada, los dedos en el teclado, en ellos se pierde durante años parte de la depresión en la que cae nuestro protagonista. El desenlace es curioso, quizás un fin lógico para esa fascinación. Anoto en el reverso de las fotos, “Philip Roth. 2006. Imágenes de su Animal moribundo. ” y podría añadir “Repetir autor” o guardar alguna sonrisa que me sacó anotando adoro su desfachatez.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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5 respuestas a El animal moribundo (Philip Roth)

  1. Lentitud dijo:

    Yo subrayaría lo de “Repetir autor”. Philip Roth es un “animal literario” al que hay que volver e imprescindible conocer. Podía recomendar muchas obras, pero por citar alguna: “El lamento de Portnoy” y “El teatro de Sabath” (sobre todo ésta última). Y de su trilogía (“Pastoral americana, “Me casé con un comunista” y “La mancha humana”), recomiendo, aunque parezca contradictorio comenzar por la última. Me voy de “interludio”. Un saludo.

  2. Angéline dijo:

    Tomo nota, alguna de las obras que citas ya estaba en la lista futura pero apunto todas para seguir conociendo a este autor. No tengo más referencias de él que lo que he leído en este libro pero me he dado cuenta de la soltura con la que escribe, le sobran recursos para ganar la atención del lector. Y eso es un punto a su favor. Feliz interludio, Lentitud, lo he visto en tu blog también. Los mejores vientos para esa travesía. Un abrazo.

  3. Olvido dijo:

    Precisamente eso Ángeline, eso es lo que escribí en mis notas cuando lo leí : Escrita con una increíble y aparente facilidad . Creo que estas dos frases podrían resumir el ‘Animal moribundo”“Aquel que establece un vínculo está perdido”. (Joseph Conrad)“Uno es inmortal mientras vive” (Philiph Roth)Estoy de acuerdo con lentitud, a Roth (Philiph) (y otros Roth) es necesario leerlos o releerlos. De mis preferidas ‘El secreto de Portnoy’.Un saludo

  4. Olvido dijo:

    Ahhh!! me olvidaba…y que ¡’animal’! Richard Gere eh?;-)

  5. Angéline dijo:

    Repetiré autor, sí. Me interesa mucho cómo hila Philip Roth su discurso. Tendré que ver cuál ha sido su trayectoria porque he leído a otros autores de una forma anárquica en el orden y no he podido ver tan claramente su proyección. David Kepesh es un hombre con una moral curiosa, Rodrigo Fresán habla con admiración de Philip Roth (http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Libros/01-06/01-06-10/nota3.htm) pero tiene una visión de la historia que yo no comparto. Jamás diría que Consuelo ama a David, y me ha quedado más huella de lo que siente cada personaje en su propio mundo que del sexo que practican. Fresán dice “Todo esto y mucho más –mucho más sexo– en apenas 156 páginas con letra grande que se leen, una vez más, con la incredulidad que suele despertarnos lo incontestable”. Hay demasiados rincones en esa exposición de los hechos que hace Roth, es normal que cada lector se quede con una parte de ellos. En cuanto a Richard Gere, ha estado encantado de formar parte del casting de mi mente. De vez en cuando me enviaba un beso a cámara. Yo me mordía los labios, sonriendo, y cerraba los ojos unos instantes.

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