Sobre corazones que se incendian

Hay algo en Amy Homes que subleva a algunos de sus lectores y a mí me parece muy interesante. Tiene el poder, ella lo sabe. Sus personajes no son más mezquinos o idealistas que cualquier persona, usted o yo. Respiran y sudan, corren a la estación para no perder el tren, se miran en el espejo con el mismo desafío insensato que muchos de nosotros, evalúan el paso del tiempo a través del nivel de “derribo” de sus propios cuerpos. Cuarentones, para este post. Así son los personajes principales de “Música para corazones incendiados”. Tienen un par de hijos, muchos problemas, un ritmo vital que les agota, no encuentran respuesta a las preguntas que se formulan. Sufren. Se cuidan uno al otro. Se follan (el amor está en el entramado de sus vidas, no de forma sublime sino en los pequeños momentos que les confortan, apuntalando esa convivencia pero entre los cascotes de alguna bronca o tras una acción especial que el otro no esperaba, pero no a la vista. No de forma latente. Lo prefieren así, no podrían mantener la misma desidia en caso contrario, ni el nivel de sus quejas. No hacen el amor. Se follan. Pero con esa camaradería de la costumbre). También se engañan.

No es exactamente el tema “hago lo que quiero con otra gente porque mi pareja (él/ella) no es más que ésto” sino más bien un “hago lo que me apetezca y él/ella siempre estará ahí me pase lo que me pase con esta gente que no es como nosotros, estos cuerpos apetecibles que no busco cuando estoy en casa, el lugar donde lo corriente es que él/ella esté cerca y sea mi apoyo cercano, la persona que realmente me conoce, el mundo normal”. La osadía de Homes camina hacia el límite. Nadie querría ver a un niño haciendo malabarismos por una cornisa de un piso catorce. Ni jugando con cuchillos de carnicero de quince centímetros de filo. Es un decir, ella tampoco lo hace pero entra en lo posible, su posible, porque Amy Homes es una escritora imprevisible, sin equilibrio entre la dureza y la piedad, a través de la boca de sus personajes lo será todo pero también implacable. Tira hacia delante en la trama, juntando las piezas de su historia con pulso firme y provocador.

Tiene el poder sí. Todo lo que les ocurra/sientan/disfruten/lloren o sufran Paul, Elaine, sus hijos, vecinos y amigos lo decidirá ella. La mayoría querríamos cambiar el destino del planeta, detener las guerras, alimentar a los desnutridos del tercer mundo que han salido en la tele y en los libros con sus cuerpecillos flacos llenos de moscas, desde que nuestra memoria recuerda. Llenar el aire de una cantidad ingente de balones de oxígeno sin contaminar, terminar con la violencia en las calles, en los colegios, con la amenaza de las drogas, combustible para crear generaciones de muchachos tarados que viven plácidamente en sus mundos oscuros. Querríamos atrapar al malo, cortar el paso al atracador que llega ante la ventanilla del banco, fundir esa pistola en su mano como si fuera chocolate, situarle a él y a los dedos que accionarán el gatillo fatídico en un desierto infinito donde no haya nadie en kilómetros a la redonda y el disparo no haga estallar ninguna cabeza.

Se dice a veces con incredulidad que la realidad supera la ficción. Curiosa frase, como si la realidad fuera la pariente pobre, como si en sus entrañas no pudiera engendrar un mundo diabólico como el que sale de la novela más delirante, de la trama más retorcida o superarle incluso. Claro, no estamos hablando del mundo protegido de Paul y Elaine, su atmósfera conocida, la casa que han incendiado al inicio de la novela porque les agobiaba y en la que viven a ratos, a la que desean fervientemente volver para tener de nuevo esa vida “normal” de la que antes escapaban. El escenario ahora es la realidad de la ficción. Por supuesto que querríamos toda esa bondad y belleza para nuestro mundo pero hay otras posibilidades, con tantos boletos para irrumpir en esa cotidianeidad como para no hacerlo. Aquí es donde Amy Homes es la reina, y su poder es su valentía. Un lector airado le acusaba de “violencia innecesaria”. Así sería si uno tuviera asegurado un final feliz siempre en la vida pero no es el caso. La literatura no es más que un reflejo de esa vida, utilizar la opción menos mal que estaba yo aquí para ayudarte es genial pero no siempre será así.

Alguna vez el coche del loco que enfila una calle y decide matar al primero que encuentre, lo mata. Lo terrible (para el lector confiado en un argumento que no le hiere) es conocer al peatón. Saber que acaba de tener un hijo y sólo ha salido del hospital para ir a comprar un regalo a su mujer. Es tan feliz que necesita colmarla de atenciones, hacer de ese momento presente su razón principal para existir. Un escritor puede contar esta escena tal cual al final de su libro o maravillarse con la rapidez del peatón (Harry, por ejemplo, que ya le conocemos desde la primera página de la novela y nos cae bien), porque en el último segundo se arrojó de cabeza sobre un coche aparcado y sólo se fracturó una muñeca. Final feliz, sonrisas a cámara, un libro que se cierra con un suspiro de alivio. Final sombrío, cara de circunstancias, un libro que se cierra con una opresión en el pecho. Ellos deciden, los escritores que nos tienen siempre en vilo.

Porque Amy Homes sabe perfectamente, como usted y como yo, que manipulando una bomba se puede quedar uno sin cara y sin vida. Que quien juega con cuchillos puede terminar clavado. Que las armas se disparan y a veces la bala atraviesa un ojo humano, culpable y merecedor de ella o simplemente uno desafortunado en la típica situación lugar-momento-indebidos. Que un bebé que se asoma a una ventana puede caer cincuenta y siete pisos al vacío hasta convertirse en un recuerdo tan doloroso que su madre apenas resista la culpa de no haber nacido con el don de la ubicuidad para hacer todo a un tiempo y tener controladas todas esas otras posibilidades. Todos diríamos “no es justo..”, ante una situación que se ha resuelto a la contra, de la peor manera, y algunos sentirían rencor hacia la persona que pudiendo evitarlo no lo ha hecho.

Pero Amy Homes no quiere evitarlo, es más, te lleva lentamente al escenario por el que de un momento a otro entrará el morro de un Boeing 747 destrozando varias paredes y de paso el decorado adornado con luces y flores de colores de esa obra de teatro tan bucólica que llevaba dos meses en cartel. Una opción más, tan posible como otras, que un avión aterrice en una carretera por emergencia y acabe empotrándose en un Auditorio situado a las afueras de la ciudad, por ejemplo. Es sólo otra suposición. Exagero enormemente para intentar explicar la habilidad de Homes para el sobresalto. Es esa frase que uno susurra como para sí “No lo hará.. no será capaz..” No pongan nunca a prueba a A.M.Homes. (Pero léanla, especialmente este libro con tantos registros diferentes, una tragicomedia con final de impacto)

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Sobre corazones que se incendian

  1. Lentitud dijo:

    Pasaba por aquí y a pesar de que no descarga aún todas las imágenes he probado a ver si podía enviar un comentario.Hola.

  2. Angéline dijo:

    Yo tampoco puedo ver las fotografías desde este equipo pero veo la blog perfectamente desde otros ordenadores y se abre al instante sin problemas. Acabo de hacer una prueba que me intrigaba. Si copio el post y lo pego en word sí veo las fotos. Para contestarte, en cambio, he tenido que habilitar al usuario anónimo y ahí sí me permite contestar como yo misma. Misterios. Un beso Lentitud.

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