Y Conejo, corre.. (1 de 2)

Quizá no debería haberlo hecho pero ya que tenía en el estante “El Regreso de Conejo” he leído unas hojas para conocer su futuro ahora que he terminado el primer libro. Ha sido como poner una lupa sobre la fotografía de un primer plano y ver los poros abiertos, la falta de uniformidad, las grietas, el desgaste, la mirada irritada de un rostro en la oscuridad al que se dirige una luz inesperada e insufrible. Magnificar a Harry Angstrom es lo último que querría hacer, prefiero verlo con la dimensión humana que John Updike le adjudicó y (deliberadamente) no juzgarle.

Pero ésto no es fácil e incluso corriendo a su lado a veces me detengo unos segundos y veo su espalda ancha alejándose, sus piernas potentes, sus pasos retumbando en la calle vacía; la desesperación con que intenta dar carpetazo a un pasaje de su vida, sellarlo, como si fuera posible morir y renacer a voluntad con el bagaje de experiencias intacto, adquirido a puro golpe de habilidades y desaciertos. Y es que Harry es un ser afortunado, el mundo se hunde a distinta profundidad en cada uno de esos fundidos a negro que le transportan a otra dimensión, otra mujer, otro escenario, otra velocidad. La vida es como un caballo inquieto sobre el que apretar las piernas con dureza sintiendo el poder, como un coito largo y constante, una sucesión de embestidas poderosas que culminan en ese placer de dioses que es tomar conciencia de uno mismo, uno principio y final, su comprensión cabal de lo que es la limpieza, nada que te toque que no seas tú mismo. Ella en el agua, él en el césped y el aire..

Es difícil no tomar partido por unos y otros pero pienso en él, en Harry. Le observo mientras se fascina, parece tan sencillo que le ocurra, tan rápido como el desánimo, su inseguridad es tan repentina como el terror que le invade por momentos y del que escapa aferrándose a un pensamiento que le tranquiliza, un viento suave que parece poner todo en su sitio, como la simple evidencia de que tras la noche ha de llegar el día o en su defecto una luz sedante, un principio con todos los cabos atados. Le encanta cubrir las semillas con el montículo de tierra levantado por la azada. Una vez enterradas, dejan de pertenecerle. Es un ejemplo de sencillez, de la facilidad con que uno se libra de algo entregándolo a sí mismo. Se diría que Dios está plegado dentro de la diminuta y obstinada estructura, destinado por Sí mismo a una sucesión de explosiones, la grande y lenta agrupación a partir del agua, el aire ..

Me conmueve la influencia que el reverendo Jack Eccles intenta ejercer sobre él, sus esfuerzos para determinar que el hogar A donde Conejo Angstrom debe vivir es en Mount Judge con Janice y el pequeño Nelson (mujer e hijo) y no con Ruth (amante) en Brewer. Ese lado B de la vida rompe la armonía de la estructura Harry-Janice-hijos-padres-suegros y la rutina que ha de aceptar (trabajo, hogar, familia) como la perfección de esas ondas del estanque tras la pedrada, círculos concéntricos que envuelven su vida como ha de ser, como Dios espera que sea en su comunidad. Y Harry se reafirma a veces creyéndose fuerte y diferente (Se pregunta si él es distinto sólo de esta gente que le rodea o si está al margen del país entero) y otras viaja a los abismos de la culpabilidad (Su pecado es un conglomerado de huida, crueldad, obscenidad y engreimiento, un grumo negro englobado en las entrañas del parto)

Diría que cada personaje de esta novela carga con su propio estigma, desde Harry a su pequeña y trágica hija Becky, pasando por Janice, sus padres, los de Harry, su hermana Mim, Eccles, el entrenador Tothero, su estricta esposa, la señora Smith y su soledad, anciana mujer para la que Harry trabaja como jardinero un tiempo transformando su desolado jardín en un vergel colorido y próspero (A cada palabra que pronuncia las facciones se le crispan, no porque el esfuerzo para hablar sea excesivo, sino porque hace presa en ella la excitación de comunicarse). He seguido los acontecimientos de esta novela con el aire contenido, esperando a cada instante que la maravillosa y contundente lírica de su creador, John Updike, me achicase los ojos con un nuevo destello de admiración tras las imágenes que se proyectan una tras otra con total brillantez.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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