Y Conejo, corre.. (2 de 2)

Aflicción, sorpresa, suspense, duda, todo cabe en la chistera mágica de este autor. Mueve los hilos que sujetan a Harry Angstrom con singular destreza: sus idas y venidas entre los dos lados A y B de su vida, el impacto que supone eso en cada uno de sus presentes, la esperanza que parece renacer tras cada cambio. Es como un círculo, catarsis, efímera felicidad y la culpabilidad que de nuevo surge en él con otro drama que le desborda (“Aunque está solo en el dormitorio se siente rodeado de presencias, toda esa gente a su alrededor que le turba, no tanto sus rostros o sus palabras como sus presencias mudas y densas, importunando en la oscuridad como oscuros peñascos submarinos..”) . Y nace un Harry diferente otra vez, alguien que para ese precario presente se desposee del anterior, que necesita partir de cero, como si no hubiese existido otro modo de vida. ¿Es quizás el destino un gran ajustador de cuentas? (“La plenitud cesa cuando pagamos a la naturaleza su rescate, cuando engendramos hijos para ella”) O un gran enigma a desentrañar para cualquier mortal (A menudo el camino correcto parece erróneo al principio)

Harry, Harry.. casi puedo escuchar las palabras censoras de su padre, el chisporroteo mental de su madre, ver la mueca de desprecio de su suegra, la callada desaprobación de su suegro, la indefensión de su hijo, la impotencia de su esposa, el desaliento de Eccles y su verbo evaporándose a las santas alturas, la mirada de te lo advertí de Lucy, la mujer del cura. Lo sé, Harry tiene un nombre como mínimo y el infinito como máximo pero sigo sin querer juzgarle, no es mi tarea como lectora. Sólo aprovechar el rebote. Me siento en la parte de atrás de la casa de sus padres, abrazando mis piernas y observo a un Harry adolescente practicando canastas, horas enteras lanzando la pelota. Es el final de una tarde cualquiera, hileras de casas gemelas, de un solo piso y tejado de poca pendiente se extienden en el límite de la sombra y sus ventanas panorámicas reflejan la luz del sol poniente. Es el principio de la noche, la oscuridad se apodera de la franja de hierba que separa su casa de la de sus vecinos, los Zim. El sonido de la pelota rebotando en el aro se mezcla con los jadeos de Harry y su esfuerzo. Será el mejor, decide, no hay nada más importante para él.

Lo cierto es que durante la novela he podido ver cómo se diluye esa intención, su sentido del orden, la pulcritud, el deseo, un titubeo familiar Si no quería hacerlo, si eso le repugnaba, ¿por qué no se negó, como él, de todos modos, había esperado a medias que lo hiciera? Me recordó a “El túnel” de Sábato. En aquella novela el protagonista llamaba puta a su pareja, después se arrepentía, pasaban el típico momento de las lágrimas, el perdona nena. Él se siente un maldito, ella llora en silencio y cuando por fin se calma y le perdona sonriendo, él piensa que ninguna mujer se repone tan rápido de un insulto tan fuerte a menos que haya cierta verdad en aquella calificación. Sinceramente Harry, creo que no querías que ella se detuviera, te gustaba ese gesto de poder. Es duro perder terreno, lo sé. (Tenía la sensación de que el público estaba en su interior, formado por el hígado, los pulmones y el estómago).

Algo que define finalmente el desamparo de Harry en la catástrofe que puede ser una vida al lado de alguien como Janice es la sensación de ladeo en su interior. Es una definición fabulosa para esa emoción concreta, el vértigo que tiende a hundir en el pozo, el grito que uno no debe escuchar, el ataque de pánico que no puede dejar crecer, la desolación inmensa y absoluta que da paso a un hecho desastroso que quisiera haber podido evitar. La falta de equilibrio para sobrellevar una carga. Ese es el problema de Harry, él no quiere sobrevivirsino disfrutar de la vida. Y todo se tuerce para el lado que no tiene protegido. Continuas canastas que el equipo contrario encesta sin piedad en su marcador.

Citaría por su belleza frases del estilograbada en su corazón como una inscripción desgastada por la intemperie, “sus variaciones de tonalidad son como la gama de brillantez en el interior de una llama”. Durante el parto de Janice “Eccles está posado en el borde extremo de su árbol de temor, como un pájaro negro”. Cuando habla del bosque que hay cerca de su casa “y se tiene la sensación de haber atravesado el silencio para dar con algo peor”. Es tan gráfico, tan visual. Me divierte algo que se pregunta a veces “¿son frígidas las mujeres ricas? ¿son frígidas las mujeres de los sacerdotes?” Y termino esta reflexión con esa sensación de amplitud que producen las alturas, contemplar allá abajo el lado humano de la vida y las carencias de toda esa actividad frenética. Harry abre la boca como si quisiera que los labios de su alma percibieran el sabor de la verdad de esa urbe, como si la verdad fuese un secreto diluido en tan pequeña proporción que sólo la inmensidad pudiera proporcionarle un sabor perceptible.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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