Flaubert, su loro o la versión de Geoffrey Braithwaite (una deuda con CEci)

“¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros?” Este grupo de preguntas forma parte de la primera de las sesenta y siete notas que tomé del libro. Normalmente no las cuento pero esta vez se terminó el espacio blanco final y casi tuve que escribir sobre el índice. Vale la pena hacer un recuento de algo semejante, la culpa en primera línea es de Braithwaite pero el verdadero culpable es Barnes y su forma de atropellar al lector con las preguntas del médico. Quería contestarlas pero apenas tenía tiempo para una respuesta y ya estábamos con otra. “¿Acaso hay alguien que necesite irrumpir en el desolado desván del cumplimiento?” Verá, Geoffrey, materializar un deseo es terrenalizar un ideal, poner fin a un misterio, y es terrible dotar de cuerpo a un sueño transparente pero a veces es necesario morder la realidad, hincar los dientes con fuerza en el pastel.

“¿Cómo captamos el pasado? ¿Llegamos a atraparlo alguna vez?” Aquí me decanto por las figuras cazador y cazado. Cuando buscamos algo nos cuesta encontrarlo pero ser víctimas es sumamente sencillo. El pasado se instala como una cuenta atrás, azuzando el remordimiento por lo no-vivido o rebobinando para nosotros una jornada inusual, recuerdos abrillantados, agigantados, exagerados. ¿Por qué aquel día grisáceo es ahora especial? Quien se pregunta esto es nuestro yo adulto; el adolescente, el joven, tenía bastante con vivirlo. Lo que echamos de menos no es aquel día corriente sino la predisposición a olvidarlo con rapidez en favor de la diversión instantánea que vivíamos entonces. Los jóvenes apuran el presente pero reflexionan “sobre la eternidad, sobre la naturaleza fugitiva de la vida y los consuelos de la grandeza”, dice Louise Colet en su capítulo. Estoy de acuerdo. La juventud es la época perfecta para visualizar el futuro como un enorme descampado, un horizonte sin fin. La madurez se nutre (desde la positividad) de una corriente estimulante. No está uno para perder el tiempo con estupideces. El tiempo. Tomar conciencia de él es aprender a valorarlo, controlar la dispersión a placer.

Las coincidencias. Querido Geoffrey, sé que las odia, en especial las que figuran en los libros (“un recurso barato y sentimental; desde el punto de vista estético, siempre tienen aspecto de putón verbenero. El trovador que pasa justo a tiempo para rescatar a la chica.. etc”). Entenderé pues que su estancia en el Grand Hôtel du Nord y la música infernal del tubo de desagüe conduciendo la mierda tras la cena, es un guiño a Flaubert “Ante la estupidez de mi época, siento oleadas de odio que me asfixian. La mierda se me sube a la boca como en las hernias estranguladas. Pero yo quiero conservarla, fijarla, endurecerla; quiero transformarla en una pasta con la que embadurnaré el siglo XIX..” También yo las odio, o a lo sumo me incomodan. Los “justo entonces” de tantas novelas. Claro que, sus autores nos compensan en la mayoría de los casos con nuevas dosis de su genialidad y podemos perdonar estos flashes concurrentes.

Enid Starkie

Pregunta para CEci, sale de otro de los odios de Braithwaite, el que profesa a los críticos: “¿Existe en algún lugar un lector perfecto, un lector total?” Aclaro que lo pregunta porque la doctora Enid Starkie, “Reader Emeritus de Literatura francesa en Oxford” acusa a Flaubert de no fijarse en la apariencia de su propio personaje, Emma Bovary, al contradecirse mencionando el color de sus ojos como pardos, negros y azules en distintos momentos de la novela. Nuestro narrador se pregunta si debería haberse fijado, si es acaso importante no sólo que se contradiga el autor sino conocer el color de los ojos de los personajes. Y vuelve sobre el tema algo más adelante asegurando que compadece a los novelistas que tienen que mencionar el color de los ojos de las mujeres “hay muy poco donde elegir, y sea cual sea la coloración finalmente elegida, siempre tendrá connotaciones triviales”. ¿Qué opinas CEci? ¿Crees que el lector perfecto debe ser al tiempo un crítico incisivo? ¿Leer y enjuiciar en paralelo? ¿Observar hasta el mínimo detalle, volver la página asombrado para verificar el patinazo terrible, la absurda contradicción, la falta de memoria al atribuir al personaje algún rasgo o hecho que no le corresponde? ¿Perdonarías esto o prefieres que la acción se trate en todo momento con el rigor que se merece? ¿Crees que el lector, a diferencia del crítico, “es más afortunado porque puede olvidar mientras los críticos sufren la maldición de la memoria, jamás se borrarán de sus cerebros los libros acerca de los que dan clases y escriben”?

Estimado Geoffrey, no puedo estar más en desacuerdo con usted en el tema de los ojos. El escritor conoce el acceso al alma de su personaje a través de ellos y desea mostrarlo al lector en todo su esplendor. No estoy refiriéndome al tópico del espejo sino a la comprensión de su poder, su vulnerabilidad, a la percepción de sus mentiras, al por qué de sus actos. Y no se conforma con que éste imagine su dimensión interior, necesita que la sienta, en lo posible. De “Proleterka”, mi lectura actual: “Aún no ha cumplido los setenta. Cabello blanco, liso, con raya en medio. Ojos claros y fríos, innaturales. Como una fábula infantil del hielo. Ojos invernales. Se entrevé un fulgor de capricho romántico. Iris verdes y descoloridos, límpidos, hasta el punto de infundir temor. Casi les falta la consistencia de una mirada. Como si se tratase de una anomalía genética.” Ojos innaturales, Geoffrey. Innaturales. Fríos, de hielo, invernales. Alguien que posee una mirada innatural puede comportarse como el novelista prefiera, su interior ya posee la marca de “ser extraño en el que cabe todo”. Quizá el único ojo que no necesita tener color es el que John Banville llama “ojo de la memoria” en “El mar”. Esa mirada punzante que recorre los entresijos del pasado, la que se contempla a sí misma en forma de niño, la escrutadora, la mirada que reduce o magnifica un simple recuerdo. (Conteste quien lo desee, aunque solo me dirija a CEci. La deuda era con ella y por eso le formulo las preguntas pero me encanta improvisar una charla en cualquier momento)

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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10 respuestas a Flaubert, su loro o la versión de Geoffrey Braithwaite (una deuda con CEci)

  1. CEci dijo:

    ¡Pues vaya, Angéline! ¡Qué responsabilidad! Ríete tú de los exámenenes de lectura que nos hacían en el colegio. Me guardo la entrada en el ordenador para pensar con calma mis respuestas, ¿de acuerdo? Crítica / lectura; presente / pasado… Esas sí que son grandes cuestiones. Un fuerte abrazo y gracias.

  2. Angéline dijo:

    Espero que no haya sonado a acoso, CEci, ha sido la influencia de Braithwaite. Tanta pregunta tenía por fuerza que sembrar algo en mí. Y a mí me fascina que tú leas en tantos frentes y he pensado inmediatamente en ti. Contesta solo si te apetece y no te des prisa en hacerlo si es así. El post no se irá y podré volver a él cuantas veces haga falta. Entretanto iré pasando las notas para la parte II, y las colgaré en cualquier momento. Un abrazo grande.

  3. CEci dijo:

    Declaración de principios. Creo que la obra literaria debe ser autosuficiente o aspirar a ello. Al menos, la de ficción. No es necesario conocer la biografía de un autor para disfrutar de su obra. ¿En qué contribuye a apreciar la obra de Salinger el que sepamos que lleva décadas recluido en su casa? En nada. El guardián entre el centeno es genial al margen de las excentricidades que se le atribuyen a su autor. ¿Que las tendencias homoeróticas de Hans Castorp son un reflejo de la homosexualidad de Thomas Mann? Puede ser. Pero lo importante es el papel que cumplen en La montaña mágica. Distingamos entre autor, narrador y personajes. El primero es irrelevante. Son los otros los que deben importar al lector. De todos modos, el interés por el genio creativo que se halla detrás de una obra que nos ha emocionado o impactado de alguna manera es perfectamente entendible. Es una forma de admiración. Aunque el conocimiento de la persona suela –sólo suela- terminar en decepción. “La intrusión en el desolado desván del cumplimiento”. ¡Qué maravillosa metáfora! Pero esta decepción no mengua en nada la calidad de la obra. O no debería hacerlo. ¿Es peor novela Viaje al fin de la noche porque Cèline fuera antisemita?¿Y por qué las vicisitudes vitales del autor deben quedar en principio al margen? Porque, como señala Harold Bloom en su ¿Cómo leer y por qué?, corremos el riesgo de hacer lecturas parciales e interesadas. Trata esto a propósito de la enseñanza de la literatura en las universidades. El auge de los estudios literarios desde una perspectiva de género, de raza, etc., y las lecturas interesadas y sesgadas que atienden tan sólo al punto de vista que les interesa es una buena muestra de ello. En un seminario al que asistí hace unos años una joven doctoranda dedicada a estudios de género reconoció que la autora de su objeto de estudio había cuestionado que en sus textos hubiera todo aquello que ella –la joven doctoranda- les atribuía. Y si lo había, cosa que dudaba, no era fruto de una labor consciente. Son muchas las interpretaciones interesadas y falseadas de una obra que la crítica literaria de los últimos años ha llevado a cabo con total impunidad. Lo mismo ocurre con los intérpretes que todo lo explican a través de los trances vitales del autor. La biografía de un autor puede ayudar a comprender determinados rasgos de su obra, pero su conocimiento nunca debería ser imprescindible. Quizá los años dedicados al estudio de lo que una buena profesora de latín ha llamado “los soldados desconocidos de la filología” –textos menores de autor desconocido; pero con evidente valor intrínseco- han marcado mi opinión. En cualquier caso, es lo que creo.La aprehensión del pasado. Interesante cuestión para una nostálgica impenitente como yo. Michael Chabon habla de la “ruinosa labor de la nostalgia, que oblitera el pasado”. Es cierto. Sublimamos nuestra infancia, llena de días grises que ahora nos parecen especiales, por utilizar tus palabras. Pero no es menos cierto que muchos de esos días fueron en verdad especiales y que siendo niña no me limité a vivirlos, sino que ya en el mismo momento en que se estaban produciendo sentía una especie de nostalgia por la irremediable pérdida. Quizá fuera una niña rara, no sé. Creo que tiene algo que ver con el orgullo y satisfacción del que hablo en mi última reseña: los de hallarse en el momento adecuado en el lugar adecuado y con la compañía adecuada. Lo que inevitablemente, es pasajero. Pero la vida es contraste, ¿no? Ya lo decía el bueno de Edmundo Dantés. No hay dicha ni desdicha sino comparación de un estado con otro ( o algo así).¿Un lector total? ¿perfecto? No creo que exista. ¿Cómo buscarlo? ¿Qué cualidades han de adornar a ese supuesto lector total? ¿Es el que agota las posibilidades interpretativas de una obra? ¿el que alcanza a vislumbrar la intención del autor? Pero ¿era ésa la intención del autor? Dice Harold Pinter que al margen de lo que signifiquen sus personajes, nunca los concibe como representaciones alegóricas de fuerza alguna en particular. Sus personajes surgen siempre como algo concreto. Lo mismo puede decirse de los de C. S. Lewis. El desencadenante de su saga de Narnia fue la imagen de un fauno –el futuro Sr. Tumnus- merendando un bocadillo de sardinas ante un acogedor fuego. ¿Son mejores lectores aquellos que ven en Narnia una parábola de la Creación? ¿Mejores que el niño de 8 años que simplemente disfruta con las aventuras de Lucy, Edmund, Peter y Susan? No lo creo. Si le preguntaran a Lewis, seguramente elegiría al niño de 8 años. Saul Bellow no tiene tampoco ninguna duda al respecto –por cierto, muy recomendable su colección de ensayos Todo cuenta-: “Las universidades no foman espectadores ni lectores, tal como deberían hacer, y la incultura diplomada emerge como una nueva fuerza negativa tanto aquí como en los demás países” […] “A veces creo que hay más esperanza para el joven obrero que coge un libro de bolsillo de Faulkner, Melville o Tolstói del estante del supermercado, que para el licenciado en letras que escucha la “interpretación” que de esos mismos autores hacen sus profesores y están en condiciones –o creen estarlo- de explicar el significado del arpón de Ahab o los símbolos cristianos que aparecen en Luz de agosto. En las facultades y universidades no se inculca la pasión por la novela y la poesía. Se aprende a llevar una conversación culta durante unos minutos sin revelar ignorancia o estupidez.”Y con esto llego, por fin, a la última cuestión. No sé si es real la distinción entre lector y crítico. ¿No es todo lector crítico de por sí? Todo el mundo es capaz de decir en mayor o menor medida si un libro le ha gustado o no. ¿Qué es lo que hace que a los niños les guste Roald Dahl o Harry Potter? Algunos serán capaces de explicitar los motivos por los que un libro les gusta y otros no. Los argumentos podrán ser más o menos maduros y acercarse más o menos al imaginario de lo que tradicionalmente se ha llamado crítica literaria, pero, al final, la cuestión es siempre la misma: “¿Te ha gustado?”. Son los años, la educación y, sobre todo, la práctica de la lectura, los que refinan nuestro gusto y nos vuelven más exigentes. Quién no ha pensado alguna vez al releer un libro o volver a ver una película de la infancia: “¿De verdad me gustó esto?”. Pero hay cosas que nos decepcionan ya de niños. En la otra cara de la moneda, todo crítico es necesariamente lector. Es el único paso previo imprescindible. Puede parecer una obviedad pero no lo es tanto. Son muchas las reseñas que aparecen en prensa que demuestran que quien las ha redactado no ha leído el texto en cuestión. De ahí lo que decía Bellow: el afán de parecer culto. El año pasado, a propósito de la publicación de un libro de Bordas sobre la Ilíada, un “crítico” por llamarlo de alguna manera, cerraba su supuesta reseña afirmando que una de sus utilidades era que cualquiera que lo leyera podía pasar por conocedor de la obra homérica sin haberla leído. En fin… Puede que me haya desviado del tema. Es evidente que con la pérdida de la inocencia perdemos parte del placer de las lecturas de la infancia, pura evasión, donde la verosimilitud no importa tanto. Pero la lectura crítica –y creo que toda lectura es necesariamente crítica- proporciona muchas otras satisfacciones. ¿Que si perdono los deslices? Depende de la magnitud del tropiezo. Creo que yo sí perdonaría a Flaubert por cambiar el color de los ojos de su protagonista –será porque yo también soy mala fisonomista-. Me cuesta más perdonar al Saramago que en El hombre duplicado hace que un profesor de historia confunda en parte el argumento de la Eneida con el de la Ilíada. O a un Kazuo Ishiguro que en su Cuando fuimos huérfanos reúne a dos amigos de la infancia veinte años después en ejércitos opuestos en un callejón perdido que el protagonista toma en busca de su madre secuestrada más de veinte años antes (¿¡?!). No perdono la falta de verosimilitud. Y eso es algo que salta a la vista por poca atención que se preste a lo leído. En fin… Ahí van mis deberes, que aquí te dejo encantada. No sé si bastaría un café para tratar de todo esto. Quizá habría que acompañarlo de bocadillos de sardinas como los del Sr. Tumnus o la familia Castor.Un fuerte abrazo y enhorabuena por tu magnífica reseña de El loro de Flaubert

  4. Anonymous dijo:

    Yo apostillo otra posibilidad: que el autor no siempre ve a sus personajes de la misma manera y, así, Bovary tenía el color de sus ojos conforme era vista por Flaubert. Es como el carácter que tiene infinitas posibilidades y variantes.

  5. Anonymous dijo:

    Magistral vuestros comentarios. Gracias.

  6. Angéline dijo:

    CEci, ante todo quisiera agradecerte esta respuesta. Es de una gran generosidad compartir tu tiempo, tu espíritu crítico, tu visión de lo que conforma a un lector, en un comentario de esta longitud y brillantez. También te agradezco la rapidez, la buena intención. Ví la respuesta a media tarde de ayer y me quedé sorprendida, además de sentirme afortunada. Lo imprimí y lo comenté con unos amigos, les he recomendado tu página para que te sigan de cerca. Bueno, también yo quiero contestarte, y hacer la parte II pero aún no he tenido un rato. Haré esta noche las dos cosas. Un abrazo inmenso.

  7. Angéline dijo:

    Anónimo, gracias por tu visita. Me gusta esa explicación, que Flaubert se imaginase a Emma de una forma diferente mientras escribía la novela. Quizás se inspiró en los ojos de las mujeres que trató en esa época y todas fueran Emma para él. Quien sabe, un saludo.

  8. Angéline dijo:

    Veamos. Punto 1.- El autor y su obra. Es la eterna discusión. A veces creo que mejor no conocerle si aunque escriba como un Maestro resulta ser un auténtico cabrón, a mí sí me afectan estas cosas. Cuando una novela me gusta mucho necesito saber quién es el padre de esos personajes, quién narra, qué rostro tiene. Hemos estado juntos durante mi viaje por su novela, le he preguntado varias veces por qué esto y aquello así que me gusta ubicarlo después en su país, imagino cómo puede haber escrito tal o cual escena. Qué vista tendría su cuarto de trabajo, con qué tipo de gente se cruza a diario. Y miro con atención la fotografía de la solapa. A veces rebusco en internet para tener más referencias. Me produce cierta curiosidad saber cómo se ríe, cómo escucha y cavila una pregunta en una entrevista. Después es sólo leer lo que escribe o las preguntas que contesta para una revista y es como si estuviera escuchándole, a su lado. Si el escritor ya está muerto y su novela me ha encantado le busco con más empeño todavía en internet. Leo su biografía, le observo en fotografías de su juventud, madurez, etc. No quiero saber si pegaba a su mujer o era generoso pagando copas a sus amigos pero me gusta situarle en su época, saber si fue difícil para él comenzar y salir adelante. Disfruto con esas fotografías de tertulias, los momentos de ocio. La obra puede ser fantástica sin pertenecer a nadie pero a mí me interesan esos detalles. Verles recogiendo un premio, las críticas que otros escritores contemporáneos les hacen. Te hablo de un pequeño grupo, los referentes, la gente que tiene un estilo propio del que otros se nutren y que cuando les descubres te producen una inmensa admiración, la sensación de que se abre otra puerta por dónde tú mismo puedes cruzar también y madurar en tus escritos. Punto 2. El lector crítico. Creo que sí debemos serlo, críticos, nos debemos a nosotros mismos leer con cierta perspectiva. Me refiero al lector que lo es por necesidad, no al que lee esporádicamente y para suplir de forma temporal otra actividad más importante para él. Hablo del lector “condenado” a leer, quien hace de la lectura una actividad que se integra en su día a día como cualquier otra de las que lleva a cabo de forma natural. El que cuando olvida el libro en casa y tiene dos horas libres en la calle se siente un auténtico estúpido. Me incluyo en este grupo, alguna vez he comprado el mismo libro que leía en casa por puro enganche ante la imposibilidad de dejar correr ese tiempo libre improvisado sin dedicarlo a leer (consulta del médico,etc). Decidimos, como lectores críticos, si lo que nos cuentan y cómo lo hacen, encaja. Y no me refiero a leer con saña sino a cuestionar lo que no tiene sentido. Entiendo que un escritor profesional tiene el deber de escribir con rigor, documentándose al máximo, pasando el tiempo necesario entre bibliotecas y archivos para que lo que más tarde figure en sus novelas sea coherente y no desluzca por un fallo absurdo. A mí me gusta leer con un lápiz. Me da tanta pena no tener la novela conmigo como no haber llevado mi lápiz para apuntar. Sé perfectamente que no voy a releer el libro inmediatamente para buscar qué era aquello que me gustó tanto o no me cuadró. Así que leo por cafeterías, parques, playas y restaurantes con el lápiz entre los dedos y anoto todo lo que me llama la atención. Precisamente de este libro tengo tantas notas que se merecen una segunda parte al post pero no acabo de llegar al momento adecuado. Supongo que tendré que resignarme a escribir a la vuelta del fin de semana, el poco tiempo del que dispongo lo estoy dedicando a preparar una escapadita a la feria del libro de Madrid. Un beso, CEci y gracias de nuevo.

  9. CEci dijo:

    De nada, Angéline. Yo encantada. Lo cierto es que preparar el comentario me ha servido para aclarar mis posturas. Un buen amigo mío dice siempre que si no eres capaz de escribir algo es que no lo tienes claro y tiene razón. Me lo he pasado genial redactando el comentario. Espero la segunda parte. Por cierto, supongo que eres tú quien le ha hablado de mi blog a la gente de Shangri-La. No conocía su trabajo y me ha gustado mucho. Así que gracias a ti. Disfruta por la Feria del Libro de Madrid. Besos,CEciP.S. Me pasa exactamente lo mismo que a ti cuando me dejo el libro, o cuando lo acabo y me sobra tiempo.

  10. Angéline dijo:

    Qué bonito nombre, Shangri-La, para un espacio tan especial como la blog que lleva su nombre, ¿verdad? Me alegra que hayan llegado hasta ti, y no, no he sido yo el puente, al menos no directamente, así que tendrás más nuevos visitantes en breve. Genial. Qué bueno que te ocurra eso con los libros. Alguna gente de mi familia no entiende que el bolso que llevo ha de ser al menos del tamaño de lo que leo. Menos importante es que sea del color de la ropa, etc. Espero disfrutar con la Feria y quedarme con fotos reales y mentales, que pueda colgar aquí después. Un abrazo.

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