La vida es un enorme álbum donde ir construyendo..

.. un pasado instantáneo, de colores ruidosos y definitivos.

(Tomo las frases de encabezado en cursiva del interior del libro por el que viajo. Voy a hablar de “La vida privada de los árboles” de Alejandro Zambra. Hasta aquí una explicación, en adelante solo el sonido de las palabras que antes de armar la torre sitúan sus pies en las marcas del suelo que cada una tiene asignada, anclaje perfecto, vista al frente, un desentumecer suave del cuello con los ojos cerrados, pequeños giros a izquierda y derecha de la cabeza, los cabellos sueltos, las manos caídas a los lados del gran abrigo que les tapa todo el cuerpo)

Dice la contraportada de este libro que “Verónica tarda, Verónica se demora inexplicablemente y el libro sigue hasta que ella regrese o hasta que Julián esté seguro de que ya no volverá”. Dice más cosas porque es una contraportada lista y porque ha esperado con Julián a saber el resultado del enigma. Y en realidad no es un enigma. Es una figura creada por palabras que todavía no tiene forma conocida porque estamos al principio. Y mientras el tiempo de la novela se echa a andar, las primeras palabras ya han hecho la base. Son las más fuertes, las que no tienen dudas, palabras con cuerpo grande, firmes para sujetar al resto. Julián no conoce al resto todavía. Cuenta cosas a Daniela para que la niña se duerma. Acerca de la vida privada de los árboles, por ejemplo. Algunos árboles del bosque “comentan la mala suerte de un roble en cuya corteza dos personas grabaron sus nombres en señal de amistad. Nadie tiene derecho a hacerte un tatuaje sin tu consentimiento, dicen”. Yo también lo pienso. Pero alguna gente nos clava un puñal en lo más hondo y tenemos que seguir viviendo.

Julián no es un padre pero tiene una hija. Está casado con Verónica, que esta noche tarda, y además de ser profesor, escribe. El padre de Daniela sólo vivió unos días con ellas. Julián cree que a veces “es una mancha en la vida de Daniela”. Quince palabras se han subido a la segunda fila. Apenas han dado tiempo a las que sujetan pero es que estaban muy seguras de dónde estaba su puesto. Desde el frente de la forma sin forma se puede leer “pero quién no es, de vez en cuando, una mancha en la vida de alguien”. Julián lee el manuscrito de la novela que varias veces debería haber dedicado a un tema distinto y aunque se finge espectador casual termina siendo el padre de sus letras y las escruta mientras ellas encogen el cuello estremecidas. Saben que figurar en un lugar indebido o lucir un aspecto inexacto puede llevarlas a esa otra dimensión que existe bajo la tecla Supr del teclado. Julián no lo ha dicho pero yo hago lo mismo con las mías cuando corrijo un relato y también como él soy “una especie de policía de mí mismo que sanciona mis propias faltas”. Pero en mujer. También nos parecemos en que las coincidencias, de alguna forma deciden parte de nuestra vida, y hemos leído muchas novelas de Paul Auster.

Fotografía de Mark Tucker

Hago una paradita mientras Julián fuma mirando el techo y veo cómo las palabras que ha dicho siguen armando esa torre, que a diferencia del escenario donde ahora fuma Julián, su “frágil armadura de presente”, es una estructura fuerte y sólida pero algo indefinida también porque desde el frente se ha torcido hacia la derecha y sigo sin saber qué es. Julián no siempre estuvo con Verónica. Hubo otra mujer que se llamaba Karla y otro tiempo en el que preguntarse cosas. Karla no tenía familia pero se fue con una amiga un tiempo y esa palabra tenía cara de madre. No está comprobado. Julián no tuvo última escena con Karla. A veces las palabras que no salen por la boca se pudren en el estómago. Julián sí tuvo madre, a veces cantaba en el sofá canciones contundentes, llenas de ese tipo de palabras que te hacen “soñar con un dolor verdadero”. A veces queremos reír y buscamos un motivo. “Las flores de mi jardín/ han de ser mis enfermeras”, recuerda Julián mientras Verónica no está porque tarda. Canciones de Violeta Parra que su madre cantaba en ese sofá mientras los demás jugaban una partida al Metrópolis.

La noche aumenta la torre de palabras que Julián recita, “tolerar, soportar, cargar, sobrellevar, aguantar, hacerse cargo; hacerse cargo de la noche –aceptar la oscuridad, saber llevar nuestra porción de noche, aceptar una parte de la noche..” Las palabras suben obedientes al ritmo que Julián las pronuncia, solemnes, implacables. Algunas me sobrecogen “restarse de la luz, adentrarse en la noche, hacerse cargo de la oscuridad..” y siento pena por Julián. Algo sucede. Algunas palabras producen en el resto una gran admiración. Julián está distraído inventando el futuro de Daniela y no ve cómo estas palabras suben hasta su posición como si volaran, sin escalar los hombros de las demás. Palabras flotantes que se posan suaves creando una hilera que suena “se ama para dejar de amar y se deja de amar para empezar a amar a otros, o para quedarse solos, por un rato o para siempre”. A mí también me gustan. Reconozco esa forma. A las palabras solemnes se han unido otras igualmente apreciadas. “Provocar las goteras del recuerdo” puede ser como un martilleo necesario a veces. La noche acaba y el libro también. Sólo Julián sabe lo que ha pasado y pasará porque vive entre esas páginas. Y aunque en el futuro inventado de Daniela es un hombre que “ha renunciado a decir las líneas que le tocan”, aquí lo hace.

Mientras me alejo preguntándome qué hice para merecer este fascinante premio, qué suerte de embrujo tuve con este libro que me llamó tan fuerte desde la estantería de la librería, veo la forma que las palabras de Julián han creado. Bellas, ligeramente onduladas, con esa sabiduría que les confiere un equilibrio imposible hacia cualquier lado. Serenas, brillantes, no pueden ser otra cosa que eso, lo que Julián llama “un hilo de vida” y también “cómo alumbrar las zonas oscuras”. Magnífica, arqueada, esta hermosa forma tan cotidiana, tan dentro de nuestras vidas, tan a mano en todas las casas, se proyecta esta noche sobre los ojos cerrados de Julián. Y sobre los míos, porque he leído el libro.

Poet's house. 1999. Maggie Taylor

Si alguien quiere saber qué forma es, ganar un premio, conocer la voz queda y suave de Alejandro Zambra y sentir a veces una caída en picado, un remontar instantáneo no tiene más que pasar cerca de la estantería de una librería que lo venda y esperar al embrujo para comprarlo. También puede suceder que el libro esté ocupado en algún juicio y no se percate de tu presencia porque los libros, también, sí, tienen vida privada y sucede que a veces se ven reclutados como jurados en una vista improvisada o se les requiere desde otros libros cercanos como testigos de algún suceso relevante, o es la fiesta de la Hermandad y algunos son elegidos para declamar, o se ha perdido la protagonista de una novela romántica antigua y hay que ayudar a su padre, que la busca desesperado por si abandonó su estante seguro y ha caído en manos de algún personaje de Stephen King, Lovecraft o Poe. A Julián le gusta pensar en sus locos favoritos. Yo también tengo los míos.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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