Música en el fuego

No es comparación, porque ¿qué podrían tener en común en su estilo John Mayer y Jimmy Hendrix? El Bold as love de Mayer es seda, sensualidad, el de Hendrix, fuerza, sexo, tanto como me enternece uno, me provoca y estimula el otro. Desde la suavidad de JM convoqué la noche meiga del lunes a “os espritos dos amigos que están fora” (los espíritus de los amigos ausentes) para que asistieran conmigo a la quema de la hoguera. La ciudad olía a humo y sardinas. En las esquinas del barrio se improvisaban pequeñas parrillas con brasas, el arenal de la playa de Riazor estaba colonizado por mil y un grupos provistos de comida, música, bebida y ganas de tenderse bajo las estrellas mientras el mundo giraba fuera y dentro de sí mismos. Se quemó en segundos esta falla.
 
Hay algo hipnótico en las lenguas de fuego que salen del corazón de una hoguera, un movimiento sinuoso que tan bien podría ser un terror atrapado consumiéndose como una redención. Y eso me fascina. Los papeles que ardían en nuestra pequeña “lumeirada” (hoguera) me llevaron a visualizar una serie de historias, parecían voluntades sometidas, se curvaban hacia delante lentamente haciendo una reverencia, tuve que llevar la contraria al fuego e intenté enderezarlas con un palo. Morid matando, al menos, quise decirles, no dejéis que os aniquile sin un gesto de rabia, rebelaos, hostia, mandadme un chispazo que me queme el pantalón. Unos minutos antes, mientras sujetaba los hombros de mi hijo Simón y gritábamos tonterías riendo a cada estallido de los fuegos artificiales tenía todos los sentidos alerta, mi claustrofia en su punto, la multitud nos rodeaba apretando. No hay acontecimiento tan importante como para sepultarse en una masa curiosa de gente que se apiña y estira para ver unos metros más allá, ni siquiera un pedazo de cartón artístico calcinándose. Escapamos de aquel nudo de la mano, en línea recta, camino del pequeño espacio en el arenal donde ver los fuegos en todo su esplendor y hacer nuestra particular pira. Allí pedimos deseos cuando azuzábamos el fuego, saltamos las llamas y ahuyentamos por un año a los espíritus negativos. Que no creo mucho en ellos pero haberlos hailos.

A nuestro alrededor sonaban canciones, ritmos caribeños y de la tierra, veías saltos y baños de pies en la madrugada, apenas unas volteretas de espuma daban a la orilla del mar un aspecto tranquilo, sedante, adormecedor. Pensé en Ricardo Sumalavia, su libro “Que la tierra te sea leve” se me cruzó recientemente y abandoné unos días a Banville y Trapiello para dedicarle toda la atención. El narrador encuentra fascinante la nieve del país extranjero en el que trabaja temporalmente y relata a un compañero, profesor como él, que en su ciudad “jamás caía nieve ni había lluvias torrenciales ni fríos intensos ni calores sofocantes, apenas teníamos un cielo gris que nos hace ser como somos”. Me gustó esto último, imaginar que el cielo pudiera reflejar de alguna forma nuestro sentir, actuar como un gigantesco espejo y proyectar con colores la desesperanza, alegría o prosperidad de un lugar. El narrador se refería a una ciudad de Perú y no pude evitar pasar por ese gris uniforme a varios peruanos que conocí hace unos años. Curioso.

 

Pero estaba yo con Hendrix y su Bold as love y también en la playa junto al fuego, festejando motivos y desterrando penas. Simón danzaba feliz alrededor de nuestra hoguera, con algo más de ochenta días de vacaciones por delante. Yo la saltaba celebrando por fin una victoria contra un estrés que me lleva minando desde principios de año. Recuperarme me ha hecho reprogramar mi vida y de rebote desatender durante unos meses esta blog, otras cosas y el correo con algunas personas entrañables. No he tenido más tiempo que para trabajar, cuidar de los chicos y de mí, hacer una hora larga de ejercicio duro al final del día y dormir (algo accidentado y casi imposible hasta hace no mucho).

Volvimos rendidos de madrugada, apestando a humo y jugando con nuestras sombras bajo las farolas. Simón sueña con ser futbolista, acróbata, guerrero, piloto de naves espaciales o millonario. Cuando lo tapo de madrugada me pregunto en qué batalla estará metido. Quizás solo bucea en un mar de fantasía e incertidumbre. Son once años. Yo sueño con demasiadas cosas, algunas me aterrorizan, otras me recompensan. Actividad, descanso, lucha, calma, amor, soledad. Todo ello son deseos y pesadillas a un tiempo y parecen moverse en lo que John Banville describe como “Y nada era suficiente. Todo se aproximaba, estaba en camino, a punto de ser.” También dice “ Tengo la impresión de haber vivido la mayor parte de mi vida entre dos aguas, atascado entre el sueño y la vigilia, incapaz de distinguir entre el mundo onírico y el de la luz del día”. Afortunadamente eso no me ocurre pero me gusta fundir mundos distintos, por ello el Bold as love de John Mayer y Jimmy Hendrix. Disfruto escuchándolos alternativamente, a ratos la versión suave, a continuación la de Hendrix. Sensualidad, euforia e inconformismo. Para seguir pensando que nada es suficiente y que queda mucho todavía por conquistar.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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4 respuestas a Música en el fuego

  1. Julia dijo:

    ¡Hola Damita! Tengo ganas de verte y relatarte, entre risas, lo caótica que es mi vida. Y lo divertida, y lo mucho que sonrío ultimamente, aunque sea a escondidas. Besitos.

  2. Angéline dijo:

    Nos veremos, entonces. Me alegra que te diviertas y sonrías (aunque sea a escondidas). Un beso

  3. Elisa dijo:

    Hermoso, me sucede lo mismo cuando escucho ambas versiones! Aplausos

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