Un pasado sin puertas

Siempre me ha gustado esta canción de Black Sabbath. Y todavía más, pronunciar suavemente esa palabra changes, con la incertidumbre de cada una de las épocas por las que he pasado y también con la irreverencia del inconformismo, la eterna ceja alzada preguntando por qué. Sin duda, más de una vez hubiera preferido no ver lo evidente y depositar el cariño, la amistad, el amor, en otras gentes, otros corazones más generosos, con la capacidad suficiente de resistencia-combate para enfrentarse tanto a lo bueno como a lo malo sin necesidad de herir a los demás. Pero todo está ahí, lo permitido y lo sentido. Changes lo trae al presente mientras medito acerca de los últimos libros leídos, “El profesor del deseo” (Philip Roth) y “Divisadero” (Michael Ondaatje). La letra de la canción tiene un efecto revelador, Ozzy Osbourne canta “my heart was blinded, love went astray” (Cegaron mi corazón, el amor se perdió).

Nos agotamos a veces con tanto dar. Y sabemos que aunque nos sometan, nos echen las manos al cuello e intenten reventarlo apretando, no saldrá más. No puede salir. Estamos al límite, podríamos gritar en un momento desesperado como posesos, dejar brotar lágrimas de sangre y tener la sensación de que el suelo se abre para tragarnos poco a poco, como la realidad más descarnada y delirante, tocando fondo. O mirarnos al espejo fingiendo que no conocemos de nada a la imagen que nos devuelve. David Kepesh, protagonista de “El profesor del deseo”, nos cuenta su trayectoria durante la novela. De niño observador pasa a adolescente inquieto y más tarde a joven desbocado, gracias a una beca Fullbright en Europa con la que además de perder el tiempo (desde el punto de vista académico) durante un año, genera recuerdos de calidad en lo que al sexo se refiere. Dos polos opuestos llenan de nostálgicas fantasías su madurez, la parte de su vida más extensa en el libro y estimulan aquellos meses en Londres: Elisabeth (suavidad, dulzura, blanco, blanco puro) y Birgitta (más, más, más..)

“¿Cuál es su límite, profesor? ¿en qué paso se pierde la firmeza y la pisada deja una huella extraña, una hendidura irregular?”, me gustaría preguntarle. Y también “¿qué es mejor, alargar en lo posible el rosa pálido de su relación con Claire, novia reciente, o pasar directamente al fucsia, al rojo brillante, Helen, su conflictiva ex esposa, Birgitta, el poder del sexo?” “¿qué hay de las vidas lineales? ¿y de los que viven a espasmos?” El profesor Kepesh me contestaría, lo que dice en la página 243 de la novela, con una reflexión que pretende ser sincera. “¿No hay algo un poco dudoso y onírico en tanta adoración tan suave y tan tierna? ¿Qué ocurrirá cuando lo demás de Claire acabe imponiéndose? ¿Qué ocurrirá si no hay lo demás? ¿Y qué pasa con lo demás de mí? ¿Cuánto tiempo seguirá todo esto pareciéndome una ganga? ¿Cuánto tardaré en estar hasta la coronilla de la saludable inocencia, cuánto tiempo pasará antes de que la encantadora blandura de la vida con Claire empiece a resultarme pesada y empalagosa y vuelva a encontrarme tirado, lamentando lo que he perdido y buscando otra vez un camino propio?”.

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Y sin embargo, como bien dice Michael Ondaatje, en su “Divisadero”, el ayer carece de puertas. Difícilmente habrá una corriente que distribuya los recuerdos con la simetría del ir y venir al que somos tan proclives los humanos. Pienso en Claire, Coop y Anna, personajes del libro, y también en Lucien, Marie-Neige, Rafael, todos forman parte del puzle, como lo formamos cada uno de nosotros en el pasado que vamos escribiendo. La prosa lírica de Ondaatje nos convierte en espectadores de su viaje, como quien contempla a través de unos prismáticos las ventanas de los edificios cercanos (un universo ajeno de movimientos sin sonido) y solo alcanza a quedarse con unos fragmentos de esas vidas que cobran sentido en sí mismas, una a una, sin necesidad de agruparse en una exclusiva verdad que las englobe a todas. Después podremos echar la vista atrás y recordarlas sin tabiques, el aire circulando libre sobre cada sentimiento atrapado, cada historia sin terminar. Sin bordes, sin acotamientos.

Como la rebeldía de David Kepesh, su madurez intentando encontrar un asidero al que aferrarse, tan disperso el futuro como lo vivido hasta entonces. Cuesta creer que llegados a ese punto no sea todo más sencillo. Podría ahorrarle el sufrimiento de los próximos cuarenta años y hablarle de Consuelo Castillo, la mujer de la que se enamorará en “El animal moribundo”, cuando tenga ochenta años, se haya retirado y no le importen las palabras de George, su mejor amigo. “La única obsesión que todo el mundo desea: “amor”. ¿La gente cree que al enamorarse se completa? ¿La unión platónica de las almas? Yo no lo creo así, creo que estás completo antes de empezar. Y el amor te fractura”. Verdades, que diría Banville, por boca de Axel Vander.

Fragmentos. Fotografía de Dario Ccallo Anco

No voy a enredarme ahora en un monólogo interior acerca del amor y sus consecuencias pero en algún sentido opino como George, somos un bloque que se compacta con cada pequeña porción de felicidad que viene a parar a nuestras vidas y termina agrietándose ante una presión tan fuerte como la que ejercen los sentimientos de algunas personas impactando en nuestro interior. Grietas que en ocasiones nos duelen y no son más que una oportunidad para madurar, un mal necesario, pero que en otras pueden conducirnos a un estado de bienestar y goce, cuando al fin hacemos espacio a esa conmoción que sacude nuestro mundo. Fracturarse no debe ser forzosamente algo negativo pero no cabe duda de que pagamos un precio por cada una de estas experiencias. Encuentro la clave a todo ello en sentir, en abstracto y crudamente, probar a disfrutar/resistir la caricia o el golpe según sea el caso y decidirse periódicamente por el cambio, esos Changes que Black Sabbath susurran al viento y que todavía hoy me hacen temblar cuando los escucho. Condenada como David Kepesh a levantar la ceja con un ¿por qué? o un ¿y si..? según se tercie.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Un pasado sin puertas

  1. Lentitud dijo:

    No he leído “El profesor del deseo”, sí “Divisadero” que me parece una muy interesante novela. Si no es abusar de tu espacio voy a destacar un fragmento que no sé si viene a cuento pero que me gustó especialmente: “Siempre me ha gustado viajar de noche, con un acompañante, los dos analizando y compartiendo el conocido y familiar comportamiento de la otra persona. Es como una villanela, esta inclinación a volver sobre sucesos de nuestro pasado, de la manera en que la estructura de la villanela se niega a seguir un desarrollo lineal, dando vueltas alrededor de esos familiares momentos de emoción. ‘Sólo cuentan las relecturas’, dijo en su momento Nabokov. De manera que la extraña forma de aquel campanario, girando sobre sí mismo una y otra vez, me resultó familiar. Porque vivimos con esas recuperaciones de la infancia que se fusionan y se repiten como un eco a lo largo de nuestra vida, a la manera en que los fragmentos de cristal de un caleidoscopio reaparecen con formas nuevas y son semejantes a canciones en sus estribillos y rimas, conformando así un único monólogo. Vivimos permanentemente en la repetición de nuestras propias historias, contemos lo que contemos.” Y si me lo permites, se lo quiero dedicar a un amigo que estoy seguro lo leerá: ‘Para Andrés’.Un beso, Angéline.

  2. Angéline dijo:

    Tiene mucha razón Ondaatje, pero me inquieta especialmente la parte de “Vivimos permanentemente en la repetición de nuestras propias historias”. Espero poder llevarle la contraria, me he tenido que extirpar alguna y verla de nuevo sería un doble fracaso. Me alegra que te gustase “Divisadero”, yo he pasado unos días muy místicos leyéndolo, cerca del mar. Andrés se ha quedado pensativo mientras leías el párrafo y después te ha hecho desde la barra un gesto de aprobación con la mano. Yo también destaco uno:“De manera que Anna no es consciente de que la sencillez de Rafael (de la que es testigo) encaja mal con su naturaleza, cuando de hecho casi no sabe nada sobre ella. ¿Quién es Anna? Quién es esta mujer que lo ha llevado a una habitación del tamaño de un botiquín donde se acumulan la mayoría de sus posesiones: libros, periódicos, pasaporte, un mapa cuidadosamente doblado, cintas que contienen archivos, incluso el jabón que ha traído consigo de su otro mundo. Como si aquella ordenada colección de cosas fuese lo que ella es. De manera que nos enamoramos de fantasmas”. Un beso, Lentitud.

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