Aritmética emocional. El reencuentro.

Si me preguntas ¿crees en Dios?, perdóname si te contesto ¿cree Dios en mí?

Cuando veo una película como “Aritmética emocional” lamento verdaderamente no haber llegado más lejos en mi estudio del inglés. Basada en la novela de Matt Cohen “Emotional Arithmetic” (sin traducción al español por el momento) y con innumerables instantes detenidos, mi nivel no alcanzaría ni de lejos para ver en la novela lo que le falta a la película. Así que, al amparo de la etérea música de Normand Corbeil, la he visionado dos veces y he ido rellenando el armazón abierto de esta trama con sensaciones que intuyo, para intentar recomponer su todo, lo que mueve las vidas de los personajes en la actualidad de la película.

La acción se desplaza muy suavemente entre dos mundos: el actual, Canadá, una granja en lo alto de un valle, campo, un lago al frente, un matrimonio maduro (Melanie y David), un hijo, un nieto, rutina; y el pasado, Drancy, un campo de concentración nazi a las afueras de París (paso previo a Auschwitz), dos chiquillos (Christopher y Melanie), un joven disidente, Jakob Bronski, soledad, miedo y barbarie, una familia “improvisada” de tres almas en la que el joven cuida de los otros dos, protegiéndolos en lo posible dentro de un mundo dantesco. El vínculo se rompe en el momento en el que Jakob es enviado a Auschwitz y se pierde definitivamente en esa etapa cuando se acaba la guerra y los niños son dispersados siguiendo un destino diferente. Esta parte, el pasado, es como un velo translúcido, cuelga lánguidamente de los acontecimientos del presente en una serie de flash-back que nos explican de dónde parte el tormento interior de cada uno. “Aritmética emocional” es en realidad la historia del reencuentro entre los tres, cuarenta años después.

La vida no ha sido fácil para ninguno y en cuanto Melanie descubre que el viejo Jakob está vivo, le escribe pidiéndole que vaya a verla a Canadá. Este accede pero llega acompañado de Christopher, algo con lo que ella no contaba y que desequilibra “positivamente” su ya maltrecha tranquilidad mental. Ninguno ha conseguido superar aquella época (“¿crees que nos cambiaron algo?” (Melanie a Jakob). “Oh, ya lo creo”) pero se deleita en la evidencia de que los tres estén con vida, juntos de nuevo en ese momento. Los sentimientos aletargados vuelven a cobrar vida y el dolor y la esperanza parecen anidar en un mismo punto. El presente mantiene un pulso constante con el pasado, para exasperación de David, quien desearía que ella pudiese olvidar al fin, descansar de una vez del tormento sufrido en su infancia y llevado a cuestas el resto de su vida como un leitmotiv grabado a fuego. Dejar de salpicar con aquella tragedia cada uno de los días de la existencia de todos los que habitan la casa, los que han convivido con el horror sin demandarlo (“es usted una víctima indirecta de la guerra”. Jakob a David).

Es hermosa la toma de su cuaderno de apuntes, el que rellenó en Drancy a petición de Jakob (“apunta todo, Melanie, cuántos llegan cada día, si son hombres o mujeres, algún día enseñaremos esto y sabrán lo que ha ocurrido”), abandonado sobre la mesa de la frustrada cena en el campo. Bajo una lluvia intensa en la madrugada, mezclando la tinta de un nombre con el de otro, fundiendo en sus renglones la vida de distintas personas y dispersando la tinta sobrante como un borrón del pasado. Más enternecedor resulta ver a su hijo al día siguiente, en su habitación, secando hoja a hoja el cuaderno con un secador. Intentando salvar la cordura de su madre, recuperando su razón de vivir. “Soy un fraude”, le dice Jakob a Melanie. Los tratamientos de electroshock sufridos en Auschwitz convirtieron su memoria en un colador por el que escapan sus recuerdos. Y ese es un punto extremo para ella, ha dedicado su vida a recordar, a recopilar datos sobre los confinados en los campos, a escribir cartas a los supervivientes. Sin la memoria de todo lo ocurrido, haberlo vivido no tiene sentido en su mente. ¿Cómo Jakob puede..? (“tienes que recordarlo, Jakob”, le suplica durante la cena, “este cuaderno me lo entregaste tú. Hice lo que me dijiste, apunté todo, ¿qué te ocurre? ¿no recuerdas eso?”)

De corte intimista, la película transmite un mundo oculto en cada uno de los personajes. He sentido la fuerza de su drama desde el principio pero me ha parecido que se diluía a medida que se acercaba el final. La intensidad de los sentimientos de Christopher contrasta con su pasividad. La impulsividad de Melanie, la serenidad de Jakob, todo parece formar parte de un universo más complejo de lo que se expone. Hay demasiado dramatismo para tan pocas referencias. Y sin duda la mágica música de Normand Corbeil hila un deseo contenido con una frustración, una pregunta sin respuesta con una mirada furtiva pero además de rellenar ese armazón de la trama con nuestra imaginación (y aquí reside la sutileza de esta puesta en escena), no vendría mal que el guión fuese algo más explícito hacia el final, menos “sublime”. Porque, es mi opinión, la potencia de los sentimientos del triángulo central (Melanie, Christopher, Jakob) pierde credibilidad y puede llegar a ser incomprendida, cuando en una historia como esta cabría un sentir sin límite.

El director, Paolo Barzam, justifica este ambiente de densa intimidad “Varias escenas están diseñadas para que parezca que los personajes no saben expresarse. “Ya sé que puede parecer raro”, dice el cineasta, “pero insistí en que fuera así para crear una especie de segundo idioma más allá de las palabras. Hay una comunicación silenciosa a través de las miradas, de largos y deliberados silencios”. Con todo, la atmósfera de la película me ha fascinado, y esa parte, la comunicación a través de los silencios, es una dimensión familiar en la que disfruto especialmente cuando leo o escribo.

En otro orden de cosas, me parece soberbia la actuación de Max Von Sydow (Jakob senior), Susan Sarandon (Melanie), Christopher Plummer (David) y algo menos la de Gabriel Byrne (Christopher), pero solo porque le ha tocado trabajar a medio rendimiento, es un actor estupendo. Su personaje es el más contenido, el que tiene menos registros y esto me refuerza en mi opinión anterior, ¿cómo es Christopher en la novela? ¿De qué le ha privado Cohen en el guión? Ha de ser algo más. Maravillas de la técnica, el DVD cuenta con las opiniones de los principales intérpretes, el director, el equipo. Es fantástico poder saber cómo se rodó la película, qué opina cada actor de su personaje, lo cómodos que se han sentido unos con otros (Susan S.) y la satisfacción personal de haber interpretado ese papel (Max V. S). Por encima de todo y sin ninguna duda, la música de Corbeil. No he encontrado publicada la banda sonora pero sí la página del compositor. En el índice del apartado “Música” detalla las películas en las que ha colaborado. “Emotional Arithmetic” tiene ocho pistas extraordinarias (sobre todo la 1 “Main Theme” y la 6 “All her”, bellísima). Para escuchar meditando sobre la Memoria, lo que nos conforma, la fuerza del destino, el valor de seguir apasionadamente nuestro leitmotiv.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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