¿De dónde sale la belleza..? Lectura compartida "El viajero del siglo"

Entro en Wandernburgo lentamente, con la curiosidad de un viajero involuntario, alguien que no ha planeado su destino pero se deleita con pequeños detalles del paisaje en cada parada que efectúa. La posada del señor Zeit no es como para sacar una foto mental para el álbum pero inexplicablemente Hans la encuentra perfecta y arrastra su misterioso arcón hacia el interior. Tras un vistazo a la plaza del Mercado ya por la mañana, y el trasiego de vendedores ambulantes, doncellas acompañando a sus señoras, caballeros que gesticulan moviendo sus bastones, niños que se esconden en el remolino de tela del vestido de sus cuidadoras, comerciantes que cierran sus tratos entre susurros casi secretos, siento la suavidad de las medias de seda con puntilla sobre las piernas. La faja que se estrecha sobre mi vientre. El corsé que se ciñe sobre mi pecho dejándome sin aire. La falda ancha, el miriñaque, un bucle travieso descolgándose del recogido y la piel inusualmente tirante, los ojos algo cargados, ¿maquillaje también?, protesto. También.

Cuadro de Daniel Quintero
Así que abro la sombrilla y echo a andar por la novela, me fijo en el tejado rojo del Ayuntamiento, su fachada puntiaguda, en las torres desiguales de la iglesia de San Nicolás cuyo frente empinado parece rendirse como en una reverencia, en el río Nulte y su renqueante serpenteo, en la famosa esquina de la calle del Ciervo (estratégica en esta novela) pero sobre todo en el reloj cuadrado de la Torre del Viento, y esa aguja chirriante de la veleta que lo corona. Mi condición de invisible como simple lectora me protege de las oscuras maquinaciones del hombre del abrigo largo y la máscara, que se esconde en la calle Ojival. Le observo unos segundos desde mi impunidad, respira agitado mientras escucha unos pasos femeninos y se prepara para su asalto. Los agentes Gluck y Gluck, padre e hijo, tardarán en descubrirlo. Cae la noche y algo me distrae. Escucho por primera vez el sonsonete del sereno:

¡A casa, gente, vamos!
En la iglesia han tocado seis campanas
Vigilad vuestro fuego y vuestras lámparas.
¡Loado Dios! ¡Loado!

Loado, sí. Hans ha conocido al entrañable organillero. Mendigo, sabio, semi-padre, amigo, confesor. A su perro Franz, un contrapunto para su dueño, con instinto rítmico “.. se mantenía siempre a la misma distancia respetando sus pausas, tambaleos, síncopas..” y la peculiar casa del viejo, una cueva. Dividirá su tiempo entre ella, la posada donde se aloja y la casa de la esquina de la calle del Ciervo. Y mientras en la cueva caldea su alma con las ocurrencias del organillero y otros personajes que se dejan caer por allí, en la posada Hans escribe o traduce y en la casa de la calle del Ciervo inevitablemente se enamora de Sophie, la joven hija del señor Gottlieb, una mujer decidida que bien podría salir de esta novela, quitarse los lazos, el armazón del siglo XIX y calzarse unos tacones, ajustarse una minifalda y una blusa entallada y volver loco a cuanto hombre tuviese la suerte o desgracia de salir con ella. Atractiva, culta, inteligente, fogosa, sus manos de dedos largos y la cadencia de su voz provocan los primeros latidos desacompasados en Hans. Después llegará su desenfado, su irreverencia, la naturalidad con la que exige y da en el amor, el intercambio de placer, la dignidad con la que mantiene a su enamorado al otro lado del límite que le ha fijado. No hay explicaciones que dar, a pesar de que ella sea formalmente la novia del altanero Rudi Wilderhaus.

Pascal Renoux

Lo que tiene con Hans es absolutamente completo, un amor sin fisuras en cuerpo y alma, la complicidad intelectual en las traducciones que hacen en la posada, en las tertulias de los viernes en su casa. Su compromiso con el terrateniente en cambio, algo a lo que se debe por su posición y el respeto que siente hacia su padre. Obligación. Resignación. Una espiral sin cerrar, de la que puede escapar sin el mínimo remordimiento. Otros personajes importantes son los tertulianos de la casa Gottlieb y entre ellos Álvaro de Urquijo, un español con el que nuestro Hans empatiza desde el principio, la clase inexplicable de amistad que se forma como de la nada, en la que la confianza está presente desde los inicios, una inmersión sin trabas, gratificante y sólida. Me subo a la cámara de Neuman y contengo la respiración. Mi vértigo habitual se ve estimulado por sus tomas aéreas, algo que en mi mundo siento como familiar y me agrada aquí en Wandernburgo. ¿Y quién es Hans? Un viajero que llega a esta ciudad, pasa un tiempo en ella y después.. ¿Y los demás? Habitantes de la ciudad, gente con la que se mezcla o de la que se deja acompañar. ¿También Sophie, qué pasa al final? Ah, para eso hay que leer la novela.

LO QUE ME HA GUSTADO MENOS

Esta parte no es más importante que la contraria, pero abordarla antes es una forma de sacarla de delante para concentrarme en lo que realmente me ha interesado. Lo que menos, las tertulias. El contenido literario de algunas, largas exposiciones que ralentizan a veces el ritmo de la acción, las discusiones sobre autores y sus opiniones, escritos, etc. Digamos que al principio asistí atenta y poco a poco comencé a distraerme en aquellas tardes de viernes y se me iba la cabeza con frecuencia a otras cosas.

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LO QUE MÁS ME HA GUSTADO

Cómo baraja la información, ese mezclar lo cotidiano con el discurso (“.. algún novelista actual, siguió diciendo el profesor Mietter, ha sugerido que la novela, gracias, con azúcar, que la novela moderna es..”) La estructura de las discusiones de la tertulia, que se interrumpan unos a otros y todo forme parte de un párrafo corrido. La cursiva, tan incisiva siempre. Los flashes gráficos de los “como sí” o “como..”, la complicidad que Neuman establece con el lector a través de ellos. La enumeración de los elementos de una escena (“.. Hans miraba de reojo al viejo. El viejo miraba el paisaje nevado. El paisaje vacío se observaba a sí mismo..”). De la ficción: que las calles cambien de lugar, o al menos eso parezca. La existencia de la “Taberna Pícara”, la amistad entre Álvaro y Hans. El juego del organillero de contar los sueños recientes. El rechazo de Hans a Lisa, la noche en que ella reunió el valor para seducirlo. La correspondencia entre Hans y Sophie. Que la imperfección de sus cuerpos los convierta en más deseables a los ojos del otro. El Libro sobre el estado de las almas del padre Pigherzog. Cuando el narrador dice “Desde el primer temblor común, los dos se dieron cuenta de que sí. De que sí porque sí”. Que la belleza salga de la fugacidad y la alegría. El debate sobre “la patria”. La música que parece unir con un hilo invisible cada pequeña escena del libro. Cómo describe Álvaro, ya viudo, la felicidad de los buenos tiempos con su esposa Ulrike: “todo parecía a punto de ocurrir”. La mención de Sophie de la “tendencia a hundirse en las cosas”. Y la que hace Hans de la intimidad que siente el viajero con sus compañeros desconocidos de viaje, mientras éste dura. Por un momento recordé la “intimidad” que menciona Alan Pauls en “La vida descalzo”, ese acuerdo tácito para compartir espacio y momento con los extraños en la playa. Los cuerpos desnudos, la actitud de cada bañista como si se encontrase a solas consigo mismo, frotándose el cuerpo con una toalla, extendiéndose la crema por la piel, abiertas las piernas bajo el sol, como estaríamos en casa, sobre la cama, durante una siesta pegajosa de un día de verano.

Imaginar físicamente a Hans como Andrés Neuman y a Álvaro como Viggo Mortensen.

ALGO POCO HABITUAL

El enfoque prolongado, el detalle minucioso. Tanto en las tertulias como en los momentos que pasan Sophie y Hans en la habitación de éste en la pensión, el lector puede acceder no sólo a la esencia del momento sino asomarse al momento mismo. Participar como oyente de la tertulia en directo. Contemplar unos vellos púbicos que se quedan adheridos a la espalda de Sophie una tarde y que Hans le retira con naturalidad, cuando ella se viste. Percibir (“.. se levantó el olor no necesariamente limpio de las pieles..”). Merodear el abandono y enredo de los cuerpos cuando se saben no observados, o el nerviosismo de la primera vez (“.. empezaron a desvestirse con absoluta torpeza, como pasa cuando no se finge..”). Seguir el recorrido de las cosas “.. rugió su padre arrojando la pipa sobre el escritorio (la pipa chocó contra la botella de coñac e hizo un ruido a campana)” Viajar por la novela, haciendo de la modernidad una cuestión atemporal, posible en cualquier siglo. Y sentir al final lo mismo que el viajero que llega a Wandernburgo, una extraña dificultad para alejarse de ella.

Portada de

Preguntas que me he hecho y ahora traspaso a Princesa de Hojalata y a Eugenia (si te he dado tiempo a terminar, pero no hay prisa), que han leído el libro conmigo, por si quieren contestar a alguna: ¿Algo os ha llamado la atención por extraño para esa época? ¿Creéis que “cuando un hombre retrata a su amada autorretrata sus deseos”? ¿La patria está en nuestro interior o acotada entre fronteras físicas? ¿Habéis sentido morriña alguna vez de algún suceso que no habéis llegado a vivir o de algo que no ha llegado a cumplirse? ¿Por qué el personaje de Hans es tan misterioso? Incluso al final cierta información no era cierta, ¿es necesario esto? Confieso que en algún momento he creído que era un viajero en el tiempo. Y sobre todo, ¿qué imagináis que puede contener ese arcón? ¿una continuación a este libro..?

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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10 respuestas a ¿De dónde sale la belleza..? Lectura compartida "El viajero del siglo"

  1. Anonymous dijo:

    Tendré en cuenta tus preguntas a la hora de leer el viajero del siglo. Lo tengo en la mesa. Estoy esperando su llamada.Espero que no tarde.

  2. Angéline dijo:

    Espero que te guste, es un libro muy especial. Estimula el debate o la reflexión, enternece, intriga, tiene pasajes fascinantes y en fin, me parece de justicia que se haya llevado un premio. Saludos.

  3. Menuda reseña! creo que no te has dejado nada, veo difícil aportar nada nuevo y te devuelvo tus ojos, porque sin duda hemos leído la novela con los mismos ojos.
    Antes que nada diré que he leído el libro fascinada por la capacidad de Neuman de moverse tan bien en los trayectos largos. He leído La vida en las ventanas y Bariloche, pero lo conozco principalmente como cuentista (La mujer tigre es mi cuento favorito), y algo como poeta. Así que premio merecido, estoy contigo.
    Me ha llamado la atención por extraño para la época la fantástica falta de pudor de los protagonistas. Supongo que lo que me sorprende es que esté contado, más que el hecho en sí del impudor. Se agradece que la novela esté escrita ahora y ambientada en antes.
    He guardado un montón de frases, me gusta su forma de escribir, especialmente cuando deja frases cortadas como si.
    Lo que menos me ha gustado es lo mismo que a ti, así lo comentamos en privado, las tertulias, más bien los temas de las tertulias, porque la tertulia en sí, tan decriptiva, es lo que va conformando en nuestra cabeza el carácter de los personajes, el modo de actuar de los habitantes de la ciudad laberinto. También hay un pasaje, una conversación entre Hans y Sophie sobre poesía, mediado el libro, que me chirrió, sentí que se veía demasiado el escritor, que quedaba por encima de la historia volcando sus conocimientos sin ningún pudor, y eso, permítame Sr. Neuman, en esta novela sólo se le permite a sus personajes.
    Más cosas….mis momentos preferidos son las cartas que se escriben Hans y Sophie, terriblemente familiares y leídas por teléfono una noche de julio de esas de echar mucho de menos al otro. Neuman sabe lo qué es el amor, no hay duda.
    El arcón…seguramente Hans es un viajero en el tiempo y eso es lo que quería contar a Sophie (ay, que no quiero desvelar la trama)…Por qué sabe tantos idiomas? eso explicaría (al menos a mí me sirve como explicación) por qué no lucha verdaderamente por Sophie porque al fin y al cabo él deberá irse de allí algún día, antes de que todos evejezcan y compueben que él no lo hace…no sé.
    La patria…bueno, la patria es algo que se forma dentro de nosotros, pero se manifiesta fuera, en forma de labios tal vez. Esa sensación de besar a alguien y pensar en ese momento: casa.

    De momento esto hadiña, pero sigamos hablando…

  4. Angéline dijo:

    Yo he leído “Una vez Argentina”, “Alumbramiento”, “El que espera”, y algo de poesía también. Me gustan sus cuentos pero le encuentro especialmente brillante en las novelas. Ésta, concretamente, tiene un cierto aire mágico y he querido imaginar a los personajes como más me gustan, haciendo de personajes. Ha sido muy sencillo traerlos del limbo del autor y ver cómo se transforman, cambiando la ropa actual por los vestidos de época, con sus poses autoritarias o chulescas en las escenas que así lo requieren, los cabellos al viento en sus paseos por las calles de Wandernburgo y todas esas cinturas de avispa y trajes de terciopelo en los hombres (Rudi).

    Y como veo que coincidimos en muchas opiniones, Princesiña, voy por las que lo hacemos menos. Por ejemplo, a mí no me ha sorprendido la falta de pudor en Sophie, aunque hay una cierta contradicción en ella. Por un lado indomable, incansable, satisfaciendo sus apetitos a voluntad (con la clase media o baja, la clase de gente que no se lo irá contando después a la aristocracia) y por otro sumisa en la decisión de su padre de verle casada con alguien como Rudi, facha y poder, pero poco más (polvos y colorete en la cara.. (¡!) es como el antihombre para mí). Los momentos íntimos entre Hans y Sophie podrían extrapolarse a nuestro siglo perfectamente (quizás ayuda que Sophie sea experimentada en el sexo y que eso en cierto sentido sorprenda y no importe a Hans) pero supongo que en ese momento histórico, de puertas hacia dentro habría no sólo la misma despreocupación en las “aventuras” sino unas orgías similares a las actuales, pero con los matices de la época. Sí me sorprendió en cambio, escuchar a un comerciante hablar de tantos por ciento de forma natural (aunque lo fuera) y en otro lugar del libro la frase “como una pompa de jabón”. Busqué esto y las pompas ya figuran en un cuadro de Jean-Baptiste Simeón Chardin, a mediados del siglo XVIII, qué gracia.

    También me gusta que el Sr. Neuman hable por boca de sus personajes, me encanta asomarme al discurso abstracto que guardan algunos escritores. Y aunque a veces no esté de acuerdo con ellos o me aburran a ratos, es esa rendija de luz (que diría Nabokov) que nos filtran, la que me interesa. La puerta de acceso a la nebulosa del discurso. Me extiendo y ahora no tengo mis apuntes conmigo pero para terminar a la gallega esta intervención ¿sospechaste en algún momento de la identidad del violador?

  5. Anonymous dijo:

    Lamento no recordar ahora quien fué el que dijo, creo yo que con acierto, que “la Patria es la historia de nuestra infancia”

  6. Angéline dijo:

    Creo que algo parecido lo han dicho varios escritores, entre ellos Baudelaire, Saint-Exupery y Miguel Delibes. Yo creo que la patria está en el corazón de los sucesos más importantes de nuestra vida, incluso los que soñamos con fuerza y no cuajan, los imposibles, los que se disuelven como el humo pero nos acompañan ciegamente. A mí me une algo visceral e inexplicable a Irlanda. Siento que una parte de mí no se completará hasta que viaje allí. Y no quiero hacerlo como turista, sino realizar una especie de viaje místico que todavía se está fraguando, así que también Irlanda forma parte de mi patria, porque cuando escucho su música o veo sus paisajes me siento hermanada a ese lugar de alguna forma. Y por extraño que pueda parecer a quien me conozca un poco, también siento la patria como lo que me ata a la cordura, yo que siempre intento evadirme a los mundos ilógicos, la patria es esa ola de seguridad, el olor conocido, el tacto familiar, la sensación de hogar, el abrazo invisible que me ancla al suelo por sorpresa. Y todos los lugares, la música, que me han rodeado desde niña no tienen sentido sin las voces, las manos, las risas de los que los han poblado. Así que también mi patria es mi pasado. Un abrazo, J.

  7. Sospeché de todos menos del que era. Y (ay qué mala soy…) sospeché de Álvaro con bastante intensidad.
    Respecto a la falta de pudor, lo que me sorprendió es que esté contada, me gusta que así sea, si la hubiera escrito un hombre de la época no creo que hubiéramos podido disfrutar esas páginas. Pienso, como tú, que la gente era así en privado, faltaría más, no? Me encanta tu definición de patria, me hubiera sorprendido si no hubiera estado en tu casa, pero allí uno se siente cómodo, rodeado de cosas que son tú, en realidad. Por eso entiendo que para ti sea patria lo que te ata a la realidad. Mi casa, mi gente, y sobre todo Él, también lo son.

    Un abrazo de hayquebienseestáaquí hadiña.

  8. Angéline dijo:

    Quizá fuese lo que quería el autor, confundirnos. Primero inocentemente con Lambert y más tarde con pinceladas aquí y allá que ponen en el punto de mira a cualquiera de los personajes masculinos del libro. Pero hay un momento en el que el violador piensa algo así como que la señora Pietzine es la primera víctima a la que conoce, y eso casi reduce las posibilidades a los hombres de la tertulia, porque sino sería un dato innecesario. Quizás que eligiese finalmente a quien lo hizo fue una pequeño guiño de Neuman a Hans, una forma de hundir la erudición o brillantez de las intervenciones del indigno, bajo el peso de un comportamiento que terminaba descalificándole en todos los ámbitos. Cambiando el tema, leo que no he llegado a decir ( y lo he pensado varias veces) que a ratos Hans y Sophie me parecían la misma persona. Mentalmente, me refiero, y para la parte intelectual de su relación. Como un mismo cerebro en el que hablan entre sí sus dos mitades. Sólo en algunos diálogos, como si perdieran lo que les diferencia y pasasen a ser una única voz.

    Terminando con lo de la patria, me viene un recuerdo de infancia. Una tarde que bajábamos por unos acantilados horribles en un bus de excursión con el colegio en primaria. Cada giro en las curvas nos dejaba a los de atrás como detenidos en el aire, el vehículo circulaba muy lento. Se fueron apagando las voces y el conductor maniobró en silencio durante un buen rato. Teníamos miedo. Y sin más ni más, alargó la mano a su provisión de cintas y puso una en la que sonó de pronto un estallido de color, de mar, de horizontes. ¿A qué me sonó el alivio? A gaita, sin ninguna duda. Y a patria, de nuevo.

    Bueno, por mi parte está ya todo dicho Princesa. Otra lectura compartida que ha sido una delicia. Sólo me resta felicitar a su autor y desearle mucha suerte con el libro y en la vida. Copio un párrafo que destaqué como especial y me despido con un beso grande. “Hans le enviaba un billete llamándola Señorita, señorita, y Sophie le contestaba encabezando el suyo con Estimado tonto. Él firmaba sus cartas Con el debido respeto, su futuro raptor, y ella se despedía escribiendo, Hasta nunca, en mi casa, a las siete. Él le mandaba un peine dentro de un sobre y una nota que decía: Para que mi recuerdo ronde siempre tu cabeza. Ella acusaba recibo obsequiándole un bucle de cabellos envuelto en papel de algodón con la réplica: Para que compruebes el éxito de tu deseo. Tomaban el té juntos casi todas las tardes y tenían la precaución, aunque también el descaro, de incluir al señor Gottlieb en sus conversaciones: lo que crece a la vista se oculta mejor.”

  9. madison dijo:

    Hola Angeline, precisamente estoy pensando en leer este libro durante las vacaciones.
    Y si tenía alguna duda con tu reseña se ha disipado totalmente.
    Un abrazo
    Madison

  10. Angéline dijo:

    Hola Madison, he comentado el libro con más detalle que otros anteriores porque era una lectura compartida. Espero que puedas leerlo con tus ojos (como dice Princesa), sin influencia de otras miradas, aunque podamos coincidir en algún pestañeo. Un abrazo.

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