Cosas que hace la gente que me gusta. (IV) Música para un ouveo

Un Compositor, director, Borja Costa. Un Quinteto (piano, violines, viola, violoncello). Una Obra musical basada en el “Aullido” de Allen Ginsberg, Música para un ouveo (Música para un aullido). Un Introductor, escritor, leyendo un texto, Manuel Rivas. Y un RecitadoR, traductor, poeta, Xoán Abeleira, la voz y el cuerpo del poema.
Una ciudad para el estreno, Coruña.
Una fecha, tres de septiembre de dos mil nueve.
Un teatro, el Rosalía Castro.
Y la oscuridad, salpicada tenuemente por la luz de los focos que alumbraban las partituras y el atril.
Silencio.

Desde la cuarta fila, asiento de pasillo, contenía el aire como todos. Nada menos que el “Aullido” de Ginsberg, traducido al gallego, un idioma engañosamente dulce y musical, dada su capacidad para retumbar con una contundencia brutal cuando ello es necesario. Manuel Rivas, sacó de su maleta varios objetos, en confianza, luz baja a ras de suelo, ¿un faro?, y se tendió junto a ellos para declamar su texto. Con cierta solemnidad guardó todo al término y salió suavemente, cruzándose con Xoán Abeleira que llegaba a escena casi de forma fantasmal. Traje oscuro, micro sobre la oreja, poemario en mano, impasible, enigmático. Y entonces la música, el texto, el sentimiento, el dolor. Parecía multiplicarse por todo el escenario, con Moloch, con Rockland, con Santa.. yo tomaba notas en mi cuaderno, a oscuras. En los primeros minutos se dejaron escuchar las inevitables toses, carraspeos, sonidos que poco antes no existían. Guardar silencio es difícil a veces, especialmente cuando es obligatorio. En estos casos siempre recuerdo un relato de Julian Barnes, de su libro “La mesa limón”: Vigilancia, en el que el tema se trata con gran sentido del humor (.. El allegro de obertura fue bastante bien: un par de estornudos, un caso grave de flema compacta en el centro del patio de butacas que exigía casi una intervención quirúrgica, un reloj digital y no poco manoseo de las hojas del programa..) Cerca de mí una mujer parecía no respirar para controlarse mejor pero su ataque nervioso de tos necesitaba explotar de alguna manera. Lo arrastraba penosamente en un sonido bajo pero terminaba subiendo exageradamente hasta acabar en una tos desgarrada, que rompía la armonía del silencio que necesitaba Abeleira para concentrarse, antes de modular un sentimiento, en forma de larga lista de palabras encadenadas, así las leía, sin pausa, sin equivocaciones, dándolo todo.

Xoán Abeleira. Fotografía de Stephan Lutier.2009

Parece increíble que un hombre afable, sensible, que habla en un tono bajo muy sugerente, un poeta singular que todavía no entiende el apabullante morbo que su Carapuchiña (Caperucita) despierta en sus lectores, pueda desplegar sobre las tablas un genio tan vivo, crecerse hasta el límite de eclipsar por momentos al quinteto, con su interpretación tan visceral del poema. Gritar “¡Santo el tiempo en la eternidad, santa eternidad en el tiempo, santos los relojes en el espacio, la cuarta dimensión, santa la quinta Internacional, santo el ángel en Moloch!” y lo cito en castellano pero fue una delicia escucharle en gallego meciendo en su boca unas palabras esperanzadas “¿es ti o meu anxo?” (¿eres tú mi ángel?), refiriéndose a Walt Whitman; “América, deberías terme visto lendo a Marx” (América, deberías haberme visto leyendo a Marx). Abatidas “Xa non aturo a miña mente” (ya no soporto mi mente). O coléricas “toda esa carga de merda sensitiva” (toda esa carga de mierda sensitiva) “¡Diez años de gritos animales y suicidios! ¡Mentes! ¡Nuevos amores! ¡Generación demente! ¡Abajo sobre las rocas del tiempo!” “¡Socorro!”. Y verle caminar con elegancia, de un lado a otro, sacarse la chaqueta, beber agua entre poema y poema, toser alguna vez con tranquilidad, decir como si nada, suavemente, “Santa a súper natural extra brillante intelixente bondade da alma.. “ (Santa la sobrenatural extra brillante inteligente bondad del alma..) y hacer que este poemario tan complicado de Allen Ginsberg tenga la fuerza necesaria para acaparar nuestra total atención.

(“América” recitado por Allen Ginsberg. Música de Tom Waits, “Closing Time”)

Y en cierto sentido, así debe ser, sin desmerecer en absoluto la parte musical del espectáculo, la otra mitad del eje “Música para un ouveo”. Lo explica claramente Jorge Monteleone, en un homenaje a Ginsberg que varios poetas argentinos hacen en la revista Radar, en mayo 2006. Su parte, titulada “La voz del cuerpo eléctrico”, contiene un párrafo que dice “Pero Aullido es un poema menos para ser leído que para ser recitado y ser escuchado. De hecho, su propio nombre suena como una interjección: Howl. Y su verdadera epifanía en el mundo sucede cuando es leído en voz alta o susurrado en una lectura solitaria que tense las cuerdas vocales. Ginsberg afirmó que había escrito su poema “para el propio oído de mi alma y los dorados oídos de unos pocos”. Mucho después escuché una de las múltiples lecturas públicas de Ginsberg y el efecto de su voz, de su dicción, es absoluto: toda la estructura de Aullido está basada, por un lado, en la repetición de ciertas cláusulas (“who” en la primera parte; “Moloch” en la segunda; “I’m with you in Rockland” en la tercera) y, por otro, en los versos llevados hasta el extremo al que pueda llegar el aliento, como si la respiración del cuerpo que lo sostiene e inviste estuviera inscripta para siempre en cada uno de sus versos”.

Y si a esta fuerza sensitiva, unimos la insólita música de Borja Costa y su peculiar manera de dirigirla (sus manos dando instrucciones, sus dedos con vida propia, gestos, breves explicaciones cerca del piano o el violoncello, miradas.. esto no pude verlo, estaba de espaldas al público, pero el quinteto no despegaba los ojos de su rostro. No sé si fantaseando, pero hubo un instante en el que me pareció que había como un punto de tensión en la conversación muda de quinteto y director, una parada, pero fue sólo un instante. Al fin y al cabo, me dije, qué entiendo yo de improvisaciones musicales) el resultado es un auténtico ouveo (aullido) que por momentos parece un estoupido (explosión) e incluso una persecución, un nudo, un torbellino, un claro de luna en una de las pausas, un enjambre, una convulsión, una huída. Un fantástico velo musical para el atormentado rostro de este poema. Qué define a este compositor tan peculiar. En una entrevista para Galicia Hoxe resume al final de una respuesta: “Eu quixen saborear o mel e o fel desta vida, e fágoo cada mañá dende que acordo até deitarme. Non podo separar a miña vida da miña música: se un pasa fame, a música esfamea tamén” (Quise saborear la miel y la hiel de esta vida, y lo hago desde siempre cada mañana hasta que me acuesto. No puedo separar mi vida de mi música: si uno pasa hambre, la música también). Cuando uno tiene tan claro lo que le configura enternece que reciba un aplauso antes del final de la obra y se vuelva agradecido o escuche la ovación final con una humildad sorprendente, integrando rápidamente en el mérito a todos: su piano, violines, viola, violoncello, al señor Abeleira, de forma cálida, cuya presencia en el escenario fue un Aullido, rugido, gemido, susurrado, sentido en todo caso, doy fe como espectadora.

Y la nota del público fue alta, no sólo en ese largo aplauso sino en los comentarios que escuché mientras salía, los que se hacen a media voz, entre amigos, con sinceridad, antes de contaminarse o rehacerse a la voluntad del compromiso al que algunas personas necesitan asistir, comentando lo que su interlocutor quiere escuchar. Ahora el espectáculo sale de gira. Buena suerte a todos y un guiño cómplice a la memoria del señor Ginsberg. Quizá no comprenda del todo el fondo de su Howl, aunque lo leeré con calma en los próximos meses, pero conecto fácilmente con la música de su dolor, leyendo sus poemas ya en la tranquilidad de mi casa. Escuchando su voz mientras me veo sentada en el teatro en la oscuridad, cuarta fila, asiento de pasillo, irremediablemente unida en ese instante a mi amigo Licaón, su mano invisible en la mía, atentos a cada lamento, cada denuncia, cada grito desesperado, como su propio tormento interno antes de perder la vida a finales de 2005 en un lamentable accidente, dejando sus propios Aullidos perdidos en la nada del ciberespacio hasta que Blogger no les ponga fin. Dicen los judíos que la eternidad está en nuestro corazón y que mientras recordemos a alguien lo tendremos con nosotros. La noche del tres de septiembre, Ginsberg estuvo en Coruña, en el teatro Rosalía Castro, en “Música para un ouveo”. Quién sabe además cuántas otras almas, solitarias, sentadas en los asientos vacíos o arrebujadas en los corazones queridos, atentas a cada movimiento en ese escenario.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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8 respuestas a Cosas que hace la gente que me gusta. (IV) Música para un ouveo

  1. Fpess dijo:

    Quen consegue unha escoita dun teatro inteiro, nunha hora e media de Ginsber, gañou os ceos.

  2. Angéline dijo:

    Os ceos para eles, entón. E un bico tamén, por ter esa arte, que non é doada.

  3. vulpes vulpes dijo:

    Gracias infindas, prezada Dama das Neves, polas túas agarimosas palabras.
    SE FELIZ

  4. Andrés dijo:

    Alucinante tener música de cámara de vanguardia durante una hora con un auditorio a tope. Bravo por este tipo. Me voy a vivir a Coruña a la de ya mismo.

  5. Angéline dijo:

    Qué boa cousa, desexar felicidade. Gracias a ti, dixen o que sentín. Unha aperta.

  6. Angéline dijo:

    Qué bueno, ¿y en calidad de qué vendrías Andrés, como músico o espectador? (este espectáculo sobre el Aullido es muy bueno, gustará por ahí adelante) Lo digo por si necesitas que te hagamos un sitio.

  7. Andrés dijo:

    Mala suerte la mía, tendría que ir como espectador, pero gracias por lo del sitio. Ahora, esto que ha ocurrido solo pasa en Barcelona, hay que aplaudir a Coruña por su público.

    un saludo.

  8. Angéline dijo:

    Aplausos entonces, para todos los implicados. Y que los dioses repartan suerte. Saludos

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