"Paseador de perros" de Sergio Galarza

Desde el principio pensé que la mejor manera de leer esta novela era paseando los perros con el narrador, a quien llamaré Y porque no tiene nombre (con la X mejor ni lo intento). Y debo decir, desde el principio también, que pasear con Y no ha sido fácil. A ratos le he escuchado simplemente, reconozco que algo perdida en mis pensamientos, en otros he sido toda oídos y el resto del tiempo lo he repartido entre chocar las cinco con él, darle una colleja, intentar rebatir alguno de sus argumentos, contemplar en silencio su desgana, asentir ante ciertas consideraciones o salir del encuadre dejándolo a oscuras, a plena luz del día. En algún momento me he escabullido a una calle distinta para respirar otros aires y a menudo me he tendido a su lado en la hierba; mientras él dormitaba yo planeaba un viaje al Madrid que él define como ciudad de jorobas forzosas por el asco a pisar mierda.

Su historia con Laura Song, la novia con la que se vino de Perú, también es especial. Acaso el punto de ternura que no se encuentra en otros nombres. Ella está presente en cada instante de soledad. A veces la dureza de Y es sólo aparente, como la de Jota, su jefe (“Jota y su ruptura familiar. Jota y sus quejas porque ha tenido que trabajar toda la vida. Jota y su esperanza depositada en el mundo de los perros. Jota y un padre que busca la reconciliación. Jota y un mundo que no le pertenece”) . Con la misma se enerva que se apacigua o acude a los tópicos (los adolescentes ricos no tienen problemas porque tienen dinero) como a considerar cuestiones que van más allá de su alcance “las mujeres de cuarenta no son una fantasía erótica para ningún adolescente, y menos si tienen un hijo, no lo son ni lo serán nunca para mí que mantendré una debilidad eterna por la juventud”. Querido Y, que no te haya sucedido no es una razón para ser tan categórico, y llegará un momento en que para la juventud serás un viejo.

Y entre canción y lamento, Nick Drake y Sr. Chinarro, los inmigrantes, las calles de Madrid, los balcones, Malasaña, Coslada, Pozuelo, los rankings, las costumbres de los españoles, de los extranjeros, la vida en sordina de los ancianos, los enfermos, dueños de perros y mascotas de las que no pueden ni quieren ocuparse, perdido cada uno en la espiral de indefensión y sufrimiento que le ha tocado soportar cuando ya no les queda fuerza para sostener ni su propio descontento. (“Sería bueno que uno recordara sus peores momentos cuando las cosas empiezan a enderezarse. ¿Cuántas noches he pasado frente al televisor con el mando a distancia en una mano y el móvil en la otra esperando de forma inútil una llamada salvadora?”)

Alguna vez también le hablé al oído (As tears go by podría ser una canción cándida, ¿no?) o me eché a un lado cuando tiró una radio por la ventana, venía detrás un cubano muy cabreado. Pero en general he seguido sus reflexiones con interés y “¿qué sé yo de crecer y sentarse en una oficina para luego formar un hogar?” le define tan ampliamente como “odio recordar estas cosas, que el pasado haga temblar el presente” o que alguien le interrumpa para saber cómo se siente o que parezca necesario hablar bien de una persona que va a morirse para que quede un buen recuerdo. De todas las mascotas recordaré a Odo, el mapache. Pero no cuando enseñaba los dientes o impedía que Y le cambiase el agua, sino en los momentos de depresión, cuando se tiraba en la jaula dejándose ir, sin lucha, con su antifaz de ladrón rodeando sus ojos de loco. Quizá Nick Drake vivió en el momento equivocado, o necesitaba un antídoto que le salvase de sí mismo. Para el recuerdo, su canción “Place to be”, una petición de ayuda que se perdió en la nada.

When I was young, younger than before
I never saw the truth hanging from the door
And now I’m older see it face to face
And now I’m older gotta get up, clean the place

And I was green, greener than the hill
Where flowers grew and sun shone still
Now I’m darker than the deepest sea
Just hand me down, give me a place to be

And I was strong, strong in the sun
I thought I’d see when day was done
Now I’m weaker than the palest blue
Oh, so weak in this need for you

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a "Paseador de perros" de Sergio Galarza

  1. Entonces…lo leo?

    (buen viaje hadiña!!absorbe todo que te espera estos días, como me gustaría verte por un agujero!!)

  2. Angéline dijo:

    Tiene su aquel, pero ya sabes que yo siento debilidad por los escritores peruanos. El narrador tiene un punto de altivez y otro de humildad que en cierto sentido se compensan. En algunos momentos le falta, como díríamos en Galicia, unha fervedura (un hervor) y no deja de ser un cuento largo, más que una novela corta. Añade esto que te digo a lo que he dicho en el post y ya sabes si debes leerlo. Un beso, Princesiña

    (¡gracias!, me verás cuando te lo cuente, ya verás)

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