Cuando la magia funciona a ráfagas

Pasa con algunas películas, parece que la intención se queda al final en eso, o quizás hay buenas historias que después no lucen en la pantalla. “El milagro de Henry Poole” no es una comedia, aunque esté catalogada como tal, ni siquiera me parece una tragicomedia, particularmente no le encuentro el sentido del humor o la gracia en ningún sitio como apunta alguna página web . Como drama le falta calado y rigor pero prefiero verla en esa línea. Henry Poole, un hombre en sus treinta y algo, carga con el peso de una noticia nefasta, la fecha de caducidad de su propia vida, revelada un día cualquiera por su médico. Una extraña enfermedad repentina, algo fulminante, le convierte en un enfermo terminal. A partir de ese momento se muda al barrio donde creció y compra una casa cercana a la de su infancia, ya que no puede conseguir ésta; en la actualidad está habitada por una familia que no quiere venderla, pese a la oferta que él les hace. Se encuentran a gusto en ella. Henry se exilia en la nueva casa y dedica su tiempo a esperar a la muerte, desconectar del mundo y autocompadecerse. Lleva una dieta ruinosa, se quema al sol en el jardín, bebe vodka y duerme a cualquier hora. Le envuelve una atmósfera desoladora.

Es un hombre abatido, decidido a dejarse ir sin presentar batalla, sin relacionarse o congeniar con ningún vecino. Eso es lo que él pretende, los demás tienen su propio repertorio de tristezas y una forma muy peculiar de enfrentarse a ellas. Su vecina más cercana, Esperanza, ha perdido a su amor, precisamente el hombre que vivía en la casa que Henry acaba de comprar. Un infarto, en una etapa feliz de su existencia, algo desafortunado. La vida sigue para ella, una mujer devota y piadosa que no puede entender la apatía de Henry. Un poco más lejos vive Millie, una niña de ocho años que no ha pronunciado una palabra desde que su padre se fue de casa, su pasatiempo es grabar las conversaciones de los demás. Su madre, una mujer joven y responsable, también curiosea al nuevo vecino. Desde el principio se siente atraída por él. La cajera del supermercado al que acude Henry inspecciona su compra, emite juicios, se convierte en una vuelta de tuerca más en el ambiente asfixiante de buena vecindad de su recién llegada al barrio.

Atenciones, pasteles y galletas a domicilio, favores, intrusión, todo ésto no es nada comparado con el fervor que brota un día cuando Esperanza ve el rostro de Dios, en una de las paredes de la casa de Henry. A partir de ese instante llegará la verdadera invasión de su espacio. Esperanza, otros vecinos, el cura, todos se acercan a su jardín para comprobar las posibilidades curativas de ese rostro esbozado en un estucado cutre, dado con prisa por la venta de la casa. El final es predecible, en la línea de la película. Henry puede jugar a las alternativas en plural, es decir, al imposible. Por el medio, una banda sonora algo exagerada, demasiada música para una película tan lenta. Hay canciones de gente que recuerda a otra gente (“All roads lead to home”, de Golden State suena totalmente a U2) alguna otra versión (“ Morning Yearning” de Ben Harper, cantada para la película por John Linton) y canciones tan apropiadas para el tema como “Love of the loveless”, de Eels, cantada por ellos mismos (aunque podrían haber puesto la estupenda“The good old days”, también del cd Shootenanny!, como canción melancólica no tiene precio)

Y entre todo ello está la historia de Henry, que es lo que realmente me interesa. Esa pequeña parte de su vida en la que vive desesperanzado, tirado en la cama en la oscuridad, recordando su infame infancia en la que escapaba de su casa a lugares tranquilos para no escuchar las discusiones y peleas de sus padres. La falta de futuro, la molestia de las buenas intenciones de sus vecinos, el no querer ver más allá, la ternura que Millie le inspira, el inesperado sentimiento que la madre de la niña (Dawn) despierta en él. La soledad, el dolor, el abandono de sí mismo, todo eso me ha gustado. La relación que acaba teniendo con Esperanza. Cuando ella le dice “no se puede ir al pasado para arreglar el presente” y él le contesta “hablas como una galleta de la suerte”. Cuando le confiesa a Dawn que va a morirse, y dice que necesita contarlo “para no saberlo sólo yo”. Y la música por tramos en alguna de sus expresiones tristes, y la desorientación de estar abocado a algo con lo que no contaba, la “buena madera” de Henry, pese a su rudeza para espantar posibles compañías. Cuesta un poco separar el resto para ver ésto, pero ahí está.

Por un momento me veo a su lado, sobre el suelo de su sala de estar, mirando fijamente al techo como él y a ratos su perfil. Henry no pestañea, parece petrificado, perdido en sí mismo. Me viene a la mente el abuelo indio, Old Lodge Skins, de la película “Pequeño gran hombre”. La escena en la que va con Jack (Dustin Hoffman) a lo alto de la colina para morirse. Le asegura que ya es el momento y se tiende ceremoniosamente bajo un cielo plomizo. Jack se coloca a su lado, haciéndole compañía en un trance tan solemne. Y esperan. Y esperan.. pero el gran Dios de los indios en lugar de llevárselo con él le envía un chaparrón de cuidado. Empapado, se levanta y le dice a Jack A veces la magia funciona, y otras veces no. El verdadero “Milagro de Henry Poole” es haber resistido a un enfoque tan ambiguo como le dan los guionistas a la película, que desaprovechen las posibilidades que esta historia tiene como comedia o como drama y no la definan y que encima te guste el personaje. Y de paso, los vecinos. A pesar de los pesares.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Cuando la magia funciona a ráfagas

  1. Cadora é máis fermoso o teu blog. Cando nos vemos? Un bico, Xamlet

  2. Angéline dijo:

    Qué bueno verte por aquí, Xoán, gracias por lo de la blog. Sí, quedemos un día de éstos. Un beso.

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