Tentaciones al alcance

Siempre me han llamado la atención los carteles de las películas y alguna vez me regalaron en los cines de mi barrio alguno interesante que colgó de las paredes de mi dormitorio como un reclamo. Me sorprende lo parecidos que son los de “A walk on the moon” y “An education”, las dos películas que se ambientan en los sesenta y cuya protagonista sucumbe a una tentación que desde la lógica no es una buena elección. Pero para eso están las tentaciones, para desafiar a nuestra parte más objetiva y hacer temblar nuestras convicciones provocando una nueva revisión de nuestro sentir más profundo. Pueda la cabeza o el corazón, el caso es que durante un tiempo nos sentimos como a la deriva, en una borrachera de sensaciones que nos esperanza continuamente, expuestos a nuestros instintos más viscerales. La lucha está servida. “A walk on the moon” (1999), con Diane Lane y Viggo Mortensen, en España se llamó precisamente “La tentación”, y es que aquí, parece que tiramos por el camino más rápido a veces, y el menos imaginativo. La acción se sitúa en el verano del 69, en un camping cercano a Woodstock, donde se celebrará el mítico concierto que pasará a la Historia como algo memorable y emblemático de la época.

El camping acoge a las mismas familias cada verano, y mientras los maridos regresan a la ciudad a trabajar después del fin de semana, las mujeres y los niños disfrutan del lugar, se relacionan y van creciendo, cada cual a su manera. La protagonista es Pearl, hace catorce años que se casó con Marty, cuando se quedó embarazada de la niña, unos años después llegó el niño. Aunque siente por su marido un enorme y sincero cariño, también se ve atrapada en una vida de trámite, sin alicientes, rutinaria. Un día llega un nuevo vendedor ambulante, Walker, llevando en su furgoneta blusas y otros accesorios que hacen las delicias de las mujeres del camping. En cuanto lo conoce, la química entre ellos es innegable y acaba sucumbiendo a la tentación, y de paso explorando su sexualidad sin trabas, con la excitación de probar algo nuevo, algo distinto, cambiar la placidez que había seguido hasta el momento en su matrimonio por una pasión que la desarma.

Walker y Pearl

Es el año que el hombre llega a la luna, todos parecen sobrecogidos viendo en sus pequeñas pantallas aquellos primeros pasos torpes por el planeta extraño y un fervor inusual unido al verano, a la proximidad del concierto, incendia a una Pearl casi en éxtasis. Pero están sus hijos, su suegra (una mujer admirable, se sale del canon de la “insufrible madre del esposo”) y por supuesto Marty (Liev Schreiber), su marido, quien también renunció por ese matrimonio a una carrera universitaria como científico, para la que había indicios de que estaba muy cualificado. Pearl no lo sabía pero su suegra, que se entera de lo que está pasando, intenta mostrarle que no es la única que ha dejado atrás una vida sin comenzar, en otro sitio.

Pearl y Marty

Su trabajo como reparador de televisores les da para salir adelante, pero Marty no siente haber dejado atrás su sueño porque la vida al lado de Pearl lo es también para él. Conocer su infidelidad tambalea su mundo, y todo parece venirse abajo. Algo a favor de Walker, no presiona a Pearl para que abandone a su familia, sólo le ofrece una vida distinta, en caso de que necesite cambiarla por la que tiene. Además de tremendamente atractivo, parece sincero y buena gente. El ambiente muy conseguido, se siente una en el mismo corazón hippy del planeta, aunque pertenezca a una generación posterior, donde los hippies ya sólo eran leyenda. Mi tendencia a ser abogada de pleitos pobres me inclina a destacar la actuación de Liev Schreiber (Marty), especialmente en el final. Pero siendo justos, también la de Diane Lane, Viggo Mortensen y Tovah Feldshuh (la madre de Marty). Mi corazón de fan de Janis Joplin y admirador de gente como Hendrix, Santana, Creedence, Who, The Band, Blood Sweat and Tears, Joe Cocker, Jefferson Airplane y Crosby Stills Nash & Young, se sintió en la auténtica gloria, viviendo durante algo más de una hora, el ambiente que se respiraba en aquellos días en los que el mantra para alguna gente era haz el amor y no la guerra. No se me ocurre una recomendación más acertada.

Jenny

En cuanto a “An educacion”, la he visto desde dos perspectivas distintas: a ratos he sido la profesora que admira el futuro prometedor de Jenny (la protagonista de esta película) y en otros me ha podido mi instinto maternal, tengo una hija de su edad y sé exactamente cómo me sentiría si alguien nos hubiera hecho eso. Estamos en los años sesenta de nuevo, en la encorsetada Gran Bretaña. Jenny acude a un selecto colegio femenino que la prepara para ingresar en Oxford, como estudiante de Literatura nada menos. Su padre es un hombre estricto con sus estudios, y a menudo deja claro el esfuerzo económico que le supone la formación de Jenny (el dinero no crece en los árboles). Su madre es una persona comprensiva y culta, diría que totalmente del bando de su hija, con algún tren perdido en una existencia dedicada a su familia (a su marido: “hacía vida social antes de casarnos, ¿sabes?”, su hija contesta “Él puso fin a eso”). La vida cambia el día que conoce a David, un hombre que le dobla la edad y por el que considera renunciar a sus planes futuros como licenciada.

Jenny y David

Desde que comenzó la película, sentí una auténtica necesidad de llegar a la parte en la que se desmonta la verosimilitud del personaje de David. Una chica tan brillante, con tantas posibilidades para llegar lejos por su cuenta, no podía plantarlo todo para ser una vulgar ama de casa, calificativo estúpido que condeno en cualquier otro ámbito que no sea este ejemplo concreto. La vulgaridad no está en el puesto que desempeñamos sino en la pérdida o desperdicio del talento natural bien encaminado, para aniquilarlo sustituyéndolo por una labor de mantenimiento en el hogar, algo que Jenny podría hacer sin emplear su actitud crítica, su formación cultural y sin utilizar ni el mínimo gramo de creatividad, genio o destreza intelectual. Porque eso es lo que el espectador sabe que posee Jenny, una adolescente que no puede evitar sentirse cautivada con el inesperado papel de “adulta” que le asignan en el mundo de David, al deslumbrarse con lo que hay al otro lado de su inocente vida de estudiante de secundaria.

Jenny y David

El guión es de Nick Hornby, uno de mis escritores favoritos, con ideas tan ingeniosas como cuando Jenny recrimina a su padre que la arroje en brazos de David, en cuanto comprueba que no solo no se niega a que haya boda sino que parece complacido de entregarla con dieciséis años a un hombre bastante mayor que ella, argumentando algo tan pobre como “te mantendrá”. Ella responde que si eso era lo que pretendía, en lugar de haberle pagado un colegio tan caro podía haberla hecho circular por los clubs. Su padre le contesta que David no se hubiera fijado en ella si no hubiese sido tan culta e inteligente. La tentación está servida, Jenny tomará su decisión con los pies en la tierra, la cabeza despejada y el corazón en cuarentena, algo que ocurre con frecuencia a este lado de la vida, en nuestro mundo adulto y pocas en el hormonado de la adolescencia. Seguramente Pearl podría aclarar un poco sus dudas y mostrarle un futuro dominado por la frustración, pero cada uno ha de equivocarse o salir airoso por sus propios medios y eso es lo Jenny hace, escaldada pero convencida.

Jenny

Algo en contra de David, es un auténtico cabrón, un enfermo. El ambiente, conseguido, rígido, estricto, británico. Todos los personajes muy en su papel, padres, David, sus amigos, las profesoras, Jenny. Parece haber dos lados diferenciados, los buenos y los malos, o quizá éstos pretendan reforzar el papel de los primeros. Lo que desencadena el final lo veo un poco forzado, en cualquier caso, parece una película con moraleja y a pesar de lo arriesgada que pueda resultar por ello, me pareció sutil, cándida en cierto sentido y muy interesante.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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