La visita de Frank Bascombe

Está bien, la escena es ésta. Frank llega a casa de la señora P, una desconocida que ha solicitado que alguien le visite. Cuando la ve en la puerta se enciende en su mente una luz de advertencia y comienza a barajar cierta información a gran velocidad, lo típico. Cree que la conoce. Sponsor, la asociación solidaria con la que colabora esporádicamente desde hace un tiempo, lo ha enviado a esa casa para un rato de charla, quizás un consejo, no sabe lo que la señora P ha pedido. Tras unos minutos de dar vueltas a las cosas mientras describe la casa, nos revela que por fin se acuerda de quién es y por qué la relaciona con él e intenta descubrir algo en ella que demuestre que también le ha reconocido. La charla comienza algo forzada, de pronto ella necesita confesar algo pero ese algo es confuso, incierto, es como cargar con una culpa indeterminada y desear fervientemente que se materialice, solidifique, tome cuerpo, tenga nombre, pueda censurarse con un número claro de sílabas, alguna más vistosa que las demás, donde enfatizar la maldad del hecho. Pero, lo mira con impotencia, en realidad no hay nada que confesar.

Cléo (pensive). Pascal Renoux

Para entonces ya sabemos de qué la recuerda. Hace unos veinte años tuvieron un escarceo amoroso, después de que (entonces era la señora F) su marido la abandonara para unirse a un grupo de médicos que se internó en algún lugar remoto de África del que nunca regresó. Así que mientras se miran inquisitivos (o al menos así le parece a Frank y ahora también a mí), ella cuenta que le gustaría confesar algo pero no sabe qué y él la tranquiliza diciendo que en fin, todos “tenemos recuerdos, presente, futuro, deseos, odios y nos compete la responsabilidad de gobernarlos lo mejor que podamos”, a lo que añade, que uno debe aprender a administrar sus recuerdos de forma que no le molesten. Tras el pomposo minidiscurso, ella se queda perpleja y él muy satisfecho. Cree haber sido de gran ayuda y se dispone a marcharse. La señora P se sorprende de que la visita termine, parecía encontrarse a gusto, pero él tiene prisa por salir de allí, antes de que ella le brinde una confesión en toda regla que traiga al presente un recuerdo del pasado que ahora además de molesto también sería personal, compartido y costaría doblemente administrar.

La señora P, sin embargo, se conduce en todo momento con elegancia y sin dobleces (aunque Frank y yo seguimos pensando que lo mira de una forma especialmente directa) y al término de la visita lo acompaña hasta la puerta, después la cierra y Frank escucha sus pasos menudos alejándose. Ah.. ¿decepción? Camino del coche, cree que ella también le ha reconocido y en un último vistazo a la casa, la descubre en el primer piso, en la ventana, mirando hacia él y casi puede ver en su cara una sonrisa enigmática, sabedora. Y aunque ya dentro de su Suburban le da una taquicardia repentina, considera que su presencia ha sido de utilidad y la visita provechosa.

Un momento. Rebobinemos.

Frank ha ido a la casa de la señora P para hacer su buena obra del día charlando una media hora (así lo hace siempre, más es quizá implicarse personalmente y no lo desea ni Sponsor lo vería bien) y descubre que la mujer a la que ha de escuchar o aconsejar es una antigua amante, un cuerpo con el que se acostó pero que no significó nada para él.

Cuando le está explicando lo de administrar los recuerdos piensa que podía haberle aclarado eso hace dos décadas, en la cocina de su casa, por ejemplo ¿No es ahí donde queremos llegar con nuestras cópulas fortuitas? ¿A tener a alguien a quien podamos contar algo? ¿Queremos eso cuando lo hacemos con un desconocido? – me pregunto. ¿Una charla existencial en la cocina después de unos polvos casuales e irrepetibles? Yo con tu camisa bebiendo un café en tu taza, tú en calzoncillos mirando a oscuras el interior de la nevera. Haciendo que haces, el pelo revuelto, abstraído, la expresión cerrada, como de quien no ve porque no quiere ver, un no estuvo mal pero ¿qué haces todavía aquí?, el brazo estirado sujetando la puerta, al fondo de la nevera podría estar Siberia. Al fin y al cabo sólo queríamos gemir, sentir, descargar y recibir. Y la intimidad con que nos abrazamos antes para encajar con precisión, se convierte después en un silencio incómodo entre desconocidos. Y no significa nada. Para ninguno de los dos.

Los amantes. René Magritte

Regreso al final tras el rebobinado. Hay una cierta tirantez entre ambos y cuando se acaba el tiempo, Frank sale como alma que lleva el diablo aunque la mujer no le retiene ni menciona en ningún momento haberle visto antes. Lo que sí le aclara es por qué llamó a Sponsor, qué necesitaba que alguien le ayudase a hacer: escribir una carta al presidente Clinton. Claro que ahora, ya no es posible. Frank arranca el Suburban y la última imagen de esa visita es la sonrisa enigmática que flota en esa ventana. A veces necesitamos que la propia vida nos llame imbéciles. Y mira que me caes bien, Frank, pero alguna colleja también te daría..

(Frank Bascombe. Esta vez como personaje de “Acción de gracias”, de Richard Ford. Tercer libro de la trilogía en la que es personaje central)

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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