Las ovejas del mar – Lectura compartida Bilbao-New York-Bilbao (Kirmen Uribe)

Uno de los recuerdos más antiguos sobre el mar que podría tener un habitante de la costa es la danza que las olas salpican sobre las rocas, la filigrana de espuma que corona un peñón a lo lejos, el sonido grave y categórico del mar cuando rompe sobre la orilla, como si se zapatease, furioso, antes de volver al interior del horizonte. Duermo con ese sonido cada verano, desde mi parcela en el camping escucho el redoble enérgico, como si las olas se derribasen a sí mismas, poderosas, jugando a zambullirse; pero también arrullan mi sueño cuando se vencen sobre la arena mojada, perezosas, desplegando en la oscuridad su estela blanca con delicadeza, rodando felices hasta deshacerse en finas burbujas. Son mi última imagen mental antes de caer rendida, trabajo en la ciudad pero desde hace más de quince años vivo durante el par de meses veraniego en una pequeña caravana de un camping familiar a pie de playa, a unos treinta minutos de casa.

Olas

A Kirmen Uribe le imagino una voz suave, tan capaz de conducir al sueño a un niño si le lee un cuento a la luz de una lámpara baja como de estremecer a un lector cuando dice “Las pérdidas delimitan nuestro tiempo, el final de una relación, la muerte de un ser querido. Cada pérdida es un anillo oscuro en nuestro interior”. Quizá esos anillos se estrechen a veces y sea esa opresión lo que sentimos cuando recibimos un golpe inesperado de nostalgia. He hecho esta travesía Bilbao-New York-Bilbao con los ojos cerrados, escuchando, el cinturón bien atado, asiento de pasillo. He podido oler el mar desde las nubes, coronar las olas subida al Toki Argia y deslizar mis manos por los reposabrazos del asiento cuando Maritxu recuerda la última vez que vio a su padre, su gesto acariciante con las suyas, una sobre la otra (maite-maite). Cuando Kirmen menciona el mecanismo de la memoria, recordar a nuestra manera, “convirtiendo en ficción lo que en otro tiempo fue realidad”, me vino a la mente Vladimir Nabokov en “Habla, memoria”, el pasaje en que su institutriz, ya mayor, intenta recordarle sucesos que nunca ocurrieron pero que ella fijó en su memoria como verídicos, una realidad ficticia que podía recrear nítidamente (¡Cómo me abrazaste, cómo te pusiste a bailar de alegría! – exclamó Mademoiselle diez años más tarde, inventando así un nuevo pasado).

Otro recuerdo de siempre que podría tener el habitante de la costa es el sabor salado del mar, haberse quedado sin aire alguna vez después de sumergirse en él, sentirlo en el interior de su nariz, oídos, garganta, notar cómo le escuece en los ojos, vuelve su cabello del doble de su grosor y llena su piel de manchas blancas. Y el sonido en sus profundidades, todos esos gorjeos del fondo, agudos y secos, como del espacio, la sinuosa visión de las algas serpenteando, las plantas blandiendo sus hojas como sopladas por un viento a cámara lenta que las ondula. Y contemplar desde dentro la superficie, un cielo imposible que tiembla a espasmos. Si no fuera imprescindible respirar valdría la pena echar horas curioseando, todo sucede a la velocidad del sueño, como si cada segundo se anticipase al siguiente. Kirmen Uribe desgrana vivencias, sus padres, su hermana, Unai, Nerea pero también Arteta, Ricardo Bastida, Indalecio Prieto, su abuelo Liborio. Mientras lo escucho pienso que no son metáforas lo que une los sucesos de las distintas generaciones que menciona con sus propios pensamientos y sensaciones, sino una aguja virtual de redero, y veo ensartada en la malla que es este monólogo, cada pequeña historia que ha contado, como si las hubiera cosido con paciencia entre los hilos de Bilbao, New York, Ondarroa, Rockall, Stornoway, St.Kilda, Käsmu..

Aurelio Arteta. Los descargadores

En Käsmu, donde la gente coloca en la lápida de un muerto el nombre de su pareja viva encadenándola de por vida a reposar eternamente con él, cuenta Kirmen Uribe que la poeta galesa Meredid Puw Dadies no estaba de acuerdo con la idea y se preguntaba “¿Es que acaso no se puede cambiar de rumbo en la vida? ¿Es que no existe la oportunidad de empezar otra vez de cero?” Amén. Contestarle daría para otro post de cavilaciones pero leer estas dos preguntas me hizo muy feliz, saber que iban unidas a un momento de rebeldía, que de alguna forma deshacían el círculo bien construido del agua que se cuela en un agujero, que por un segundo el cuadrado podía tener un borde redondo, que por qué sí o por qué no cuando es lo contrario. Si hablamos de emoción también tendría que referirme a otro párrafo, cuando Kirmen cose con su aguja redera la historia entre el patrón y los carpinteros que viajaban antes en los veleros y termina diciendo “A menudo pienso que todos mantenemos esa disputa en nuestro interior. Albergamos a un patrón de barco que pretende arriesgar y a un carpintero que cuida de lo que más quiere y vela por su seguridad”.

El vuelo se me hizo corto y las historias breves. Disfruté desde mi costa gallega de cada una de ellas como una viajera diligente que más tarde relatará lo escuchado pero hice trampa en lo de relajarme y escuchar y apunté cada poco una frase aquí, un párrafo allá. Todas son ideas positivas, bien pensadas, frases con poso, como la de Vojtech Jasny “Nada ocurre en vano”, estoy convencida de ello. Creo que esta novela no da para polemizar (lo habitual en una lectura de grupo), sino para compartir experiencias. La sensación que me queda es la de viajar a través del tiempo. Haber estado presente no sólo en los lugares sino en las mentes de personas que han muerto hace muchos años. En su día a día, sus anotaciones personales, las tristezas y alegrías que componen una vida. Y quizás no haga falta echarle barniz a las cosas para que parezcan verdaderas (p.161). pero qué bonitas lucen cuando lo llevan, qué halo de distinción les confiere. También me enterneció el cliente que regalaba palabras a Nerea. Yo las tengo por toda la casa, en cualquier esquina, dentro de una caja, en el bolsillo de un abrigo. Quizás tenga razón David Foster Wallace, cuando menciona que “lo esencial es la emoción” (p.146). Qué otra cosa puede mover los hilos con más soltura, de una forma tan fluida y sentida.

Another place. Antony Gormley

Mi abuelo trabajaba en el puerto de Sada, un día tuvo un accidente y perdió una mano. Eran malos tiempos, había poco de todo, la herida se le infectó. Cuando murió tenía cuarenta y siete años. Mi abuela vendía pescado en el mercado del pueblo. Mi bisabuela lo recogía con su cesta en la cabeza entrando hasta la cintura de madrugada en el mar. A veces la imagino en silencio a oscuras, aguardando en su puesto, empapada. Mirando hacia las pequeñas barcas que se acercan, guiños de luces en la distancia, criaturas de la luna, menciona Kirmen que las llamaba Lorca. Y a otras tantas bisabuelas, con su cesta preparada sobre el hatillo de tela en el pelo, el frío en los huesos, las cervicales destrozadas. Estáticas, impasibles, como delgados palos negros que apuntalan la marea. Como las figuras de Antony Gormley o los ángeles de “City of angels” que contemplan un amanecer intocable, al que no pueden abordar porque son intangibles. Y entonces pienso que aquellos eran tiempos duros y que hoy lo siguen siendo de otra manera pero si tenemos la fortuna de anclarnos a los momentos, de formar parte del instante, quizás nuestra vida se teja sobre una red que se anude a otras y no tengamos miedo a desaparecer sin haber dado lo suficiente (p.85) También yo me lo pregunto, cada vez que imagino que dejo a mis hijos huérfanos por culpa de un accidente. ¿Estaré en sus vidas cuando me haya ido? ¿en los pequeños detalles, en las costumbres, en lo que ahora consideramos los tres importante? ¿Seré como las ovejas del mar, un toque de espuma blanca en el azul rompiente, un contraste?

Algunas preguntas que podría hacerles a mis compañeros de la lectura compartida, ¿creéis que se puede cambiar de rumbo en la vida? ¿Tenéis algún recuerdo distorsionado, algún suceso que no habéis vivido pero del que formáis parte con nitidez? ¿Leéis con curiosidad la primera frase de los libros? ¿Tenéis apuntada alguna en especial? ¿Algún personaje os ha llamado la atención más que otros? ¿Cómo ha sido vuestro vuelo? ¿A qué huele Bilbao?

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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6 respuestas a Las ovejas del mar – Lectura compartida Bilbao-New York-Bilbao (Kirmen Uribe)

  1. Leer el libro de Kirmen Uribe mientras el verano (por fín) se abría paso en el norte fue una delicia.
    Hace unos meses tuvimos la ocasión de asistir a una charla de Kirmen Uribe aquí en Pamplona. De esa charla salimos (además de con muchas ganas de leer su libro) con la impresión de haber estado ante un viejo joven, una persona cálida, abrazable, de esas que te dan sensación de amigo al poco rato de escucharles. Un contador de historias pequeñas, un tejedor de redes. Sobre todo me pareció una persona a la que le gusta la gente. Y eso me encantó.
    El recuerdo de su voz (suave, de media sonrisa y con marcado acento vasco) me acompañó varios días y volvió a mí el día en que comencé el libro. Y así lo he sentido, ha sido como si el propio Kirmen me lo hubiera leído. Un lujo, vaya.
    Ésta es la primera impresión de todo, a lo largo de esta semana me paso y comentamos ya más cosas del libro, estoy intentando volver a concentrarme después de los sanfermines y la posterior huída a Madrid (Photoespaña como nunca!).
    Muchos besos hadiña, disfruta por el inframundo.

  2. Hoy me he levantado (vacaciones!) con el recuerdo de dos momentos del libro que me gustan especialmente, los encuentros de poetas.
    El encuentro en Käsmu, capítulo 11, los muertos que se esperan, las reflexiones de Meredith: ¿es que acaso no se puede cambiar de rumbo en la vida? ¿es que no existe la oportunidad de empezar otra vez de cero? y la aparición de Fred.
    A mí, el tema de las lápidas inscritas me parece romántico por una parte y terrible por otra. Quiero decir que no creo que debiera hacerse por sistema pero sí en algunos casos. Si la vida se viviera con coherencia sería romántico en todos los casos pero la realidad nos muestra que hay un montón de parejas que se sienten encadenadas y que no han sido capaces de romper sus relaciones por miedo, comodidad, por el qué dirán o por lo que sea. Si a esas personas no le dejamos ni siquiera el más allá para ser libres, ¿qué les queda?

    Y la aparición de Fred..bueno, es uno de los momentazos del libro. Detenerse a escuchar para poder oir todas las voces, ésa es su propuesta. Qué razón lleva y de qué forma tan bella lo cuenta…
    Pero es la segunda parte de su reflexión lo que más me llegó, cuando dice: “Yo también quería ser poeta pero no he podido escribir jamás, me podía el miedo”
    Y desde aquí os grito (a ti hadiña, a A. y al propio Kirmen): Valientes!

  3. (en el tintero)

    como resumen de lo dicho hasta ahora, una frase que dijo ayer Jose Luis Sampedro en la tele: “muchos hablan del derecho a la vida pero no se habla del deber de vivirla. Tenemos la obligación de vivir la vida.”

    Pues eso, que lápidas a dos sólo para los que se aman y que el miedo no sea lo que nos impida vivir la vida. Y besos!

  4. Angéline dijo:

    Yo también creo en la obligación de vivir la vida, el compromiso con uno mismo para salir adelante con dignidad y felicidad. A veces pasamos por experiencias difíciles pero en general, creo que debemos perseguir la felicidad, llegar a ella y compartirla, por supuesto. Aplaudo también la afirmación de Foster Wallace “lo esencial es la emoción”, por ésto mismo. Odio cuando alguien responde “sobreviviendo” a la pregunta cómo te va. Y no me detengo en el plano material, que cada cual llega a donde puede, sino en la desidia, en el conformismo, en la falta de búsqueda, en la ausencia de creatividad o esa parte abstracta en la que nos refugiamos cuando escribimos, en esa nebulosa de esperanza, en la que parece caber cualquier sueño, aunque tengamos casi la certeza de que nunca pasarán de ser eso, sueños.

    Hay varios momentos entrañables en este libro. No cuesta trabajo visualizar lo que Kirmen Uribe cuenta, ni extrapolar su costa a la mía, por ejemplo. Otra cosa es el temperamento, la forma de ser, la idiosincrasia de cada pueblo, sus certezas y sus por qués. Como decía en el post, me gustó esa historia de los carpinteros que iban en los barcos. Y que cada uno de nosotros contenga un capitán que le anime y un carpintero que le frene, que cuide de la estructura de sus entrañas, que tiemble ante la posibilidad de que el armazón se resienta con una mala maniobra. Es curioso como un buen equipo de dos puede llegar al equilibrio. Y personalmente, aunque adoro a mi carpintero, siento una fascinación especial por mi capitán. Respecto al momento de Fred, lo leí pero no lo anoté. Ahora que te maravilla lo he vuelto a leer y sí que es un concepto tristemente hermoso, distinguir las voces entre las voces, los cantos, la tonalidad, la motivación de los pájaros y no poder expresar el propio canto interno, la lírica interior. Aunque seguramente sí lo haría, la poesía está también en la mirada, los gestos, cada pequeño movimiento encuadrado en un instante único. Esa fue la última idea que anoté en la página blanca del final. “Anclarse a un momento”. Me flotaba en la mente desde la mitad del libro.

  5. Y esa frase final tuya me recuerda a otra leída no sé dónde: “la felicidad consiste en no pedirle al instante que dure”. Anclarse a un momento, coleccionar instantes de felicidad y saber compartirlos como hace Kirmen, que llena el libro de pequeños momentos que ha guardado en sus bolsillos.
    El 2º encuentro entre poetas (no tengo aquí el libro) me emocionó por la parte en la que hablan de la adopción por parte de homosexuales y la comparación con los pájaros que incuban huevos ajenos.

    También pienso como tú, probablemente Fred lo haría, sería un Bartleby más. Como Pepín Bello amigo de Dalí, Buñuel y Lorca, artista sin obra (gracias google!), uno más entre ellos.

  6. Angéline dijo:

    Lo efímero parece siempre más intenso, condensar una sensación la potencia. Pero la brevedad a veces deja ese hueco que suple la memoria, o en su defecto, la imaginación de la memoria. Ese conjunto de imágenes que creó la noticia en nuestra mente y que nunca fueron contrastadas. Como cuando un puerto cambia de lugar o el rostro de una persona se transforma en el de otra. Recordar, en todo caso, es un privilegio que no se valora en su medida hasta que uno tiene una cierta edad. Pero dejando a un lado nostalgias y penas, como diría Clive Bell, vale la pena ver llegar por el camino a un recuerdo querido. Y como dice Collin, el personaje juvenil de “El arpa de hierba” de Truman Capote, un día las cosas cambian y nada vuelve a ser igual. El presente perfecto se rompe y ya solo toca vivir. Las familias de los marineros guardan muchas historias sobre los seres que han perdido. Supongo que para ellas, como para tantas otras, víctimas de ese rapto brutal que es la muerte, la idea de anclarse a un momento puede tener un sentido más visceral, aunque la memoria después haga de las suyas.

    (La Residencia, qué lugar tan increíble debió haber sido..) Un beso, Princesiña.

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