Sólo las velas conocen el secreto de la agonía

Primero una nota delicada para Princesa de Hojalata:

No leas del post más que este primer párrafo. Anota el título: “La delicadeza”, de David Foenkinos. Apúntalo como si te hubiese hecho un regalo (algunas recomendaciones de libros son más cálidas que las chaquetas blancas de angora), porque, queridiña, indispensablemente, debes leer este libro.

Algunas canciones que podrían formar la banda sonora de esta novela:

El amor a la fuga (Alain Souchon) En honor a Nathalie y François

Close without touching (David Arkeston, Kostia, David Lanz)

On the deep (Nightnoise)

Leaves in the Seane (David Lanz).. (esta canción vale para todos los libros poéticos a los que podrías dar cuerda)

The very thought (en la versión de Nat King Cole)

I still care for you (Ray Lamontagne). Por el toque a Sigur Ros

Resto del post una vez que hemos advertido a Princesa de que leer “La delicadeza” es como si ganase una vida

(A veces vemos en las películas que mientras alguien duerme, una de sus vidas se levanta y hace cosas. Aquí es al revés, mientras lees la novela algo entra lentamente en ti y enciende velas caldeando los rincones).

Dos sensaciones/ visiones recurrentes mientras leía “La delicadeza” de David Foenkinos.

1.- Una prueba de confianza es subirse a un pedestal colocado a dos metros del suelo, situarse de espaldas al borde y dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos, los ojos cerrados, la certeza de que media docena de seres, alineados tres a tres, detendrán la caída de nuestro cuerpo frágil.

2.- Un hombre y una mujer bailando un vals. Al principio casi primeros planos, después un poco más lejos, a continuación las dos figuras (él de etiqueta, ella con un vestido blanco de tirantes ajustado a la cintura y una falda de vuelo hasta la rodilla, tacones altos, el cabello sujeto en un moño redondo y femenino). Cuanto más se aleja la imágen más fácil es darse cuenta de que la nieve que cae sobre ellos es el resultado de agitar el agua de la bola mágica que los contiene.

No ha sido una lectura sino un verdadero viaje por la novela.

Desde “Tommaso y el fotógrafo ciego”, de Gesualdo Bufalino no había sido tan feliz viajando por ninguna. Con “Llámame por tu nombre” experimenté sensaciones muy fuertes, evidentemente mezclando ambos mundos, el de la novela y el personal, pero felicidad en una explanada sin nada alrededor, la sonrisa boba, la carcajada inesperada, el apuntar y apuntar detalles de un libro con una expresión de abierta ternura, desde Tommaso no me sucedía. ¿Quién iba a saber que leer este libro iba a ser como sumergirse y bucear en un mundo ondulantemente frágil y protector a un tiempo? A la felicidad se llega muchas veces a través del dolor y este caso no es diferente aunque tampoco es igual que nada que haya leído hasta el momento. Quizás la suavidad del ambiente me traiga el recuerdo de “La ladrona de libros”, de Markus Zusak, pero aún así, y sin parafrasear a Baricco, este libro es SEDA.

Aquí una reseña, aquí la ficha de la Casa del libro. No voy a entrar en estructuras esta vez, prefiero consultar mi cuaderno de viaje, el reguero de migas que también yo me he dejado y volver a esbozar la mirada nostágica, la expresión tierna, no será a través de mí que nadie se entere de qué va el libro. Pinceladas sí, acaso esas luces en la distancia que convierten a esta novela en una caricia de alma, le daría a Foenkinos todo un beso en la boca de su expresión dudosa en la solapa interior, sólo por tenerme en las nubes mientras leía “La delicadeza”. Y es que levitar o caminar a unos centímetros del suelo no lo consigues con cualquier cosa. Con las migas no pretendo llegar al inicio sino crear el propio camino, que me quede claro que circulé por ahí, que mis pasos fueron trazando un reguero de sensaciones que terminaron de una forma incluso sorprendente para mí. Como aquella vez que tras sentir una felicidad tan completa haciendo el amor con G, nos miramos en la penumbra atesorando el instante, todavía uno en el otro, y comencé a llorar.

Algunas preguntas que no se hace cualquiera

¿Puede alguien proseguir la lectura de un libro interrumpido por la muerte de su marido?

¿Acaso hay algo más ilógico que una afinidad?

El primer beso con alguien es siempre algo único, a veces atropellado, torpe, demasiado cargado de expectativas cuando es largamente deseado, curioso, nuevo, revelador (para bien o para mal). Markus sentía su beso con Nathalie (un beso, por cierto, robado por ella) “por todas partes, dentro de él, moviéndose en el interior de su cuerpo”. Después de todo, quizás existan también los besos de racimo.

Es curioso como a veces dos personas se ven arrastradas a componer una pareja, empezando por el final de la relación, la nada, desandando un camino que nunca recorrieron y que les lleva inevitablemente a un comienzo sólido, intenso y sorprendente.

Algunas frases que te hacen alzar las cejas o entrecerrar los ojos

“Hay que haber vivido años y años en la nada para comprender cómo de pronto se puede sentir miedo ante una simple posibilidad”

“Al final cabe preguntarse si la casualidad existe de verdad. ¿Quizás todas las personas con las que nos cruzamos recorren nuestro perímetro con la esperanza de cruzarse con nosotros? Pensándolo bien, es cierto que a veces parecen jadeantes”.

“El miedo a la felicidad. Dicen que justo antes de morir, uno ve desfilar ante sus ojos los momentos más felices de su vida. Parece, pues, plausible que se pueda ver desfilar los estragos y los fracasos del pasado en el momento en que la felicidad está ahí, delante de nosotros, con una sonrisa casi inquietante.

“Diálogo de la película “Celebrity” de Woody Allen, que el autor cita en la página 146:

CHARLIZE THERON

¿No te da miedo contagiarte? Estoy resfriada.

KENNETH BRANAGH

De ti cogería hasta un cáncer incurable.

“Quizá no haya nada tan extenuante como vivir bajo la tiranía sensual de una belleza fija, detenida en el tiempo” (viendo una foto).

A medida que “La delicadeza” llegaba a su final yo me reafirmaba en mi mantra de lo estúpido que es perder el tiempo yendo a la deriva con lo que / quien no lo merece. Bajo la sencillez y la naturalidad late un submundo de emociones realmente válidas. El estrés y los malos modos surgen de la falta de estímulo positivo, a veces nos quedamos secos a causa del dolor pero en cuanto tocamos fondo, es la poesía de los corazones afines, la que nos vuelve a la vida.

Reflexión de otro pensador polaco que el autor cita en la página 212

“Sólo las velas conocen el secreto de la agonía”

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
Esta entrada fue publicada en Leído en 2011, Personal. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Sólo las velas conocen el secreto de la agonía

  1. Houellebecq dijo:

    Así que desde Buffalino no habías vuelto a sentir algo así con un libro(más o menos). A ese escritor, Buffalino, lo conozco por otro libro de esos breves que acostumbraba y que tan intensos eran, “Perorata del apestado”.
    Los subrayados de este autor sí parecen ese cálido regalo que prometes. Porque se te ve muy entusiasta. Está siendo este todo un verano de descubrimientos. Bueno, yo voy un poco a remolque de los tuyos desde hace un par de meses pero ya me va bien. De momento todo son hallazgos espectaculares. Actualmente estoy con uno de Anagrama, Alan Bennet. Uno breve y delicioso también. Esa editorial me da grandes placeres. Un abrazo, Angeline.

  2. Angéline dijo:

    Cuando un libro me gusta se me nota, no es que no pueda ser imparcial, es que no quiero. Siempre me ha interesado la conducta humana, por qué hacemos lo que hacemos. Vivimos rodeados de toda clase de estímulos, hay gente que vale mucho la pena y gente muy mierda. Libros que te sobrecogen y otros que te expanden y hacen flotar. Peleamos a diario contra la rutina, nos vemos obligados a competir aunque a veces no lo deseamos. El amor no está sobrevalorado, es uno de los antídotos contra la melancolía. Rejuvenece. Te hace fuerte. La ternura no es más que una lengua instintiva, una forma de comunicarse desde un punto interior sin dobleces, de buena voluntad. “La delicadeza” es un libro de una cálida simpleza en la que apenas importa nada más que Nathalie, François y Markus. Lo que sienten y cómo lo sienten. A veces lo que uno realmente es, arrasa a lo que parece. Y cuando es para bien como en esta novela, la sensación es exquisita. Si lo lees algún día no esperes una gran obra. Es sólo cómo está escrita, desde qué lenguaje, lo que sugiere. Y sobre todo la fragilidad y delicadeza que destilan las, a veces, atropelladas conversaciones entre Nathalie y Markus, la suave naturaleza de su desconcierto mutuo. Dice el autor que es una novela que gusta más a las mujeres. Quizá sea porque la sensibilidad de Markus no es corriente en un heterosexual. Y a veces las mujeres, nos prendamos precisamente de la vulnerabilidad masculina. Después de esta novela dan ganas de pararse a disfrutar cada pequeño detalle de la vida que importa. Un abrazo, Houellebecq.

    (Gesualdo Buffalino también me inspiró una ternura inmensa, ah.. Tommaso, qué recuerdos..)

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