Nada es para siempre (1 de 2)

Darthois me envió varios mensajes en los que me pedía que me reuniera con él en las nieves. Cuando salí de la librería me llegaron todos juntos. Era algo urgente que no quería contarme por teléfono pero muy importante para mí y de rebote para él. Normalmente no me voy allá así como así, y menos ahora que tengo tanto que hacer a este lado, pero Yann Darthois es lo mejor que me ha pasado en mi universo blanco así que no lo dudé y viajé hasta nuestra calle en tiempo récord. Me sentía contenta de verle después de tanto tiempo, y a la nieve, cuánto la he echado de menos este verano. Con la típica excitación de cambiar de planes de forma radical y no saber qué vas a encontrarte en el nuevo escenario del presente. Sin embargo, a medida que me acercaba, el paisaje se iba haciendo más incierto. Si la casa de Darthois era la de la izquierda (y no había duda, es la única construcción futurista del Reino) por fuerza, viviendo frente a él, aquel amasijo de escombros tenía que ser.. la mía. No sé si sufrí un shock o simplemente me petrificó ver aire donde antes había varios tejados, galerías, chimeneas, un hogar. Es desolador contemplar una casa que se ha desplomado, ver reducido a una montaña de basura lo que antes era un refugio, el lugar al que podía acudir cuando necesito un cambio radical de aires.

(Ir (land)3. Sir (IR)Tommes)
Mi maravillosa habitación del ático, con su trenecito aéreo traqueteando por las vías del techo. Mis móviles brillantes, el gran ventanal donde se apoyaba la cama sobre la madera cálida del suelo. Los secretos que escribí en las paredes antes de pintar con el equipo de Ferdinand la estancia de un amarillo cálido. Las imágenes que me quedaban cada noche en la retina cuando apagaba la luz y veía los copos descendiendo lentamente, los pequeños destellos del ambiente, un firmamento escondido tras cada ligero golpe de viento, cada mirada furtiva al lugar de la fachada que identificaba con la habitación de Darthois. Todo estaba hecho añicos. Me dirigí al otro lado de la calle. Me temblaban las manos sobre el volante cuando giré a la izquierda para aparcar en batería. Apagué el coche y miré por el espejo retrovisor con cautela, dándome un poco de tiempo antes de bajar. Aquello era lo que quedaba de mi sueño, de la sólida estructura a la que Ferdinand, el jefe de la cuadrilla de reparación, vió tantas posibilidades.

Miré el reloj, había llegado antes de lo previsto, cerca de la medianoche. Las luces de la casa de Darthois estaban apagadas, tan solo brillaba sobre el portalón de entrada el efecto lumínico que alumbra el interior por las noches. Un juego de luces repartidas estratégicamente, que se encienden por fases y con distintas intensidades de forma automática al atardecer y se apagan a medida que el día entra por toda la estructura acristalada. Recordar el sofisticado mundo de mi vecino arquitecto, todavía me hizo sentir más abatida. Así que era eso lo que tenía que decirme, la casa se había derrumbado por efecto de.. ¿un terremoto? ¿una explosión de gas? ¿un bombardeo de un F-22 Raptor?

– Un incendio

Su voz grave a mi espalda me sobresaltó tanto que estuve a punto de golpearme la cabeza contra el cristal. En cuclillas, con las manos apoyadas sobre la puerta, parecía haber surgido de la nada, más tarde me contó que merodeaba por las ruinas de mi casa cuando me vió llegar. Bajé la ventanilla y señalé hacia atrás mientras intentaba serenarme, era incapaz de hablar. De preguntarle por Ferdinand y la cuadrilla. Si había algún herido, cómo y cuándo había sucedido aquel accidente. La nieve suave del reino caía sobre su cabello y hombros formando montoncitos. Hacía más de un año que no lo veía pero estaba tan atractivo como siempre. Recordé la navidad pasada, mi cobardía para llamarle, el estúpido miedo a enterarme de un matrimonio, familia, desde nuestro último encuentro. Le mostré mi bolsa de viaje en el asiento del copiloto, miré hacia el paisaje roto del espejo retrovisor de nuevo.

– Vendrás a casa, te he preparado la habitación de arriba.

Asentí lentamente mientras salía del coche. Antes de entrar en el paraíso de Darthois miré por última vez aquella visión desoladora. ¿Qué hubiera salvado de haber podido disponer de diez minutos, veinte, media hora? ¿Mi emblemático abrigo negro hasta los pies y la bufanda de destellos? ¿el maravilloso piano de pared que los anteriores dueños habían dejado en el recodo del pasillo del primer piso? ¿el sofá blanco aterciopelado? ¿los cubiertos celtas, con su trisquel en el mango? Las fotos. ¿Los libros? ¡mi Wasabi de Alan Pauls..! Por un momento me paralicé intentando recordar dónde estaba el libro. Darthois lo interpretó como un ataque de pánico y me sujetó del brazo, tirando con suavidad de mí hacia la casa. ¡En la isla!, casi grité, qué alivio recordar que lo llevé en uno de mis viajes a casa de Sean. No todo estaba perdido, la música era reemplazable, los otros libros también. Me volví entonces hacia Darthois como si me hubiesen dado cuerda y lo atropellé a preguntas mientras entraba en aquella delicia de hall. ¿Sabía dónde estaba Ferdinand? No me había llamado y temía lo peor.. ¿y la cuadrilla? ¿qué había dicho la policía? Todo está bien, repetía él, llevándome de la mano como a una niña, todo está controlado..

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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