El qué del quién

Decía el otro día un personaje de una serie que todo estaba cambiando a su alrededor y que el mundo tal y como había sido, ya no podría repetirse. Desde fuera todavía era más fácil llegar a esa conclusión pero durante un momento pensé con cierta pena en esa sensación. Es como perder la inocencia continuamente. Cuando crees que estás de vuelta de todo sucede algo que te capta sin más y entras en una nueva burbuja de un brillo extraordinario que más adelante desaparece en un momento cualquiera y te deja sin protección, expuesto, pensando que por más que lleguen buenos momentos no serán como estos y te sientes súbitamente desamparado y en la necesidad de sustituir lo que se ha ido por algo que al menos te llene en algún sentido. Como cuando se termina un buen libro y nos desespera no seguir en contacto en el futuro con esos seres, ese lugar, ese punto en el tiempo que formaba parte de nuestro mundo o lo hacía seguir de alguna forma.

 

Y entonces te das cuenta de que cuando eras niño hacías espacio continuamente para dar entrada a todo cuanto te llegaba y en cambio de adulto no haces más que despedirte continuamente de lo que se va. Siempre nos queda la frase “que nos quiten lo bailao”, pero lo bailao a veces es una cuerda al cuello que aprieta demasiado cuando no debe. Y así la desesperanza entre alegría y alegría, como un carrusel frenético de emociones en el que cabe en profundidad tanto una euforia como una sensación desalentadora. Si miras los pedales ves que los pies nunca dejan de ser los tuyos y que cuando paras de moverlos, inevitablemente te detienes. Claro que, además de la sordidez de lo cotidiano (esa mano invisible que tapa a retazos el azul vértigo, el naranja ilusión con su gris sopor o un marrón coraza) están esos otros segundos de luz en los que tan pronto te sientes elegido por algo que te desarma (un regalo inesperado que trae un mensajero, por ejemplo el libro “En busca de April”, de Benjamin Black, con una dedicatoria de seda), como escuchas una voz angelical en algún lugar del infinito que pone punto y aparte en la sensación de pérdida que arrastras desde hace tiempo.

Y entonces el sentimiento es de gratitud y te preguntas qué habrás hecho para merecer ese regalo. Y confirmas que el libro está ya en tus manos, como decía el hilo azul sobre la F., seguro, algo descentrado mientras se acostumbra al entorno, pero tranquilo, confiado, junto a otros del mismo autor. A nada de sentirse realmente en casa. Y te gustaría decir que has echado de menos hacer esto mismo a la inversa, más de una vez, pero no ha habido un dónde, sólo un quién.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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7 respuestas a El qué del quién

  1. blog marlei dijo:

    “Y entonces te das cuenta de que cuando eras niño hacías espacio continuamente para dar entrada a todo cuanto te llegaba y en cambio de adulto no haces más que despedirte continuamente de lo que se va”

    Angeline, apunto el libro. Lo apunto aunque sólo sea por volver a ser un rato, otra vez, crío e intentar hacer espacio para dar entrada a lo nuevo.

    Fijo. Ya está apuntado. 🙂

    Saludos.

  2. Angéline dijo:

    Hola Marlei, lo de la infancia es una reflexión mía, el tono general del post es un reflejo de la tristeza que siento desde hace unos días. El libro es un regalo que recibí ayer por sorpresa, desde tu norte precisamente. No lo he empezado todavía pero rompió durante un buen rato esa sensación de bajón. Y fue hermoso.

    Seguro que el libro es bueno, Benjamin Black está alojado en uno de los cerebros que más admiro. Saludos, Marlei.

  3. Houellebecq dijo:

    Es curioso pero el otro día reflexionaba que los momentos de subida que interrumpen mis bajones últimamente son esos libros-comics que necesito leer y que compro o que me regalan y que durante un rato, me entretienen. Sólo hojearlos ya es un placer. Tu Benjamin Blackya tardaba en caerte. Hay alguien que te regala con muy buena intención, normal que te alegres.
    En cuanto a ese mundo cambiante del que hablas no me preocupa tanto. Al principio rechazamos el cambio porque somos animales de costumbres. Pero también nos podemos acostumbrarnos a lo nuevo. Y nada queda atrás del todo. Sólo desaparece un tiempo para regresar en el futuro. Intento disfrutar de los cambios en la medida de lo posible.
    En fín, espero que te dure un poco más el subidón. Saludos.

  4. Fructus dijo:

    Me quemaba en las manos…

  5. Fructus dijo:

    Lo hubiera dejado en la F. sin más, pero tus palabras de agradecimiento han azuzado la vanidad de mi gesto. Así que he de decirte que me alegra haberme convertido por unos segundos en la luz que desarma el sórdido cotidiano. Espero que los disfrutes como yo lo hice con Imposturas. Leí tan encendidas tus palabras a Barnes, que en cuanto vi a Benjamin Black (tan de tu altar) en los escaparates, me di prisa por llegar antes que tú al cajero.

  6. Angéline dijo:

    Que el mundo cambie es tan inevitable como que avance, lo difícil a veces es seguir siendo el mismo cuando todo es diferente. Alguien me regala con muy buena intención, es cierto. Siempre le dí un valor extraordinario a este tipo de regalos. Saludos, Houellebecq.

  7. Angéline dijo:

    .. cuando había de estar en las mías..

    Estas coincidencias, yo a media asta y tú enviándome a Benjamin Black. Son los diálogos mudos que acercan a la gente. ¿Puedo corresponder alguna vez y enviar al dónde del remite del paquete? Me haría feliz, mira.

    Puse la F. porque así figura debajo de la frase, pero me gusta pronunciar tu nombre, Fructus.

    Un beso

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