Cosas que hace la gente que me gusta (VIII). Cruz o la fuerza del azar.

Hablar de Cruz con admiración es algo que no me cuesta. Si me refiero a la pintora diría “Cruz Vázquez Rouco”, los apellidos son importantes, nos anclan a un origen y el suyo está en Coruña aunque en la actualidad viva en Cantabria. Creativa, soñadora, espiritual dentro de esa pureza que parece de cristal, delicada, vulnerable pero con una fuerza interna que desmiente su posible fragilidad, es al tiempo una mujer, una artista y una amiga muy especial con la que compartí infancia y adolescencia. Nuestra amistad se remonta a sexto de primaria, tendríamos unos once años y el primer recuerdo que tengo de ella es una visión aérea, que es mi forma de catalogar ciertas imágenes. La veo caminando al lado de B, una compañera de clase y algo después sus pasos se separan de ella y se mueven en paralelo con los míos. Yo no era mejor que B, ni tan buena, tan ordenada, ni me arreglaba como ella pero creo que de alguna forma inconsciente me interpuse entre ellas y gané. Yo era alegre, impulsiva, decidida, medio colegio me había contado sus penas buscando un consuelo que en mí es innato. Toda la vida me he encontrado en esa situación con la gente, y a pesar de lo que escapo de aconsejar a nadie, acabo dando una visión esperanzada de las cosas que parece tranquilizar a quien me confía sus desventuras.

En aquel trajín de confidencias que hacían más intensos los días de escuela, Cruz y yo nos embarcamos en una amistad suave y abierta, sin exigencias pero con una gran empatía que nos llevó a soñar juntas, a salir, curiosear por la ciudad, escribir nuestros primeros poemas, componer nuestras primeras canciones e incluso ir juntas a clases de guitarra, de canto y más tarde ella de batería y yo de órgano eléctrico. Nos pagábamos las academias pintando figuras y vendiéndolas a la familia, a los vecinos, haciendo pequeños trabajos domésticos que nos reportaron un dinero suficiente para unos cuantos meses de búsqueda en nuestro interior. En aquellos días Cruz ya pintaba y su habilidad era tan clara, tan manifiesta que jamás dudé de su condición de pintora, pero mi admiración iba más allá de sus cualidades artísticas. Era una buena persona, divertida, organizada, con una belleza tan virginal, tan del estilo de B, que a veces me preguntaba qué vería en mi desenfado, mi impetuosa manera de ser, de tomarme la vida como un tiovivo de emociones. Quizás suene pretencioso pero mi lado protector siempre se activaba con ella, como si yo fuese la más fuerte o la mayor. Ahora me parece exagerado pero es algo que ni pude ni puedo evitar todavía con algunas personas. Es su languidez o una vulnerabilidad que percibo al instante, de alguna forma actúo por instinto y me siento responsable aunque no sea necesario. Solía preguntarme cuando nos veíamos a dónde íbamos y yo le contestaba que a donde nos llevaran los pies. Ninguna de los dos tenía mucho dinero y dejábamos las monedas que nos quedaban para un bus de vuelta o ni eso. Nos divertía el azar y sus complicaciones, elegíamos con quién encontrarnos por sorpresa y a veces acertábamos.

Compartimos buenos momentos y algunos muy duros. Llegó el día de seguir por caminos distintos, nos perdimos la pista y volvimos a encontrarnos años después en una tienda de ropa, las dos embarazadas casi del mismo tiempo, nuestras hijas se llevan poco más de un mes. Aquello me pareció curioso, y muy tierno. Nos separamos de nuevo y no volví a saber de ella hasta hace poco. La recordaba con el cariño de siempre, aquellas tardes interminables en la salita de su casa, la de horas que fantaseamos con miles de ideas para todo. Casi puedo vernos, nuestra ropa hippie, melena hasta la cintura, las ganas de ser, de hacer, de conquistar. Hace un par de años apareció de pronto, buscándome. Me envió un correo electrónico en el que me contaba entre otras cosas que se había enterado de la publicación de mi libro y añadía al final lo orgullosa que se sentía de mí porque no hubiese dejado de escribir. Le conté que era otra vez el azar haciendo de las suyas, mi falta de ambición con la escritura, lo que me cuesta autodenominarme escritora, aunque alguna gente me lo llame. Desde entonces hemos vuelto a estar en contacto, nos hemos puesto al día de alegrías y calamidades, quisiera que formase parte de mi mundo como yo del suyo y aún en la distancia podamos sentir aquella conexión juvenil que nunca llegó a disiparse del todo.

Por muchos motivos y por lo que ha luchado por salir adelante en momentos muy difíciles no me cuesta nada sentir esa admiración hacia ella y un orgullo especial como mujer y amiga. Last but not least, quiero traer a esta sección una muestra de su arte. Es poco probable que me lea alguien de Cantabria pero si fuera así y le interesara una forma de expresión muy peculiar, Cruz expone sus cuadros hasta el 13 de enero en El Diario Montañés, en Torrelavega y más adelante lo hará en otros lugares. Ojalá pudiese teletransportarme y verlos ahora allí, alineados, respirando relajados en la oscuridad de la sala, los brillos dormidos, confiados. Especialmente el cuadro de ese rostro arrugado tan entrañable que me recuerda a alguien de mi familia. Desde aquí le envío un abrazo inmenso y el deseo de que la pintura llene su vida, le dé la paz que necesita y siga distinguiéndola de los demás por ese don que siempre ha tenido, tan fuerte, tan magnífico y tan evidente.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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4 respuestas a Cosas que hace la gente que me gusta (VIII). Cruz o la fuerza del azar.

  1. Houellebecq dijo:

    El cuadro es maravilloso. Desde luego tiene talento. Por eso tal vez te has visto obligada a pintarla tú a ella. A tu manera. Los amigos de verdad, los de siempre, siguen siempre ahí aunque no estén presentes y cuando los encuentras retomas el tiempo perdido en segundos como si en medio no hubiesen pasado meses o años de ausencia. Nunca dejan de ser familiares ni los cambia el tiempo. Sólo les añade algo pero nunca destruye esa amistad. Y como en tu caso, parece que te fuerzan involuntariamente a ayudarles sin buscar nada a cambio. Bueno sí, la satisfacción de ver que les vaya bien. Saludos.

  2. Angéline dijo:

    A la pregunta tópica de qué se llevaría a una isla desierta decía una actriz antigua un día que se llevaría a su barrio, sus amigos, su mundo familiar y conocido. Yo siempre he sentido la verdadera amistad revestida de un código de honor. Por un buen amigo haría lo indecible si lo necesita, son el complemento a uno mismo, como los hijos, los sonidos, los olores, los valores con los que uno crece. Hubo un tiempo en que no entendia por qué los demás no lo veían así, por qué la amistad es algo tan ligero para algunas personas, mienten y hacen daño, pero ahora lo tengo claro. La gente no se da porque no quiere sufrir y te muestran una pequeña parte de sí mismos, la que pueden controlar. Los amigos de la infancia se hicieron cuando el futuro era una inmensa pista por la que circular, épocas de inocencia, de sueños y quizá calen más en nosotros porque entonces vivíamos sin barreras, sin tener el muro alzado y todo era de verdad. Yo he intentado e intentaré siempre mantener mi amistad en esa misma onda y me llevaré cada año varios chascos con potenciales nuevos amigos pero de vez en cuando también conozco y conoceré gente muy válida, merece la pena correr el riesgo de sufrir si a cambio das con almas afines, la vida es tan corta. Saludos, Houellebecq.

  3. noe dijo:

    Aunque hubiera leído esta recomendación antes no hubiera podido asistir a la exposición, demasiado lejos. Creo que debió ser fantástica por las muestras que aparecen en el folleto que has publicado. Me parece muy intensa la mirada, al igual que lo ha sido la tuya al hablarnos de tu amiga.
    Es curioso cómo se conecta con determinadas personas y no sabes por qué motivo lo has hecho, te ves distinta a ellas pero a pesar del paso del tiempo y de la distancia sigues sintiendo esa conexión. Y, al menos en mi caso, me sucede con muy pocas personas porque el azar y el destino a veces son un poco caprichosos.

  4. Angéline dijo:

    Yo siempre he considerado la amistad como un privilegio. No necesito grandes cosas para ser feliz, mis mínimos son bajos pero intensos. Puedo vivir con poco dinero pero no con poco cariño. Y puedo estar sola y callada durante tiempo pero necesito saber que la gente a la que quiero está bien, cuidada, y en la onda en la que quieren vivir. Cruz y yo nos hicimos hermanas de sangre en la adolescencia, aquello de la cuchilla en un dedo, a ella no acababa de cortarle la piel y yo estaba del hígado viéndola, muerta de la grima. Finalmente sellamos el pacto y años después dejamos de vernos. Me gusta saber que está ahí, pensar que si me necesita yo también voy a estar y sobre todo, me gusta sentirme orgullosa de ella. Y lo estoy. Mucho. Un saludo Noe, al azar a veces hay que pararle un poco los pies, tiene una curiosa tendencia a la dispersión.

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