– El fin de la aventura (Graham Greene)

Para leer esta novela elegí una selección musical de Jan A.P. Kaczmarek. Doce canciones de las treinta y cinco que guardo en una carpeta del portátil. Al principio me pareció que sintonizaba muy bien con Maurice, el lado principal del triángulo escaleno compuesto por él mismo, por Sarah y por su marido Henry. Por ejemplo en “Burning Pictures”. Pero más adelante, cuando comenzó a sonar “Goodbye”, pensé sin dudar en Sarah y sus tormentosas ofrendas. Es curioso cómo todo se confabula a veces para converger de alguna manera en el mismo punto y atar de por vida a tres personas diferentes, uniendo sus destinos más allá de sus voluntades. Escuchando “Children Arrive”, un repiqueteo de piano saltarín y animoso puedo verlos por parejas como marionetas en su pequeño circo. Sarah y su marido Henry. Maurice y su vecina Sarah. Henry y su vecino Maurice. Si el peso recae sobre éste es porque se erige en la voz narrativa, quien nos acerca al hilo que les anuda a los tres.

En la contraportada del libro se refieren a la acción de esta historia como a “un inolvidable estudio psicológico acerca de la pasión y los celos espirituales y carnales; una historia que pone al trasluz la aventura del hombre moderno, acosado por las fuerzas del mal y a la búsqueda de una relación con la trascendencia”. Me imagino al editor diciendo a uno de sus ayudantes que redacte algo vistoso para adornar en la espalda del libro, con un sonido brillante y convincente. Porque fuera de eso.. ¿búsqueda de una relación con la trascendencia? Lo siento, pero creo que no es el caso. Hablar no es sólo decir palabras. Si algo está verdaderamente anclado a este libro es la permanencia, la necesidad de satisfacer al yo en un ahora y sí, la presencia de un Dios Supremo trae un halo de eternidad al escenario pero finalmente es más un revientavidas que una solución. Y por otra parte ¿cuáles son las fuerzas del mal? ¿los convencionalismos? A ver. Viajamos hasta 1940, también cuatro años después e incluso dos más a continuación. Maurice Bendrix es un escritor que vive en una barriada de casas, muy cerca de Sarah y Henry Miles. Son tiempos de guerra, en los que se sale adelante con la precariedad de no saber situar un futuro claro en la vida de nadie y bebiendo de esa cruda inmediatez que tiene el no saberlo.

Sarah y Henry son un matrimonio amable, con esa clase de amor que no se ensancha, no se renueva, un amor blanco como un manto nevado, sin sobresaltos, casi filial. Accidentalmente Maurice y Sarah empiezan a tratarse, se enamoran, son amantes y todo termina cuatro años después, el día en que cae una bomba sobre la casa donde acaban de hacer el amor y Maurice resulta herido. Sarah piensa que de gravedad, aunque resulta no ser así pero mientras no lo sabe ofrece a Dios dejar de verlo si permite que viva. Mantener esa promesa es muy duro para ella. La distancia, ya que él no sabe que prometió nada, es devastadora para Maurice. El desenlace es inesperado y hay sufrimiento a lo largo de todos los vértices del triángulo. La trama no es realmente complicada, y si por un lado puede ser un estudio acerca de la pasión, por otro Maurice apunta que se trata más de una historia de odio que de amor, aunque al final rectifica, sabiamente. La historia es realmente sencilla e incluso corriente. Lo que convierte a esta novela en una lectura tan interesante es la brillantez de las reflexiones de Maurice desde la primera frase del libro y la frescura de Sarah, los pensamientos que se agrupan en el diario que sigue cuando le deja.

De Maurice:
· “Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia delante”.

· “Si se tiene la seguridad de poseer una cosa, no se necesita usarla”. (Hablando de un espacio elegido para uno, una habitación sin usar que simplemente era “la habitación” para él, porque era suya, estaba de su mano y nadie iría allí a invadirla. Se me ocurre un paralelismo de esta idea con los celos. De qué forma alguna gente ningunea a su pareja y comienza a verla interesante a través de los ojos de otra persona, distorsionando la realidad de una forma dramática)

· “Y todavía sentado, con los dedos sobre el aparato en silencio, y algo al fin que esperar, pensé, recuerdo: así sabe la esperanza.” (Después de hablar por teléfono con Sarah, ya en el tiempo en que de nuevo son sólo vecinos. Vuelve a llamarla para decirle que pueden verse al día siguiente y no unos días después como le había dicho hace unos minutos, para charlar de algo que le preocupa a ella. Maurice saborea la antipación de ese encuentro, quizá ella le explique por qué un día decidió abandonarlo y no permitió que volviese a acercarse a ella. Así sabe la esperanza.. oh sí.. ese sabor agridulce que sube a la boca con unos latidos ansiosos, ilusionados..)
· “Los celos, o tal he creído siempre , existen sólo con el deseo”
· “Henry vivía en una terrible inseguridad. En este sentido, su trance era peor que el mío. Yo tenía la seguridad de no poseer nada. No podía tener más de lo que había perdido, mientras él tenía aún la presencia de ella en la mesa, el ruido de sus pasos por la escalera, el abrir y cerrar de puertas, el beso en la mejilla. Dudo que, ahora, hubiese mucho más que eso; pero aún así, ¡qué ración para un hambriento!”
· “Hay momentos en que un amante desea ser también un padre o un hermano: siente celos de los años que no ha compartido” (leyendo un cuaderno de la infancia de Sarah, sus anotaciones infantiles, su carácter despuntando en pequeñas frases llenas de sentido)

De Sarah:

· “¿Por qué esa promesa subsistía, como uno de esos floreros feos que le han regalado a una y que una está esperando que rompa la criada? Y sin embargo, año tras año, la criada rompe las cosas que le gustan a una y el florero feo susbiste”
· “La gente no exige que una cosa sea razonable si los conmueve. ¿Acaso son razonables los amantes?” (¿Lo son..?)

Una frase muy visual: “Nos sentamos a una mesa, acariciando vagamente nuestras copas”. Momento de nervios, de comienzo, todo un mensaje escondido en el roce de los dedos por las copas.

Dos palabras para la colección: “Gemebundo” (Que gime profundamente) y “Transubstanción” (De “Transusbstanciar”: Anunciar)

Un tiempo bien empleado, leyendo. Pensé en ti, Sergio. Creo que te gustaría.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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6 respuestas a – El fin de la aventura (Graham Greene)

  1. Sergio dijo:

    Pues tengo algunas cosillas que decir al respecto, Angèline. Y es que la novela es de las pocas que no he leído de Greene porque tuve la mala idea de dejarme abordar primero por la película. Una vez he visto la película me cuesta ir al libro ya que la imaginación ha quedado como infectada. Difícilmente veré a más personaje en la novela que al siempre interesante actor Ralp Finnes y difícilmente inventaré otros escenarios que los de la película que en su momento, bastante lejano ya, debió resultarme cuando menos agradable ya que años más tarde llegué a bajarla de internet y está en uno de mis discos duros.
    También leí esos folletos que me daban en la época en las salas de cine subtitulado. Recuerdo haber leído que Graham Greene tenía ese doble rasero de creyente al que la religión le reportaba un placer erótico. Él tuvo una (o más de una) relación de infidelidad. Eso le hacía temer por el castigo divino pero a la vez le hacía disfrutar de esas relaciones de un modo especial. He llegado a leer o creo haber leído que era una perversión incluso admitida por él, que el placer y el miedo estaban juntos e inseparables. También que este libro sale más de la vivencia real que de la imaginación.
    Las reflexiones de este escritor siempre me han resultado muy afines así que crees bien al pensar que me gustaría. Alguno de tus subrayados me ha parecido un digno encabezado para alguno de mis posts viejos o nuevos.
    Y hablando de Ralph (antes lo he mencionado, quiero decir) otra de sus adaptaciones de novela de calidad es “El paciente inglés”. Michael Ondaatje, un escritor al que le he echado el ojo porque escribe especialmente bien. Todavía no puedo afirmarlo pero será otro de mis grandes en el recuadro imaginario(como ese tuyo con nueve fotos de escritores) si remata bien lo último que le estoy leyendo. Gran estilo. Tú, por lo que veo, apostando por lo seguro con Banville disfrazado de Black. Ayer tuve ese libro en la mano en una gran superficie(Fnac) mientras me dedicaba al leve placer de leer contraportadas. Saludos y gracias por este viaje por esta novela.

    • Angèline dijo:

      Pues es una lástima que te hayas “contaminado” la posibilidad de leer esta novela, porque Greene me parecía muy en sintonía contigo. Algo descreído en ocasiones, con ese toque impertinente de la rebeldía a las cosas que parece que nos vienen dadas. Brillante, fresco, yo no había leído nada de él y me gusta su estilo. Me ha hecho gracia lo de la “perversión” de no separar placer y miedo. Poca perversión sería esa, más bien un brillo extra a una experiencia más de la vida, pero me encanta que Greene la experimentase y que se cotillee con ello en su biografía. Al final no te llevas de este mundo más que lo que te atreves a experimentar, hay que ser valiente para no decir que no por sistema a lo que va en contra de lo establecido. Tengo pendiente leer “El paciente inglés”, me lo ha recomendado mucha gente. De Michael Ondaatje leí “Divisadero” hace tiempo, no me convenció del todo, pese a la belleza de algunos pasajes, le encontré lagunas y falta de lógica en el comportamiento de algunos personajes. Y en cuanto al nuevo libro de Benjamin Black te diré que le tengo un cariño loco a Quirke, el patólogo protagonista, pero creo que Banville se ha relajado demasiado en esta cuarta entrega, que por cierto en el marketing es “la mejor de todas” y nada más lejos de la realidad. La he disfrutado por el ambiente irlandés de los 50, por Quirke especialmente, pero es como humo entre los dedos, la terminé el sábado y ya casi ha desaparecido de mi mente. Saludos, Sergio, fresquitos, para contrarrestar el calor de tu tierra.

  2. Sin deseo los celos no existirían. Suena casi desesperado, como si se reclamase una reacción concreta para un sentimiento que nadie sabe dónde nace. No quiero pensar en que el caso contrario se da (celos sin amor) porque entonces el éter se descompensaría. Otra sentencia que me llama la atención es la que trata sobre la atemporalidad del amor pues siempre he sido de esa opinión, matizable por mi empeño en de autonomía e inteligencia propia. Pienso que el amor siempre está de algún modo, en estado latente tal vez, y que estalla en un porcentaje exiguo en relación con la frecuencia que se da. Una crueldad más del destino que decide premiar ocasionalmente mientras obliga a esforzarse, muchas veces en vano, al individuo. Pero es la sentencia de la protagonista, cuando afirma ser consciente de no poseer nada, la que me desarma. La verdad última (mentira en su fondo) es la que hace referencia a la posesión.

    Debes leer de inmediato “El Paciente Inglés”, Angéline. Un tratado de filosofía al tiempo que una desesperada (y aún así serena) historia de amor en tiempos de ignominia. Con gusto te enviaré mi ejemplar de la novela con la condición de que me lo devuelvas sólo cuando volvamos a estar frente a frente.

    Beso, Angéline…

    • Angèline dijo:

      Sï, a mí me impactó esa frase “¡Qué ración para un hambriento!”. Es tan gráfica y tiene tantas esquinas, reflejos, sonidos.. En lo que no estoy de acuerdo es que sin deseo los celos no existirían. Deseo no es la palabra, yo tiraría por la inseguridad, la falta de autoestima, la competitividad, ver a los demás como enemigos potenciales.

      ¡Me encanta que hagas viajar al libro! He pensado muchas veces en comprar un billete para la señora Dalloway y mandártelo una temporada, también para recuperarlo bajo una sonrisa pero después imagino que de alguna forma Clarissa podría quedarse un tiempo como en suspenso y adoro verla tan ensimismada en su día eterno. Tengo más ganas de veros que esperanzas de que suceda. Pero tú envíame el libro y después échalo tanto de menos que necesites recuperarlo, más fácilmente podría ser en Madrid, por ejemplo a principios de agosto.

      Un beso, Alex y un abrazo tierno mientras pienso que de alguna forma tiene que haber algún error en esa frase en la que mencionas de qué se compone tu lugar en el mundo.

  3. Grego dijo:

    Parece interesante ésa novela. La he comprado por internet, estoy deseando que llegue.

    El deseo es algo oculto que no sabemos cuando nos va a “explotar”, ¿qué pasó en su matrimonio para llegar a desear a otra persona?¿cómo se puede soportar vivir sin conseguir que tus sueños se cumplan?¿cómo puede hacer esa promesa y no romperla?

    Vivimos atrapados en las convenciones sociales, que, muchas veces se convierten en una celda para nuestra libertad, una prisión de la que es difícil escapar.

  4. Angèline dijo:

    Sí que lo es, pero por esos pensamientos que los personajes comparten con nosotros, no por la historia en sí.

    Supongo que el deseo surge de la parte que no necesita dar cuentas a nadie. Es algo instintivo, se activa con un estímulo suficientemente capaz. Otra cosa es cambiar de rumbo tu vida por él o no saber controlarlo, hacer lo que te dicta. Pero no es el caso de nuestros Maurice y Sarah. Encontraron en su deseo justo lo que les faltaba.

    Lo de los convencionalismos va con la persona. Los sigue quien no tiene una opinión propia sobre cómo vivir su vida. Quien necesita que los demás aprueben sus actos para sentirse a gusto entre ellos. Pero afortunadamente, no todo el mundo es así, y hay otro grupo con el que realmente algunos nos sentimos mucho más felices.

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