Mierda de infancia (Xavier Sardà)

Todos tenemos alguna frase de cara a la pared, ese tipo de expresiones que al oírlas nos producen unas ganas irracionales de soltarles una colleja mental. Según la gravedad de la antipatía, sírvase cada uno su desquite. Una de las mías es “Un libro que no le dejará indiferente”, frase que figura en la contraportada de éste. Lo sé, lo sé. Hay libros que pasan por nuestros ojos sin pena ni gloria, que tras una lectura más o menos accidentada no crean poso, ni siquiera una pequeña sombra que les desmarque del número de lecturas leídas en el año. Pero aún así, no soporto la frase porque la emparento con el verbo y la acción de “sobrevivir”, otro de los conceptos a los que sólo puedo ver la espalda, porque no lo soporto de frente. Bien. Un libro que nos deje indiferentes, que no contenga ni una sola frase, ni una palabra emotiva que nos conmueva es una piedra, para nosotros al menos, no un libro. Y a mí, que me agrada reaccionar en cada momento con la intensidad que me apetezca concederme, en la página 209 me deja sin aire y con unas lágrimas instantáneas simplemente leer esto “Lo abrazo enérgicamente sintiendo en las tripas que mientras uno tiene padre sigue siendo un niño”. 

Y pienso, pero no porque los padres infundan por defecto un tipo especial de cariño que revierta en sus retoños, sino porque ciertos padres infunden un tipo especial de cariño que hace que sus hijos se sientan queridos, niños, y resulte impensable la vida sin ellos. No sé si yo podría seguir siendo la persona que soy si no recurro de vez en cuando a la niña que todavía llevo dentro, o quizá deba darle la vuelta a la frase, como cuando Sardà se corrige a sí mismo y cambia “mi padre tiene cáncer”, por “el cáncer tiene a mi padre”. Yo podría finalmente reconocer que me apenaría perder de vista en un futuro a mi niña interna, pero lo que me aterra pensar es exactamente en dejar de ser la niña de mi padre, que él me falte.

Y en este libro que finalmente me parece conmovedor del principio al fin, no sólo hay unas vidas que contemplamos a través de los ojos, a veces en la infancia, de Xaviér Sardá, sino que hay toda una época entre sus páginas, una forma de vida que los que somos de barrio comprendemos a la perfección. Se trata de salir adelante repartiendo lo poco que hay en casa entre muchos, viendo cómo tus padres a veces tienen que agachar la cabeza y comerse la lengua ante sus jefes, dando importancia a lo que la tiene, cuidando unos de otros, sin oportunidad de malgastar porque no hay con qué (mi madre llamaba “hacer un despilfarrillo” a algún pequeño lujo alimenticio que nos dábamos en mi infancia, como comer la gama media de marisco una vez al año en navidad (vivir en tierra de mariscadores no nos ha evitado colocarlo casi toda la vida en el pedestal de Inalcanzable), o unas cuantas lonchas de jamón serrano un par de domingos en todo el invierno). En la casa de los Sardà entró como una ladrona la muerte y fue dejando corazones huérfanos, lo narra Xavier con la humildad, la ironía y el cariño de quien ha sufrido lo suyo a pesar de haberse instalado “en la autodisciplina como único refugio ante la hostilidad de un mundo que me produce asombro y a veces turbación” (pág. 205)No basta crear un muro que nos aísle porque sentir es una necesidad demasiado fuerte y se baja la guardia, pero es duro seguir a una vida en la que una parte de las personas que más quieres empieza a hacerse transparente y rápidamente desaparece de ella, privándote para siempre de su cercanía, sus voces, sus aciertos, sonrisas, apoyo. Reconozco que sólo ví “Crónicas marcianas” en las primeras temporadas, realmente me harté de la tele unos años después, en 2005 y dejé de verla, pero entonces ya sentía por Sardà una simpatía natural. He vuelto a pensar en la frase de Leon Bloy de que para que puedan existir algunos lugares en el corazón de un hombre antes debe entrar en ellos el dolor. Escuchar a Xavier Sardà en este libro no hace más que confirmarme mi primera impresión. Me gusta su genio, su chispa, una parte de sí mismo que está oculta entre lo que cuenta, incluso su des-humor, su sarcasmo. Que coleccione instantes como yo, ese segundo que marca un antes y un después tan claro para algunos y un punto brumoso para otros. Las citas literarias, especialmente esta de Kierkegaard “Quien se pierde en su pasión, pierde menos que el que pierde la pasión”. Pues eso.

 

 

 

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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4 respuestas a Mierda de infancia (Xavier Sardà)

  1. Sergio dijo:

    De Sardá sé poco, muy poco. Le recuerdo en un Sant Jordi tan rodeado de masa ciudadana que apenas entrevái su rostro y un fragmento de su corbata entre cabezas de gente atraídas por lo mediático(imagino que la mayoría). Le recuerdo de joven en un programa de niños, ha salido muchas veces esa parte de su vida recordada por televisión. Ahí estaba lo mejor de su ironía. Y en un programa más reciente de viajes, ahí sí valían la pena sus dotes de periodista. Pero “Crónicas Marcianas” no. Eso lo ví un par de veces y ya decidí que ahí no había nada en lo que perder el tiempo. Puro teatro del mal gusto para consumidores zafios. Porque la televisión es muy mentirosa. La ficción no pretende engañar, hace un pacto con el lector-espectador y te enseña verdades a través de las mentiras pactadas. Pero la televisión y especialmente esta televisión de Crónicas no pactaba esas mentiras como la actual de Telecinco sigue sin hacerlo. Te enseñan gente enfrentada que no lo está y se instruye al espectador en lo zafio y lo vulgar y en el insulto porque sí. El germen o uno de ellos estaba en Cróncias. Pero no le echo la culpa a Sardá. A través de la ironía siempre le he visto los ojos tristes. Incluso en sus mejores tiempos siempre le he visto una mirada amarga por algo. Puede que porque desde una mente lúcida se ve la vida peor o por lo menos sin mucho azúcar. Nunca he dudado que sea un personaje muy inteligente. Y que ahora hace lo que quiere. Saludos.

    • Angèline dijo:

      Bueno, Javier Sardá es bastante más que Crónicas Marcianas, ahí está su labor en la radio y los programas que ha hecho al margen de Crónicas. Y dentro de éstas, no es ni con mucho parecido el inicio que yo ví al final que tuvo, que dentro de todo aquel circo mediático y friki terminó con un nivel de audiencia de primera. En las primeras temporadas había entrevistas y debates muy interesantes y personajes que habría que escuchar con una mente algo abierta. Lo que sucede es que pasado un tiempo el espectador medio era bastante lerdo y los índices de audiencia empezaron a marcar los contenidos de los programas. ¿Qué quería la gente? Mediocridad para “no complicarse la vida” después de una jornada de trabajo muchas veces humillante. Lo he oído mil veces a mi alrededor. “Pongo una mierda cualquiera y me duermo con el resplandor de la tele”. Algo bastante triste, sobre todo estar como paralizado viendo todo lo que te echan. Por eso dejé de verla en 2005, después de muchos años de ser tan esclava de esa caja más que tonta a veces, elegí el ordenador y ver por internet el programa que me diese la gana a mí, escribir mis cosas y llevar además una blog en la nieve. No tengo más tiempo para todo esto. Javier Sardá me encantaba, tiene un potencial magnífico como comunicador al margen de que se equivoque alguna vez como cualquiera, y hasta dónde pude ver también como persona. Después de leer el libro está mejor asentado en mi recuerdo, hay muchas historias entre esas páginas que me sitúan irremediablemente a su lado. Saludos, Sergio.

  2. eva dijo:

    Nunca se me hubiese pasado por la cabeza leer un libro de Sardá. Al igual que Sergio, la imagen que tengo de él es de ese programa circense de Crónicas Marcianas y no era algo que se adecuase demasiado a mis gustos. Pero como siempre se me ha vuelto a olvidar que a veces “las apariencias engañan”.
    Lo apuntaré en mi lista.
    Enhorabuena por la reseña, me ha gustado mucho.

    • Angèline dijo:

      Pues yo abrí el libro y leí una explicación sobre el título y poco después ya estaba leyéndolo en casa. Resulta que Xavier Sardá además de periodista y presentador era hermano, hijo, nieto “postizo” y amigo. Y a mí ese pasillo de complicidad que se establece a veces con una biografía me fascina. Sobre todo imaginarlo cuando era niño, llegando a casa hecho unos zorros con unos golpes encima, desolado con el robo de la bicicleta que tanto esfuerzo costó a su padre comprar, o magullado con una paliza en los huesos cuando era adolescente y le pillaba una de las pandillas “difíciles” del barrio y la emprendía a golpes con sus amigos y él sólo por divertirse. Y ese hermano mayor Santi saliendo siempre como un loco en busca de los violentos cuando lo veía llegar tan roto.. Su padre, me gusta lo que evoca cuando habla de él, su hermana Rosa, tan maternal, los mayores, el pequeño.., la mili y su dureza, las manifestaciones prohibidas, la rebeldía de Xavier (cualidad que admiro en un ser humano cuando lleva asociada una carga blanca de justicia), se me hizo corto el libro, sentí sus pérdidas como si fuese un amigo cercano, así de fácil fue empatizar con él. ¿Por qué? Ah.. quién lo sabe. Pero lo cierto es que a veces podríamos prestar un trozo de terreno emocional a un desconocido para que construyese su isla, sin necesidad de tener una razón para ello. Y eso me ha ocurrido a mí con él. Mira qué feliz coincidencia. Saludos, Eva, gracias por tus huellas en la nieve.

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