Mares de letargo

En el sueño caminaba por una playa al anochecer, una de esas calas que tienen un estrecho arenal, están flanqueadas por murallas rocosas y las corona un restaurante-bar con una terraza desde la que se divisa el lugar al completo. La lejanía no podía resultar más relajante, naranjas sobre claroscuros azulados, el torreón del faro en la distancia, bañado todavía por un sol rezagado de final de la tarde. Mar suave, olas mansas borbotando su espuma con pereza sobre una orilla cubierta de gaviotas. Durante unos segundos me sobrecogió su presencia, parecía haber cientos, se apiñaban sobre los guijarros de la zona húmeda pero alzaban el vuelo en cuanto me acercaba a unos metros de donde estaban. Me fascinó que sólo mi tamaño me asegurase una impunidad tan grande como para adueñarme de la playa y que ellas ni siquiera me mirasen. Las percibía como en trance, admirando el mar con orgullo, yo sólo veía sus perfiles, y de repente una sección se elevaba y volaba como un batallón alado hacia un peñón o flotaba simplemente entre las aguas tranquilas, esperando el momento de retornar a la arena cuando no merodease ya por allí. Pero yo seguía caminando y más allá de mis pasos otro y otro grupo de gaviotas emprendía el vuelo, hasta la última que, impertérrita, miraba el horizonte como desafiándome a acercarme a ella más que lo que las otras me habían permitido, pero que finalmente se alejó volando como las demás, inquieta.

En el sueño yo cruzaba las dos mitades de la playa, que cortaba una presa natural, dando vueltas a algo que me atormentaba, pero el paisaje de alguna forma parecía más importante que mis pensamientos. Las gaviotas regresaban a los puntos más remotos de la playa, distanciándose definitivamente, echándome de su lado. Lancé una piedra que rebotó varias veces y cuando se hundió pensé que ese segundo necesitaba llenarse con la imagen de un abrazo. No un gesto protector rodeando mi cintura mientras unos labios besaban mi pelo sino literalmente un cuerpo pegado al mío, por detrás, sus brazos sobre mis hombros, cruzados sobre mi pecho. Cueva. Cobijo. Centinelas en la noche. Es tan triste ver solo cómo muere un día, cómo cada pequeño destello de luz se extingue, rescoldos que se entibian, perdido el calor. El paisaje se apaga lentamente, la realidad se desvanece silenciando la luz como el sonido, mitigando poco a poco cada pequeña porción de horizonte hasta cegar la imagen y ver simplemente algún reflejo plateado de la luna en el mar, quizás un destello lejano en algún barco de los que mecen las olas de un mar que se aletarga cuando no siente el sol y gradualmente todo se dispersa bajo el manto oscuro del final del día. 

En el sueño descansamos la vista como las gaviotas unas horas antes, mirando al frente sin ver realmente, perdidos en nuestras propias reflexiones pero estrechamente enlazados por esos brazos que al menos ahora nos convierten en uno, e imagino que la sangre circula entre nosotros por un solo canal y pasa entre los dos sin desbordarse. Pero qué piensa él, qué pienso yo, qué extraña coincidencia nos aúna y por qué siempre me desdoblo y me veo desde fuera, sentada en una roca, observando cómo él me abraza mientras la distancia parece poner orden en lo que sentimos, entrando por nuestra mirada a un cuerpo donde laten dos corazones pero a los que falta algo, por qué siempre falta algo.  Por qué todo desaparece, y de pronto no hay nadie, no hay nada, ni luces, ni infinitud. Ni huellas de gaviotas en la arena, ni faros que alumbren con su trémulo clamor. Por qué sólo estoy yo mirando el mar. Por qué siempre faltas tú. Por qué hasta en los sueños. Siempre. Faltas.Tú.

 

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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4 respuestas a Mares de letargo

  1. Grego dijo:

    Pura melancolía tu entrada de hoy.
    Mientras la leo, escucho a un grupo supermelancólico: Megafaun

    • Angèline dijo:

      Así son los sueños tantas veces, desconcertantes, con muchas respuestas a preguntas no formuladas. He escuchado tres canciones de ellos, tienes razón con Megafaun. Especialmente “Hope you know”. Les veo un aire con America, tan folk, sobre todo en “Kaufman’s Ballad” y ciertos toques a lo Dave Mattews. Interesante que hayan trabajado con Bon Iver. Saludos, Grego.

  2. Sergio dijo:

    Con los sueños me suelo arrugar. No interpreto los propios porque los olvido casi todos y me cuido de los ajenos porque todavía es más difícil. La ciencia no ha llegado satisfactoriamente a ese punto, dijera lo que dijera Freud. Es sólo que a veces las evidencias son tan evidentes que más que interpretar las imágenes del sueño como en este caso las gaviotas me quedo con las sensaciones. Está ese tú y su ausencia que no es una imagen. Está un tú que huye en el sueño porque en la realidad tal vez se muestre esquivo también. Las gaviotas ya son parte de la poesía que requiere tu mente para montar un escenario. Por más que esas aves sólo son poéticas si se las sueña o se las versifica pero no sí se las estudia detenidamente(son aves terribles y casi crueles a ojos de un humano que no relativice la naturaleza).
    Curiosa entrada la de hoy. Te perguntaría por la realidad de esos sueños pero no lo hago porque no hay escritor que tolere la pregunta sobre qué es realidad o ficción en lo escrito. Buen Domingo y ya puestos, buena semana, Angèline.

  3. Angèline dijo:

    Las gaviotas recorren la playa al anochecer con ansia, carroñeras, picoteando la arena, pero quien podría reprochárselo, al fin y al cabo se quedan con lo que los humanos tiramos, lo que nos sobra. Me llama la atención la dignidad con que parecen moverse pero nunca me han gustado los pájaros.

    Lo cierto y lo incierto de un post. Dice Charlie Crews, el protagonista de la serie “Life”, que todo está conectado. Sin duda también lo está lo que vivimos y escribimos, nos pasamos la vida observando y aunque a veces vemos mucho más que lo que miramos no siempre nos damos cuenta. El tal vez de mi tú no deja de tener su aquel. Feliz semana Sergio.

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