Maldad .. “El placer del viajero” (Ian McEwan)

Cuando era adolescente (me ocurría especialmente en aquella época) me sobresaltaba con cualquier sonido que llegase por sorpresa, con un movimiento repentino y sobre todo, cuando me encontraba por casa a la vuelta del pasillo con alguno de mis hermanos. La casa no era muy grande pero las habitaciones se disponían alrededor de un espacio para circular con forma de L, en cuyo recodo coincidíamos a menudo dos personas y también con frecuencia se escuchaban dos gritos casi al instante. Porque no sólo me asustaba yo. Y éramos incapaces de reprimir el pánico que nos producía aquel sobresalto. Alguna vez lo hablamos y aún sabiendo que no había nada perturbador entre nuestras paredes, la imaginación se desbocaba en ese encuentro, como lo hacía cuando éramos todavía más pequeños y uno de nosotros descolgaba un brazo por el borde de la cama cuando se dormía. Crueldades de la infancia, ya con la luz apagada, cualquiera de mis hermanos, desvelado, se deslizaba fuera de las sábanas buscando ese brazo y acostado en el suelo le pegaba un tirón a la mano, como si fuese a tragársela la oscuridad desde sus entrañas. Te despertaba esa sensación de arrastre y por un momento todo a tu alrededor era un pozo de maldad al que parecías destinado a caer sin remedio.

Desde el principio de “El placer del viajero” de Ian McEwan he tenido la necesidad de guardar a buen recaudo mis manos, nada de suspensiones en dudosos espacios aéreos, ni incursiones a la simple atmósfera de mi habitación. En el regazo, bien cerca de las cubiertas del libro. Mary y Colin, las verdaderas víctimas de esta novela, han estado desde el principio controlados por esa mano, en este caso enfermiza, que amenaza desde las primeras hojas con asfixiar sus posibilidades de eludir la maldad de la ciudad que visitan como turistas en sus vacaciones. Y no sólo hay una mano brutal acechando para derribar su ingenuidad, y de paso su negligencia al dar tantas confianzas a unos desconocidos, sino un par de ojos implacables que observan y fotografían sus movimientos a diario, durante su estancia en la ciudad. Sin desvelar qué ocurre entre los observados y el observador, cabe destacar lo que se ha dicho tantas veces, el poder que la propia imaginación confiere al que siente miedo. Cómo la bola inquietante de la incertidumbre empieza a crecer en nuestro interior, a medida que se apelotonan en ella millones de imágenes creadas por el pánico de una suposición, soldándose con precisión pero de forma caótica a otras y otras hipótesis que todavía perturban más, haciendo que el miedo se convierta en pavor, escaleras al infinito de nuestras propias posibilidades para amedrentarnos.

Desasosiego, que no miedo, es lo que sugiere el narrador cuando relata el día a día de nuestra pareja. Y una cierta paz, porque el placer del viajero es mimetizarse en el destino al que llega como si fuera uno más, tratar a los lugareños y tener a alguno de ellos como amigo. Colin y Mary han llegado a Venecia, se han hospedado en un hotel y poco a poco, a medida que van conociendo a Robert (un personaje siniestro cuyo magnetismo es más que evidente) experimentan un remonte en su relación ya de siete años, una inesperada fogosidad que unida a la complicidad que ya sentían los vuelve perezosamente felices. Dos amantes fuera de casa, comportándose como si fuesen algo más que los dos que han sido desde el principio y por momentos pudiesen ser el uno que alguna gente alcanza a ser. Atractivos, interesantes, su compenetración empieza a ser tan importante para ellos como asfixiante parece la relación que Robert y su mujer Caroline intentan establecer entre los cuatro. Cuando están junto al inquietante matrimonio, Mary y Colin pierden el aplomo y actúan por instinto, replegándose o recopilando información que más tarde no se confiesan hasta que ésta se convierte en un detalle importante que aporta luz sobre alguna de las sombras de sus amigos italianos.

La historia va in crescendo, parece inevitable para el lector preocuparse en serio por ellos. Especialmente con cada arrebato posesivo de Robert, en el que resulta todavía más opresiva su absorbente manera de ser porque la une a un contacto físico constante, aferrando una mano, un brazo, casi siempre de forma dominante, intimidando. Hay un momento, en el que empieza a distinguirse el cambio de rumbo en la trama. De pronto ya no son simples turistas en una ciudad que nunca habían visitado, sino que de alguna forma han comenzado a escapar de lo que todavía no conocen pero perciben, aunque no lo mencionen expresamente entre ellos, una sensación desagradable y amenazante que les rodea. En la seguridad del otro está el escape a la sordidez del ambiente, en la piel del otro, en su voz, su cuerpo reconfortante actuando como un escudo protector.

Como cuando viajamos durante muchas horas en un coche por lugares desconocidos y llegamos a un paraje sórdido en el que nos bajamos a repostar o descansar. Al rato nos preguntamos cómo puede vivir la gente allí sin volverse loca. Y al entrar de nuevo en el coche tenemos la sensación de estar en casa, protegidos en el útero de lo conocido, lo familiar. Y es como si el asiento fuese una prolongación de nuestras piernas y el salpicadero, las ventanas, parte de nuestra piel, como si nuestros miembros ayudasen al coche a rodar y en realidad fuésemos todos uno. Y deseamos alejarnos de ese lugar destartalado a toda costa. Llegados a ese punto del cambio en la historia, esperé que McEwan no cambiase de tercio de nuevo. No quería que Colin y Mary sufriesen ningún percance pero tenía que haber un motivo para que el autor nos intranquilizase de esa forma. Y debía ser convincente. De otro modo sería una provocación inútil y eso es contraproducente para un escritor, y para casi todo en la vida. Es mucho peor no convencer que decepcionar. Que la estructura tenga fallos, o peor, fugas, y no se sostenga. Ya los personajes pueden reaccionar de distintas maneras pero cuando el autor nos conduce hacia un lugar concreto no puede soltarnos en medio de una multitud y consentir que nos perdamos en ella.

No es el caso, McEwan nos lleva de la mano y la sostiene con la misma fuerza que Robert mientras contemplamos todo lo que sucede hasta el final del libro (quizá me cuestionaría un poco la motivación del matrimonio inquietante). Y aún sabiendo que es peligroso dejar el brazo colgando lo hacemos, inmersos en la trama, sorprendidos con el giro de los acontecimientos. Y es ahí cuando el autor nos pega ese tirón fuerte, con el que contábamos pero que deseábamos secretamente que no llegase a producirse. Y asistimos atónitos al final de la historia, que sin duda no debe resolverse de otra forma aunque eso no nos consuele en absoluto.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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4 respuestas a Maldad .. “El placer del viajero” (Ian McEwan)

  1. Sergio dijo:

    Creo que este es de los pocos que no he leído de mi ídolo. De uno de mis grandes, de mis referentes. Pero me suena el argumento y esa atmósfera de que ocurrirá algo me recuerda a otros de sus libros, casi a todos. Es su marca de al casa. El chef tiene su plato recomendado y es precisamente ese, el de mantener una tensión y ponerte nervioso y saber que al final sólo puede acabar mal lo más aparentemente rutinario. Ve monstruos en la rutina. Y no sé cómo, consigue todos los detalles necesarios para que te importe lo que le ocurra al personaje. Ese empeño por hacerlos reales parece fácil sobre el papel escrito e impreso pero no lo suelo ver muy a menudo. Seguro que el placer del viajero no acaba siendo tan placentero. Para mí como lector sí. Pues menos mal. Como habías quemado al autor en “Solar” pensé que no regresarías a él.

    • Angèline dijo:

      La verdad es que “Solar” sólo me gustó al principio y tampoco tengo buen recuerdo de “Chesil Beach”, que me gustó muchísimo menos. Pero esta novela es fabulosa, y también en su día me encantó “Amsterdam” y el libro de cuentos “Entre las sábanas”. Tiene un estilo extraño Ian McEwan, a veces podría ser Martin Amis e incluso Nick Hornby. Pero esta novela tiene algo especial que no he visto en las otras. No tanto la atmósfera como un lirismo maravilloso en los hechos cotidianos, que los enmarca, los convierte en algo distinto. A veces los autores necesitan que veamos la fotografía exacta que ellos guardan en su mente, pero esta vez es como si McEwan hablase solo, en alto, y los lectores tuviésemos la suerte de estar escuchando en ese instante. Sé perfectamente que es un escritor magnífico, aunque algunas de sus novelas no me convenzan. Y se merece que reincidamos en él, las veces que haga falta. Yo le doy esa ventaja al menos.

  2. Gregorio dijo:

    Hace años ví una película, donde descubrí a Cristopher Walken (y creo que es su mejor papel), dirigida por Paul Schraeder, una película turbadora, inquietante, oscura ¿tiene algo que ver con éste libro?

    • Angèline dijo:

      Sí que hay una película que está basada en la novela. He escuchado hablar de ella y probablemente sea tan inquietante como el libro (especialmente por Walken que tiene una cara tan..) pero no la he visto. Y casi prefiero no hacerlo, me ha quedado un recuerdo muy concreto de esta historia y no quiero modificarlo. Un saludo, Grego.

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