A la carta. Amistades

Paul Auster y John Coetzee hablan en las primeras cartas de “Aquí y ahora” sobre amistad. Se ha dicho muchas veces que hombres y mujeres observamos el mundo y a nosotros mismos de una forma muy diferente, por más que después podamos acoplarla a nuestras vidas y hacerla compatible. Pero lo que para unos es simple y llano para los otros es complejo y matizable. La amistad no es algo que uno pueda sentir de forma regulable por sexos pero resulta sorprendente leer en estas cartas, actitudes que he escuchado muchas veces en otros hombres y que no pueden estar más lejos de lo que la mayoría de las mujeres que conozco tendrían. Coetzee compara el amor con la amistad y dice que los hombres se enamoran de mujeres que les recuerdan a sus madres pero que al mismo tiempo son distintas a ellas. Y que sin embargo tal vez eligen a hombres con intereses parecidos como amigos. Recopila distintas observaciones sobre la amistad para ilustrar su carta a Auster y cita entre ellas un comentario de Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford “uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir”.

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Es muy curioso lo que este personaje (ambientado hace unos cien años) expresa en lo que se refiere a la amistad entre hombres y mujeres, porque lo habitual es escuchar lo contrario, que el sexo es precisamente lo que echa a perder esa amistad. Hasta Paul Auster refuta la idea cuando le contesta diciendo “¿Pueden ser amigos hombres y mujeres? Creo que sí. Con tal de que no exista atracción física en ninguna de las partes. Una vez que la sexualidad entra en escena, se acabó lo que se daba.” Pero, ¿y si no fuera así? Pensemos en una amistad que llega después de un romance. Sin crear peldaños de importancia, sino pasillos en los que simplemente se crucen puertas que conducen a otras opciones, una amistad tras una historia de amor no es tan poca cosa, quizá porque el elemento “atracción” o “sexo”, ya no monopoliza la historia pero hay, como diría Tietjens, demasiadas cosas dichas que dan a los dos amigos referencias claras sobre cómo comprender al otro.

Y aún más allá. La amistad de ciertos amantes. Personas que comparten atracción y sexo pero cuyo vínculo con el otro va más allá del mero disfrute. Mantienen la panorámica completa incluyendo no solo deseo sino empatía, espíritu crítico. Funcionan como “amadores”, involucran su ternura o comprensión pero sin posesividad, sin crear un módulo exclusivo de dos con el cartel invisible de “prohibido” que ahuyente a otras personas que puedan desarrollar con ellos una relación diferente a otros niveles.

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Quizá el problema sea el alcance de la amistad y no ésta en sí. Qué esperan de ella hombres y mujeres, cómo la definen o hasta dónde la necesitan. Amistades que implican grandes confidencias; amistades que involucran sentimientos arraigados, amistades con derecho a cuestionar, a intervenir; amistades blancas a salvo de tormentosas implicaciones; amistades de boquilla, de pasada; amistades con turno de guardia; amistades con plan B. De toda la vida, amistades por necesidad, por soledad, por resignación. Amistades frágiles, amistades por correspondencia, amistades basadas en la fascinación de ser “el perfecto contrario”. Subamistades que se crean al amparo de otras principales y van subordinadas a éstas y su evolución.

Paul Auster habla de uno de sus amigos íntimos, alguien muy importante para él con el que tiene “intereses parecidos”, que decía antes Coetzee. Es escritor como él, le obsesionan también los deportes, tiene una pareja fantástica igual que el propio Auster y comparte con él lo que éste llama “cierta sensación inexpresada de cómo hay que vivir: una ética de la madurez”. Y a pesar de todo esto y de hasta dónde podría llegar a ayudarle si realmente lo necesitase, cuenta que sus conversaciones habituales son prácticamente siempre insulsas y anodinas, totalmente triviales. “Nos comunicamos emitiendo breves gruñidos, volviendo a una especie de lenguaje taquigráfico que a un extraño resultaría incomprensible. En cuanto a nuestro trabajo (la fuerza motriz de nuestras respectivas vidas), rara vez lo mencionamos. “.

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Ahí es donde realmente me sorprende la relación de amistad de los hombres. También añade Auster “los hombres no suelen hablar de sus sentimientos”. Las mujeres en general, sí. Hablamos entre nosotras de sentimientos, de deseos, ilusiones, decepciones, nos contamos cómo son las experiencias más fabulosas o traumáticas en el sexo, ciertos detalles escabrosos llegado el caso para explicar el por qué de algo que no entendemos o nos ha superado. Hablamos de envidias, celos, de euforias, hastíos, de cualquier sentimiento o sensación sin pudor, si quien escucha es realmente amiga. Y no hacerlo nos parece a veces una traición, porque de alguna forma nuestra vida no continúa su andadura de una forma independiente sino a través de su propia trayectoria y en las mentes de nuestros cercanos/as. Una amiga íntima podría reconstruír tu vida a la policía si desaparecieses porque conoce la mayor parte de las cosas que te han ocurrido y tu participación exacta en ellas. Cómo te sentiste cuando las viviste. Cuáles serían tus próximos pasos si estuvieses aquí.

Tal vez porque su comportamiento vaya en contra de sus principios hasta el momento (y contravenga su ética de la madurez) o porque sí sea necesario hablar de sentimientos a veces, lo cierto es que Paul Auster le cuenta a John Coetzee que si su amigo íntimo al día siguiente atracase un banco se sentiría horrorizado, porque le cree un buen hombre. Pero si se enterase de que le es infiel a su mujer se sentiría no solo decepcionado (porque a ella le tiene cariño) sino también dolido, porque su amigo no le hubiese confiado a él algo así, “lo que significaría que su amistad no es tan íntima como yo pensaba”. Quizá en el fondo no seamos tan diferentes, después de todo.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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