Que fluya..

En un capítulo de la serie “Turno de guardia”, en la que cada día comparten escenario una comisaría de policía y un parque de bomberos de Nueva York, sucede que uno de los policías veteranos debe acudir con su joven compañero a un aviso de posible disparo en una vivienda. Cuando llegan descubren que, efectivamente, hay un muerto en el piso y que el pobre hombre se voló la cabeza con una escopeta, quedando irreconocible. La imagen de la cámara resbala por su cuerpo reposado (no muestra más allá del pecho hacia arriba), sentado sobre una silla, la escopeta descansando sobre su barriga, en vertical, el cañón hacia la cara, las paredes ensangrentadas. El policía más joven registra el apartamento y descubre que el muerto no solo había sido policía, sino que tiene enmarcada una fotografía en la que sonríen otras dos personas, una de ellas su propio compañero. En cuanto éste se entera, su visión del cadáver es totalmente diferente.

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Le cuesta creer que lo que hasta el momento le parecía el cuerpo de un desgraciado que no vió otra salida para su vida, sea realmente el de su mentor, la primera persona con la que patrulló, cuando él era el miembro joven en la primera pareja de compañeros que participó. Intenta dar con alguien de su familia para notificarle la pérdida pero no encuentra a nadie. El fallecido era un tipo muy reservado, lo habían jubilado a la fuerza no hacía mucho y todo su mundo se había hundido, vivía en un pequeño piso, solo. Al final del día, el policía veterano no puede soportar el parecido con su propia vida y necesita hablar con alguien cercano, una mujer con la que se encuentra muy a gusto, viuda desde hace años de otro compañero policía, así que va a verla y le pide que le escuche mientras le habla del muerto, como un tributo, ambos lo conocían.

Y poco a poco va centrándose en lo que le preocupa, su propia soledad y la sensación de haber equivocado el rumbo de su vida. Pronto cumplirá los cuarenta y cinco pero vive solo, come solo, se despierta solo a media noche. No ha tenido familia, nadie con quien compartir cada día y siente que morirá tan abandonado como el policía que se ha suicidado. Y entonces dice esa frase que me llama la atención, que un día vas a trabajar y a la vuelta es como si hubieran pasado veinticinco años y no te hubieses dado cuenta. La mujer le consuela, claro, diciéndole que su vida no ha acabado y aún hay mucho tiempo por delante para hacer lo que necesita pero yo ya estoy inmersa en ese pasadizo del tiempo y el resto del capítulo se esfuma mientras estoy en las nubes, cruzando puertas a través de los años, una vertiginosa carrera temporal a la inversa, en la que se apilan las imágenes desde el presente al pasado. Y puedo ver a Sulli, el policía, vestido de uniforme, de calle, de día, de noche, en el coche patrulla, en el suyo, con la gorra, sin ella, entrando en la comisaría, despertando encogido en su lado de la cama, su piel más estirada, el cuerpo a cada segundo más joven, sonriendo, gritando a un delincuente que se escapa, rellenando un formulario, escuchando atentamente a su mentor, apoyando el brazo derecho en el asiento del copiloto mientras se gira para ver cuando conduce marcha atrás en una persecución con el coche, concentrado.

grieta

De alguna forma vuelvo continuamente a las grietas del tiempo que tanto me atraen, ese pequeño hueco en la ficción por el que podemos desaparecer y entrar en otro mundo. Dice Nabokov en “Cosas transparentes”: “Tal vez si existiera el futuro, concreta e individualmente, como algo que un cerebro superior pudiera discernir, el pasado no sería tan seductor: sus exigencias estarían equilibradas por las del futuro. Entonces las personas podrían sentarse a horcajadas en el centro del balancín cuando examinaran este o aquel objeto. A lo mejor sería divertido. Pero el futuro carece de semejante realidad (como la poseen el pasado que nos representamos mentalmente o el presente que percibimos); el futuro no es más que una figura retórica, un espectro del pensamiento“

Solo por eso Sulli podría sentirse tan desvalido como cualquiera de nosotros, desconocemos lo que hay más allá del ahora en nuestras vidas y sin embargo algunos nos empeñamos en ver en ese futuro que surge ya tras cada segundo, muchos puntos interesantes en los que tendremos que detenernos para disfrutar intensamente del momento o avanzar dando un gran salto aunque en el nuevo punto el suelo tiemble ligeramente bajo nuestros pies, o coger el relevo de algo, o tirar con fuerza de alguien que lo necesita. Para mí ese es el verdadero sentido de la vida, estar atenta al cambio de rumbo sin mareos y aprovechar cada pequeño instante que merece la pena en el día a día. Porque comparto con Sulli esa sensación de pérdida en el tiempo, saber que por alguna de las grietas se ha ido media vida y algunas cosas me gustaría poder cambiarlas, otras volver a vivirlas, pero coincido con la amiga que le tranquiliza diciendo que aún hay tiempo para mucha felicidad. Afortunadamente está el ahora y el después, dos extremos entre lo tangible y lo indefinido que pueden aliarse para evitar melancolías innecesarias, como la tentación de mirar el ayer como reza el verso de Jorge Manrique en sus Coplas cualquiera tiempo pasado fue mejor. ¿Cualquiera? No, señor.

felicidad

Creo que uno se vuelve viejo cuando no espera nada del futuro, tenga la edad que tenga, cuando hacia delante todo es un abismo en el que sólo resta caerse. Y me apena que alguna gente tenga que tirar la toalla porque ante ellos sólo se aparezca ese abismo y no tengan a mano un abrazo, una voz que calme, la tranquilidad de un suelo firme, la seguridad de una continuidad. El filósofo Alan Watts se refiere al pasado en su libro “El futuro del éxtasis” de esta forma “Exploramos constantemente el pasado con la esperanza de que la historia nos guíe hacia el futuro, lo que equivale a conducir un automóvil con la vista fija en el espejo retrovisor. La historia es el relato de nuestros constantes fracasos en el intento de controlar la corriente desde fuera, un monótono proceso de autofrustración que proseguirá hasta que cesemos de forzar la corriente (o mejor dicho, de intentarlo) y la dejemos fluir por sí misma”

Pues que fluya la corriente. Oh sí… que fluya..

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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