En la profundidad de la noche

En el sueño yo me sentaba al lado de tu lápida y miraba al infinito. No era una mirada triste ni perdida, supongo que de alguna forma quería que fuésemos como entonces, un equipo, un par de uno. ¿Y qué si no me importa lo que ellos piensen? Cada uno que bregue con su dolor. Jamás he compartido el mío, nadie salvo algún alma cercana entendería. Hay quien lo ensucia todo con sus suposiciones, como si los sentimientos fuesen el producto de una mala suma, de una combinación absurda de elementos. Me he asombrado a veces, escuchando lo lejos que estaban de conocerte.


En la nebulosa, yo te visitaba con una botella, unos pasteles y un pequeño reproductor de música. Dos copas, cubiertos en una mesa con mantel blanco que surgió de repente y desapareció poco después, aunque yo hubiese preferido poner los platos sobre la hierba, dejarme caer bajo el sol de agosto y respirar el aroma a sal en el Monte de San Pedro, por ejemplo, con aquel tormentoso mar a nuestros pies. Tú recitarías algún poema incandescente, yo cogería el ritmo de tus palabras y tararearía una cancioncilla con algún mensaje escondido. No era el cuerpo, era el tiempo, la proximidad, la coincidencia, la complicidad. Y aunque podría haber habido una colisión, frenesí contra piel, no hubo más que comprensión, empatía, vivir el mismo instante, en el mismo punto, lejos de todo el resto.

Descorchaba la botella y te servía. Acaso estés acostumbrado a este monólogo desafiante año tras año. A la promesa de ajustar cuentas con el Más Allá, desde un mundo que se complica por momentos. Sorbía un trago de mi copa y otro de la tuya, volvía a llenarte el ambiente de reivindicaciones, de historias increíbles, de sueños locos, de anhelos imposibles. Cada vez me cuesta menos desear en abstracto, dejarme llevar por la euforia de ese sol, de esa brisa, de ese mar enfurecido a mis pies. Y aunque sé que no estás para que las copas suenen realmente al chocar, en el fondo te percibo ahí, a mi lado. Disfrutando de Coltrane, su sonido serpenteante entre la hierba tumbada, de Hesse, en mis labios, como siempre un párrafo para ti. De Fromm, (El amor es una actividad, no un afecto pasivo), recitando alguna de sus conclusiones mientras una nube inoportuna tapa la luz y el color durante un breve espacio de tiempo.

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Recuerdo que al final me reía, contándote algo que había guardado especialmente para ese encuentro contigo. Y también que antes de que el sueño se evaporase, yo me recostaba sobre la lápida como si fuera tu pecho, agotando la charla hasta el último resquicio. Y sentía un pequeño temblor en la espalda antes de abrir los ojos una vez más en la profundidad de la noche. Respirando suave. Tranquila, entre las sábanas. Con tu nombre en la boca.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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