Más libros, más lecturas, más notas.

Para el universo, un ser humano es un punto minúsculo, una microscópica carga de ADN, un ente. Podemos ser predecibles, compartir un patrón antropológico e incluso ser muy parecidos física o psíquicamente pero cada uno de nosotros se enfrenta a la dura tarea de vivir de una forma personal, que acertada o no, nos hace únicos. Una parte de la huella de Jorge Brown está contenida en este libro. Entre los muchos caminos que emprendió descubrió fantásticos brillos y peligrosos agujeros negros que acabaron tragándoselo. A lo largo de las 288 páginas de “El silencio hecho palabra” escuchamos su testimonio y el de algunas personas que lo conocieron y quisieron.ESHP Si tiene valor lo que se cuenta no solo es por su dimensión humana sino precisamente para situarle en nuestro mundo, para que su recuerdo no desaparezca en el infinito. Apostó y perdió en la última mano, le ocurre a mucha gente. Pero detrás de elecciones, a veces muy poco afortunadas, había una persona sensible, creativa, brillante, con inquietudes artísticas, curiosidad, un mundo interior complejo y atormentado. Dolor. Alguien que tenía tanto que ofrecer como que perder. Que personas que no le conocimos lleguemos a saber de él es quizá el mejor tributo que su familia pudo ofrecerle después del final. Esta recopilación de escritos puede hacer que Jorge Brown además de ser pasado en un universo cambiante, como seremos todos cuando nos toque, pueda seguir siendo presente y arroje algo de luz al rumbo al que otras personas están dirigiendo sus vidas; un destino ingrato, sin vuelta, artificial e incierto, tan inflexible e implacable como es siempre la muerte.

No sé muy bien cómo definir esta novela. Digamos que su protagonista no es un ser corriente (“Christie Malry es un joven humilde que ambiciona estar cerca del dinero del que carece. Por ello acepta empezar a trabajar como empleado bancario, pero el ambiente gris y asfixiante pronto le convencerá de que debe buscar nuevos escenarios en los que cubierta christie malry.inddperseguir sus objetivos. Hacerse contable, su siguiente movimiento, no le acercará más al éxito, pero sí le hará descubrir la herramienta esencial para alumbrar la Gran Idea que dará sentido a su existencia: la contabilidad por partida doble, que Christie adoptará para hacer, literalmente, balance de daños y beneficios en su relación cada vez más turbulenta con un mundo que percibe injusto y despiadado, y contra el que se declara en guerra abierta” – Libros del Silencio), pero tampoco lo es la novela en sí misma. Digamos también que la estructura parece ir improvisándose a cada paso (aunque seguramente no habrá sido así) y su final también va en esta misma línea. Que tiene pasajes metaliterarios que cambian a veces el tono hacia algo cómico. Que me sorprendió el arranque erótico de algunos momentos, que pasé en general una tarde divertida leyendo, aunque a ratos me distraía con otras cosas. Y como me sucede con algunas novelas, lo que realmente me hubiera gustado cuando la acabé, es poder charlar con su autor tomando un café una de esas tardes de verano en las que corre una brisa fresca. En una terraza, por ejemplo. Y disfrutar con su sentido del humor.

Presentía que esta novela iba a gustarme. En general lo que me agrada de Siri Hustvedt como escritora es ese hilo que difícilmente puede romper entre novela, ensayo, novela (“Elegía para un americano”, “La mujer temblorosa, o la historia de mis nervios”,“El verano sin hombres”) y que imprime un sello tan personal a todo lo que escribe, a caballo entre su devoción por la literatura y sus amplios conocimientos de psiquiatría. En esta novela puede incluso añadir unos toques de ternura que se acoplan perfectamente al ambiente vintage de Bonden, la ciudad donde nació y a la que se retira la protagonista, Mia Fredricksen, en la queMaquetaci—n 1 todavía viven su madre y su especial grupo de amigas y donde Mia puede, además de dar un taller de poesía a un grupo de chicas adolescentes, rumiar durante varios meses el abandono de su marido (después de toda una vida juntos), para irse a vivir con su joven ayudante del laboratorio. El verano transcurre entre varios grupos generacionales, con preguntas personales que buscan una respuesta en Mía, un matrimonio vecino con hijos en el que el maltrato está presente de una forma velada, el drama propio que las chicas imprimen a sus  experiencias y el suave frenado en las vidas del grupo de la tercera edad, cultas, ingeniosas, con un encanto innegable. También hay pinceladas de sarcasmo y de un fino humor que me gusta en esta mujer. Cogí el libro en la biblioteca de mi calle, tomé notas en hojas que perderé y cuando lo devolví me regaló un ejemplar una amiga. Lo agradecí, es de los que me apetece releer al año siguiente.

Es difícil no sentir simpatía ya desde el principio del libro por Miss Sheperd, la okupa del jardín del escritor Alan Bennett. Y curioso que algo que parecía ser una solución de unas horas a la precaria situación de la anciana (a la que molestaban LDDLFlos gamberros por vivir estacionada en la calle) acabase abarcando un período de casi quince años en las vidas de ambos. Me conmueve el espíritu independiente y combativo de ella, la desenvoltura con la que resolvía sus problemas de espacio y almacenaje, la naturalidad con la que se rodeaba de lo que necesitaba aunque no fuese más que un montón de basura para el resto del mundo, la soledad que debe haber sentido entre las chapas de sus furgonetas tantos años. Sus ideas políticas, su creatividad, lo que descubre el lector sobre ella al final del libro. Pero me conmueve especialmente su relación con Bennett. Cada uno en su mundo (aunque ella cruzó ocasionalmente al otro lado, para ir al baño de la casa alguna vez) vivía pendiente del otro en silencio. Imagino al escritor tecleando en su máquina y echando un vistazo distraído a un movimiento repentino allá en el jardín. O en su cama, una de esas noches de perros de diciembre en las que el viento es como un canon de gritos, preguntándose con cierta culpabilidad si la incombustible Miss Sheperd estaría a salvo, bien tapada, segura, mientras él descansaba entre el calor de sus sábanas limpias. Pienso en mi madre, perdida en su mundo imposible, al menos la vecina de Bennett pudo llegar al final de su vida con la cabeza sobre los hombros, quizá en una realidad que no era del todo exacta pero con la que podía perfectamente, atendiéndose hasta sus últimos días prácticamente ella sola. Tratar a alguna gente puede llegar a ser un privilegio. Quiero pensar que eso es exactamente lo que los dos llegaron a sentir al final de su convivencia. Respeto. Aprecio. Y gratitud.

Se trata de la duda, de formularse preguntas que parecen una traición en sí mismas, de mantener la mente despejada. ¿Cuánto conocemos a quien reposa la cabeza en la almohada a nuestro lado cada noche? Se trata de ver más allá delMMDAM zumo de las ocho, la cálida mirada, el no llegues tarde. De tamizar cada reacción ilógica observada en él/ella con la caricia al descuido, el contacto genuino. De retomar los hilos perdidos que en su momento no significaron nada y temblar ante la certeza de que todos juntos tienen ahora un sentido siniestro que los transforma en el tiempo convirtiéndolos en aquello. Se trata de “Más me duele a mí”, de Darin Strauss, una novela que aborda el síndrome de Munchausen por poderes, una forma de maltrato infantil difícil de diagnosticar. Quién más esconde es el que más muestra y desenmascararle es tan complicado como peligroso para ese hijo seguir bajo “sus cuidados”. Un trastorno estremecedor. Una historia interesante, dinámica. Quizá pierda algo de fuelle hacia el final, pero mantiene la tensión, te involucra desde el inicio.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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