Un miedo, un cuento (1)

Lo cierto es que muchas noches la habitación parece plegarse lentamente en una esquina. Como si todo el mobiliario necesitase fugarse para apelotonar un rincón y dejar desnudo al resto del cuarto. Es esa otra superficie la que me inquieta, tres cuartas partes de un espacio que empieza siendo familiar cuando las mantas me arrebujan y pierde cualquier posible referencia conocida en cuanto hago revisión de mis esfuerzos fallidos para lograr algo que ahora mismo necesito en lo más básico; me angustio, me repongo, y piso un freno invisible antes de que la cosa vaya a más. Es esa oscuridad incierta, donde todas las posibilidades caben holgadamente, desde las más descabelladas a las más inocentes, donde intento mantener el humor cuando me asalta un ¿y si..? demoledor que parece no tener una respuesta blanca, confortable; es en ese lugar sórdido de la madrugada, antes del primer sueño, cuando sería genial que Benedict Cumberbatch me contase un cuento (a falta de otra cosa). Y mira por dónde, después que no digan que algunos sueños no están hechos para cumplirse.

Que el cuento no nos desanime a pedir ayuda cuando sea necesaria. Si algo he aprendido en este último año es que nada es tan exclusivo, tan insondable, como para cargar nuestros hombros con un peso que puede repartirse. Yo le daría un pedazo de pan al perro, al gato y a la rata. A cambio de una historia interesante, algo que cueste contar y que por ello sea más valioso.

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Acerca de Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")
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2 respuestas a Un miedo, un cuento (1)

  1. Me recuerda mucho al cuento del ratoncito que contó Gramsci a su hijo. La literatura me pierde aunque últimamente soy yo la que la he perdido…

  2. Angèline dijo:

    Y es tan real. Siempre hay quien se apunta al carro del beneficio sin haber pasado por la ventanilla del esfuerzo. Viene de fábrica, como la avaricia o el desprecio. En cuanto a la literatura, la he considerado desde niña como un par de brazos que me rodean por la espalda. Ha habido muchos días en los que he tenido que abrazarme yo misma, lejos de ella. Y cuando parece que la mente no acepta, que la concentración es imposible, que no podemos dedicar un tiempo a una lectura buena, de calidad, que nos autorevise y potencie, llega un día una novela y lo cambia todo. Yo este año apenas he sentido ese abrazo cálido y reconfortante, pero he leido continuamente, otras cosas que también necesitaban un espacio en mí. Espero que Knausgard me lleve de vuelta a un mundo más exigente y complejo. Sería un acto heroico. Se me acumulan muy buenas novelas en el estante de las lecturas pendientes.

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