ENTRE BATALLAS

Semana de claroscuros en la que inevitablemente se comparan los tiempos con otros, que si no fueron mejores, tienen ese brillo confuso del pasado en el que todo parece disiparse sin consecuencias. La expresión “muero de amor” nunca es más dramática que cuando ese dolor viene asociado a un hijo. Y aunque reúnas a los batallones del coraje, la fuerza y la protección, aunque pienses que en su período adulto ya el cordón que os ata se amplía y coge distancia, a veces necesitan que le pegues un tirón y los atraigas a ti, bajo tu ala, para inundarles con la misma seguridad que sentían en la infancia. Entonces te creces y eres la gigante que fuiste para ellos pero algo también se quiebra en tu interior mientras te pones la armadura, ya que has de concentrar lo mejor de ti misma para ayudar sin que te tiemble la mano. Dicho esto, si hay para mí un asidero que merezca la pena sujetar entre batalla y batalla es el imaginario.

Beilstein-22_Moselle_Valley

Para hoy he elegido la localidad de Beilstein, en Alemania, ha sido un desayuno con diamantes, nada menos que Truman Capote, mi personaje Janis Poletti, Virginia Woolf y yo, degustando la bollería alemana y distintos cafés aromáticos que el camarero nos ha ido sugiriendo. De vez en cuando les he escuchado como entre brumas, lo confieso, esta última vuelvo en mí cuando Virginia vierte a propósito una cucharada de su café en mi rodilla. La mancha se expande en mi pantalón blanco como un borrón espantado. De buena gana le soltaría a veces una buena hostia, después veo su expresión de “niñata, que ni con un escritor de este tamaño atiendes”, y agradezco que el toque de atención no venga de uno de sus tacones. A continuación, conciliadora, pone una pasta en forma de estrella sobre la mancha, un “come y escucha” sin palabras, y las dos inclinamos la cabeza de la misma forma cuando Janis y Truman llegan en su conversación a la fragilidad, al preludio de la fascinación. Ella le menciona una cita de su novela, “El arpa de hierba”, para describir la sensación que le produjo una mujer con la que durante unas horas compartió un evento del trabajo y de alguna forma también una atracción personal que nunca llegaron a definir. Era una de esas personas capaces de disfrazarse de objeto en una habitación, o de sombra en un rincón, y cuya presencia era un delicado acontecimiento. Virginia entorna sus ojos durante unos segundos y poco después me da unas palmadas en la rodilla sucia. Lo sé, Virginia. Lo sé. 

Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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