CRÓNICAS DESDE UN ENCIERRO NAVIDEÑO

Mi querido amigo y perro Strass nunca sabe si esas frases biensonantes que atribuyen a distintos autores son realmente suyas. Le resulta sencillo creer que sí, que sus brillantes mentes han podido satisfacer entre todos a un mercado ávido de consejos de autoayuda como uno que decía «Si tienes la habilidad de amar, quiérete primero a ti mismo». Pero algunas, sin ánimo de quitar méritos a ningún autor, solo le suenan a la música de la calle o la letanía de otros maestros: psicólogos, psiquiatras, estudiosos del complejo mecanismo de nuestro cerebro y demás científicos. En la conferencia de Skype con Sean esta mañana lo comentamos. Regina, su ayudante, se replegó un poco más a su espalda. Es una chica tímida que no interviene a menudo en nuestras charlas, pero parecía hipnotizada con la conclusión de Sean. “Quien no se quiera a sí mismo—le comentaba a Strass— llevará su vida a remolque de la de otros. Si no te lo ha dicho nunca tu madre, tu profesor, tu psicólogo o tu pareja, hazle caso a Bukowski y no esperes a subirte al tranvía de la vida, porque puede que ni siquiera quede libre una pequeña parte del estribo”. Los leños chisporrotean cerca del árbol, la tribu de pequeños muñecos de nieve, elfos y hadas que adornan la base parecen esperar a que me gire para cobrar vida y dársela a las estrellas, palitos de caramelo y demás adornos que cuelgan de las ramas. Me ha parecido que una de las luces las recorría de lado a lado como una estrella fugaz, mientras las otras latían, sincronizadas, como un corazón satisfecho. Coloco mejor una estrella mientras pienso en el sufrimiento de quienes viven sin compañía y esta Navidad sufren esa soledad en su confinamiento, sin la ayuda de nadie. Gente que se auto-ataca sin tregua, que imagina toda clase de futuras enfermedades en su cuerpo. Gente a la que vence el cansancio del insomnio, la angustia de la cuenta atrás y que vuelve loco al radar de su supervivencia sin pensar que su mayor aliado es en el presente, la parte de sí mismo que más castiga.

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Caminar por la casa con energía ha dado paso a un deambular reflexivo. De una habitación a otra me detengo a colgar un adorno, a menudo con un recuerdo, una nueva idea para un relato, el rostro de alguien en mi mente que tuvo un papel importante en mi vida y ahora flota en el vacío de ese olvido «boomerang» que nunca termina de irse y reaparece cuando menos se le necesita. Strass, mi fiel perroamigo, pasa por el pasillo con su ejemplar de «La tempestad» de Shakespeare y se detiene un momento para confirmar que la estatua que soy con un Papá Noel de fieltro en las manos no se caerá en cualquier momento, petrificada. Conozco esa mirada sobre las gafas, ese balanceo suave de patas, su voz templada cuando pregunta «¿otra vez?». Otra vez. Es lo que tiene la nostalgia, no acaba rematándote a la primera sino que vuelve en oleadas. Hace frío y una ráfaga de viento zapatea contra el cristal de la puerta de la calle la corona luminosa que cuelga de la fachada. Nada invita a aventurarse fuera pero la primera carcajada llega puntual, el reloj del pasillo da las nueve. Salgo a la ventana sin abrigarme, suelto el cabello que apreté en un moño por la tarde y creo que hoy no podré hacerlo. Los serios rostros de mis vecinos en sus puestos empiezan a aflojar, se aprecian unas tenues sonrisas, el señor del quince es el que da el pistoletazo de salida y con una especie de rebuzno humano comienza la catarsis. De tan absurdo como es acaba resultando divertido, nunca había escuchado nada semejante y por otra parte, tiene razón Strass: el pasado que no ha luchado para reconstruirse no debería tener cabida en ningún proyecto de futuro. Pruebo a reír, pero solo articulo un patético sonido, como de enjuague bucal. La gente se anima en los balcones, esto es por nosotros, por nuestro aislamiento. Lo más parecido a un abrazo colectivo que podemos darnos. El viejo del cuatro, tan reservado otros días, tan contenido en sus discretas muestras de alegría, se abre la gabardina en la terraza y me muestra la desnudez de su cuerpo enjuto. Desde esa perspectiva nadie más que yo puede verlo. Aprecio su esfuerzo en lo que vale, mis risas ayer fueron todavía más fugaces que las suyas, saber que estas Navidades no podrás venir me hiere en lo más vivo, pero me reconforta saber que estás seguro en tu país, a salvo de esta loca histeria. Contemplo a mi vecino con gentileza, mi mirada resbala por sus costillas prominentes, su vientre hundido, el colgajo que le cuelga entre las piernas, oscuro y flácido. Nuestro pulso de miradas termina cuando mi lengua recorre mis labios con sensualidad, su risa explota, sincera, y me suelto como en caída libre, uniéndome de corazón a la carcajada desquiciada del barrio junto a mi perro que ladra feliz, desde las entrañas, sus ojos cubiertos con una pata.

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La lluvia ha dado paso a la nieve, en el grifo de la terraza han quedado prendidas dos gotas en el trance eterno de arrojarse al vacío. Petrificadas, sin haber contado de antemano con la posibilidad de esa vida extra a la que se han unido otras para componer su precario equilibrio, brillan desde la entrada de la terraza como un diamante salvaje que se hubiese quedado atascado en una huida desesperada. Me acerco para ver su forma ordinaria, ya lejos de la poesía del momento y me sorprende la belleza de las aristas de la gota única. Incluso ha quedado atrapada en su interior una minúscula hoja de uno de los lirios que adornaban la pared antes de esta ola de frío polar. Corro a la casa a por el móvil, ilusionada, para inmortalizar los brillos estriados de la gota de hielo, la gama de colores de la hoja, el contraste con la tela de araña que le rodea en la que han prendido otras pequeñas gotas dando al hilo la apariencia de un collar de perlas de la Naturaleza. Pienso en otros años, otras tardes de diciembre en las que tú saldrías a ofrecerme un café y hablaríamos de tu novela, la cubierta casi terminada, el final con un quiebro inquietante pero efectivo. Por un momento no recuerdo qué he venido a buscar y solo puedo verte en mangas de camisa, bailando conmigo bajo el muérdago el It’s Christmas que canta Jamie Cullum. Pienso en la precariedad, mientras revuelvo todo buscando el teléfono por la casa. En los momentos especiales, en ese tiempo de descuento antes de que un segundo de excelencia se transforme en un vulgar espacio de tiempo. Siento la felicidad que he atesorado para estos momentos de nostalgia mientras salgo de la casa al fin con el móvil, acalorada, como si hubiera encontrado el resorte que abre una puerta mágica. Strass coloca unas macetas que la nieve derribó la pasada noche, y retira con la escoba unos cuantos guijarros que han llegado con la ventisca. Sin tiempo para contarle mi feliz descubrimiento, se pasea con rapidez por la terraza con mirada crítica antes de sacudir su pelaje con energía, pegarle un lametazo de medio lado a la gota de hielo del grifo y soltar un par de estornudos tras los que me contempla, posando agradecido para la foto, con una sonrisa de camaradería.

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Esta tarde, tras la película navideña, mientras hacíamos galletas de jengibre escuchamos un grito en la casa de enfrente. Strass salió a la ventana del baño y ladró en abstracto, preguntando qué sucedía. A mí me cayó la jarra de la crema y me asomé a la de la cocina, asombrada con la potencia de aquella mujer. No era un grito de miedo, sino de hastío. Un “basta” trastornado, un “no puedo más” de angustia. Un sordo gorjeo que rasgó el silencio de la calle. Conozco a esa anciana, fue la que me dio la bienvenida al barrio cuando elegí la casa. Una señora de unos ochenta años, tan dulce como el pastel que nos obsequió el primer día. En cuanto escuchó a Strass, salió al balcón como en trance. Despeinada, en camisón, su mirada remota nos enfiló, confusa. Por un momento imaginé que nunca más pudiese desafiarte a una carrera por la nieve, rodar desnudos cerca del fuego, agotar el ardor de la pasión sin límites, perderme en la sonrisa que trepa a tu mirada. Brindar con calor por el Nuevo Año después de un beso infinito. Tuve que gritarle que entrase en la casa. Que estaba nevando, que no podíamos salir todavía. Que entendía su soledad, pero debía cuidarse, su salud era importante. «¿Para quién?», gritó, devastada. «¿Pa-ra quién?» silabeó con voz desgarrada. Me sobrecogió escuchar el llanto implícito en aquellas dos palabras desnudas. Strass aulló, estremecido. “¡Para mí!”, gritó el jardinero poco después, desde el garaje. “¡Para nosotros!”, levantó la mano una chica en el chalet de al lado. Distintas voces solidarias se fueron alzando por toda la calle. En la casita del fondo, el músico que todas las tardes toca una canción a la trompeta, interpretó para ella Embraceable you, conmovido. No estamos solos, pensé, mientras la contemplaba bailando con suavidad, abrazada al almohadón de la silla del balcón. Solo necesitamos mucho amor.

Supe que el día de hoy sería diferente cuando salí a la pequeña terraza de atrás y recuperé las zapatillas que hace un par de días embarré al sacar la basura. Calientes por el sol de mediodía, cualquiera diría que hace nada estaba nevando en el barrio. La propuesta de las chicas del once llegó al chat de la comunidad de vecinos sobre la una, cuando terminaba el café. Más tarde, al retirar el sudor de mi frente tras el lanzamiento, no pude dejar de admirar en la noche las diminutas luces de las fachadas, los árboles luminosos tras las ventanas, la sensación de felicidad navideña que en mi interior flotaba a media asta. La distancia entre casas, más que prudencial, hacía poco menos que imposible un contagio, la pelota todavía olía a la lejía del primer instante. Los perros se afanaban corrigiendo las trayectorias, cuando les jaleábamos para que nos la acercasen. Parecíamos centinelas, ante la puerta de cada casa, los pies cubiertos con bolsas plásticas, las manos enguantadas, haciendo pases largos que celebrábamos con gritos de ánimo. En cuanto empezó a sonar Have Yourself a Merry Little Christmas en mi playlist pude vernos a cámara lenta. Pases de aficionado que parecían profesionales, sonrisas radiantes que terminaban en carcajada, banderas invisibles ondeadas por brazos eufóricos, la pelota rebotando sin piedad de unos pies a otros. Cuando llegó hasta mí la lancé con todas mis fuerzas al tipo del trece, que parecía distraído, hasta el último segundo pensé que recibiría el golpe en la pantorrilla. Su giro repentino chutando de tacón al músico del fondo nos pilló desprevenidos y atronó la calle con los aplausos. Ella Fitzgerald suena de madrugada otra vez mientras corrijo un relato en mi sillón y me lleva al escenario feliz del final de la tarde. A la mirada de halcón del tipo que me hizo una reverencia, tras coronarse con su agilidad. A la dulzura de la señora de enfrente, ya recuperada, saludando antes de entrar en la casa. A la forma en que el barrio volvió a sumirse en un silencio implacable. A tu mirada, cuando te encuentro cada año entre los pasajeros de tu vuelo en Navidades. Al abrazo en el que nos fundimos, porque ya nada importa más.

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Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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