QUE NUNCA NOS FALTEN

El mundo desde el 14 de marzo 2020 se me desdibuja a veces. Mi dormitorio, que ya era mi taller de manualidades y cuarto de trabajo literario, es desde junio 2020 ( el final del ERTE), también la oficina, el lugar en el que trabajo. No puedo decir que me asfixie este ambiente, pero la vida en 100 se ha caído muchas veces a la vida en 60, a veces 45 y alguna que otra a 22. Me preocupa el impacto de todo esto, la desconexión. Hay que cuidarse y cuidar, afortunadamente mis hijos viven todavía conmigo. Hoy pediremos comida y la comeremos en mi cama. Desde su infancia hemos mantenido estos picnics periódicos, nos damos barra libre. Hoy pediremos algo que normalmente no podemos permitirnos, postre incluido, bromearemos, tendremos alguna conversación filosófica, alguno me pedirá un masaje en la espalda o caricias en el pelo y quizá juguemos al Trivial o a algún juego en las app de sus móviles. Saldrá alguna pregunta de cuando eran niños, de mi propia infancia, fantasearemos con alguna idea disparatada y cuando todo termine llevaremos los restos de la comida a la cocina. Hoy le toca a él fregar, yo intentaré escribir algo por la tarde, y el fin de semana seguirá rodando hasta llegar al lunes, el martes, el miércoles…

En la misma habitación, con la misma ventana al Conservatorio, toda la calle en obras desde hace semanas y mi coche secuestrado en el garaje porque no salí en un par de días y no vi el cartel que anunciaba el corte temporal de la calle en los dos carriles. Cambio de ropa para trabajar, nadie me ve pero es más formal. Doy un paseo por la tarde o en el descanso para comer durante el trabajo si hace buen tiempo, como dos veces al día, no necesito ajustarme a rutinas convencionales. Siempre música o podcasts en mis auriculares, llega la noche. La cama del picnic es el lugar de descanso, no siempre es posible, a veces es tan ligero que podría abrir los ojos mientras sueño. Pasan los días, llega el fin de semana. Calceto una manta, estudio la forma de publicar mis novelas, leo, limpio la casa, me cruzo con mis hijos aquí o allá. Cada uno en su cuarto, hacemos nuestra vida por separado. Dice uno de mis personajes que a veces grita en su interior, como un demente. Mientras hago yoga en el pasillo no puedo evitar sentirme una privilegiada, a la vista de cómo le ha ido a otra gente. Tengo los huesos exhaustos, dolor muscular crónico y artrosis, pero ayer tuvimos una reunión en la cama de mi hijo (se ve que lo nuestro va en horizontal para lo social) y nos reímos hasta las vísceras durante tanto tiempo que pensé que me iba a romper en dos. Pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. Que nunca nos falten.

Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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