Volando

Una de las cosas que más me gusta del David Lodge escritor es la capacidad que tienen sus personajes de burlarse una y otra vez de sí mismos. Todo comienza para mí en “Intercambios”, primera novela que leo de este autor, cuando el profesor inglés Philip Swallow consigue una plaza para dar un curso de unos meses en una gran universidad de Estados Unidos y el profesor americano Morris Zapp otra a su vez para lo mismo, en una pequeña en Inglaterra. Ambos necesitan abandonar por completo lo que representan sus vidas en el instante providencial en que cambian de continente y la experiencia en el otro lugar, de alguna manera condiciona todo lo que viene más tarde: “El mundo es un pañuelo”, donde continúan sus peripecias, diez años después. Otra característica importante es el papel que la “casualidad” ejerce en estas dos novelas. Algo que en otra historia podría parecer trillado o aburridamente conveniente, aquí actúa como una azafata de unas Aerolíneas del Azar, un espíritu joven y fresco que hace pasar a unos y a otros por situaciones divertidas, emotivas o, como le ocurre en la segunda novela al joven profesor irlandés Persse McGarrigle, a menudo frustrantes.

Dadvid Lodge

Pero comencemos por el principio, “Intercambios” da la oportunidad a Philip y a Morris no solo de experimentar con la vida profesional del otro en su país, ya que se reemplazan, sino que el azar, ahí nuestra azafata, les lleva a conocer a sus esposas, echar ese vistazo insolente a la vida personal de un ausente que desconoce la incursión y ya de paso, dejarse llevar por la inercia de ese ofrecimiento fortuito del destino hasta abrazar la diferencia con su propia situación en casa, saborear en todas sus variedades la novedad e incluso fantasear con hacer permanente el espejismo. Si la novela fuese un trapo mojado y lo escurriese, diría que lo que gotea es un sentido del humor fantástico, que es lo que adereza cada una de las histriónicas situaciones que lleva a estos profesores al límite, aunque también percibo una cierta ternura de Lodge al mover los hilos de sus vidas, sus indecisiones, miedos y logros. El resultado es una novela divertida, cercana, una verdadera comedia servida en papel, entonces no sabía que los personajes tendrían más recorrido.

En cuanto lo supe, volví ansiosa a retomar sus andanzas y descubrí que diez años después (los dos profesores ya con las lecciones aprendidas) la novela podría simbolizarse en una pared de la misma forma gráfica que una trama policíaca. Una de esas tramas en la que se señalan fotos entre sí con hilos de colores y cuando el policía entra en escena nos muestra un panel elaboradísimo en una pared secreta de su casa, que nos hace comprender la cantidad de horas que ha echado guardando esta información y de paso trabajando en el caso, casi siempre de forma clandestina para que no le descubran. El nuestro no es ni mucho menos un crimen a resolver, pero en la trama aparecen muchos nuevos personajes, comunicados con otros a través de los múltiples viajes por el planeta que todos realizan. Esta es la novela de los congresos literarios en cualquier lugar del mundo, de los eventos intelectuales repentinos, las invitaciones, los rechazos, la envidia, la vanidad, y donde nuestra azafata del azar ha trabajado con más ahínco, porque si algo condiciona las acciones de unos y otros es la casualidad con la que la mayoría de las cosas suceden.

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Armando nuestro gráfico con fotos e hilos tendríamos que señalar a qué ciudad y evento se dirige cada profesor, por qué y el resultado sería una compleja maraña de colores y datos, especialmente en lo tocante al joven irlandés Persse McGarrigle, quien persigue por medio mundo a Angélica, una chica escurridiza y misteriosa a la que falta hacer el doctorado, pero cuya cultura apabulla a los profesores que la escuchan, al margen de lo que su belleza, curvas y voluptuosidad bloquea sus sentidos. Solo con lo que el irlandés viaja nuestro panel se llenaría de líneas por uno y otro continente. Después está el resto de los profesores de otras universidades y países, sus mujeres, los traductores, los asistentes, y de nuevo la casualidad arrancando una carcajada aquí y allá porque son tan oportunas y graciosas que es imposible dejar este libro sin una sonrisa, por más que el final no me convenza demasiado. Y de fondo el mundo pomposo de los profesores universitarios, los escritores, la doble moral de algunos, la ambición desmedida y el ego enorme que ahoga a la mayoría.

Esta novela me recordó muchas veces a una experiencia que tuve una noche en Madrid hace años, en la que asistí en un pub a unas copas con un grupo de escritores extranjeros que habían venido a España a un congreso, invitada por uno de ellos con el que mantenía una buena amistad entonces. Lo cierto es que les observé en silencio, haciendo trabajo de campo, en aquel momento no solo eran escritores sino personas, algunos con bastante alcohol encima, lo que les alejaba de su divinidad y los convertía en simples, y bastante corrientes, seres humanos. La vanidad de dos de ellos se disparó hasta el infinito y pude comprobar cómo la estupidez humana no entiende de categorías, estudios o méritos. Se es petulante y necio por naturaleza, mucho más allá de nuestros logros. No había leído ningún libro del escritor que se sentaba a mi izquierda, aunque recientemente me había cautivado uno de sus artículos en El País y lo comentamos, pero la corta conversación que mantuvimos, en la que recitamos a un tiempo la primera frase de un libro que siempre me ha gustado, me devolvió la fe en el ser humano escritor, casi fue lo mejor de una velada pesada y caótica. Al final de la noche, cuando llegué a mi pensión, entraba en ese instante también el vanidoso número 1, un tipo inaguantable y endiosado que además interrumpía las conversaciones de los demás cada poco levantándose de pronto para recitar en voz alta unos versos, que algunos del grupo, servilmente, aplaudían con fervor. Se encaminó al ascensor dando tumbos y me miró con altivez al entrar, cuando no me moví para que pasase más holgadamente.

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Hay un momento en la segunda novela, en el que Philip se dirige con un traductor a una fiesta nocturna en Turquía y por un momento todo lo que percibe en la oscuridad de las calles es sórdido a su alrededor. Se siente solo, desubicado, llega a la conclusión de que si en ese momento su acompañante le arrojase fuera del coche, jamás volvería a ser visto. Le arrastrarían a las sombras, le desnudarían y asesinarían tras robarle sus pertenencias y abandonarían su cuerpo arrojándolo a una de las alcantarillas desvencijadas que adornaban el trayecto. El tipo al que aplaudían en Madrid no era más que un cuerpo sudoroso, vencido, cualquier brillantez poética que contuviese su cerebro estaría tan borracha como él, perdida la métrica, en aquel momento parecía estar a punto de derrumbarse. Le imaginé cayendo al suelo y durmiendo la mona a dos metros de su puerta, sin testigos que aplaudiesen esa última genialidad del día, lejos de su casa en otro continente. Salió del ascensor en el piso anterior al mío, sin una palabra de cortesía, como un fardo andante. Todavía pude ponerle la zancadilla en mi mente e imaginar cómo saltaba sin gracia para nivelarse, antes de desaparecer en una impersonal habitación de un hostal español donde no le esperaba nadie. Nada parecido a lo que le ocurre a Philip cuando llega a la fiesta, y se encuentra con una mujer de su pasado que le quita diez años de encima con apenas una mirada. Así puede ser la vida, tan pronto estás hundido hasta la cintura como puedes sentir una sensación de mágica efervescencia y que salga el sol en la noche. Para ti al menos. 

David Lodge ha sido un gran descubrimiento. No solo por estas dos novelas, sino por sus manuales “El arte de la ficción” y “La conciencia y la novela. Crítica y creación literaria”, que también estoy leyendo. Ya de aprender, que sea con gente que lo vale. Culta, creativa, amable. Pedantes y fantoches, son un auténtico incordio en la más cotidiana e inesperada vida real, pero dan mucho juego en el limbo de una ficción deliciosa como este mundo pequeño de Lodge. Aquí los personajes se buscan, se pierden, se odian, admiran, imitan, traicionan y esperan encontrar a sus compañeros en el siguiente congreso, a ser posible con menos categoría y protagonismo que ellos, pero la misma capacidad aduladora para que cada uno sienta que no ha perdido ni un ápice de su evidente y notorio magnetismo, lo que le coloca en una posición de absoluto privilegio, frente a los demás. 

Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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