Sonidos

Hace unos días tuve un sueño bastante inquietante. Cocinaba escuchando a Van Morrison, perdida en mis pensamientos. Mis hijos estaban en sus habitaciones a lo suyo, el sol de mediodía inundaba el enorme ventanal desde el que podía ver un jardín cuidado, una playa a lo lejos, todo me envolvía como un suave abrazo, me sentía feliz. Recuerdo que cortaba vegetales con gran concentración en una fantástica isla de la cocina más hermosa que he visto en mi vida. Había una copa de vino en una esquina de la mesa y un trozo de carne esperando a ser fileteada. Me preocupaba viajar en el tiempo a un momento desagradable de mi vida e intenté hacer una lista de los mejores, aquellos días que guardaría dentro de mi puño si con ello nada pudiese borrarlos de mi memoria. Mi hija entró en el baño y cerró la puerta. Lo supe porque la del baño es corrediza y sonó su peculiar renqueo poco después del estruendo que produce la de su cuarto, que parece pegada al marco y cada vez que se abre sacude esa parte de la casa. Sonidos que se acoplan unos a otros y componen la sinfonía de la vida familiar. Todavía me sumergí unos segundos en la canción del irlandés cuando una ola de lujuria se deslizó, fugaz, por mi mente, como una nube que se desdibuja en el azul de un cielo radiante. Y entonces todo pareció detenerse. Ni la luz era ya extraordinaria, ni el horizonte sugestivo, la voz de Van Morrison se apagó en la distancia y cualquier otro sonido se fue mitigando. El largo cuchillo de la carne se había desviado por accidente hacia mi cuerpo y mis manos intentaban tapar con torpeza el profundo corte horizontal que mostraba el mandil ensangrentado. En el suelo, incapaz de gritar, percibía el resto de los ruidos de la casa. Odié hasta el último instante del sueño esa forma de morirme, pero por más que lo intenté ni un simple murmullo salió de mis labios. Cuando desperté, los sonidos de esta otra vida llegaron hasta mí: los buses, que salen de cocheras a las seis de la mañana dos calles más arriba, el agua de una cisterna lejana, el crujido de mi cama en cuanto me muevo. Toqué mi barriga por inercia, aliviada, y cerré los ojos de nuevo con la esperanza de dormir la hora que faltaba hasta que mi mano apague el despertador antes de que suene, como cada día. Tenía unas lágrimas incrustadas en un pequeño arranque de furia y los minutos fueron pasando. Puede que no esté en mi mejor momento de salud, me dije, pero espero que todavía queden muchos buenos recuerdos que guardar dentro de ese puño imaginario.

Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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