El hoyo

Un psicólogo me dijo una vez que el dolor no es cuantificable por categorías. No sufres más tú porque has perdido a un hijo que tu hermano al perder a su mejor amigo. Cada uno hemos de lidiar con el impacto que esa ausencia produce en nosotros. Hay quien se convierte en la sombra de sí mismo y quien se abre de nuevo a la vida tras un período de aislamiento personal en el que apenas ha podido tirar hacia adelante con el piloto automático, pasando de puntillas por un día a día que posiblemente no aparecerá más que de una forma fugaz en futuros recuerdos. Hemos oído hablar de las fases del duelo que el ser humano ha de cruzar, como túneles desconocidos en los que nos adentramos con desconfianza, a veces animados por nuestros cercanos o nuestros médicos, que no parecen conducir en principio más que al mismo lugar doloroso que queríamos perder de vista. He estado leyendo testimonios de distintas personas que han afrontado ese viaje, bien a ciegas o a trompicones, con distintos resultados. La sociedad les necesita recuperados, en sus puestos, no falta nunca quien murmura con fastidio o impaciencia al oído de un conocido que tal persona no está bien porque ha perdido a su pareja, hijo, familiar y a pesar de que ha pasado un «tiempo prudencial», sigue en el hoyo, en ese agujero incomprensiblemente dañino para ellos, que nunca han visitado ni de cerca los inicios de la depresión, ya no digamos las profundidades. Nada de todo esto es nuevo, quién no conoce a alguien a quien la vida ha puesto en la diana de un desafortunado cúmulo de desgracias de las que es casi imposible remontar, como si el propio Destino quisiera dar con ellos un castigo ejemplar.

A otro lado está ese silencio denso que produce un continuo reseteo mental. Ha pasado el tiempo y se ha llevado con él cada pequeña estrategia personal para reducir el impacto de lo irreparable. Se olvidan las voces, se desdibujan los rostros, la memoria necesita nutrirse de testimonios reales, fotos, vídeos, para que no se pierdan en ella muchos detalles. Estos han sido los testimonios que más me han sorprendido, la necesidad que alguna gente tiene de que las heridas no cicatricen. De que el dolor, que para mí es ya una sensación compacta a la que han ido a parar todas las vivencias y sentimientos más penosos que he experimentado, en ellos continúe, no se diluya, no abandone la rutina segura donde se han instalado pensando que duraría para siempre. Dicen que el tiempo lo cura todo, aunque quizá curar sea una palabra demasiado frívola para la callada resignación que produce dejar de luchar y aceptar al fin la pérdida. Me parece tan implacable el dolor del principio como la dificultad para percibirlo de la misma forma meses o años después. Una cualidad extraordinaria del ser humano es la capacidad de rehacerse, auto-repararse en la mayoría de los casos; sea cual sea y dure lo que dure el proceso para llegar a ese oasis intermedio, a esa prórroga que muchas veces es la antesala a una nueva oportunidad en la única vida que nos concede el azar al nacer, para encontrar de nuevo motivos por los que vale la pena vivirla.

Autor: Angèline

"Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra "yo", la palabra "hacer", la palabra "sufrir": son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no "verdades" (John Banville "Imposturas")

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