Nuestro Universo

Virginia Woolf y yo nos vemos desde hace años para tomar unos pasteles con la bebida caliente que cada una prefiera, en una velada sin preparación, que surge un día cualquiera, cuando una de las dos la convoca. No importa que todo suceda en mi mente y no en una cafetería del planeta Tierra donde nos pidan el Certificado Covid de vacunación, cosa que esta Virginia entendería a la perfección, no en vano le he ido enseñando a menudo esta parte de su imposible futuro y la ha presenciado con gran curiosidad. Para nuestra charla eligió ayer la cafetería Solros de Bergen, en Noruega. Sabe que me interesa esa ciudad por si Janis volviera a mi vida por tercera vez y decidiera pasar allí un tiempo, pero también conoce mi debilidad por el pan, incluso por el que tiene gluten que, francamente, me sienta tan mal como los pasteles, pero es una delicia tomarlo con ella mientras discutimos algo, siempre en posturas enfrentadas. Un pajarillo llegó hasta su sombrero de ala ancha y su mano aristocrática espantó la pequeña sombra que vio por el rabillo del ojo, con un movimiento elegante y disuasorio. Me imaginé a mí misma con una pamela semejante, mi mano se movería más como una catapulta y el pájaro escaparía graznando, aunque no fuese un cuervo. Virginia me miraría con su ceja alzada, ya me conoce, pero le sacaría una sonrisa mi forma de ajustarme el sombrero hacia atrás, con desenfado, como si fuera el Stetson de un cowboy.

Solros

Le conté que en una serie que veo el forense le practica la autopsia al padre que nunca conoció, sin saberlo; un cuerpo que aparece en un monte varias décadas después de ser enterrado y que examina con los mismos ojos profesionales que a los demás que llegan a diario hasta él. Por una vez estuvimos de acuerdo, es de una gran crueldad que nadie le advirtiese. Lo cierto es que no parece relevante para los guionistas del episodio porque la acción continúa y este detalle ni se menciona. Si solo por un momento pudiese conocer la historia de su padre, un joven en la efervescencia de la post adolescencia que no quería tener un hijo y así se lo dice a su madre la misma noche que alguien le mata por accidente. Por otra parte, ahí está él, en la actualidad un médico forense en sus treinta y algo, mayor de lo que nunca fue su padre, ¿cambiaría la mirada de esos ojos profesionales si lo supiera? ¿le temblaría el pulso al buscar las respuestas en su cuerpo a las preguntas sobre su muerte? Nos quedamos algo enredadas en nuestros propios pensamientos. No siempre estas veladas son intercambios verbales. A veces también compartimos silencios y algún que otro gesto de complicidad al término. Virginia desaparece como llega, por encanto, y yo me pregunto después cosas como a qué agujero negro de nuestra memoria van a parar los amores perdidos, los olvidados, los que la vida fue archivando a medida que perdían su efecto, aunque tiempo atrás fuesen ni más ni menos que el centro de nuestro Universo.