Pastoreando

Hace un par de semanas falleció Joan Didion. Prosa impecable, espíritu crítico, se puede encontrar en internet un sinfín de referencias a su labor como escritora de ensayos, reportera, editora, crítica de cine, guionista, novelista, periodista, así como al impacto que produjeron en ella la muerte de su marido en 2003, el también escritor John Gregory Dunne, a los 72 años y de su única hija a los 38, Quintana, en 2005. He leído su libro «El año del pensamiento mágico», una narrativa desgarradora, obsesiva y al tiempo distante de la tragedia de perder a dos personas tan íntimamente conectadas con ella. No es un testimonio al uso, las lágrimas internas y la compasión por la pérdida las ponemos los lectores, conmovidos por la doble catástrofe que sacude la vida de esta mujer que en la portada del libro nos mira como de vuelta de todo, aunque en el fondo de esos ojos inteligentes pueda brillar una frustrada rebeldía. Ella lleva las riendas de su dolor con la misma entereza que afronta la fulminante muerte de su marido («te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba») y con la que se pregunta las una y mil cuestiones que rodean la enfermedad y muerte de su hija meses después. El libro es también una autobiografía panorámica, una larga reflexión cargada de sentido. Con John Gregory Dunne había compartido décadas de conversaciones sobre política, cultura, actualidad, el día a día, asistido a fiestas, convenciones, premios, su trayectoria en paralelo les permitió ser ellos mismos, no la pareja del otro.

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Como todo, también las pérdidas pueden ser cuantificables. De primera, de segunda, pérdidas que mueren matando, las que se llevan nuestra inocencia, nuestra confianza, las que sondan nuestro interior, como un calado marino, y se hacen una cama en el mismo fondo de nuestra desolación durante meses. La cuestión de la autocompasión, explica Joan Didion. Cuarenta años casados y salvo seis meses que él trabajó para un periódico, el resto del tiempo desarrollaron sus diferentes proyectos en casa. Treinta y nueve años y medio en los que tanto él como ella interrumpieron su trabajo, de forma natural, para compartir algo con el otro. Imagino una tos entre los muros, una risa repentina en solitario, un ¡joder! destemplado, el viaje de una habitación a la otra. Después viene la muerte y la costumbre de buscar al otro nunca desaparece con su ausencia. En adelante siguen llegando ideas, noticias, dudas que uno consultaría en primer lugar con quien se ha ido y no hay nada excepto su inmanencia por toda la casa, ya no su calor, pero sin duda la clara y evidente huella de su paso por la convivencia establecida. Y es necesario afrontar que se ha perdido a más de un ser con él, compañero de vida, amigo, contertulio, padre, confesor, maestro, y él ha perdido su vida y además lo que recibía, todo lo construido, el entramado de una historia en común durante tantos años. Hay un pasaje en el que Joan menciona al poeta y escritor Delmore Schwartz, citando un párrafo de su poema «Paseamos tranquilos por este día de abril»

¡Qué ávida la acometida de ese resplandor mareante!
¿Dónde están mi padre y Eleanor?
No dónde están ahora, cuando llevan siete años muertos,
sino, ¿dónde están los que eran entonces? 
       ¿Desaparecidos? ¿Desaparecidos?

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A mí también me ronda esa idea del entonces con mucha gente. Si no los vuelves a ver tanto da que hayan muerto o se hayan establecido en Nueva Zelanda. El resultado es el mismo, toda aquella energía, el fulgor, visionario, que diría el poeta Gonzalo Rojas, dónde se ha quedado. Dependemos ciegamente de nuestra memoria y de lo que esta haya seleccionado para nosotros, en su afán de protegernos. Quiero creer que lo importante de los seres que perdemos de alguna forma sigue ahí, intacto, al alcance de un recuerdo si somos afortunados. La autocompasión debería ser rescatada del montón a desechar en el que la sociedad la entierra. A veces es necesaria para despejar el camino a seguir y si uno no se quiere y recompone a su ritmo, de nada servirá la ayuda del más experto psicólogo. Regodearse a veces tampoco es un crimen. Hundirse en la pena ya es otra cosa, ahí no queda otro remedio que lanzar la mano al vacío mientras caemos, con la esperanza de que alguien bienintencionado tire de ella.

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Una cita de John Gregory Dunne para terminar:

«Las novelas se hacen cargo del escritor, y el escritor es básicamente una especie de perro pastor que trata de mantener las cosas encaminadas».

Me gusta esta imagen de pastorear los propios pensamientos y estoy de acuerdo en que las novelas acaban adueñándose de su creador/a. Pero cuán vivo puede sentirse alguien dirigiendo un mundo a la carta, cercando, abriendo compuertas, ahora rastreo, ahora abordaje, ahora contienda, ahora redención.