Tierra que se abre

cartagena_719Quizá nunca es un buen momento para comenzar, llamarle primera vez, cuando lo que uno hace es romper con todo lo anterior; no siempre he sido un espíritu libre, hubo quien pretendió amarrar mi alma, como a un perro. De aquellos días recuerdo la rabia, la acidez que llegaba a mi boca cuando él ordenaba, ellos le apoyaban, la casa se hermetizaba, atrapándome, el paisaje languidecía y todo se convertía en una tristeza en sepia, tan yerma y abandonada como la valla de madera desvencijada que separaba nuestras tierras del resto del mundo. Una valla carcomida pero resuelta, en la que asomaban rebeldes unos trazos de pintura verdosa cerca de las estacas, centinelas que se agrupaban en corrillos, impidiendo el paso. Así fue durante unos años, sentía al cuello una anilla invisible que me ataba a aquellos parajes, al tono plomizo de sus tardes, al insondable silencio que sólo rompía él con su disciplina. Pero siempre hay un instante dispuesto al cambio, una brecha en el ánimo, una puerta entreabierta que solo el cautivo puede apreciar. Aquella noche me deslicé por su hueco. Un viento amenazador sopló entre los matorrales, revolviendo mi cabello, azotando mi rostro, pero pude al fin alcanzar el límite, la vieja valla, y saltar sobre ella, hundirla un poco más. Algunas noches todavía me arrojo a este lado en sueños, un vuelo impulsivo en busca de luz. No es más cobarde el que tiene miedo, sino quien no inicia el salto aún sabiendo que bajo sus pies, no hay más que una profunda grieta de tierra que se abre.

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Más, por favor..

Cambiar cualquier libro que no convenza demasiado por Lionel Shriver es una apuesta segura. Es demasiado buena para decepcionar. Y no solo no lo hace en esos momentos sino nunca realmente. Uno/a puede asomarse a sus letras con cierta devoción sin sentirse extraño, porque está claro que ese párrafo, aquella descripción, este concepto de la última frase, todo en su conjunto es como para achicar los ojos de placer y leer, leer, con la fortuna del que sabe que está en buenas manos. “Todo esto para qué”. Anagrama lo publica en 2012, yo lo consigo un año después. Y lo dejo en la estantería. Con los otros libros pendientes. A la espera de un buen momento. Demasiado “todo” para cogerlo un día cualquiera. Excusas. Bobadas.

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Ya en la arrancada, como quien dice, me acomodo para leer un par de veces cómo describe a la pareja principal, Shep y Glynis. Y lo disfruto largamente, como con todo lo de Shriver.

“Glynis no sólo trabajaba (o había trabajado) con metal; era metal. Rígida, poco dispuesta a cooperar e inflexible. Dura, refractaria y de una radiante rebeldía. El cuerpo largo, estilizado y anguloso como las joyas y la cubertería que una vez diseñó; en la escuela de artes y oficios no había elegido su medio por casualidad. Se identificaba naturalmente con cualquier material que se negara encarnizadamente a hacer lo que uno quería, cuya forma fuese resistente al cambio y sólo respondiera al trato violento. El metal era un escándalo. Si alguna vez lo maltrataba, sus abolladuras y arañazos captaban la luz como rencores ocultos.”

“Le gustase o no, el elemento de Shep era el agua. Adaptable, fácil de manipular y propensa a tomar el camino de la menor resistencia; seguía la corriente, como se decía en su juventud. El agua era flexible, dócil y se dejaba atrapar con facilidad. Él no estaba orgulloso de esas cualidades; la maleabilidad no parecía masculina. Por otra parte, la aparente pasividad del líquido era engañosa. El agua tenía recursos. Como sabía bien cualquier propietario con un terrado que empezaba a envejecer o con las cañerías podridas, el agua era insidiosa y, a su manera silenciosa, encontraba su camino. El agua tenía una taimada tozudez propia, una insistencia solapada – se filtraba – y un instinto para encontrar la grieta o la junta que se deja sin sellar. Antes o después entra si eso es lo que quiere; o, más vitalmente en el caso de Shep, sale.”

Lo dicho. Demasiado brillante para dejarlo correr sin más. Con Jake Bugg de fondo, “Broken”, nada menos.

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Rupturas y Continuidades

Comienzo el año con un abandono literario, o quizá debería llamarlo aplazamiento. En la literatura como en el amor y la amistad. Sucede a veces que sí al autor pero no a esa obra, o al menos, no en este momento. Y cómo decirlo, quizá con un “No eres tú, sino yo” o “No es por ti, es por mí”, que aunque suena a tópico es muchas veces lo que sucede. Que no deja de ser interesante lo que cuenta pero cada vez lo escuchamos más y más lejos, hasta perder el sonido en la distancia junto al interés por escucharlo. Es como circular por las mismas vías pero en sentidos contrarios. El cariño está ahí pero no es suficiente para continuar y preferimos dejarlo ahora, cuando todavía brilla la mayoría de lo que hemos compartido. A un amigo le decimos que nos disculpe, que nos hemos perdido hace rato en su charla, que está uno espeso, que lo siente, porque no hay duda de que algo en otro lugar acapara nuestra atención y él sigue siendo él, nuestro amigo, pero hoy no estamos para escucharlo.
IDI40“Querido Paul Auster, (de tú para esta carta): Quizá sea la forma, escribir el libro en segunda persona (brutal para un diario), o que tu mundo está realmente en otra galaxia para mí en este instante, te pido disculpas, estoy algo espesa,  seguramente no es por ti sino por mí, pero me he perdido hace rato y no deseo encontrarme de nuevo en tu “Informe del interior” por ahora. Ya me sucedió antes con “Viajes por el Scriptorium” y a punto estuvo en “Invisible”, pero después llegaste con “Sunset Park” y “Diario de invierno” y celebré cálidamente un reencuentro tan familiar contigo, como en las otras novelas que he leído bajo tu firma, los libros autobiográficos, tu correspondencia con J.M.Coetzee. Espero que volvamos a encontrarnos en el futuro, sin duda lo haremos en el pasado porque tengo pendientes de lectura cinco de las quince novelas que has publicado en España. Siempre cerca de ti, Paul, inevitablemente lejos también por momentos, con la mente en otras cosas, pero escuchándote otra vez en cuanto me des un suave codazo y vuelvas a hablarme de esa forma tan peculiar en ti, intimista, que tanto me atrae. Un beso. Angéline”

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Estrellas a tus pies. Ricardo Caballero In Memoriam.

La primera fotografía que ví de Ricardo Caballero tuvo que ser un mar. Uno de sus mares calmos, con esas orillas punteadas de piedras, la espuma todavía borboteando, el instante perpetuado en apenas un guiño, una pequeña presión, en la porción de tiempo exacta. Más tarde llegué a sus texturas, los retratos, las macros. Por aquella época colgué en mi blog una imagen de un fotógrafo alemán, que me escribió poco después, molesto, amenazándome con una denuncia si no la retiraba. Lo hice, al instante, le pedí disculpas (había citado su autoría cuando la colgué) invitándolo a comprobar que su foto ya no figuraba entre mis textos. Poco después lo comenté en mi mundo nevado y recibí mensajes de varios fotógrafos españoles que me invitaron a utilizar sus fotos, entre ellos Ricardo y Paky, su compañera, ambos verdaderos artistas. La generosidad de los demás siempre me abruma, pero en su caso suponía además un verdadero orgullo para mí, vestir mi página con sus miradas, su especial forma de observar.Ricardo CaballeroRicardo tenía además una filosofía muy particular acerca del mundo, que filtraba en posts en sus páginas, una sensibilidad exquisita y un sentido del humor que le hacía más grande, si ello es posible. Nuestras breves charlas en la red siempre me han parecido entrañables y su incansable visión del detalle en sus fotografías, la curiosidad por el mecanismo interno, la fuerza última que impulsa al movimiento, a la esencia de las cosas, las veía tan destacables en él como la ternura de sus reuniones familiares que retrataba puntualmente, la alegría que destilaban aquellos rostros. He sabido por Paky que Ricardo ha fallecido recientemente. Duele que alguien tan vital desaparezca, parece imposible e injusto, y por más que uno se impacte o se rebele, no puede hacer nada más que honrarle con lo que tiene, compartir con él lo mejor de sí mismo. Yo tengo palabras. Historias que se hacinan en mi tintero. Lamentos en diferentes tonos, lágrimas de letras, un lugar en la nieve de mi mente. Me gustaría brindárselos desde aquí, no llegamos a conocernos personalmente y eso me apena porque ya no tiene remedio.

faro en la noche

Quisiera enviarle un abrazo nevado a donde sea que esté ahora, mi agradecimiento por la calma, la paz que supuso siempre leer su voz interior, los comentarios que dejó en mi página, las frases cortas que definían sus fotos en su web. Gracias por todo Ricardo, siempre estarás en esos maravillosos retratos de lo inmediato, en las aristas de la realidad, en Sant Boi de Llobregat, en el rugby, los mares al atardecer, la sardina indultada, la pelota grapada, el limón con apertura, todas esas pequeñas grandes creaciones tuyas. Y en el corazón de la gente que te conoció y te quiso. Decía Shakespeare, que el amor es como un faro permanente que contempla la tempestad y nunca se estremece, la estrella que guía a la nave a la deriva. Sin duda verás desde arriba un verdadero cielo estrellado a tus pies, una legión de faros aguantando el tipo, esquivando el temblor. Por ti. Una forta abraçada.

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Impasibles, poderosos.

Apelando a esa posibilidad que tenemos de fragmentarnos, la parte de mí que no soporta el mundo tal y como lo percibe se aísla en ocasiones, ajena al circo de despropósitos que preocupa a las otras partes. Y divaga sin prisa ni pausa sobre algunos lugares que le caen al oído, al ojo, aislándose por momentos en ellos, imaginando un futuro más allá del asfalto, el ruido y las promesas que se desvanecen en cuanto salen de ciertas bocas. Los lugares abandonados me producen el mismo efecto que ciertas fotografías, primeros planos de personas que ya no están vivas.

Viriginia-Woolf1Hay expresiones que hieren en esos fugaces instantes detenidos, la predisposición especial a la vida de algunos rostros, valentía, arrojo, una sensual ansia contenida, la fuerza de un mundo interior urgente y febril. Todo un despliegue de energía y empuje, paralizados en una efímera porción del tiempo, a punto de salir de la cartulina para invadir nuestro corazón de sincera compasión; acaso el sonido de las naturalezas muertas sea el más difícil de escuchar con estoicismo. En muchos casos ni siquiera es necesario conocer a la figura de la fotografía, el puente que desliza hacia nosotros es tan preciso, tan contundente, que abriríamos los brazos hasta el imposible si con ello pudiésemos cobijar la desmesurada inmanencia que desprenden, la impetuosa vitalidad que transmiten desde su universo inerte. Conocer detalles de sus vidas todavía vuelve más amarga la contemplación del alma de alguna gente, porque esa parece ser la parte que finalmente el fotógrafo captó en su momento, una puerta abierta al interior de quien le observaba y por donde se escaparon sentimientos bien definidos que él atesoró para el futuro en un soporte que cada segundo se aleja más hacia el pasado.

Los lugares abandonados me afectan de forma diferente según su naturaleza. No es lo mismo contemplar el esqueleto de un viejo teatro cuyo esplendor desapareció en línea con su deterioro, pero por el que todavía pueden circular discretas risas, algún susurro ahogado de franca admiración, la música de las pisadas suaves de una bailarina, el eco de las luces, apagándose en la noche, poco antes del cierre del lugar tras cada función.. que la torre de oficinas a medio construir que fue desestimada poco antes de su final; el bloque de apartamentos, la barriada a las afueras a la que retiraron los permisos. El proyecto futurista que alojaría durante unas semanas a varias familias en los módulos-enjambre orientados hacia el mar, unas viviendas a las que solo faltaba incorporar los muebles básicos y que ahora, desconchadas por el efecto del salitre y el fuerte viento, escrutan, desnudas, una zona de la costa que se ha vuelto salvaje e inhóspita.

vieja-noria-abandonadaLo cierto es que me atraen esos espacios. Necesito completar el puzle inacabado en mi mente, echar a andar una noria que no funciona desde hace años, cerrar los ojos para limpiar de basura el espacio que la rodea. Devolver la gloria a un hospital desvencijado, luz a sus pasillos, limpieza, pulcritud, enfermos, ambulancias a la entrada. Dotar de movimiento a la estación de tren clausurada, a las instalaciones de metro cerradas, reforzar los cimientos, eliminar la erosión de las fachadas olvidadas, los edificios fantasma, las calles muertas. Colocar voces y risas infantiles donde había un rancio silencio. Color en la oscuridad. Vida en la muerte. Y asomarme durante unos segundos, admirar el horizonte desde las ventanas anónimas de un hotel desmantelado. Tanta destrucción, tanta indiferencia.

A veces duele formar parte de toda esta grandeza, cuesta encontrar un lugar donde todo encaje. Lejos de conceptos territoriales, de patrias, de cunas, somos mucho más que lo que nos define como habitantes de un punto concreto en el planeta. Somos fuerza, somos pasión, viajeros incansables a la búsqueda del enigma. Nos puede el altruismo, por encima de la mezquindad. Hay días en que solo necesitamos un par de buenas razones, un gesto cómplice, una locura a la que aferrarnos y podríamos conquistar el infinito. Henry David Thoreau dijo en su “Walden”, que cualquier cambio es un milagro digno de ser contemplado. Quizá en el corazón del cambio esté la casa humeante del cuento al final del camino, el sitio perfecto, la paz ansiada. Y solo haya que saber escuchar sus latidos.

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El bosque todavía está allí.

Si uno lee a Marguerite Duras se dará cuenta de que esta entrevista que le hizo en su día Pierre Dumayet empieza muy bien, lo que podríamos decir “en la onda”, en su onda, la que se produce entre ellos. Me gusta especialmente que comiencen callándose y también que Marguerite diga que uno se acostumbra con frecuencia a ver ese bosque ante el mar. Algunos nos hemos acostumbrado a ver el mar frente a todo. Otros ven árboles pero jamás el bosque. El poeta y editor Javier Sánchez Menéndez decía en una entrevista reciente que muchos se conforman con ver, pero la simple visión es una ínfima parte de todo aquello que tenemos delante. También Nabokov se abandona a la percepción en “La verdadera vida de Sebastian Knight” Miré en torno a mí: en aquel dormitorio todas las cosas parecían haber retrocedido de un salto en un abrir y cerrar de ojos, como sorprendidas de improviso, y ahora iban devolviendo mi mirada, como procurando comprobar si había advertido su fuga culpable. Esa parecía,sobre todo, la actitud del sillón bajo, enfundado de blanco, que estaba junto a la cama; me pregunté qué habría hurtado. Después, hurgando en los escondrijos de sus pliegues reacios, encontré algo duro: era una nuez del Brasil, y el sillón volvió a cruzar los brazos y a adoptar su expresión inescrutable (que podría muy bien ser de altiva dignidad).

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Pero volviendo al bosque que todavía está allí.. “Desde su balcón de rocas negras Marguerite Duras puede ver el continuo juego del mar, de los cielos y los ademanes de los transeúntes que, con o sin perro, prefieren la arena al asfalto para dar sus paseos en otoño. No había visto a Marguerite Duras desde hacía mucho tiempo, y sin embargo tenía la impresion de retomar una conversación, como si nos hubiesen interrumpido una larga llamada telefónica durante veinte años.

Pierre Dumayet: Como normalmente siempre se empieza hablando, si le parece bien, podríamos empezar callándonos unos segundos, lo justo para habituarnos. Estamos en Trouville y no lo parece. Es preciso ir al balcón. Si vamos al balcón nos damos cuenta de que estamos en Trouville. No hay nadie, el mar, casi nadie, el mar, una silueta, el perro.
Marguerite Duras: ¡Está el bosque!
P.D.: ¿Detrás?
M.D.: Sí. El bosque todavía está allí. No estará, pero ahora está allí. Todavía está allí. Uno se acostumbra frecuentemente a ver ese bosque ante el mar. “

Y que algún día pueda no estar no lo hace menos hermoso.

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Otoño

Siempre me ha gustado el Canon de Pachelbel, siento con él como si el infinito me saludase de alguna forma. Sería la música perfecta para salir de casa un primer día de algo, para esperar la llegada de alguien muy especial, para saborear el momento previo a un discurso, para valorar el silencio de una mirada que lo dice todo. Para llorar. Para reír. Para reunir el valor ante una declaración complicada, para rebelarse, para aferrarse a esa cuenta nueva tras un borrón. Para afirmar. Para negar. Para decir “hasta aquí”. Para volar. Para desfilar ante un altar. Para recordar. Para limpiar los muebles bailando de puntillas. Para escribir una nota pidiendo perdón. Y para saludar al otoño, que ya está aquí. Bienvenido sea, un año más, en breve la nieve. Por fin.

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