La vida y tal…

Hace veinte años veía la serie «Sexo en Nueva York». Entonces (y ahora) también yo me cuestionaba a menudo muchas cosas, como Carrie durante y al final de cada episodio y me divertía ver cómo intentaban comerse el mundo, en un momento en el que yo solo tenía cuatro días libres cada mes para reactivar el mío. Sofisticadas a ratos, humanas en otros, básicamente me hacían pasar un buen rato, tras las horas de trabajo en la oficina, limpiar mi casa, cocinar para el día siguiente y el cuidado de mis hijos pequeños. Eran capítulos cortos, pero servían para que yo aguijonease a mi vez mi propia conciencia a veces y la de los demás en cuanto podía. A menudo ellas se quedaban a un paso de sus sueños, que compensaban con la amistad que las cuatro se profesaban, yo vivía esos cuatro días reseteando antes y después mi mente, para no perder de vista mi identidad como persona, más allá de la madre y trabajadora por cuenta ajena que era.

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No hace mucho he empezado a ver la secuela. Me gusta que el paso del tiempo haya dejado arrugas, canas, que no todos los cuerpos sean estilizados sino lo normal en mujeres que han pasado los cincuenta. Que cada personaje siga de alguna forma fiel a sus propios instintos, hurgando en ese futuro que ahora impresiona no solo por el fuerte impacto del pasado sino por los cambios en la sociedad en el día a día. El dinero no parece ser un problema para ellas, las tres parecen estar bien posicionadas y el foco lo ponen en lo que necesitan para mejorar sus vidas a nivel emocional, humano y físico, más allá del glamour en el que siguen instaladas Carrie y Charlotte especialmente y del que no se han desprendido tras estas décadas.

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Leí hace años un artículo de Juan Cruz en El País, “La energía de los veteranos”, con esa distancia temporal que sabes que mantienes precariamente. Te llegará el momento de envejecer, pensé, el tiempo es muchas veces un abrazo exigente, una carrera desbocada, un rodar descontrolado en el que no puedes asegurar en ocasiones en qué lugar del camino ha salido despedido a una velocidad imposible y le has perdido la pista. Ana María Matute decía que la edad “hace más imprescindible la amistad: Es más importante que el amor. Es otra forma distinta de amor… Y cuando eres viejo como yo, muchos de los amigos de tu edad son tus cómplices. Como en el amor”. Esa hermosa complicidad es una caricia de seda, con alguna gente no necesitamos terminar las frases, ni buscar apenas el dato a recordar, de pronto las imágenes se disparan en ambas mentes y acabas hablando con eco, su voz, teniendo claro que tu amiga/amigo sabe exactamente lo que quieres decir.

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Emilio Lledó me hizo suavizar una mirada perdida también, decía “La memoria sustenta la amistad, y la energía de la edad, también. Cuando quieres ver tu rostro, miras en un espejo; pero cuando quieres saber quién eres, te miras en el rostro de un amigo, porque el amigo es otro yo”. Pensé en ello mientras miraba la foto de un gran pino que había sido talado. Recordé que un día le dije a alguien que quizá los árboles ya estaban en mi calle antes de que ésta existiese y que simplemente enfundamos de ciudad la tierra en la que respiraban antes de nosotros. Hace mucho que descubrí que con los amigos, como con los amores, construyo un hogar. Para ellos. Para mí. Y cuando nuestra relación ya no tiene sentido porque lo que la llenaba se hace transparente hasta desaparecer, también lo hacen esas paredes, el tejado y durante un tiempo siento la sensación de no tener un techo sobre mi cabeza y un frío de huesos que nada puede calentar tras los derrumbes. Después se crea un nuevo orden y así lo enfoco, la vida y tal, me digo. Siempre partiendo de cero.  

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Carrie y sus amigas comparten en la serie un descalabro desigual, pero hay un momento en el que un desacuerdo hace que una de ellas intente irse de una merienda improvisada y la retengan por la necesidad de continuidad, de seguir haciendo piña, siendo parte de la misma unidad, amigas, en la que parece inaceptable seguir perdiendo gente y cuya existencia es lo que da sentido al resto de sus vidas. También yo pienso en ello estos días, el confinamiento impuso distancias que no he llegado a eliminar del todo, aunque de alguna forma mi gente está ahí y así necesito envejecer, cerca de ellos, compartiendo noches de fiesta o de hospital, acampando en una cama infinita o un sofá de psiquiatra, riéndonos en la oscuridad, de nuestra propia sombra, creando hogares para todos tras los derrumbes. Saboreando el final de esa frase que no necesitan decirme porque los conozco, los entiendo y los quiero.