Impresionante

La canción de Sia “Chandelier”. La interpretación de Maddie Ziegler, la niña de once años del vídeo, el vídeo en sí, la coreografía. Habrá que añadir la danza al tándem imagen/palabra, y disfrutar incrustando en un espacio no necesariamente más allá de 3.51 minutos, toda la rabia que puede caber en una vida, la alegría, la delicia de desbocarse sin medida, trascenderse a uno mismo, a la propia locura, la insatisfacción, la necesidad de reivindicar, reivindicarse. Liberar nuestra chatarra emocional durante un breve espacio de tiempo frente a un mundo que no puede acceder a ella y que lejos de reciclarla la hacinaría junto a otras en algún almacén con nombre extranjero. Confieso que el vídeo me hizo llorar, hablaba de mí, de todos, contaba aquello a lo que no quiero poner palabras, lo que guardo en una mirada intensa, de éxtasis, dolor, furia, o desamparada, vulnerable, frente al mar. Lo que cabe en un gesto de derrota, cuando uno se desmorona, vencido. Hablaba de quebrarse gritando al infinito sin audiencia, de romperse en mil pedazos en una noche de pánico. También de la gloriosa sensación de flotar, de estar por encima de las nubes de la razón, la excelencia de remontar, de alzarse, de conquistar un lugar anhelado, de preservar, preservarse, de volver a la vida una y otra vez, con un gesto de desafío, tercamente, mientras las heridas se cierran, las cicatrices se atenúan, y todo parece comenzar de nuevo, en un frenesí de contradictorias opciones.

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Riesgos

Lo dijo Antoine de Saint-Exupéry en “El principito”, lo grita la Experiencia cuando se rebela ante quien la mantiene secuestrada para las situaciones duras. Sabe perfectamente que más vale haber vivido que no experimentar nada que duela y de vez en cuando estalla sobre quien la convierte en un vulgar diario, un simple inventario de sucesos. La aplaudo incluso en sus versiones más sádicas, en los más sofisticados y refinados remordimientos que pueda padecer, por su culpa, un ser humano que ha dejado pasar un tren más, que debía haber cogido. Hoy es un buen día para rebelarse. En cualquier idioma.

“Of course I’ll hurt you. Of course you’ll hurt me. Of course we will hurt each other. But this is the very condition of existence. To become spring, means accepting the risk of winter. To become presence, means accepting the risk of absence”. (Antoine de Saint-Exupéry, The Little Prince)

(“Por supuesto que te haré daño. Por supuesto que me harás daño. Por supuesto que nos haremos daño unos a otros. Pero esta es la condición misma de la existencia. Llegar a ser primavera, significa aceptar el riesgo del invierno. Llegar a ser presencia, significa aceptar el riesgo de la ausencia.”)

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A la memoria de un Piantao

El mundo homenajea hoy a Julio Cortázar. Si hubiera tenido una vida tan larga como algunos monjes budistas todavía estaría hoy sorprendiéndonos con alguna palabra, incluso a sus cien años. Pero no hemos tenido la suerte de contar con él más tiempo y así sucede, que cuantos hemos leído con calma alguno de sus escritos o muchos de ellos, no podemos sino pensar que si existe otra vida y allá se han ido todos a quienes hemos admirado o querido, será un lugar maravilloso y no habrá que temer cuando ésta termine. De Cortázar me gustó siempre su ternura, envuelta en los más inverosímiles cauces. No voy a reproducir un fragmento de ninguna de sus obras emblemáticas, ni de sus maravillosas instrucciones para todo tipo de delirios y magias, ni siquiera la actividad de sus afanosos cronopios o famas. De Cortázar me fascina el verbo desafiante, el inesperado giro, el tierno abrazo. Le recuerdo hoy con “Tala”, un poema que adoro, también con una fotografía que guardo hace tiempo y siempre he tenido cerca y con el cariño del lector que se ha conmovido tantas veces leyendo su obra.

TALA

Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito las uñas y dientes y le completo el peso.
No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan las palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera de todo,
déjeme como un hueco, o una estaca.
Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, eso boy.scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,
puede ser que sin vos diga tu nombre cierto
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura.

Cortázar (1)

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Un miedo, un cuento (1)

Lo cierto es que muchas noches la habitación parece plegarse lentamente en una esquina. Como si todo el mobiliario necesitase fugarse para apelotonar un rincón y dejar desnudo al resto del cuarto. Es esa otra superficie la que me inquieta, tres cuartas partes de un espacio que empieza siendo familiar cuando las mantas me arrebujan y pierde cualquier posible referencia conocida en cuanto hago revisión de mis esfuerzos fallidos para lograr algo que ahora mismo necesito en lo más básico; me angustio, me repongo, y piso un freno invisible antes de que la cosa vaya a más. Es esa oscuridad incierta, donde todas las posibilidades caben holgadamente, desde las más descabelladas a las más inocentes, donde intento mantener el humor cuando me asalta un ¿y si..? demoledor que parece no tener una respuesta blanca, confortable; es en ese lugar sórdido de la madrugada, antes del primer sueño, cuando sería genial que Benedict Cumberbatch me contase un cuento (a falta de otra cosa). Y mira por dónde, después que no digan que algunos sueños no están hechos para cumplirse.

Que el cuento no nos desanime a pedir ayuda cuando sea necesaria. Si algo he aprendido en este último año es que nada es tan exclusivo, tan insondable, como para cargar nuestros hombros con un peso que puede repartirse. Yo le daría un pedazo de pan al perro, al gato y a la rata. A cambio de una historia interesante, algo que cueste contar y que por ello sea más valioso.

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Viajar por Dathanna (de Solomon Grey)

Cuántas veces uno preferiría aferrarse al sonido de la tierra, del aire, del majestuoso brío del mar, esos pequeños tintineos que trae la brisa, tantas veces imaginados o soñados. Y con ellos el olor dulce de una raíz que se deshace entre los dedos, de unas hierbas aromáticas bamboleándose con suavidad al viento, impregnando el camino de lo que serán recuerdos futuros. Cómo agradecer al infinito los prados, los acantilados, la ola de sol que se desplaza veloz sobre los campos, sombreando a su paso un pequeño espacio que corre, que vuela, que se regocija con el pequeño juego de planear, conquistar, deleitarse en un gran salto sobre el musgo, sobre las rocas, sobre la espuma en la que se despereza el océano. Y si bajo el sol, ante la grandeza del espectáculo de un horizonte eterno se escucha un violín, un poema, una campana lejana de un barco hundido, voces que narran, otras que traen el canto de los ancestros, un kalimba, una gaita, un suspiro, una risa, y todo ello está en una tierra con la que los gallegos nos hermanamos, en un viaje cromático por la costa atlántica, en un video, en el testimonio de Solomon Grey, músicos y poetas, entonces solo nos queda disfrutar. Como si hubiésemos estado allí, en cada pequeño latido de los colores de Irlanda.

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Ni otras nieves ni ninguna. Aireando la casa.

Resulta imposible dejar de volver a mi refugio en la nieve, no he puesto los pies en él durante medio año (aunque sí la cabeza). Es la primera vez que lo hago, alejarme, pero no lo he estado tanto como para no volver aquí siempre que lo he necesitado. Tuve que poner el cartel de “Privado” para mantener la página invisible mientras estaba ausente. Cuando quieres algo, aunque solo sea un espacio nevado, tienes que cuidarlo con mimo. O al menos esa es mi idea de un hogar, y era imposible hacerlo desde la distancia. Todavía me queda un trabajo de limpieza ahora a la vuelta, quitar telarañas, encender luces, abrir ventanas, pero vuelvo a casa, mi casa, la de todos aquellos que llamaron a mi puerta cuando yo no estaba. No he podido evitar recordar aquello de “más de una mano en lo oscuro me conforta, y más de un paso, siento marchar conmigo.. ” de Silvio Rodríguez en “La vergüenza”. Gracias a esas manos y también, como dice Silvio, a los muertos que alumbran los caminos. Yo tengo los míos, siempre en el recuerdo.

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El arte de llevar un paraguas estos días en el norte

Arte, desafío, melodía orquestada, no todos los movimientos han de ser un torpe intento de mantener el rumbo, ni podemos usar cualquier paraguas. Son días de emergencia, de excepción, nos azota hoy sí y mañana también una ciclogénesis explosiva, por aquí se vuela, señores. Pero hasta volar puede hacerse con gracia, si uno lleva bien el timón. Pulso firme, vista al suelo, la danza la marca el viento. Por momentos llevamos una vela, en otros nos tapa un muro, vamos cambiando el paraguas de mano, escorándolo, concentrados. Tan pronto esquivamos un pequeño huracán por la izquierda, como un remolino que se desata de golpe desde atrás. Y entre maniobra y maniobra el ángulo del bastón va cambiando y por momentos es casi horizontal, dan ganas de echarse unos pasos de claqué, a salvo de la bocanada de aire que nos hostiga de cintura para abajo. Cerca de nuestro destino entramos en un cruce de caminos y oh, desgracia, el tejado de nuestro refugio se da la vuelta unos segundos. No es bueno que pierda la confianza, que se sienta amenazado. Poco antes nos protegía, orgulloso y así debe seguir, sin entrar en pánico. Por eso hay que devolverlo a su estado, girar con rapidez y con el próximo empujón del viento inflar su tela. No vienen mal unas palabras de ánimo, una caricia a la empuñadura llamándole valiente. Al fin y al cabo por el camino no hemos visto más que pobres camaradas suyos, despeñados por los terraplenes, desvarillados en contenedores, enrollándose descontrolados en un rulo de aire furioso. Jabato- le susurro yo al mío cuando llegamos al portal de casa, mientras lo cierro con cariño- la próxima vez te llevo yo..

chica paraguas

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