A MÍ ME GUSTA QUE ME QUIERAN COMO SOY

En la serie la chica llega a un piso que no es el suyo, abre con una llave que saca de un agujero cerca de la puerta y llama sin éxito al inquilino desde la cocina, bromeando con irse si no aparece pronto. Pero él lo hace, sonriendo, con un móvil en la mano. Le falta una pierna pero una prótesis metálica le nivela. Es cuando la mira y coge sus manos, cuando esta canción suena y terminan el episodio bailando. “Amo el sentir de la fiebre en los dedos”. No imaginabas que esta música que nunca escuchas pudiese hacer desaparecer el día, podría decirle él a ella, mover tus pies serpenteando con gracia, mientras este espacio que nos rodea es un oasis, una catarata, es un juego de luces, un lago encantado, un círculo de velas brillando en la arena a nuestro alrededor. “Amo el amor cuando al amar te aloca”. A quién le amarga una buena pasión a tiempo, quizá contestaría ella, sí, a mí también me gusta que me quieran como soy, pensaría enganchada en su mirada franca. Especialmente al final de un día de mierda.

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INFINITOS

Quizá sea una pretensión exagerada esperar que la gente sea amable, que se cedan el paso, que nivelen el codo del que se cae, que abran la puerta al que llega cargado. Me gusta pensar que todavía puedo vivir en un mundo donde nuestras diferencias como personas no nos enfrentan. Apoyo sin ninguna duda al oprimido, al débil, al emprendedor, al que se queda sin recursos tras luchar por lo que necesita. Me enternece que la fuerza de un individuo sea visible a veces a través de su vulnerabilidad. Hombres, mujeres, para mí son entes, vidas, seres humanos que pueden aliarse para conseguir objetivos universales. Creo que deberíamos trabajar más el concepto de grupo, luchar por el bien común, inculcar desde la infancia el respeto al prójimo, a la experiencia, dar un soplo de aire fresco a las relaciones sociales, más allá de los dispositivos. Y ya puestos, recuperar las reuniones de familia, las tertulias tras la comida, los juegos de mesa, las fotos en papel. El tiempo de calidad, las historias de quien nos precede. Me cansa bastante el yo-yo-yo de tantos discursos, la individualidad como bandera, escuchar barbaridades sobre algunas personas solo por su género. Exploremos el alma en abstracto, las posibilidades de hacer piña con otra gente, solo por lo que y cómo son.

 

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LA ESPERA

Las primeras sombras de la noche contrastan con la luz intensa de la entrada, donde la han dejado. En su silla de ruedas, cubierta hasta el cuello con una manta, escruta, confusa, cada rostro que circula frente a ella. Cualquiera puede ver que apenas la han peinado. Que la bata verde que sobresale del envoltorio en el que se ha convertido, tuvo mejores días. Que incluso si contemplase a la persona que la ha aparcado en esa esquina, no la reconocería. Su boca se curva con la misma incógnita que ladea su cabeza. Su mirada es un penoso cruce de caminos, el ceño fruncido, la piel ajada. No muestra sus manos, que uno imagina tan inquietas como el miedo que la sacude por momentos, mientras fija la vista en todos los que desfilan por la caja del supermercado, embolsando la compra. Zoom al movimiento de sus hombros en un llanto incipiente. A la desolación de la cajera cuando de un vistazo a su reloj, comprende. A la cadena que inmoviliza su silla por detrás, como un carro más. Al perro que lamía sus pies, a su lado, y su dueño recoge ya, con amor.

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BUSCANDO

Dicen que en el amor como en la guerra todo vale, pero ello no nos garantiza una victoria. Algunos buscan toda su vida y nunca encuentran y otros intentan encontrar donde no hay nada que merezca la pena una búsqueda. Lo cierto es que el que no pone empeño de su parte puede esperar a que la Divina Providencia se pronuncie, tarde lo que tarde y sus necesidades románticas se unan a las vitales, compartiendo frustración cuando las cosas simplemente no lleguen. Solo tenemos una vida y a veces parece que no da para nada. Otras en cambio, una se maravilla de cómo se han ido intercalando las luces y las sombras, las búsquedas y los tiempos de espera, la lucha y los momentos de lamer las heridas, la incertidumbre y la fuerza. Cuando tras todo lo vivido el resultado premia el esfuerzo realizado y además, en el camino, cuando levanto una mano, ya sea con alegría o desconsuelo, otra viene a mi encuentro y encaja a la perfección entre mis dedos.

 

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DOS VECES

Por más que la Realidad ancle a mi madre a la cama donde perdió ayer la vida en su vejez, no puedo evitar verla corriendo con quince años por un campo exuberante en primavera. Una infinita extensión de flores amarillas, entretejidas sobre un verde luminoso, todo lo es en mi ensoñación. Su melena rubia adolescente, la blancura y suavidad de su piel de niña-mujer. Aquí corre descalza con una blusa blanca que se infla por momentos. Con una falda de vuelo color tabaco que se ajusta a su estrecha cintura y le llega a las rodillas. Son sus pasos un baile de luz, armónicos, como si acariciase la tierra. Le rodea el cuello un largo pañuelo blanco que flota tras ella junto a su cabello. Jodida Realidad que juegas a trastocar esta imagen de libertad y fantasía, tengo los datos frescos, no necesito volver al escenario del dolor, al suyo y al nuestro contemplando su mirada tapiada, su ceguera vital de la última década. La primera vez que la perdimos, en 2008, la dejaste sin memoria, sin identidad, sin posibilidad de defensa. Hija de puta. Podías haber elegido a cualquier ser despreciable de los que pueblan el mundo en su lugar. Mi madre no pudo ser más dulce, más entregada, más entrañable. Qué valentía, llevarte su cuerpo ahora. Pero sobre todo, qué bajeza incluir en el lote el corazón de mi padre. Tan pronto mira de forma hipnótica la fotografía de su boda, sesenta y dos años atrás, como apoya la cabeza sobre las manos, vencido, con la certeza de que ha perdido el rumbo, de que su horizonte se ha despedazado. Mientras tanto mi madre corre en mi mente, despreocupada, por ese campo soleado al que ya no tienes acceso Realidad, alegre, joven, ligera en su nueva vida. Allá nos espera cuando nos llegue el momento. Cuando todo esto se haya acabado. Beso cada segundo de su memoria.

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EDÉN (Fotografías Urbanas)

Cuando era adolescente y soñaba con jornadas maratonianas de sexo con el amor de mi vida pensaba que mis abuelas viudas, por ejemplo, podían tener unas vigilias nocturnas muy interesantes, simplemente recordando sus experiencias sexuales. Como si el ardor, el juego, la excitación de los inicios no se hubiera disipado en toda una vida de esfuerzos, soledades y frecuentes penurias. También imaginaba las mías, noches en mi vejez en las que, por supuesto, me encaramaría en la barriga redonda de mi pareja (liderando el momento) y le regalaría unos guiños obscenos que nos llevarían a una sonrisa, a una risa, a una carcajada, a una caída de la cama quizá, en la que con suerte no perderíamos la dentadura postiza. Y aunque era muy excitante imaginarme con 80 años, seduciendo una vez más a un hombre que me miraría con más amor que deseo, lo que realmente me divertía era la coreografía del desastre. La rodilla de uno que impactaba sin querer en las costillas del otro, en un intento de nivelarse y sujetar el cuerpo que se le venía encima y con el que ya caía aparatosamente sobre la alfombra. Lágrimas descontroladas, quizá algún pedo entre jadeos o un moco inoportuno, todo ello en un caos divino donde sería imposible pronunciar una palabra, hasta que la barriga se ablandase tras el silencioso e incesante repiqueteo de risas al vernos expuestos a la calamidad de una caída tan patosa como tierna. Solo quien ha amado mucho reconoce en esa mirada cómplice del descalabro la esencia, la razón de ser, el origen del sentimiento que da sentido a una vida. Cuando yo era joven solo deseaba recorrer lentamente ese camino de varias décadas, como mis padres, y adorar cada pequeña arruga del rostro de ese hombre que ya de pie, tiraría de mí con cariño hacia la cama y con el que dormiría abrazada más tarde, con un rastro de suave euforia flotando en mi boca. (Zoom a las manos entrelazadas, al ronquido bajo de fumador del hombre, a la tenue línea de luz anaranjada que la farola de la calle proyecta sobre el techo del cuarto, a la dentadura de ella dentro del vaso)

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VERDADES

La verdad está sobrevalorada, piensa mucha gente. Hay quien prefiere ponerse las gafas de no ver, las de perder de vista cualquier realidad que lleve al mismo punto, al del dolor, al del recordatorio permanente de lo que no funciona. En la serie él quiere contarle su verdad pero ella está débil, en una cama de hospital, y la doctora le ha pedido que no la someta a ningún estrés. Al bebé todavía le quedan tres meses para llegar al mundo, y la palabra absoluto que recalca se refiere no solo al descanso físico que ella debe seguir sino al emocional. Mientras tanto él se ahoga en su verdad pero lo prefiere a hacer daño a la mujer que más quiere. Han prometido ser abiertos, dejar que el otro tenga acceso total, no más muros alzados. Por eso, cuando ella intuye que algo no va bien y pregunta, él baja el rostro y besa la piel tras la que su hija pelea por la vida. No es momento para verdades, él se pondría al final además, en la lista de prioridades. Entonces ella le pide que diga algo sincero, desde el corazón. Y él contesta que la ama. Puede que no sea la misma verdad que le ahoga pero es cierta también, es blanca, honesta y genuina. Suficiente, por ahora, mientras no llegue el momento de afrontar otras situaciones más duras, que desgraciadamente, también son verdades.

 

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