EDÉN (Fotografías Urbanas)

Cuando era adolescente y soñaba con jornadas maratonianas de sexo con el amor de mi vida pensaba que mis abuelas viudas, por ejemplo, podían tener unas vigilias nocturnas muy interesantes, simplemente recordando sus experiencias sexuales. Como si el ardor, el juego, la excitación de los inicios no se hubiera disipado en toda una vida de esfuerzos, soledades y frecuentes penurias. También imaginaba las mías, noches en mi vejez en las que, por supuesto, me encaramaría en la barriga redonda de mi pareja (liderando el momento) y le regalaría unos guiños obscenos que nos llevarían a una sonrisa, a una risa, a una carcajada, a una caída de la cama quizá, en la que con suerte no perderíamos la dentadura postiza. Y aunque era muy excitante imaginarme con 80 años, seduciendo una vez más a un hombre que me miraría con más amor que deseo, lo que realmente me divertía era la coreografía del desastre. La rodilla de uno que impactaba sin querer en las costillas del otro, en un intento de nivelarse y sujetar el cuerpo que se le venía encima y con el que ya caía aparatosamente sobre la alfombra. Lágrimas descontroladas, quizá algún pedo entre jadeos o un moco inoportuno, todo ello en un caos divino donde sería imposible pronunciar una palabra, hasta que la barriga se ablandase tras el silencioso e incesante repiqueteo de risas al vernos expuestos a la calamidad de una caída tan patosa como tierna. Solo quien ha amado mucho reconoce en esa mirada cómplice del descalabro la esencia, la razón de ser, el origen del sentimiento que da sentido a una vida. Cuando yo era joven solo deseaba recorrer lentamente ese camino de varias décadas, como mis padres, y adorar cada pequeña arruga del rostro de ese hombre que ya de pie, tiraría de mí con cariño hacia la cama y con el que dormiría abrazada más tarde, con un rastro de suave euforia flotando en mi boca. (Zoom a las manos entrelazadas, al ronquido bajo de fumador del hombre, a la tenue línea de luz anaranjada que la farola de la calle proyecta sobre el techo del cuarto, a la dentadura de ella dentro del vaso)

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VERDADES

La verdad está sobrevalorada, piensa mucha gente. Hay quien prefiere ponerse las gafas de no ver, las de perder de vista cualquier realidad que lleve al mismo punto, al del dolor, al del recordatorio permanente de lo que no funciona. En la serie él quiere contarle su verdad pero ella está débil, en una cama de hospital, y la doctora le ha pedido que no la someta a ningún estrés. Al bebé todavía le quedan tres meses para llegar al mundo, y la palabra absoluto que recalca se refiere no solo al descanso físico que ella debe seguir sino al emocional. Mientras tanto él se ahoga en su verdad pero lo prefiere a hacer daño a la mujer que más quiere. Han prometido ser abiertos, dejar que el otro tenga acceso total, no más muros alzados. Por eso, cuando ella intuye que algo no va bien y pregunta, él baja el rostro y besa la piel tras la que su hija pelea por la vida. No es momento para verdades, él se pondría al final además, en la lista de prioridades. Entonces ella le pide que diga algo sincero, desde el corazón. Y él contesta que la ama. Puede que no sea la misma verdad que le ahoga pero es cierta también, es blanca, honesta y genuina. Suficiente, por ahora, mientras no llegue el momento de afrontar otras situaciones más duras, que desgraciadamente, también son verdades.

 

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GUARIDAS

En un día en el que, a algunos que amamos, nos cabe una fiesta en la sombra de la sonrisa, en los destellos, en el saquito de emociones que se salvan de la criba, yo le brindo el amor pasado a ellos. A aquellos cercanos, tan especiales, que iluminaron mi lado oscuro con sus latidos. Bien lo dijo Juan Gelman, el poeta. No puedo oír sus voces, pero en lo hondo de mi corazón, en su guarida, oigo sus pasos. El beso más tierno para esa manadita de pisadas que camina siempre conmigo. El amor presente y el futuro te lo brindo a ti, ¿cómo te quedas? Yo que no soy de planear, tirando un ancla.. También tú viste el silencio en mis días de tormenta. También quebraste en trozos pequeños, todo mi vacío interno. Que se repita la historia si es para vivir en una eterna primavera nevada. Por muchos años.

 

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LA CULPA

En nuestra conversación de hoy la anciana me dijo que solo quería morirse de una vez y que le perdonasen por sus pecados. A buen lado va, querida, pensé desde mi posición de absoluto ateísmo, si le han tratado de pena hasta ahora no va a conseguir que un jurado divino la considere mejor persona. “¿Ha sido mala, entonces?”, le pregunté con suavidad, distraída, sin creer ni por un momento que aquel pedazo de pan pudiera haber hecho daño a alguien en su vida. “Yo creo que no, pero siempre me han ido abandonando”. Entonces sí consiguió mi total atención. Y me dieron ganas de abrazarla, acunarla un rato como a una niña pequeña y susurrarle al oído  “Quien tiene que perdonar es usted, doña Asunción, pero no lo haga. Deje que todos aquellos que abusaron de su amor, su confianza y sus mejores intenciones se quemen en el fuego de su mísera existencia. Y váyase a ese cielo despejado, cuando le llegue el turno, con la conciencia tranquila. Si le toca ser paisaje por ahí arriba sea usted un campo florido y hermoso. Y deje que le acaricie el viento, siéntase importante así”.

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TRES O CUATRO COSAS

     A veces creo que la felicidad es como un abrazo errante que acaba encontrándonos simplemente, envolviéndolo todo. Nada de trabajarla, de obligarla a ser sino vivir un día a día en el que prime lo realmente importante, tres o cuatro cosas que copen todos los puestos en el ranking de prioridades. Y dormir con una sonrisa, un cuerpo querido a la espalda y mucha vida para compartirla con quien realmente lo vale.

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MAÑANA

Siento un deseo irracional de llorar cuando escucho esta canción. Algo me golpea a fondo y no es exactamente tristeza sino esa euforia que parece replegarse unos segundos, cogiendo carrerilla antes de explotar sobre uno como una lluvia efervescente. Hace años me gustaba regalarle a la gente especial el segundo previo a una ovación, ese instante en el filo, antes de sentirse arrasados por la admiración ajena. He querido terminar este pensando en el futuro, en mañana y sintiendo amor. Agradecer los buenos momentos que compartí en 2018 con los cercanos, en persona, por teléfono o en ese limbo inquietante de los mensajes donde algunos son gigantes y la tierra de nadie es la de todos, realmente. Agradecer también a mis compañeros del colegio por el reencuentro, la sensación de que pertenecemos a un mundo perdido que nunca se ha disuelto en nuestro recuerdo. Y desear a toda la gente de bien que el nuevo año les haga más fuertes, felices y todavía puedan ser amados muchos años más.

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LA CARGA

           Querido Nat:

      Sé que no esperas esta carta, jamás he ocupado un lugar en tu zona de emergencias, perdóname la crueldad. Han sido demasiados años amainando el terror ajeno, cubriendo cada sospecha, cada certeza, con una suave caricia. La comprensión en primer lugar, el refugio a continuación. Tú sabes bien lo que ocurre, cuando ya no tenemos nada que perder; incluso aunque tu cáncer no sea más que una rémora que morirá contigo de alguna otra enfermedad. Al diablo la nostalgia, las medias tintas, nuestro discurso no es más que azúcar en los labios. En cuanto la gente sale de su letargo y vuelve a su vida recibe una bofetada de realidad en la que ya no nos está permitido intervenir. Acaso yo prefiera instalarme de forma permanente en un lugar de no retorno y este sea el parteaguas, mi oportunidad para desaparecer con dignidad y no llegar a ser nunca en casa la carga.

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      Nada nos garantiza la inmunidad. Ni trabajar con el descalabro humano, ni proporcionar a los demás una interpretación fiable del mapa de su futuro, intrincados caminos que alumbramos para ellos con suaves destellos, aunque sin excepción conduzcan al mismo agujero insondable, al que llegarán anulados, perdida la mínima habilidad en el control de sí mismos. Los desvelos, la calma, la interpretación del sufrimiento, todo ello empieza a quedar atrás para mí porque yo sí conozco lo que hay tras cada curva en adelante, las paradas intermedias, antes del pequeño gran final. ¿Recuerdas aquella paciente, la mujer que aseguraba que alguien le había extirpado el futuro de su mente y no atendía a razones? Nos conmovió su protesta, que adivinase en su demencia que el tiempo se había acabado, la sencillez con la que podía renegar de cualquier consuelo, palabras vacías para quien tiene ya incrustada una fecha de caducidad; para quien anticipa, abandonada la lucha, que su deterioro será una cuenta atrás implacable e irreversible. Subestimamos la intuición en ocasiones, alguna gente tiene su propio radar acoplado al miedo. Mi conocimiento de la enfermedad como profesional apenas deja algún interrogante sin cubrir, la tristeza y la necesidad de atar todos los cabos me llevan a escribirte esta carta, mi amor, mi compañero, antes de desaparecer por completo en mi interior.

         Tantas veces hemos hablado del compacto, ese espacio donde el dolor se suelda a sí mismo, se funde suceso a suceso, se engrosa y va adquiriendo volumen, anidando en algún lugar sensible en nuestras vísceras, a buen recaudo. Una bola pesada con la que cargamos, más allá de nuestra propia comprensión, llena de renuncias, gritos nunca proferidos, lágrimas exhaustas que se han evaporado con la desesperanza de quien no alberga un cambio. Una amalgama neutra de un incierto gris melancolía, causante de días a la deriva, terrores nocturnos, sensaciones de rechazo; cuando uno no cabe en su piel y necesita correr despavorido, incendiar la angustia, mientras una garra al cuello le aprieta dejándole sin aire, indefenso. Un día tropieza en la calle, se hace una simple raspadura en la rodilla y con las tres lágrimas que asoman a sus ojos ahoga un gemido y solo en su mente se tumba en la acera, como si durmiera, con un llanto incontrolable, por todo. Hemos sobrellevado nuestro propio tormento, Nat. Serpenteando primero un largo camino de sinsabores y alegrías extremas, siempre en el filo. Después tu diagnóstico y apenas unos meses más tarde, la muerte de Joel, nuestro amado hijo. Intenté remontar con rapidez, por ti, para sentir bajo los pies también una firmeza que necesitaba. La gente me felicitó por ello, hasta yo lo hice. «Resistir ha sido mi mayor logro», podría ser mi pomposo epitafio, si no fuera una patética mentira.

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      ¿A quién quise engañar? Nunca he olvidado su rostro apacible en el asiento de atrás, la cabeza ladeada, apenas un reguero de sangre en su sien izquierda, el gesto descansado, casi sonriente. Al accidente le debemos algunos achaques crónicos que nos permitieron, sin embargo, seguir adelante, pero arrastramos desde entonces una cojera emocional que escondemos al mundo. Te he oído sollozar en el sótano, cuando te encierras a hacer algún trabajo. Un sonido filoso, entrecortado, que llega hasta mí a hurtadillas y explota en mi oído como un alarido. También yo me desgarro a solas, conduciendo interminables horas en días lluviosos. Me tranquiliza que el coche se mueva a bandazos, esquivar alguna luz cercana, escuchar un claxon destemplado, pensar que vuelve a ser aquel día y quien no despierta soy yo pero salvo a mi hijo. Joel. Mi dulce ángel. Su tutor en la universidad le auguraba un futuro increíble. ¿Recuerdas los trucos de magia que nos obsequiaba cuando era un crío? Todavía puedo verlo, con aquella chistera negra y tu bata larga de satén. ¿Por qué la sonrisa es lo último que olvidamos en la gente? Si vuelvo atrás en el tiempo puedo verlo cada año de su vida, escuchar su voz aflautada de niño mientras jugaba al baloncesto con su hermana en el patio; la vehemencia, las risas al encestar más canastas que ella, Marta, la larguirucha. Le echo de menos, Nat, no pude dejar los antidepresivos, siento haberte mentido. Los tomo en el despacho, antes de hacer la ronda en el hospital.

      Mentí también cuando me negué a hacerme las pruebas, tú lo viste antes que nadie, con los primeros síntomas. No quise involucrarte hasta confirmar nuestras sospechas y ahora que lo he hecho por mi cuenta no puedo sentirme más inútil, más desleal, perdóname. Es difícil establecer cuándo empezarán a apagarse las luces principales pero ya a veces me confunde lo que me rodea. No es solo el olvido, lagunas en lugares cotidianos que tú has presenciado, sino la sensación de que no encajo en mi propio cuerpo y algo amenazante me enfunda lentamente, llenándome de incertidumbre. He visto en los ojos de muchos enfermos el mismo desconcierto que me devuelve mi imagen del espejo. Un túnel que no conduce a ningún lugar. No quiero para Marta esa tortura, sé que ella se echaría encima el trabajo de cuidarme. Que lo haría con el obsesivo rigor que lleva a cabo todo, exigiéndose cada día más de lo que puede dar. En el lógico orden de las cosas los padres debemos ser el bastión, el asidero, la respuesta a las dudas, la fuerza. No soportaría perder la mía, convertirme en un ser ausente, desorientado, al que hay que limpiar la baba mientras balbucea sin control; o descargar mi ira en ella, en cuanto empiecen la agresividad, las acusaciones, la repetición de palabras. Ambos sabemos lo duro que puede llegar a ser para el cuidador. La injusta culpabilidad del que cada día pone su mayor empeño en lo que hace pero aún con ello no puede evitar que le rompan los nervios, y de paso el corazón. Ni sucumbir a la tensión, gritar el rechazo de unos segundos malditos que se volverán en su contra, golpes certeros que encajará mientras secretamente mantiene el deseo de que esa persona se muera cuanto antes, desaparezca de su vida de una vez, aunque la carga asumida hasta el momento pase a formar parte del compacto. Quiero ser un recuerdo feliz en su vida, que acepte esta despedida como lo que es, un acto de amor. Hacia ti, hacia ella, hacia mí. Acudir a su mente en momentos sencillos, nostalgias quizá de otros tiempos, nuestras charlas durante horas en su cuarto, las comidas familiares, o los orgullosos aplausos que le hemos brindado, en la primera fila del teatro, en días de estreno. Tuvimos buenos hijos, Nat, qué injustificado estuvo el miedo cerval de los inicios. Solo había que dejarse llevar, ser natural, amar.

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      Si pudiera empezar de nuevo insistiría en aquella loca idea de la vendimia en Francia, al poco de hacernos novios. Nada de ceder a las presiones de nuestros padres, viajaríamos en el tren de la noche, según lo previsto. ¿Te imaginas? Una vida marcada desde el segundo cero por nosotros, recorriendo en moto el norte del país en verano, como el año en que acabamos la carrera. Me gustaba recostar la cabeza en tu espalda mientras conducías, el cabello al viento, abandonarme a la exquisita sensación de libertad que me producía estar a tu lado, escuchar tus latidos fuertes, retumbando en mi oído. Todo mi mundo, lo que anhelaba en la vida, estaba en aquel breve espacio que abarcaban con fuerza mis brazos. No imaginas cuántas veces volví al pasado a esconderme en uno de aquellos instantes, a apretarme contra ti, buscando calor. Nunca tuve la menor duda de que tú eras el elegido, el único posible para mí. Incluso cuando nos distanciamos, el año que viajaste a Berlín con la beca de investigación y no pude conseguir mi excedencia para acompañarte con los niños. A tu vuelta no eras el mismo, hubo tensiones, silencios incómodos, noches en las que, de espaldas en la cama evitábamos el mínimo roce, como si fuésemos desconocidos. Asistir sin prisa al nuevo juego de la seducción fue estimulante, volver a conocernos, más audaces que hasta entonces, conscientes de haber perdido un año de la vida del otro. La primera vez que eché la mano hacia atrás en un duermevela para acariciarte antes de dormir y la tuya vino a mi encuentro, como antes, sentí que el círculo se cerraba. Que por fin estabas en casa.

       No quiero que veas cómo me convierto en un cuerpo sin voluntad, en un pedazo de nada. Hemos sido tan felices, dejémoslo en esto. En el «hasta aquí». No haré ninguna locura, ni me iré con estridencias. Pasemos la noche juntos, de recuerdos, de intercambios. No quiero morir reventando el coche contra una cuneta un día de lluvia, sino en casa. Cerca de ti, de Marta, dormir un sueño tranquilo, infinito, que nos reporte paz a todos, más allá del dolor. Concédemelo, Nat. Hacedlo los dos.

Con amor,

                        Vincent

 

Publicado en Como Marisa López en Shangrila | 2 comentarios