LA CARGA

           Querido Nat:

      Sé que no esperas esta carta, jamás he ocupado un lugar en tu zona de emergencias, perdóname la crueldad. Han sido demasiados años amainando el terror ajeno, cubriendo cada sospecha, cada certeza, con una suave caricia. La comprensión en primer lugar, el refugio a continuación. Tú sabes bien lo que ocurre, cuando ya no tenemos nada que perder; incluso aunque tu cáncer no sea más que una rémora que morirá contigo de alguna otra enfermedad. Al diablo la nostalgia, las medias tintas, nuestro discurso no es más que azúcar en los labios. En cuanto la gente sale de su letargo y vuelve a su vida recibe una bofetada de realidad en la que ya no nos está permitido intervenir. Acaso yo prefiera instalarme de forma permanente en un lugar de no retorno y este sea el parteaguas, mi oportunidad para desaparecer con dignidad y no llegar a ser nunca en casa la carga.

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      Nada nos garantiza la inmunidad. Ni trabajar con el descalabro humano, ni proporcionar a los demás una interpretación fiable del mapa de su futuro, intrincados caminos que alumbramos para ellos con suaves destellos, aunque sin excepción conduzcan al mismo agujero insondable, al que llegarán anulados, perdida la mínima habilidad en el control de sí mismos. Los desvelos, la calma, la interpretación del sufrimiento, todo ello empieza a quedar atrás para mí porque yo sí conozco lo que hay tras cada curva en adelante, las paradas intermedias, antes del pequeño gran final. ¿Recuerdas aquella paciente, la mujer que aseguraba que alguien le había extirpado el futuro de su mente y no atendía a razones? Nos conmovió su protesta, que adivinase en su demencia que el tiempo se había acabado, la sencillez con la que podía renegar de cualquier consuelo, palabras vacías para quien tiene ya incrustada una fecha de caducidad; para quien anticipa, abandonada la lucha, que su deterioro será una cuenta atrás implacable e irreversible. Subestimamos la intuición en ocasiones, alguna gente tiene su propio radar acoplado al miedo. Mi conocimiento de la enfermedad como profesional apenas deja algún interrogante sin cubrir, la tristeza y la necesidad de atar todos los cabos me llevan a escribirte esta carta, mi amor, mi compañero, antes de desaparecer por completo en mi interior.

         Tantas veces hemos hablado del compacto, ese espacio donde el dolor se suelda a sí mismo, se funde suceso a suceso, se engrosa y va adquiriendo volumen, anidando en algún lugar sensible en nuestras vísceras, a buen recaudo. Una bola pesada con la que cargamos, más allá de nuestra propia comprensión, llena de renuncias, gritos nunca proferidos, lágrimas exhaustas que se han evaporado con la desesperanza de quien no alberga un cambio. Una amalgama neutra de un incierto gris melancolía, causante de días a la deriva, terrores nocturnos, sensaciones de rechazo; cuando uno no cabe en su piel y necesita correr despavorido, incendiar la angustia, mientras una garra al cuello le aprieta dejándole sin aire, indefenso. Un día tropieza en la calle, se hace una simple raspadura en la rodilla y con las tres lágrimas que asoman a sus ojos ahoga un gemido y solo en su mente se tumba en la acera, como si durmiera, con un llanto incontrolable, por todo. Hemos sobrellevado nuestro propio tormento, Nat. Serpenteando primero un largo camino de sinsabores y alegrías extremas, siempre en el filo. Después tu diagnóstico y apenas unos meses más tarde, la muerte de Joel, nuestro amado hijo. Intenté remontar con rapidez, por ti, para sentir bajo los pies también una firmeza que necesitaba. La gente me felicitó por ello, hasta yo lo hice. «Resistir ha sido mi mayor logro», podría ser mi pomposo epitafio, si no fuera una patética mentira.

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      ¿A quién quise engañar? Nunca he olvidado su rostro apacible en el asiento de atrás, la cabeza ladeada, apenas un reguero de sangre en su sien izquierda, el gesto descansado, casi sonriente. Al accidente le debemos algunos achaques crónicos que nos permitieron, sin embargo, seguir adelante, pero arrastramos desde entonces una cojera emocional que escondemos al mundo. Te he oído sollozar en el sótano, cuando te encierras a hacer algún trabajo. Un sonido filoso, entrecortado, que llega hasta mí a hurtadillas y explota en mi oído como un alarido. También yo me desgarro a solas, conduciendo interminables horas en días lluviosos. Me tranquiliza que el coche se mueva a bandazos, esquivar alguna luz cercana, escuchar un claxon destemplado, pensar que vuelve a ser aquel día y quien no despierta soy yo pero salvo a mi hijo. Joel. Mi dulce ángel. Su tutor en la universidad le auguraba un futuro increíble. ¿Recuerdas los trucos de magia que nos obsequiaba cuando era un crío? Todavía puedo verlo, con aquella chistera negra y tu bata larga de satén. ¿Por qué la sonrisa es lo último que olvidamos en la gente? Si vuelvo atrás en el tiempo puedo verlo cada año de su vida, escuchar su voz aflautada de niño mientras jugaba al baloncesto con su hermana en el patio; la vehemencia, las risas al encestar más canastas que ella, Marta, la larguirucha. Le echo de menos, Nat, no pude dejar los antidepresivos, siento haberte mentido. Los tomo en el despacho, antes de hacer la ronda en el hospital.

      Mentí también cuando me negué a hacerme las pruebas, tú lo viste antes que nadie, con los primeros síntomas. No quise involucrarte hasta confirmar nuestras sospechas y ahora que lo he hecho por mi cuenta no puedo sentirme más inútil, más desleal, perdóname. Es difícil establecer cuándo empezarán a apagarse las luces principales pero ya a veces me confunde lo que me rodea. No es solo el olvido, lagunas en lugares cotidianos que tú has presenciado, sino la sensación de que no encajo en mi propio cuerpo y algo amenazante me enfunda lentamente, llenándome de incertidumbre. He visto en los ojos de muchos enfermos el mismo desconcierto que me devuelve mi imagen del espejo. Un túnel que no conduce a ningún lugar. No quiero para Marta esa tortura, sé que ella se echaría encima el trabajo de cuidarme. Que lo haría con el obsesivo rigor que lleva a cabo todo, exigiéndose cada día más de lo que puede dar. En el lógico orden de las cosas los padres debemos ser el bastión, el asidero, la respuesta a las dudas, la fuerza. No soportaría perder la mía, convertirme en un ser ausente, desorientado, al que hay que limpiar la baba mientras balbucea sin control; o descargar mi ira en ella, en cuanto empiecen la agresividad, las acusaciones, la repetición de palabras. Ambos sabemos lo duro que puede llegar a ser para el cuidador. La injusta culpabilidad del que cada día pone su mayor empeño en lo que hace pero aún con ello no puede evitar que le rompan los nervios, y de paso el corazón. Ni sucumbir a la tensión, gritar el rechazo de unos segundos malditos que se volverán en su contra, golpes certeros que encajará mientras secretamente mantiene el deseo de que esa persona se muera cuanto antes, desaparezca de su vida de una vez, aunque la carga asumida hasta el momento pase a formar parte del compacto. Quiero ser un recuerdo feliz en su vida, que acepte esta despedida como lo que es, un acto de amor. Hacia ti, hacia ella, hacia mí. Acudir a su mente en momentos sencillos, nostalgias quizá de otros tiempos, nuestras charlas durante horas en su cuarto, las comidas familiares, o los orgullosos aplausos que le hemos brindado, en la primera fila del teatro, en días de estreno. Tuvimos buenos hijos, Nat, qué injustificado estuvo el miedo cerval de los inicios. Solo había que dejarse llevar, ser natural, amar.

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      Si pudiera empezar de nuevo insistiría en aquella loca idea de la vendimia en Francia, al poco de hacernos novios. Nada de ceder a las presiones de nuestros padres, viajaríamos en el tren de la noche, según lo previsto. ¿Te imaginas? Una vida marcada desde el segundo cero por nosotros, recorriendo en moto el norte del país en verano, como el año en que acabamos la carrera. Me gustaba recostar la cabeza en tu espalda mientras conducías, el cabello al viento, abandonarme a la exquisita sensación de libertad que me producía estar a tu lado, escuchar tus latidos fuertes, retumbando en mi oído. Todo mi mundo, lo que anhelaba en la vida, estaba en aquel breve espacio que abarcaban con fuerza mis brazos. No imaginas cuántas veces volví al pasado a esconderme en uno de aquellos instantes, a apretarme contra ti, buscando calor. Nunca tuve la menor duda de que tú eras el elegido, el único posible para mí. Incluso cuando nos distanciamos, el año que viajaste a Berlín con la beca de investigación y no pude conseguir mi excedencia para acompañarte con los niños. A tu vuelta no eras el mismo, hubo tensiones, silencios incómodos, noches en las que, de espaldas en la cama evitábamos el mínimo roce, como si fuésemos desconocidos. Asistir sin prisa al nuevo juego de la seducción fue estimulante, volver a conocernos, más audaces que hasta entonces, conscientes de haber perdido un año de la vida del otro. La primera vez que eché la mano hacia atrás en un duermevela para acariciarte antes de dormir y la tuya vino a mi encuentro, como antes, sentí que el círculo se cerraba. Que por fin estabas en casa.

       No quiero que veas cómo me convierto en un cuerpo sin voluntad, en un pedazo de nada. Hemos sido tan felices, dejémoslo en esto. En el «hasta aquí». No haré ninguna locura, ni me iré con estridencias. Pasemos la noche juntos, de recuerdos, de intercambios. No quiero morir reventando el coche contra una cuneta un día de lluvia, sino en casa. Cerca de ti, de Marta, dormir un sueño tranquilo, infinito, que nos reporte paz a todos, más allá del dolor. Concédemelo, Nat. Hacedlo los dos.

Con amor,

                        Vincent

 

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QUE VIVAN

 

Los hombres, las mujeres, los niños. Que viva la gente que transmite, los que te abren los ojos a realidades cotidianas que se te pasan por alto y necesitan de ti para cambiar y hacerse fuertes. Las realidades. Fuertes. Pueden cambiar. Gracias a ti. Que vivan los que dejan una huella de honestidad en tu conciencia, los que cada día dan un paso al frente aún sabiendo que habrá una mano que les empuje a dar otro hacia atrás. Que vivan. Los que con cualquier cosa hacen algo único, los optimistas, la gente que aún no ha tenido bastante y vuelve a por más. Los que crean, forjan, imaginan. Los que se equivocan y se dan cuenta. Los que rectifican. Que vivan los que nos hacen felices a diario, nuestros irremplazables, cercanos, queridos, todos aquellos a los que nos negamos a perder. Que vivan los “imprescindibles” de buen corazón de Bertolt Brecht, los que luchan para que podamos vivir en paz, para que mejoren nuestras vidas. Porque siempre hay idealistas que ven más allá del 2+2. Gente que hace el trabajo duro, la detienen, sufre en sus carnes el asedio del poder y consigue con gran esfuerzo y dedicación que el resto tengamos un derecho más, a veces fundamental. La posibilidad de ser un poco menos esclavos de un sistema creado a la carta en despachos de élite, de salirnos del carril, de ser piezas únicas que no encajan con otras, de romper moldes.

Y que vivan las mujeres que cargan con el peso infinito de los celos de sus parejas, de los deseos de venganza de sus ex compañeros de vida, de su odio homicida. Las amenazadas, las invisibles, las que huyen de noche con lo puesto y un hijo de la mano. Las que cada año engrosan el número de víctimas de abuso, maltrato y asesinato. Que vivan todas, las que mueren antes de tiempo a manos de sus verdugos y las que escapan de sus rutinas hacia algo que les devuelva el ánimo, la sonrisa, las ganas de progresar, de ser felices. Las que se atreven a vivir, me gusta cómo lo dice en el video, las que se atreven a vivir, ¡zas!, ¡zas! .. A vivir.

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DE ESPECULACIONES, DE JENNY OFFILL

En una Era en la que muchos apuestan por el mensaje breve, por el mínimo esfuerzo de comprensión en la lectura, “Departamento de especulaciones” de Jenny Offill sería como ese plato de exquisiteces colado por error en un cátering de un cumpleaños infantil, acompañando a las bandejas de patatas fritas y los bocadillos de salami. Su estructura de párrafos breves, menciones especiales, citas de autores y pensamientos varios de la narradora no debe confundir al lector. Aquí los pensamientos no se hilan como el olor de los dibujos animados, aquella estela que pasaba por la nariz de cada personaje y se alejaba, ondulante. En esta novela la historia central se camufla en múltiples saltos del suelo al techo y vuelta, con el asombroso resultado de que los botes la definen, haciéndola más clara. Bien a través de una pieza informativa: “Un experimento mental por gentileza de los estoicos: si te cansas de todo lo que tienes, imagínate que lo has perdido todo”, o de una reflexión como echarse la manta a la cabeza en cama, para aislarse del ruido de los vecinos y pensar de pronto en cómo sacan a los caballos de un incendio. “Si no pueden ver nada no se asustan”. Lamentablemente la ceguera temporal no puede contra las preocupaciones. Nos aguardan, pacientes, llegan puntuales con la luz, meten su dedo en nuestro ojo cuando quieren y ni retirando la cara con rapidez conseguimos impedir que otra vez hagan lo mismo. Jenny Offill ha escrito una novela lírica, una divagación cósmica, una auténtica delicia a la que no se llega a un cuatro a través de un simple dos más dos. Me ha recordado a nuestro célebre Agustín Fernández Mallo, los dos me producen el mismo efecto, una visión atípica o memorable. Flores entre el cemento, oasis inesperado, tesoro entre la maleza y cualquier otra imagen que signifique que donde ellos reflexionan no hacen falta luces auxiliares, incluso aunque caiga la noche. Hay todo un álbum de fotos para recordar la trama de esta novela. Aunque la olvide, como tantas otras, seguro que algún caballo correrá en mi mente, cegado por una manta y un fuego. O el universo y Carl Sagan alineados para descubrir el amor. Los maridos, las mujeres que practican Yoga, las niñas adultas, los filósofos, la música, noches insomnes, los cementerios: lugares a los que ir a llorar sin poner nervioso a nadie. O lo que dijo Kant: “ Lo que causa la risa es la súbita transformación de una tensa expectativa en nada”. De todo hay en esta novela. Y en apenas 170 breves páginas.

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LO QUE QUIERES

A veces estás tan roto de soledad, que la simple contemplación de la belleza hiere. Una parte de ti corre despavorida en busca de amor mientras la otra observa con desaliento como todo sigue igual. Todo. Sigue igual. Pero una noche te giras en cama y abrazas el cuerpo de alguien que te aplaca, te templa, te da valor, calor, luz. Y en la quietud del silencio, sin abrir los ojos, das las gracias por haber corrido sin tregua. Por haber aprendido a volar sin alas.

 

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Felicidad

Esta mañana me he encontrado entre unas fotos a la niña que vive en mí. Más que un choque ha sido una colisión, porque durante unos minutos he visto la cuenta atrás de mi vida hasta llegar a este rostro comprensivo. Y he podido comprobar al verla, además de que siempre he tenido ojeras, que todavía puedo mirar al mundo como ella, con una mezcla de ternura esperanzada. Me la quedo un tiempo, entonces cada día era un premio, una felicidad brillante y permanente. Que así sea. Sigue, sigue, queridiña. Queda mucho por hacer.

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Francamente, Richard

FRANCAMENTE RICHARD

Quién no ha fantaseado alguna vez con descubrir más datos de la vida de un personaje de ficción que desapareció demasiado pronto de su vida, o cambiar esta por completo para que el final no fuese tan definitivamente trágico. Las posibilidades son infinitas, desde un Quijote que curó su locura/melancolía y vivió felizmente sus últimos años con su Dulcinea hasta un Quirke menos vapuleado en los libros de Benjamin Black, con una pequeña dosis de felicidad al alcance, a poco que estire su mano poco firme de bebedor. Richard Ford mantuvo en forma a su Frank Bascombe durante la trilogía que le dedicó entre 1986 y 2006, diez años de distancia entre cada uno, pero tuvo la debilidad de publicar casi otros diez años después un breve esbozo del Frank retirado, el desencantado jubilado al que un día sin un pinchazo pélvico cerca de la próstata ya sería un sueño. Lo cierto es que “Francamente, Frank” es un buen libro de cuatro semblanzas para actualizar un personaje como Bascombe, pero me ha producido una nostálgica tristeza confraternizar con él cuando su mundo va quedando reducido a una serie de pequeños momentos en los que su fortaleza física tiende a deteriorarse, mientras a su alrededor sus conocidos/amigos o están en la rampa de salida al más allá o definitivamente le esperan al otro lado un día cualquiera. En la memoria el primer Frank, cuando era periodista deportivo, en sus treinta y tantos. Buenos tiempos en los que conjeturaba acerca de “lo esencial” asegurando aquello de “Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí a mi barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped y a su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”. Si en otros diez años Ford nos acerca ese final, no quiero ni verlo.

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DÍAS DE ROSAS, POESÍA Y PROSA

Diría que esta canción de Tom Waits es como un álbum antiguo de fotos. Imágenes en sepia con los adhesivos blancos, ligeramente torcidos, sujetando las onduladas esquinas de cada una sobre la cartulina. Y en blanco y negro las últimas, tomando hace unos días ese café que propone Tom, para que no les deslumbre la potente luz del presente. Entre ahora y entonces la conexión parece una fina línea quebrada. Cuarenta años lo es todo, aunque para él todavía sea febril la mirada, no sabemos si a Martha también se le funde la nostalgia entre naftalina y latidos intensos. Qué belleza de canción. La lloraría una y mil veces antes de renacer, cada vez que pienso en ti.

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