Francamente, Richard

FRANCAMENTE RICHARD

Quién no ha fantaseado alguna vez con descubrir más datos de la vida de un personaje de ficción que desapareció demasiado pronto de su vida, o cambiar esta por completo para que el final no fuese tan definitivamente trágico. Las posibilidades son infinitas, desde un Quijote que curó su locura/melancolía y vivió felizmente sus últimos años con su Dulcinea hasta un Quirke menos vapuleado en los libros de Benjamin Black, con una pequeña dosis de felicidad al alcance, a poco que estire su mano poco firme de bebedor. Richard Ford mantuvo en forma a su Frank Bascombe durante la trilogía que le dedicó entre 1986 y 2006, diez años de distancia entre cada uno, pero tuvo la debilidad de publicar casi otros diez años después un breve esbozo del Frank retirado, el desencantado jubilado al que un día sin un pinchazo pélvico cerca de la próstata ya sería un sueño. Lo cierto es que “Francamente, Frank” es un buen libro de cuatro semblanzas para actualizar un personaje como Bascombe, pero me ha producido una nostálgica tristeza confraternizar con él cuando su mundo va quedando reducido a una serie de pequeños momentos en los que su fortaleza física tiende a deteriorarse, mientras a su alrededor sus conocidos/amigos o están en la rampa de salida al más allá o definitivamente le esperan al otro lado un día cualquiera. En la memoria el primer Frank, cuando era periodista deportivo, en sus treinta y tantos. Buenos tiempos en los que conjeturaba acerca de “lo esencial” asegurando aquello de “Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí a mi barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped y a su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”. Si en otros diez años Ford nos acerca ese final, no quiero ni verlo.

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DÍAS DE ROSAS, POESÍA Y PROSA

Diría que esta canción de Tom Waits es como un álbum antiguo de fotos. Imágenes en sepia con los adhesivos blancos, ligeramente torcidos, sujetando las onduladas esquinas de cada una sobre la cartulina. Y en blanco y negro las últimas, tomando hace unos días ese café que propone Tom, para que no les deslumbre la potente luz del presente. Entre ahora y entonces la conexión parece una fina línea quebrada. Cuarenta años lo es todo, aunque para él todavía sea febril la mirada, no sabemos si a Martha también se le funde la nostalgia entre naftalina y latidos intensos. Qué belleza de canción. La lloraría una y mil veces antes de renacer, cada vez que pienso en ti.

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A la memoria de un Piantao

El mundo homenajea hoy a Julio Cortázar. Si hubiera tenido una vida tan larga como algunos monjes budistas todavía estaría hoy sorprendiéndonos con alguna palabra, incluso a sus cien años. Pero no hemos tenido la suerte de contar con él más tiempo y así sucede, que cuantos hemos leído con calma alguno de sus escritos o muchos de ellos, no podemos sino pensar que si existe otra vida y allá se han ido todos a quienes hemos admirado o querido, será un lugar maravilloso y no habrá que temer cuando ésta termine. De Cortázar me gustó siempre su ternura, envuelta en los más inverosímiles cauces. No voy a reproducir un fragmento de ninguna de sus obras emblemáticas, ni de sus maravillosas instrucciones para todo tipo de delirios y magias, ni siquiera la actividad de sus afanosos cronopios o famas. De Cortázar me fascina el verbo desafiante, el inesperado giro, el tierno abrazo. Le recuerdo hoy con “Tala”, un poema que adoro, también con una fotografía que guardo hace tiempo y siempre he tenido cerca y con el cariño del lector que se ha conmovido tantas veces leyendo su obra.

TALA

Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito las uñas y dientes y le completo el peso.
No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan las palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera de todo,
déjeme como un hueco, o una estaca.
Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, eso boy.scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,
puede ser que sin vos diga tu nombre cierto
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura.

Cortázar (1)

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Un miedo, un cuento (1)

Lo cierto es que muchas noches la habitación parece plegarse lentamente en una esquina. Como si todo el mobiliario necesitase fugarse para apelotonar un rincón y dejar desnudo al resto del cuarto. Es esa otra superficie la que me inquieta, tres cuartas partes de un espacio que empieza siendo familiar cuando las mantas me arrebujan y pierde cualquier posible referencia conocida en cuanto hago revisión de mis esfuerzos fallidos para lograr algo que ahora mismo necesito en lo más básico; me angustio, me repongo, y piso un freno invisible antes de que la cosa vaya a más. Es esa oscuridad incierta, donde todas las posibilidades caben holgadamente, desde las más descabelladas a las más inocentes, donde intento mantener el humor cuando me asalta un ¿y si..? demoledor que parece no tener una respuesta blanca, confortable; es en ese lugar sórdido de la madrugada, antes del primer sueño, cuando sería genial que Benedict Cumberbatch me contase un cuento (a falta de otra cosa). Y mira por dónde, después que no digan que algunos sueños no están hechos para cumplirse.

Que el cuento no nos desanime a pedir ayuda cuando sea necesaria. Si algo he aprendido en este último año es que nada es tan exclusivo, tan insondable, como para cargar nuestros hombros con un peso que puede repartirse. Yo le daría un pedazo de pan al perro, al gato y a la rata. A cambio de una historia interesante, algo que cueste contar y que por ello sea más valioso.

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Viajar por Dathanna (de Solomon Grey)

Cuántas veces uno preferiría aferrarse al sonido de la tierra, del aire, del majestuoso brío del mar, esos pequeños tintineos que trae la brisa, tantas veces imaginados o soñados. Y con ellos el olor dulce de una raíz que se deshace entre los dedos, de unas hierbas aromáticas bamboleándose con suavidad al viento, impregnando el camino de lo que serán recuerdos futuros. Cómo agradecer al infinito los prados, los acantilados, la ola de sol que se desplaza veloz sobre los campos, sombreando a su paso un pequeño espacio que corre, que vuela, que se regocija con el pequeño juego de planear, conquistar, deleitarse en un gran salto sobre el musgo, sobre las rocas, sobre la espuma en la que se despereza el océano. Y si bajo el sol, ante la grandeza del espectáculo de un horizonte eterno se escucha un violín, un poema, una campana lejana de un barco hundido, voces que narran, otras que traen el canto de los ancestros, un kalimba, una gaita, un suspiro, una risa, y todo ello está en una tierra con la que los gallegos nos hermanamos, en un viaje cromático por la costa atlántica, en un video, en el testimonio de Solomon Grey, músicos y poetas, entonces solo nos queda disfrutar. Como si hubiésemos estado allí, en cada pequeño latido de los colores de Irlanda.

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Ni otras nieves ni ninguna. Aireando la casa.

Resulta imposible dejar de volver a mi refugio en la nieve, no he puesto los pies en él durante medio año (aunque sí la cabeza). Es la primera vez que lo hago, alejarme, pero no lo he estado tanto como para no volver aquí siempre que lo he necesitado. Tuve que poner el cartel de “Privado” para mantener la página invisible mientras estaba ausente. Cuando quieres algo, aunque solo sea un espacio nevado, tienes que cuidarlo con mimo. O al menos esa es mi idea de un hogar, y era imposible hacerlo desde la distancia. Todavía me queda un trabajo de limpieza ahora a la vuelta, quitar telarañas, encender luces, abrir ventanas, pero vuelvo a casa, mi casa, la de todos aquellos que llamaron a mi puerta cuando yo no estaba. No he podido evitar recordar aquello de “más de una mano en lo oscuro me conforta, y más de un paso, siento marchar conmigo.. ” de Silvio Rodríguez en “La vergüenza”. Gracias a esas manos y también, como dice Silvio, a los muertos que alumbran los caminos. Yo tengo los míos, siempre en el recuerdo.

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El arte de llevar un paraguas estos días en el norte

Arte, desafío, melodía orquestada, no todos los movimientos han de ser un torpe intento de mantener el rumbo, ni podemos usar cualquier paraguas. Son días de emergencia, de excepción, nos azota hoy sí y mañana también una ciclogénesis explosiva, por aquí se vuela, señores. Pero hasta volar puede hacerse con gracia, si uno lleva bien el timón. Pulso firme, vista al suelo, la danza la marca el viento. Por momentos llevamos una vela, en otros nos tapa un muro, vamos cambiando el paraguas de mano, escorándolo, concentrados. Tan pronto esquivamos un pequeño huracán por la izquierda, como un remolino que se desata de golpe desde atrás. Y entre maniobra y maniobra el ángulo del bastón va cambiando y por momentos es casi horizontal, dan ganas de echarse unos pasos de claqué, a salvo de la bocanada de aire que nos hostiga de cintura para abajo. Cerca de nuestro destino entramos en un cruce de caminos y oh, desgracia, el tejado de nuestro refugio se da la vuelta unos segundos. No es bueno que pierda la confianza, que se sienta amenazado. Poco antes nos protegía, orgulloso y así debe seguir, sin entrar en pánico. Por eso hay que devolverlo a su estado, girar con rapidez y con el próximo empujón del viento inflar su tela. No vienen mal unas palabras de ánimo, una caricia a la empuñadura llamándole valiente. Al fin y al cabo por el camino no hemos visto más que pobres camaradas suyos, despeñados por los terraplenes, desvarillados en contenedores, enrollándose descontrolados en un rulo de aire furioso. Jabato- le susurro yo al mío cuando llegamos al portal de casa, mientras lo cierro con cariño- la próxima vez te llevo yo..

chica paraguas

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