EN LAS ALTURAS

En 2002 decidí dejar de ver la tele y dedicar el tiempo que hasta entonces pasaba frente a su pantalla (a veces abducida sin más entre el mando y la oferta de canales a la fecha) escribiendo historias. Me compré un ordenador de segunda mano, contraté con un operador local mi acceso a internet y escribí una primera novela que nunca ha salido de mi cajón de imposibles entre las noches y las madrugadas de los dos años siguientes.  Después vinieron los relatos cortos, los poemas. Mi adicción a la caja tonta no fue nada comparado con las posibilidades a todos los niveles de aquella nueva maravilla, tiempo para leer, para escribir, internet, y surgieron las blogs, esta fue la última, donde fui documentando mis cábalas acerca de la vida misma,  mi fascinación por la literatura y mis nuevos escritos encontraron un lugar confortable en esta nieve. Desde aquel año, 2002, no he desconectado del mundo sino de la televisión en concreto y su tiranía. Sigo desde entonces parte de sus contenidos por internet, los que elijo para mí cada día, y me arrebujo en mi portátil y en esta ventana abierta al mundo para disfrutar de la lectura y la escritura a mi ritmo, sin compromisos ni presiones. También he hecho amigos en la red que más tarde lo han seguido siendo en esta otra vida que llaman la real.

Uno de ellos, el querido Alex Herrera, me invitó hace unos años a un encuentro muy particular que se convirtió en una cita anual para compartir historias navideñas. Escritos casi siempre cerca de Nochebuena, entre prisas, repentinas circunstancias personales y viajes de última hora, los cuentos se abren paso cada veinticuatro de diciembre y acuden a ese evento anual en la página de mi amigo, puntualmente, como centinelas, junto a los de otros tres amigos, él entre ellos. A mí me gusta la Navidad, celebrarle una fiesta, buscarle el brillo, reírle la gracia con sinceridad. Me gusta que me abrigue, que me aplaque, que me recuerde que uno no es lo que es sin la suma de otra gente que ha pasado por su vida. Compartir. Soy de las que se emociona con los abrazos en los aeropuertos, las historias moñas y el volver a casa en estas fechas, aunque ya no vea los anuncios de la tele. Ha sido y será pues, hasta el seis de enero, Navidad otra vez. Y que el corazón se contenga o dé rienda suelta, se emocione o tiemble de nostalgia. Permiso para sentir. Siempre. Aquí el link de la página con todos los cuentos. A continuación el mío, bajo los copos suaves, en mi reino de las nieves de nuevo.

“EN LAS ALTURAS

Cuando era adolescente me gustaba leer historias sobre los Ases de la aviación. Pilotos de las dos Grandes Guerras que arriesgaban su vida en una serie de piruetas imposibles, abatiendo a un enemigo que en cada caso era como un personaje del mundo oscuro. Alguien que merecía la muerte, caer desmadejado como un muñeco roto hasta desaparecer en el inevitable incendio y explosión del avión al tocar el suelo. Entonces sí les atribuía un alma digna de honores, e imaginaba al piloto con su inmaculado uniforme, una figura semitransparente que ascendía a mi cielo imaginario, feliz, despreocupado, fumando un cigarro o una pipa, alguien que de forma invariable saludaba a su contrincante, al brillante piloto que lo derribó. Como si se tratase de un juego y la penalización máxima fuese perder el avión junto a la vida. Incluso llegué a teorizar con la posibilidad de que Manfred von Richthofen, el experto Barón Rojo, se reencarnase en la siguiente guerra mundial en el maestro Hans-Joachim Marseille, un piloto de extraordinarias capacidades, que desarrolló una técnica propia de ataque, en el dogfight, abatiendo a sus enemigos casi en solitario con su inigualable “disparo con deflexión”. Hasta les encontraba un cierto parecido físico. Marseille, por otro lado, encajaba en la clase de hombre en el que yo aspiraba a convertirme. Una persona templada pero al tiempo rebelde, alguien que hiciese de su existencia una búsqueda constante de la perfección, a través de la disciplina. Y si no le imaginaba jactándose de su pericia e incansable instinto de superación para conseguir “el objetivo”, tampoco el mío debía ser de un gran alarde. Estudiaría ingeniería espacial, conquistaría otros mundos, grande, gran, cualquiera que fuese el concepto pero de una enormidad, de una grandeza que compensase las carencias afectivas que sufriría, al estar concentrado al máximo en mi necesidad de infinito, al servicio de la Humanidad.

Richthofen-Marseille (2)

(Manfred von Richthofen- Hans-Joachim Marseille)

Pinto fachadas. Y el día más optimista podría decir que soy pintor de interiores también. Brocha gorda, nada que necesite de la destreza digna de un artista, aunque soy riguroso, si hay que echar más tiempo para un buen acabado no lo cobro, o lo que es lo mismo, es como si apagase el taxímetro en esos últimos metros que he complicado yo mismo la carrera. Y no me quejo. Los años devastadores de la crisis, cuando tuve que cerrar la empresa y despedir a mis leales empleados, lloré como un niño viendo a aquellos hombres salir con el cheque, los ojos empañados, el futuro tan turbio como el mío, la esperanza de remontar bajo la suela del zapato, bien enterrada entre los escombros de nuestro floreciente pasado como restauradores de arte. Todo el universo de los barnices, el pan de oro, las jubias, los vaciadores, los pinceles de un pelo, cada pequeña herramienta de precisión que utilizamos, pareció relegado a un recuerdo incierto cada vez que introducía la brocha en el cubo y ajustaba la visera de mi gorra de pintor, en mi renovado y solitario modo de ganarme el pan.

Claro que tuve la gloriosa suerte de conocer a Rita, el amor de mi vida, y con ella llegaron Piliña y Antonio, luces de mi alma. No ha habido padre más satisfecho, ni esposo más radiante que este mortal que ahora yace sobre la nieve, inerte. Debo haber muerto porque la caída desde el tejado ha sido bastante aparatosa. La maldita escalera tenía que jugármela justo en Navidad. A poco que esperase, podría sustituirla ya después de las fiestas. Este último trabajo en los Juzgados lo han pagado a tiempo por una vez, sin regatearme los plazos como siempre. Jaime, el director del banco del pueblo, me llamó esta mañana para darme la buena noticia. Un ingreso jugoso que paga ya el último plazo de mi bancarrota.

ALBATROS RICHTHOFEN

Rita, cariño, podríamos incluso haber ido a Santa Tecla, y perdernos un fin de semana, solos tú y yo, ahora que los chicos ya se han ido de casa. Si estoy muerto, el cielo me parece de un indecente tono euforia, aunque lo cierto es que también esa sensación me acompaña en este instante. Ni me duele la rodilla que lleva años amenazando con tirarme de la escalera por encaje, ni le tengo miedo al nuevo año y sus facturas. Siempre he sido un cabezota, Marseille me observa a ratos y en otros Richthofen, como si quisieran contarme algo penoso, pero durante la caída surqué los cielos y la sensación de ingravidez y libertad fue tan absoluta como si me viese reducido a una pluma que pudiese girar sobre sí misma en un baile de ensoñación. El tejado no necesitaba otro muñeco eléctrico, pero quería que Pablito viese la casa desde lejos cuando llegue con su madre y subí a instalar un reno del tamaño de su abuelo. La tarde era apacible y allí arriba me sentía como el espectador invisible que escruta un mundo sugerente, al que acaba de llegar. Volví a mi juventud, me subí mentalmente al Albatros D. II del Barón Rojo y planeé por el horizonte pensando en el próximo año, quizá podría volver a restaurar antigüedades, las cosas nos van bastante bien ya. Animado por mis pensamientos, volé, ambicioso, en uno de los F-4/Trop de Marseille y jugué a derribar aviones por el simple placer de afinar mi puntería haciendo uno de aquellos giros imposibles, disparos con deflexión, como si estuviese jugando en la consola con mi nieto. De vez en cuando salía una peineta de uno de los aviones enemigos o rotaban frente a mí en un vuelo triunfal, escurriendo mis balas con facilidad.

Rita, querría decirte una vez más lo feliz que he sido a tu lado. Cuánto calma mi corazón enredarme en tu cuerpo cada noche. Decirte. Rita. Que ninguna luz del árbol, ningún destello de los cientos de bombillas que adornan la casa, tiene el esplendor que irradia una de tus sonrisas. Tus ojos comprensivos, firmes, enérgicos. La alegría con la que esta familia ha conseguido salir adelante gracias a tu tesón. Me pondría a tus pies de nuevo, como aquel día que abracé tus piernas y me declaré como un imberbe, con un “no me abandones” que en realidad era un “quiero crecer a tu lado, volverme un gigante, como tú..”. Ah.. eso ha dolido.

  • – ¿Papá, puedes oírme?

Claro que te oigo, nena, pero vas a romperme el pecho. No hace falta tanto golpe.

  • – Venga, papá. Vamos, vamos.. ¡respira.. ¡

Siento que algo me arrastra, me hace ligero, como si fuese a caer otra vez desde el tejado, esta vez de frente. Todo se ha vuelto ruidoso, pero adoro ese bullicio repentino. Voces a mi lado, sonidos de sirena. Quizá ha sido solo un desmayo y aún tengo remedio. Me ciega esa luz que alguien dirige a mis pupilas. Marseille y Richthofen me despiden con un saludo militar antes de alejarse fumando un cigarrillo, con desenfado. Uno de ellos ha debido contar un chiste porque hasta mí llega todavía el sonido de sus risas. Quizá al otro lado algún día pilote un Fokker DR. I y alguno de los Ases me dé lecciones. Pero hoy solo deseo abrazar a mi familia, dejar que la magia de la navidad nos envuelva y proteja un año más. Decirles cuánto les echaría de menos si mi vida a su lado no hubiese sido más que un sueño. Que si algo tiene sentido para mí es ese calor que me reconforta cuando estamos juntos, quitándonos la palabra continuamente por todo lo que necesitamos compartir con los demás. Sus risas, sus logros. Su mera cercanía. La forma en que me siento querido y parte de ellos. Desearles como a ustedes, el mejor 2018 posible, donde puedan también seguir creciendo, camino del infinito, con sus propios objetivos, cualquiera que sea su altura y tamaño. Desearles Feliz Navidad.

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(Tal vez debería subir al tejado para comprobar cómo ha quedado el reno, pero tendrá que esperar a que a vuelva casa. Mañana o pasado, sí.., tendré más tiempo. Cuando todos duerman, para no molestarles si tengo que cortar la luz..)”.

 

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Francamente, Richard

FRANCAMENTE RICHARD

Quién no ha fantaseado alguna vez con descubrir más datos de la vida de un personaje de ficción que desapareció demasiado pronto de su vida, o cambiar esta por completo para que el final no fuese tan definitivamente trágico. Las posibilidades son infinitas, desde un Quijote que curó su locura/melancolía y vivió felizmente sus últimos años con su Dulcinea hasta un Quirke menos vapuleado en los libros de Benjamin Black, con una pequeña dosis de felicidad al alcance, a poco que estire su mano poco firme de bebedor. Richard Ford mantuvo en forma a su Frank Bascombe durante la trilogía que le dedicó entre 1986 y 2006, diez años de distancia entre cada uno, pero tuvo la debilidad de publicar casi otros diez años después un breve esbozo del Frank retirado, el desencantado jubilado al que un día sin un pinchazo pélvico cerca de la próstata ya sería un sueño. Lo cierto es que “Francamente, Frank” es un buen libro de cuatro semblanzas para actualizar un personaje como Bascombe, pero me ha producido una nostálgica tristeza confraternizar con él cuando su mundo va quedando reducido a una serie de pequeños momentos en los que su fortaleza física tiende a deteriorarse, mientras a su alrededor sus conocidos/amigos o están en la rampa de salida al más allá o definitivamente le esperan al otro lado un día cualquiera. En la memoria el primer Frank, cuando era periodista deportivo, en sus treinta y tantos. Buenos tiempos en los que conjeturaba acerca de “lo esencial” asegurando aquello de “Yo quiero decir sí a todo lo que pueda: sí a mi ciudad, sí a mi barrio, a mi vecino, a su coche, a su césped y a su seto, a sus desagües. Que todo salga bien. Que todos tengamos felices sueños hasta que todo se acabe”. Si en otros diez años Ford nos acerca ese final, no quiero ni verlo.

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DÍAS DE ROSAS, POESÍA Y PROSA

Diría que esta canción de Tom Waits es como un álbum antiguo de fotos. Imágenes en sepia con los adhesivos blancos, ligeramente torcidos, sujetando las onduladas esquinas de cada una sobre la cartulina. Y en blanco y negro las últimas, tomando hace unos días ese café que propone Tom, para que no les deslumbre la potente luz del presente. Entre ahora y entonces la conexión parece una fina línea quebrada. Cuarenta años lo es todo, aunque para él todavía sea febril la mirada, no sabemos si a Martha también se le funde la nostalgia entre naftalina y latidos intensos. Qué belleza de canción. La lloraría una y mil veces antes de renacer, cada vez que pienso en ti.

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A la memoria de un Piantao

El mundo homenajea hoy a Julio Cortázar. Si hubiera tenido una vida tan larga como algunos monjes budistas todavía estaría hoy sorprendiéndonos con alguna palabra, incluso a sus cien años. Pero no hemos tenido la suerte de contar con él más tiempo y así sucede, que cuantos hemos leído con calma alguno de sus escritos o muchos de ellos, no podemos sino pensar que si existe otra vida y allá se han ido todos a quienes hemos admirado o querido, será un lugar maravilloso y no habrá que temer cuando ésta termine. De Cortázar me gustó siempre su ternura, envuelta en los más inverosímiles cauces. No voy a reproducir un fragmento de ninguna de sus obras emblemáticas, ni de sus maravillosas instrucciones para todo tipo de delirios y magias, ni siquiera la actividad de sus afanosos cronopios o famas. De Cortázar me fascina el verbo desafiante, el inesperado giro, el tierno abrazo. Le recuerdo hoy con “Tala”, un poema que adoro, también con una fotografía que guardo hace tiempo y siempre he tenido cerca y con el cariño del lector que se ha conmovido tantas veces leyendo su obra.

TALA

Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito las uñas y dientes y le completo el peso.
No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan las palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera de todo,
déjeme como un hueco, o una estaca.
Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, eso boy.scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,
puede ser que sin vos diga tu nombre cierto
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura.

Cortázar (1)

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Un miedo, un cuento (1)

Lo cierto es que muchas noches la habitación parece plegarse lentamente en una esquina. Como si todo el mobiliario necesitase fugarse para apelotonar un rincón y dejar desnudo al resto del cuarto. Es esa otra superficie la que me inquieta, tres cuartas partes de un espacio que empieza siendo familiar cuando las mantas me arrebujan y pierde cualquier posible referencia conocida en cuanto hago revisión de mis esfuerzos fallidos para lograr algo que ahora mismo necesito en lo más básico; me angustio, me repongo, y piso un freno invisible antes de que la cosa vaya a más. Es esa oscuridad incierta, donde todas las posibilidades caben holgadamente, desde las más descabelladas a las más inocentes, donde intento mantener el humor cuando me asalta un ¿y si..? demoledor que parece no tener una respuesta blanca, confortable; es en ese lugar sórdido de la madrugada, antes del primer sueño, cuando sería genial que Benedict Cumberbatch me contase un cuento (a falta de otra cosa). Y mira por dónde, después que no digan que algunos sueños no están hechos para cumplirse.

Que el cuento no nos desanime a pedir ayuda cuando sea necesaria. Si algo he aprendido en este último año es que nada es tan exclusivo, tan insondable, como para cargar nuestros hombros con un peso que puede repartirse. Yo le daría un pedazo de pan al perro, al gato y a la rata. A cambio de una historia interesante, algo que cueste contar y que por ello sea más valioso.

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Viajar por Dathanna (de Solomon Grey)

Cuántas veces uno preferiría aferrarse al sonido de la tierra, del aire, del majestuoso brío del mar, esos pequeños tintineos que trae la brisa, tantas veces imaginados o soñados. Y con ellos el olor dulce de una raíz que se deshace entre los dedos, de unas hierbas aromáticas bamboleándose con suavidad al viento, impregnando el camino de lo que serán recuerdos futuros. Cómo agradecer al infinito los prados, los acantilados, la ola de sol que se desplaza veloz sobre los campos, sombreando a su paso un pequeño espacio que corre, que vuela, que se regocija con el pequeño juego de planear, conquistar, deleitarse en un gran salto sobre el musgo, sobre las rocas, sobre la espuma en la que se despereza el océano. Y si bajo el sol, ante la grandeza del espectáculo de un horizonte eterno se escucha un violín, un poema, una campana lejana de un barco hundido, voces que narran, otras que traen el canto de los ancestros, un kalimba, una gaita, un suspiro, una risa, y todo ello está en una tierra con la que los gallegos nos hermanamos, en un viaje cromático por la costa atlántica, en un video, en el testimonio de Solomon Grey, músicos y poetas, entonces solo nos queda disfrutar. Como si hubiésemos estado allí, en cada pequeño latido de los colores de Irlanda.

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Ni otras nieves ni ninguna. Aireando la casa.

Resulta imposible dejar de volver a mi refugio en la nieve, no he puesto los pies en él durante medio año (aunque sí la cabeza). Es la primera vez que lo hago, alejarme, pero no lo he estado tanto como para no volver aquí siempre que lo he necesitado. Tuve que poner el cartel de “Privado” para mantener la página invisible mientras estaba ausente. Cuando quieres algo, aunque solo sea un espacio nevado, tienes que cuidarlo con mimo. O al menos esa es mi idea de un hogar, y era imposible hacerlo desde la distancia. Todavía me queda un trabajo de limpieza ahora a la vuelta, quitar telarañas, encender luces, abrir ventanas, pero vuelvo a casa, mi casa, la de todos aquellos que llamaron a mi puerta cuando yo no estaba. No he podido evitar recordar aquello de “más de una mano en lo oscuro me conforta, y más de un paso, siento marchar conmigo.. ” de Silvio Rodríguez en “La vergüenza”. Gracias a esas manos y también, como dice Silvio, a los muertos que alumbran los caminos. Yo tengo los míos, siempre en el recuerdo.

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