DOS VECES

Por más que la Realidad ancle a mi madre a la cama donde perdió ayer la vida en su vejez, no puedo evitar verla corriendo con quince años por un campo exuberante en primavera. Una infinita extensión de flores amarillas, entretejidas sobre un verde luminoso, todo lo es en mi ensoñación. Su melena rubia adolescente, la blancura y suavidad de su piel de niña-mujer. Aquí corre descalza con una blusa blanca que se infla por momentos. Con una falda de vuelo color tabaco que se ajusta a su estrecha cintura y le llega a las rodillas. Son sus pasos un baile de luz, armónicos, como si acariciase la tierra. Le rodea el cuello un largo pañuelo blanco que flota tras ella junto a su cabello. Jodida Realidad que juegas a trastocar esta imagen de libertad y fantasía, tengo los datos frescos, no necesito volver al escenario del dolor, al suyo y al nuestro contemplando su mirada tapiada, su ceguera vital de la última década. La primera vez que la perdimos, en 2008, la dejaste sin memoria, sin identidad, sin posibilidad de defensa. Hija de puta. Podías haber elegido a cualquier ser despreciable de los que pueblan el mundo en su lugar. Mi madre no pudo ser más dulce, más entregada, más entrañable. Qué valentía, llevarte su cuerpo ahora. Pero sobre todo, qué bajeza incluir en el lote el corazón de mi padre. Tan pronto mira de forma hipnótica la fotografía de su boda, sesenta y dos años atrás, como apoya la cabeza sobre las manos, vencido, con la certeza de que ha perdido el rumbo, de que su horizonte se ha despedazado. Mientras tanto mi madre corre en mi mente, despreocupada, por ese campo soleado al que ya no tienes acceso Realidad, alegre, joven, ligera en su nueva vida. Allá nos espera cuando nos llegue el momento. Cuando todo esto se haya acabado. Beso cada segundo de su memoria.

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EDÉN (Fotografías Urbanas)

Cuando era adolescente y soñaba con jornadas maratonianas de sexo con el amor de mi vida pensaba que mis abuelas viudas, por ejemplo, podían tener unas vigilias nocturnas muy interesantes, simplemente recordando sus experiencias sexuales. Como si el ardor, el juego, la excitación de los inicios no se hubiera disipado en toda una vida de esfuerzos, soledades y frecuentes penurias. También imaginaba las mías, noches en mi vejez en las que, por supuesto, me encaramaría en la barriga redonda de mi pareja (liderando el momento) y le regalaría unos guiños obscenos que nos llevarían a una sonrisa, a una risa, a una carcajada, a una caída de la cama quizá, en la que con suerte no perderíamos la dentadura postiza. Y aunque era muy excitante imaginarme con 80 años, seduciendo una vez más a un hombre que me miraría con más amor que deseo, lo que realmente me divertía era la coreografía del desastre. La rodilla de uno que impactaba sin querer en las costillas del otro, en un intento de nivelarse y sujetar el cuerpo que se le venía encima y con el que ya caía aparatosamente sobre la alfombra. Lágrimas descontroladas, quizá algún pedo entre jadeos o un moco inoportuno, todo ello en un caos divino donde sería imposible pronunciar una palabra, hasta que la barriga se ablandase tras el silencioso e incesante repiqueteo de risas al vernos expuestos a la calamidad de una caída tan patosa como tierna. Solo quien ha amado mucho reconoce en esa mirada cómplice del descalabro la esencia, la razón de ser, el origen del sentimiento que da sentido a una vida. Cuando yo era joven solo deseaba recorrer lentamente ese camino de varias décadas, como mis padres, y adorar cada pequeña arruga del rostro de ese hombre que ya de pie, tiraría de mí con cariño hacia la cama y con el que dormiría abrazada más tarde, con un rastro de suave euforia flotando en mi boca. (Zoom a las manos entrelazadas, al ronquido bajo de fumador del hombre, a la tenue línea de luz anaranjada que la farola de la calle proyecta sobre el techo del cuarto, a la dentadura de ella dentro del vaso)

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VERDADES

La verdad está sobrevalorada, piensa mucha gente. Hay quien prefiere ponerse las gafas de no ver, las de perder de vista cualquier realidad que lleve al mismo punto, al del dolor, al del recordatorio permanente de lo que no funciona. En la serie él quiere contarle su verdad pero ella está débil, en una cama de hospital, y la doctora le ha pedido que no la someta a ningún estrés. Al bebé todavía le quedan tres meses para llegar al mundo, y la palabra absoluto que recalca se refiere no solo al descanso físico que ella debe seguir sino al emocional. Mientras tanto él se ahoga en su verdad pero lo prefiere a hacer daño a la mujer que más quiere. Han prometido ser abiertos, dejar que el otro tenga acceso total, no más muros alzados. Por eso, cuando ella intuye que algo no va bien y pregunta, él baja el rostro y besa la piel tras la que su hija pelea por la vida. No es momento para verdades, él se pondría al final además, en la lista de prioridades. Entonces ella le pide que diga algo sincero, desde el corazón. Y él contesta que la ama. Puede que no sea la misma verdad que le ahoga pero es cierta también, es blanca, honesta y genuina. Suficiente, por ahora, mientras no llegue el momento de afrontar otras situaciones más duras, que desgraciadamente, también son verdades.

 

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GUARIDAS

En un día en el que, a algunos que amamos, nos cabe una fiesta en la sombra de la sonrisa, en los destellos, en el saquito de emociones que se salvan de la criba, yo le brindo el amor pasado a ellos. A aquellos cercanos, tan especiales, que iluminaron mi lado oscuro con sus latidos. Bien lo dijo Juan Gelman, el poeta. No puedo oír sus voces, pero en lo hondo de mi corazón, en su guarida, oigo sus pasos. El beso más tierno para esa manadita de pisadas que camina siempre conmigo. El amor presente y el futuro te lo brindo a ti, ¿cómo te quedas? Yo que no soy de planear, tirando un ancla.. También tú viste el silencio en mis días de tormenta. También quebraste en trozos pequeños, todo mi vacío interno. Que se repita la historia si es para vivir en una eterna primavera nevada. Por muchos años.

 

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LA CULPA

En nuestra conversación de hoy la anciana me dijo que solo quería morirse de una vez y que le perdonasen por sus pecados. A buen lado va, querida, pensé desde mi posición de absoluto ateísmo, si le han tratado de pena hasta ahora no va a conseguir que un jurado divino la considere mejor persona. “¿Ha sido mala, entonces?”, le pregunté con suavidad, distraída, sin creer ni por un momento que aquel pedazo de pan pudiera haber hecho daño a alguien en su vida. “Yo creo que no, pero siempre me han ido abandonando”. Entonces sí consiguió mi total atención. Y me dieron ganas de abrazarla, acunarla un rato como a una niña pequeña y susurrarle al oído  “Quien tiene que perdonar es usted, doña Asunción, pero no lo haga. Deje que todos aquellos que abusaron de su amor, su confianza y sus mejores intenciones se quemen en el fuego de su mísera existencia. Y váyase a ese cielo despejado, cuando le llegue el turno, con la conciencia tranquila. Si le toca ser paisaje por ahí arriba sea usted un campo florido y hermoso. Y deje que le acaricie el viento, siéntase importante así”.

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TRES O CUATRO COSAS

     A veces creo que la felicidad es como un abrazo errante que acaba encontrándonos simplemente, envolviéndolo todo. Nada de trabajarla, de obligarla a ser sino vivir un día a día en el que prime lo realmente importante, tres o cuatro cosas que copen todos los puestos en el ranking de prioridades. Y dormir con una sonrisa, un cuerpo querido a la espalda y mucha vida para compartirla con quien realmente lo vale.

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MAÑANA

Siento un deseo irracional de llorar cuando escucho esta canción. Algo me golpea a fondo y no es exactamente tristeza sino esa euforia que parece replegarse unos segundos, cogiendo carrerilla antes de explotar sobre uno como una lluvia efervescente. Hace años me gustaba regalarle a la gente especial el segundo previo a una ovación, ese instante en el filo, antes de sentirse arrasados por la admiración ajena. He querido terminar este pensando en el futuro, en mañana y sintiendo amor. Agradecer los buenos momentos que compartí en 2018 con los cercanos, en persona, por teléfono o en ese limbo inquietante de los mensajes donde algunos son gigantes y la tierra de nadie es la de todos, realmente. Agradecer también a mis compañeros del colegio por el reencuentro, la sensación de que pertenecemos a un mundo perdido que nunca se ha disuelto en nuestro recuerdo. Y desear a toda la gente de bien que el nuevo año les haga más fuertes, felices y todavía puedan ser amados muchos años más.

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